Dan, el perro, fue recogido de la calle cuando tenía pocos días. El viejo Lauro y su esposa Alfreda, lo acomodaron en una caja de zapatos en la que previamente habían colocado un saco roñoso.
A los pocos días, el perrito recorría la modesta covacha, husmeando por todos los rincones. Su estirpe era incierta porque tenía las características de un fox terrier, pero, visto de otro ángulo, parecía más bien un perro de aguas y hasta podría confundirse con un labrador. En buenas cuentas, el can no pertenecía ni a una ni a otra raza, sino que era sólo un quiltrito de poca monta, un perrito en el cual se vislumbraba, sí, una inteligencia manifiesta que se reflejaba en sus enormes ojos pardos.
Los viejos lo habían adoptado, acaso porque estaban aburridos de contemplar sus arrugadas caras o acaso por el deseo de sentir que todavía podían hacer una cosa útil por alguien más. Como fuese, el perro comenzó a ser maltratado a punta de bastonazos y patadas a mansalva y el animal se ocultaba debajo de un armario y allí se quedaba hasta que amainaba el temporal. Cuando la vieja Alfreda comenzaba a silbarle por entremedio de sus carcomidos dientes, Dan reaparecía, tímido y sumiso y zambullía su hocico en la mazamorra asquerosa que la vieja le había dejado en un sucio plato.
Los años transcurrieron, con la pareja y el perro sobreviviendo con precariedad. Los viejos se hicieron más torpes y más enfermizos, pero, no por ello, menos crueles con el pobre animal, quien, lucía multitud de llagas semiocultas en su ralo pelaje. Dicen que el perro es el animal más fiel que existe sobre la tierra y Dan lo confirmaba al soportar estoico las continuas palizas y al eludir con maestría los proyectiles que llovían sobre su escuálida humanidad. Pese a la errática puntería de los ancianos, no fueron pocas las veces en que un par de tijeras o un filoso cuchillo daban en el blanco, filtrándose los lastimeros quejidos del pobre animal, por las rendijas del sucucho.
Pese a todo, el perro regresaba, asustadizo, para que el viejo Lauro le acariciara su raído pelaje. Entonces, Dan se quedaba dormido frente al escuálido fogón que apenas calentaba la triste habitación. En otras ocasiones, cuando los viejos se habían empinado una botella de mal vino, le llamaban a grandes voces:
-¡Dan, bandido! Venga para acá, perrito mañoso.
Entonces, todo era un festín y el perro recibía de mano de los viejos, gruesos pedazos de carne que se devoraba en un Jesús. Pero algo sucedía, se derramaba un vaso de licor o se resbalaba un plato con comida de las manos torpes de los viejos para que, de inmediato, arreciara la ira, que se descargaba contra la víctima más inocente. Y el perro escapaba antes que las groserías y los proyectiles hicieran blanco en su desventurada humanidad.
Cinco años transcurrieron, con los viejos más torpes e insensibles, pero con la maldad ya enquistada en sus ruinosos cuerpos. Dan se había quedado tuerto después que un tenedor se había incrustado en uno de sus ojos. Además su lomo ya carecía de pelaje, producto de las permanentes azotainas y quemaduras. Aún así, el perro no guardaba rencor a sus amos y recibía las mezquinas caricias de aquellos que –en sus mentes extraviadas- ahora lo consideraban un hijo descarriado que debía enderezarse de la manera más básica, es decir, a lo que es golpiza.
Una noche en que el frío obligaba a la gente a arremolinarse frente a sus estufas, los viejos bebieron más de la cuenta y pronto cayeron exánimes al piso, con tan mala suerte que uno de los pies de Lauro se enredó en el fogón y los tizones comenzaron a incendiar un viejo estante repleto de cachivaches. Dan, que era el único consciente en aquella miserable pieza, comenzó a ladrar con furia, pero los viejos estaban desmayados de licor y no hubo respuesta para el pobre can. El fuego cundió con rapidez y se esparció por los cuatro costados de la covacha. Dan estaba al borde del desmayo, pero su instinto de conservación le indicó que tenía que hacer algo. Una de las ventanas carecía de algunos vidrios y por allí saltó el perro, antes que una bocanada de fuego lo atrapara. Como era tarde, todos estaban a buen resguardo dentro de sus casas.
Esta historia pudo terminar acá, con Dan salvándose y huyendo de aquel lugar que fue una terrible cárcel para él. Sin embargo, algo de gratitud quedaba en su perruno corazón para con aquellos que tanto lo habían maltratado pero, a su vez, le habían brindado alimento y cobijo. Fue así como el animal comenzó a rasguñar las puertas de las casas vecinas con tanta insistencia que, muy pronto, la gente se percató del incendio y de inmediato acudieron los bomberos, quienes rescataron más muertos que vivos a Lauro y Alfreda.
Al recobrar el conocimiento, los viejos preguntaron por Dan y uno de los funcionarios les dijo que éste había sido adoptado por una sociedad de animales y que allí encontraría el cariño y los cuidados necesarios, puesto que un perro como él, que les había salvado la vida, merecía mejor trato. La vieja Alfreda comenzó a llorar de la misma forma que si se le hubiera ido un hijo predilecto y el viejo Lauro, con el más absoluto descaro, les pidió que protegieran mucho a ese perro que les había acompañado durante tanto tiempo.
Dan, desde entonces, fue un perro alegre que agradecía a sus guardianes por todos los cuidados que se le prodigaban. Nunca la fidelidad y gratitud de un can fue mejor retribuida por esos hombres que se habían enterado,por sus heridas, que estaban ante un animal muy noble y demasiado inteligente…
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