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Sucedió en verano. Yo tenía 16, solamente. Una niña ingenua que descubría el mundo por momentos. Hoy conocería el engaño.

Lección número 8: CULPABILIDAD.

Había algo en él… no sabía muy bien qué, que me atraía. Una llamada telefónica abrió la caja de Pandora. Lo hacía interesante.

Llegó el día en que lo conocería. No dije nada a nadie. Solo una persona sabía de mi “cita a ciegas” con él.

Salí de casa presurosa junto a mi mochila, donde podía guardar la ropa si hacía falta. Llegué a casa de mi amiga María.

- ¡Hola, nena! Tía, ¿qué haces sin arreglar?

- No me encuentro muy bien, Lorena.

- ¿Qué te pasa?

- Tengo un poco de fiebre y me duele mucho la cabeza…

- Oh… - dije abatida.- ¿No vas a venir? Tómate algo y…

- No… ¿Tú vas a ir?

- Sí, creo… Ainss, no lo sé.- me siento en el borde de su cama. Estoy un poco decepcionada.

- ¡Estás loca…! Ya sabes, ten mucho cuidado.

- Sí… - dije disculpándome. – Espera, que voy a cambiarme. Ahora me dices que te parece, ¿vale? – María asintió con la cabeza mientras se sonaba la nariz.

Salí con mi mini falda vaquera y el top negro. Fantástica. Ya no parecía tan niña. Las sandalias blancas me hacían parecer mucho más alta. Mi madre jamás me hubiera dejado salir así. María era mi cómplice. Últimamente para todo.

- ¡Ala! – chilló María cuando me vio aparecer por la puerta.- Estás muy guapa. Pero, ¿Vas a ir así? ¿No vas muy corta y con mucho escote?

- Es que… le dije que iría con falda, para reconocernos… Y es la única que tengo medio decente. – digo buscando una excusa. – Bueno, María, ¡Gracias! Si tengo tiempo luego, vuelvo y te cuento. ¡Cuídate!

- Adiós. Suerte.

Me dirigí al lugar donde habíamos quedado. Tarde. Llamadas de desesperación porque no llego. ¿Qué puedo decir? Las chicas se hacen esperar, ¿no? Estoy como un flan.

Cuando llegué escuché un grito desde una ventana. ¡Qué vergüenza! ¿Se refiere a mí?



En ese momento me hubiera gustado desaparecer. Se asomaron dos hombres a la ventana para verme. Era él, no cabía duda.

- Ahora bajo. – me dijo.

- Vale… - dije bajito, bajando la cabeza.

Jose era un persona tosca, efectivamente. Los toros le apasionaban. Él mismo era torero. Yo los detestaba. Parecía haber vivido mucho. Pero decía tener 18 años. Hoy en día aún no logro creerlo. Voz ruda, fuerte y ronca, como la de un hombre de 50 años. Delgado y talle corto. Tenía mi misma estatura, con lo cual mis sandalias sobraban. Pelo liso con la ralla en medio, dos mechones le caían por la frente cubriéndosela. Era moreno y llevaba esa coleta típica de los “mataores”. Tenía una barba incipiente. Ojos verdes profundos, como los de un gato. Capaces de mentir y descubrir una a una mis verdades más ocultas.

Trajo su montera y la espada… Para verificar su profesión.

Sus dientes. Maltrechos, deformes y con caries, me daban repulsión. Sus formas, sus manías, sus defectos… todo se acrecentaba a su lado.

- ¿Lorena? – Asentí. – Dos besos, ¿no?

- Sí, claro. – dije sonriendo.

- Vamos, que te invito a tomar algo. Pasa.

Odié más que nunca aquella falda y aquel escote. No dejaba de mirarme. Sus ojos salidos. Los nervios. Las copas. Mi coca-cola Light. Las preguntas indiscretas. Su insinuación. El calor agobiante de agosto… Todo parecía un conjunto de datos que me daba las pistas necesarias para volver pronto a casa.

- Ha venido esta tarde una mujer con falda y creíamos que eras tú. La ha visto mi banderillero, el mismo que ha gritado antes por la ventana. Era tan fea que ha bajado y le ha dicho: “Vete, que tú no eres para mi maestro”- hace una pausa y vuelve a contar. No deja de hablar, de fumar, de beber…: -y luego has aparecido tú… Ya creía que no venías. Pensaba que estabas jugando conmigo. Eres preciosa.

Me sonrojo. ¿Qué puedo decir? A decir verdad, estaba cómoda a su lado. Los silencios no se hicieron presentes. No dejaba de hablar.

Entonces me puso un mote: Biter.

- ¿Qué significa Biter?

- Biter es lo máximo para un torero. Lo que más aprecia. Su mayor tesoro. – me sorprendo. ¿Yo lo mejor para él? Si apenas me conoce…



Habíamos estado toda la tarde hablando, conociéndonos. Al salir del bar me invitó a subir a su casa para seguir la conversación. Me dijo que sería un momento. Al final, aunque me resistí, me convenció.

Jose hizo que lo cogiera de la mano, como quien no quiere la cosa. Después, empezó a besarme, pero me aparté. Me daba asco, no permitiría que fuera más allá. Pero Jose insistió.

No me gustaba el tono al que estaban llegando las cosas, se estaban oscureciendo hasta el punto que creí que yo tenía la culpa. Él me lo hizo ver así.

Creía que en el bar no había bebido mucho pero, desgraciadamente, no fue así. Había bebido demasiado. Había fumado demasiado. Las cosas parecían ocurrir en una película lejana, al margen de mi voluntad.

Me cogió fuertemente de una mano y me arrastró prácticamente hasta una habitación vacía. Me dijo que me tumbara, pero yo oponía ya una notable resistencia.

Jose me cogió más fuerte por la cintura y consiguió tumbarme. Quiso besarme de nuevo. Yo apartaba la cara a cada intento.

Jose estaba encima de mí y sostenía mis manos frágiles que amenazaban con darle un empujón para salir corriendo.

Me subió la camiseta y apartó el sujetador. Me besó los pechos. Apestaba a alcohol y tabaco. Aguanté su saliva encima mía por un tiempo que me parecieron años. Tenía miedo de que si mee resistía pudiera hacerme algo.

Jose no era una persona con un cuerpo excesivamente fuerte, pero se notaba que tenía mucha más fuerza pese a que no era mucho más alto que yo.

Cerré los ojos. Quería irme.

Me apartó la falda. ¿Para qué demonios me puse una falda tan corta ese día? Si me hubiese puesto pantalón, no le hubiera sido tan fácil quistarlo. ¿Lo había hecho por algún motivo concreto? ¿Para provocar?

Tenía pánico.

Me tocó las braguitas y metió su mano por debajo de ellas. Sentí por dentro un desgarro. Cada vez que me tocaba me quemaba. Ardía. Sentí que algo me quemaba desde el vientre hasta el estómago, como si me inyectasen fuego. Entonces me agarró fuerte la mano y me la metió dentro de su pantalón. Me di cuenta, de repente, que mi mano tocaba una cosa caliente y dura.

Intenté apartar la mano que me temblaba de la angustia.

No podía dejar de tiritar de terror. Empecé a llorar bajito mientras le pedía, por favor, que parara, le suplicaba con amargas lágrimas que no hiciera eso y que me dejara marchar.

Quise sacármelo de encima, pero no podía. Pesaba demasiado y tenía demasiada fuerza. Cuando mi llanto se hizo más intenso, Jose volvió a tocarme ahí abajo, entre mis piernas. Hizo un comentario, que me pareció nefasto y asqueroso, y me quitó la ropa interior, de un solo zarpazo.

Ahora me tocó mis pechos mientras la otra mano me aguantaba sin cesar. Notaba como sus uñas se clavaban en mi brazo.

No sabía qué hacer. Sentía como mis fuerzas me dejaban, ya no podía más.

Seguía llorando y lamentándome cada vez en un tono más fuerte. Me parecía asqueroso y solo pensaba en salir de allí. Cada beso o “caricia” que Jose propinaba sobre mi piel me quemaba. Se sacó su miembro y me pidió que lo tocara. Una y otra vez. Yo no era capaz de hacer nada.
Me sentí tremendamente sucia, impregnada de humedad del suelo y del olor de la bragueta de Jose.

Entonces grité con todas mis fuerzas, un demonio me poseía por dentro y ahora lo dejé escapar en forma de grito.

En aquel momento Jose me dejó en paz.

Me levanté y me vestí a toda prisa aún con lágrimas en los ojos. Solo quería salir de allí. Pero Jose aún no me dejó marchar. No quería mirarlo a la cara. No quería mirarlo. Él se acercó y empezó a llorar en forma de disculpa.

Parecía arrepentido.

Me acompañó hasta mi casa e intentó volver a besarme, para despedirse, con sentimiento de culpa.

Pensaba que no volvería a saber nada de él, pero a la semana me llamó al móvil y me suplicó que volviera a quedar con él, me pidió una y otra vez perdón.

Yo seguía muy asustada y tenía motivos.

Ya en mi casa, fui al baño y me quité la ropa.

Al mirarse en el espejo me pareció que estaba muy sucia y desarreglada. Luego recordé que él prácticamente me había lamido toda y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tomé cinco duchas enteras, calientes, humeantes y me pasé el jabón por todas partes. No conseguía quitarme aquel olor que llevaba encima. Descubrí muchos moretones.

Luego vomité.

Me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama, estuve dos horas ahí, con la cabeza contra la almohada, mordiendo las sábanas, en posición fetal. Sin moverme.

Sólo me levanté una vez para volver a vomitar y para mandarle un mensaje a Carlos. Me sentía muy culpable.

No se lo podía contar a nadie, me sentía avergonzada e incluso responsable, no dejaba de pensar en ello. Odiaba a aquel hombre, de eso estaba segura.


No pude dormir en toda la noche dándole vueltas a la cabeza… Pensando en lo feliz que había sido mi niñez, mi madre siempre había estado ahí… Hasta los nueve años no tenía más preocupación que jugar, comer, llorar e ir aprendiendo, primero a hablar, luego a andar, más a tarde a leer, escribir… Aprender los buenos modales que le había inculcado su madre y en el colegio, como no insultar, ser respetuosa, decir “gracias” si te daban algo… Y una que me repetía una y otra vez en mi mente: “No hablar con extraños, no hablar con extraños, no hablar con extraños”.

Texto agregado el 13-09-2006, y leído por 160 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
02-01-2007 Valla manera de hacer ver la realidad que muchos han querido ocultar.... dejaste un buen mensaje de no tomarse las cosas a la ligera... Dezereth
15-09-2006 Muy buena historia.. la contaste muy bien y la verdad q hace pensar a uno.. de lo peligrosa q es ahora nuestra realidad y como a veces tenemos q seguir manteniendo las enseñanzas q nos dan cuando somos niñas... saludos Fa Fachita
14-09-2006 lo has contado con tanta realidad que me estremece pensar que puede ocurrir y has reflejado tan bien las imágenes que dan ganas de ducharme mis ***** elidaros1
13-09-2006 Que horror que de verdad ocurrán cosas como esas... te mereces las estrellas porq de verdad es un texto amargo y angustioso, pero acertado... muy acertado. MiriusMagicusPotagicus
13-09-2006 Santo Cielo, niña. ¡Menudo trago!. Deseo que sólo sea fruto de tu imaginación escritora. En cualquier caso, ten cuidadito. Mis votos, amiga. tensing
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