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Durante mi infancia y adolescencia tuve la fortuna de contar con un tío, Tomás, hermano de mi madre, que era el paradigma del tío que todo muchacho quiere tener. Mundano, jovial, parrandero, mujeriego, y generoso, no solamente por aportar de vez en cuando algún peso a mis flacos bolsillos juveniles, sino por la prodigalidad con que me transmitía sus experiencias de vida. El primero que me llevó a un teatro de revistas a mirar culos y tetas femeninas al desnudo, a tomar vino y cerveza a bodegones rantifusos, al hipódromo, el que me enseñó a jugar a las cartas y a los dados y todas esas cosas, que en definitiva, son las que justifican nuestro paso por este azaroso y conflictivo mundo. El único defecto que se le podía atribuir a mi tío era, que como mi padre, tenía una incomprensible idolatría por el Racing Club de Avellaneda

Ya catalogado de solterón, quizás para desmentirlo, un día entre gallos y medias noches se casó con una curvilínea rubia platinada de la que, las malas lenguas familiares, afirmaban había sido alternadora de night clubs, lo que jamás se pudo probar, pero con la que yo, igualmente, alimenté ardorosas fantasías eróticas, en algunas noches de insomnio. Y precisamente una de las cosas que me había prometido mi querido tío, era que al cumplir yo determinada edad, se iba ocupar de hacerme debutar sexualmente con una pulposa señorita. Pero no pudo ser, su cuerpo deteriorado por los muchos toneles de cerveza ingeridos durante años vividos a máxima velocidad, las comidas extravagantes súper condimentadas y todo tipo de excesos, un día dijo basta y el tío Tomás nos abandonó, dejándome sumido en la más espantosa desolación, y lo peor de todo, sin la pulposa señorita prometida.

Algunos años después, allá por mis veinte, yo vivía aun con mis padres y un cachorro de dos años al que habíamos apodado Peti, un perrito Cocker Spaniel, mas bien pequeño, esos de mirada triste y largas orejas caídas que era muy afecto a mí y siempre me andaba rondando. Por otra parte, mi vida, ya salido de la adolescencia, se encontraba en un punto de total desorientación e incertidumbre, al punto que mi viejo me repetía todos los días: o estudiás o laburás, pero de vago en esta casa no, así que decidite. Tal apremiante y perentoria decisión a tomar, me había volcado hacia lecturas esotéricas, otras sobre la vida extra terrestre, y por supuesto, también algunas sobre la reencarnación, tema que me tenía muy obsesionado porque especulaba con la posibilidad de procurarme una muerte indolora, y tal vez, volver a nacer en condiciones más favorables.

Un domingo a la tarde me encontraba sentado en un sillón del living totalmente enfrascado en un libraco titulado, Reencarnaciones probadas, de un tal Máximus de Alejandría, con el Peti echado a mis pies, mientras en la radio se escuchaba la voz del gordo José María Muñóz transmitiendo el clásico de Avellaneda, Racing vs Independiente. En realidad yo no escuchaba el partido porque estaba absorto en una historia que aseguraba que la actriz cinematográfica Rita Hayworth en una vida anterior había sido la reina de Saba, cuando el gordo Muñoz se descolgó con un estentóreo grito de gol que me arrancó de mi concentración perforándome los tímpanos: Goloooooooooool deeeeeeeeee Raaaaaaaaaciiiiiiin, gritaba frenéticamente.

Bajé el libro un tanto fastidiado, y algo llamó poderosamente mi atención. El Peti me miraba moviendo la cola alegremente y hasta me dedicó un breve ladrido de felicidad. ¿Pero cómo, desde cuando el Peti es hincha de Racing? me pregunté. Olvidé el libro y me puse a observarlo detenidamente, y en efecto daba toda la sensación de estar escuchando el partido, al punto que en un momento en que el centro delantero de la Academia se perdió un gol solo frente al arco, movió su cabeza negativamente bamboleando las orejas como diciendo a ese boludo no hay que ponerlo más. No le podía quitar los ojos de encima, observaba hasta sus mínimos movimientos y reacciones y cada vez me convencía más de que, en efecto, escuchaba el partido. Cuando se produjo el empate de Independiente, se levantó abruptamente y se fue.

Me quedé pensando y de pronto una idea fantástica iluminó mis neuronas. ¿Y si el Peti fuera el tío Tomás reencarnado? Lo llamé y no apareció, era raro siempre me obedecía. Apagué la radio y vino inmediatamente. El corazón me latía con violencia y las manos me temblaban un poco cuando lo alcé y lo senté sobre mis rodillas. Mirando fijamente sus pupilas negras creí reconocer cierto aire burlón inconfundible de mi tío Tomás, entonces con voz entrecortada le pregunté: ¿Tío, sos vos…? Movió la cola con fuerza y me endilgó dos cortos ladridos. Mi emoción no tenía límites, me acababa de dar una respuesta afirmativa. No sabía que hacer para agasajarlo, lo abracé mientras le decía con lágrimas en los ojos: ¡Tío volviste! Fui hasta el refrigerador abrí una botella de cerveza me serví un vaso y llené su cubeta con el espumante líquido. Si me quedaba alguna duda, se disipó cuando lo ví mandarse la birra con fruición y agradecimiento.

Mi primera intención fue comunicar la grata nueva a mi familia y luego desparramarla por el barrio, pero por suerte mi sentido común me alertó sobre los riesgos. El primer obstáculo sería mi viejo, que siempre me miraba con desconfianza, como sospechando que yo pudiera ser drogadicto, chorro o puto, además existía la posibilidad de que el tío se negara a dar muestras de su verdadera identidad a otra persona que no fuera yo, así que opté por callarme. De cualquier manera no dejó de llamar la atención a mi familia y a los amigos que yo me tornara inseparable del can. Me encargaba de sus paseos y de su comida, aunque me cuidaba de preparársela en los momentos en los que nadie me veía, porque había suplantado su alimentación específica para perros comprada en supermercados por los platos que el tío adoraba, como vermicellis al pesto, lasagna rellena, matambrito al verdeo y el carre de cerdo a la riojana con mucha pimienta, todo regado con buena cerveza. Y el tío, vaya si hacía honor a mis esfuerzos culinarios, se la devoraba epicúreamente.

Nuestra amistad crecía, yo le había encontrado un sentido a mi vida y el tío Tomás rebosaba de dicha al sentirse reconocido, atendido y agasajado. Al punto que un domingo por la tarde se me ocurrió llevarlo a la cancha de Racing a ver un partido contra Chacarita, Cuando se lo anuncié se volvió loco de contento y corría delante de mío rumbo a la parada del colectivo. Me costó convencer al chofer que lo dejara subir pero finalmente lo conseguí y así arribamos a Avellaneda. Ya en las proximidades del estadio le puse la correa me acerqué a una boletería y compré dos entradas. Cuando se la entregué al contralor de puerta, éste sin mirar hacia abajo las cortó y me dio paso, pero un policía que nos venía siguiendo con la mirada se aproximó y en tono seco me dijo que no podía ingresar con animales. Argumenté, alegué, discutí, pero no hubo caso. Por suerte pude revender las entradas pero la cara de decepción del tío me partía el alma. Para compensarlo un poco, le compré una mantita, de esas con que se abriga el lomo de los perros, con los colores de Racing. Con que orgullo la llevaba el pobre.

Mi viejo estaba en la puerta mirándonos venir con esa cara de sospecha que siempre me dedicaba. Al pasar, viendo la mantita del tío, me dijo socarronamente, se te está despertando la inteligencia, te hiciste hincha de Racing. Yo no, él es hincha de Racing, le respondí señalando al tío. Su cara de sospecha se acentúo y con ojos inquisidores volvió a preguntar. A ver, a ver, ¿Como es eso de que él perro es hincha de Racing? Me di cuenta que había metido la pata, pero se me ocurrió una respuesta genial: Y claro, ¿De que otro cuadro puede ser hincha un perro…? Me miró fijamente unos segundo más y solamente dijo: -¡Anda a cagar, boludo!


Otro día me acordé de la tía Emma, la viuda de Tomás, a la que hacía bastante que no veía pero que simpatizaba mucho conmigo. Lo encaré al tío y con cautela le pregunté que le parecía la idea de ir a visitarla, salió disparado y volvió con la correa en la boca. Como vivía a unas veinte cuadras nos fuimos caminando. La tía, que todavía se mantenía muy bien y vivía sola, nos recibió alborozada y hasta lo recordó al perro, que había conocido de recién nacido. Me preparó un té y me acosó a preguntas sobre mis estudios, mis padres y toda la chismografía familiar. El tío la observaba impávido. En un momento se percató de su mirada y lo invitó a subirse a su regazo, él, sin hacerse rogar, se ubicó de un ágil salto. Ella le acariciaba las orejas y él intentaba lengüetearle el cuello y el escote. Con bastante envidia pensé que lo que quería era chuparle las tetas y cuando advertí que una de sus pezuñas estaba justamente ubicada en la entrepierna de la tía, desde mi pecho afloró el grito: ¡Vamos tío todavía!, pero lo sofoqué ante la actitud indiferente de la mujer.

En esa circunstancia creí advertir una fugaz mirada del tío que parecía decir, dale pibe por qué no te vas a dar una vuelta por la plaza. Me puse de pié y dije un tanto embarazado, -Tía tengo algo que hacer por aquí, ¿Te quedarías un rato con el ti…, digo con el Peti? Ella respondió con otra pregunta para la que no estaba preparado, - Qué tenés que hacer por aquí? Confundido, dije que tenía que comprar no se que cosa en una ferretería. Me miró con esa cara que ponen las mujeres ante los varones despistados y dijo: -Querido, hoy es domingo, está todo cerrado. Me volví a sentar, la cara del tío decía: ¡Pero que pelotudo que sos!

A la hora de despedirnos intenté una última jugada, dejárselo al tío toda la noche para que me lo cuidara, pero con una sonrisa me contestó que no era posible porque tenía que salir. Ya en la calle caminábamos, yo en silencio, él con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, ya para consolarlo le dije, no te preocupes tío vos sabés bien como son las minas, siempre te hacen calentar al pedo. Recuerdo que se cruzó una perrita vagabunda solitaria, yo le solté la correa y le dije andá tío, sacate el gusto. Ansioso, se le fue al humo a olerle el culo pero la perrita lo sacó cagando. Ya llegando a casa me dedicó una mirada que sin duda significaba: Hoy no es mi día.

Y así transcurrió ese año de convivencia con mi nuevo tío Tomás con mil vicisitudes que sería largo de contar. Pero como toda historia, esta tuvo su desenlace y ciertamente, muy trágico. EL tío había engordado notoriamente, sus ojos se habían tornado de un amarillo subido, respiraba con dificultad y caminaba muy lentamente, arrastraba las patas para ser más exacto. Yo le decía, tío tenés que aflojar un poco con la birra y los picantes, te estás excediendo. A veces lo veía comer hierbas en la plaza y al volver le preparaba una buena ensalada de radicheta, ajo y cebolla, pero al final ya ni eso comía, y como su estado se agravaba lo llevé al veterinario.

Tendido sobre la camilla de metal soportó con estoicismo la revisación, finalmente el profesional con tono muy serio me dijo: Pero este perro está hecho mierda, tiene el hígado como una piedra, diabetes y cirrosis, ¿Qué le dan de comer? Le conté con lujo de detalles pero aclarándole que últimamente le había cambiado la cerveza blanca por la negra que es más sana y que le había suprimido las salsas bolognesa y napolitana que son uno poco fuertes. Por la expresión de su cara me pareció que no estaba nada de acuerdo y que me iba a endilgar un sermón, pero luego se ve que lo pensó mejor y con gesto de, y a mi que carajo me importa, me puso la mano en el hombro y sentenció: tu perro se muere muchacho y va a sufrir, si realmente lo querés dejame que le haga una inyección letal. Lo miré al tío que abríó un ojo y lo cerró como dándome la aprobación. Dije: está bien doctor dele para adelante, yo me quedo al lado de él. Le tomé la manita mientras el médico hacía la aplicación y sentí como su cuerpito se iba endureciendo y justo un instante antes que se apagara el último fulgor de vida en sus ojos, con el corazón transido de dolor alcancé a decirle: ¡Que cagada tío, te morís otra vez de lo mismo!

Han pasado muchos años desde aquellos días, pero jamás olvidé las dos vidas de mi tío Tomás y nunca volví a tener una experiencia de ese tipo. Pero siempre que acierto a pasar por la cancha de Racing, no dejo de mirar con atención y esperanza a los perros que deambulan por la zona.

Texto agregado el 19-08-2006, y leído por 1353 visitantes. (25 votos)


Lectores Opinan
22-07-2009 Es una hermosa historia, que rescata la psicología de ese niño, adolescente (que representa otros) con un lenguaje ameno y natural sin rebuscamientos, pero con exactitud y talento. 5* marea-rioplatense
04-07-2009 ahhhhhhhhh...pobre tío y pobre perrito tío, jajaja, estuvo genial!!! alexandra
04-01-2009 Jajaja, buenísimo.Tu padre no sacó provecho de ti: te hiciste escritor. Felicidades. justine
04-01-2009 Jajaja, buenísimo.Tu padre no sacó provecho de ti: te hiciste escritor. Felicidades. justine
22-01-2008 Es una excelente historia negroviejo, como me he divertido leyéndola, que hueva, me cago de la risa aún. auripo
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