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La avenida Tacna rebosaba de gente que se empujaba una a otra por subir a los buses o por cruzarla a través de la avenida Bolivia. El mar de gente que nos aplastaba a mi abuelo y a mi no era nada comparado con el sol radiante que quemaba nuestras cabezas y que nos hacia sudar las camisas como si hubiéramos entrado minutos antes a un sauna.

Trabajaba con el viejo los fines de semana, evitando que mis labores en el trabajo no ocuparan mi tiempo dedicado a la universidad. Era un trabajo cómodo y sencillo, calibrando instrumentos y medidores para incubadoras o de calor. Mi abuelo pensó que era una buena oportunidad el que trabajara con él, así podría vigilarme y pasar unos momentos en mi compañía aunque sea los fines de semana.

Habíamos caminado desde la avenida Washington hasta el hotel Riviera para buscar algo que almorzar en su restaurante, un mozo de una presencia impecable nos dijo que el restaurante ese día no atendería. Mi abuelo consternado dio media vuelta indicándome que lo siguiera de vuelta hasta Washington por la avenida Bolivia. Caminamos empujándonos entre la masa de gente buscando un sitio aceptable para digerir un almuerzo suculento y un par de cervezas heladas, que eran de ley ante el calor insoportable del mediodía sabatino.

Entramos en un restaurante poco concurrido, que más daba la impresión de ser una chingana de mala muerte que alguna otra cosa. Nos sentamos en una de las mesas más cercanas a la puerta de acceso ya que era la única posición en la que podríamos recibir un extra de aire proveniente de la calle, muy aparte del poco vientecillo que nos llegaba del ventilador de techo que funcionaba furiosamente. Pedimos dos menús de seis soles y un par de cervezas heladas mientras hablábamos de cómo iba a ser mi futuro una vez que acabara la universidad y dejara el trabajo sabatino por uno de mejor remuneración y a tiempo completo. Las cervezas fueron lo primero en llegar a nuestra mesa cubierta por un mantel plástico con cuadrados rojos y blancos, que previamente fue limpiado con un trapo verde mohoso. Bebimos nuestro primer vaso con bastante rapidez ya que nuestras gargantas secas pedían refrescarse lo más rápido posible.

El almuerzo transcurrió entre risas y conversaciones, los frijoles estaban un poco aguachentos pero no importaba ya que tenían un sabor realmente exquisito. La cuarta cerveza se encontraba a la mitad cuando una mano amiga agarró el hombro de mi abuelo y lo saludó con un fuerte apretón de manos. Lo invitamos a acompañarnos jalando una silla de la mesa contigua, invitación que aceptó muy cordialmente invitándonos la quinta y sexta cerveza. Los platos fueron retirados y la mesa se llenó de vasos de vidrio corriente y botellas ámbar con gotas de agua resbalando por sus costados.

Las tres de la tarde nos llegó con su acostumbrado adormecimiento y con una caja más de cerveza de parte de Miguel Mapochino, el amigo de mi abuelo y a quien él conocía desde su ingreso a la fábrica donde ambos trabajábamos 20 años atrás. Seguían las bromas y las risas, acompañadas por eructos reprimidos y una dilatación extraña en las fosas nasales. De pronto, Miguel me miró fijamente a los ojos y con su vaso balanceándose en su mano me dijo que él era capaz de morderse el ojo derecho, y que para que vea que era un hombre de honor que sellaría la apuesta con una caja de cerveza por parte del perdedor. Nos reímos de una manera relativamente fuerte y nuevamente su mirada se clavó en mis ojos, repitiendo cada palabra de su apuesta. La acepté mirando de reojo a mi abuelo quien escondía una risa detrás del vaso de cerveza que se llevaba a la boca. Miguel Mapochino, hombre de 48 años y viudo, dejó su vaso limpio sobre la mesa y tirando la cabeza sobre su barbilla extrajo de su rostro el ojo de vidrio que inmediatamente se llevo a la boca y, guiñándome el otro, mordió con los caninos. Las risas de mi abuelo no se hicieron esperar al ver mi cara de aturdimiento y sorpresa, levemente enrojecida por haber caído en su trampa. No me quedó más que reír y pedir, por cuenta mía y de mi bolsillo, una caja de cervezas bien heladas.

La caja que había comprado horas atrás se había acabado y nos encontrábamos frente a otra comprada por mi abuelo, aun riéndonos y de rato en rato recordando la apuesta que perdí, ya no con resignación sino con alegría, recordándola como un hecho gracioso de mi pasado. El atardecer había enrojecido los edificios de la avenida Bolivia y los autos con dirección a Breña se veían mucho más brillantes a esa hora. Miguel Mapochino llamó mi atención una vez más al ver que se acaba la cuarta caja de cerveza que estábamos tomando, y mirándome nuevamente con su ojo bueno y su ojo de vidrio algo mal colocado, porque daba la impresión de tener la vista desviada, me pidió que le aceptara otra apuesta con un pago idéntico a la anterior para el perdedor. No me sorprendió el hecho mismo de la apuesta sino la apuesta en sí. Me dijo, secando el vaso que tenía en la mano con dos grandes sorbos, que él era capaz de morderse el ojo izquierdo. Mi abuelo soltó la carcajada y yo quede más aturdido de lo que estaba por la libación de licor desde el mediodía, sacudí mi cabeza para despejarla y quitar la somnolencia de mis músculos y acepté sin pensarlo dos veces. Sabiéndome ganador, sonreí sintiendo como las comisuras de mis labios llegaban hasta mis orejas para cambiar mi rostro a una frustración desesperada, observé a mi abuelo que por poco se cae de la silla de tanto reír. Miguel Mapochino, trabajador metódico y compañero de trabajo de mi abuelo desde hacía veinte largos años, había desencajado su dentadura postiza y llevándola hasta el ojo izquierdo hizo el amague de mordérselo.

Texto agregado el 01-09-2006, y leído por 101 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
01-09-2006 jajajajaj muy bueno*5 terref
 
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