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EL GRIFO Y EL CABALLO

El rico terrateniente había envejecido y sus achaques no eran pocos. Juzgó que era el momento de capitalizar su patrimonio y de gozar de un descanso apetecido. Buscaría la moderada climatología de la isla y se instalaría en la urbe canaria que le vio nacer.
Una de las posesiones que vendería, sería un conjunto de establos, desvanes y pocilgas que hasta no mucho tiempo, fueron destinados a la cría de ganado lanar y porcino. En el recinto existía un chamizo que se reservó para la explotación avícola. Había, asimismo, cuadras que albergaron ganado caballar y una corraliza abierta al espacio. Al final de las cortes y tinadas, se veía un cobertizo, donde se guardaba una elegante galera. En esta carriola, tirada por una hermosa jaca jerezana, el señor de sus tierras paseó por el término de Albalate. Recorrió sus extensos feudos, dando órdenes a capataces y labriegos, vigilando las labores de vendimia o controlando la recogida de aceituna.
Un presunto adquiriente se interesó por la propiedad descrita y pidió ver los corralones para tratar de la posible compra-venta.
Para mostrar al hipotético comprador la finca objeto de venta, el colono hizo llamar al único empleado que por aquel entonces quedaba en la casa y que hacía de criado, capataz, labriego, encargado de caballerizas, amo de llaves,... Acudió solícito el mozo y al abrir las puertas de los rediles, vendedor y comprador quedaron perplejos, al ver el estado en que se encontraban las estancias. Aquello no eran establos o corrales, más bien parecía una marisma. Rezumaba agua por todas partes y, desde luego, era imposible entrar para echarle una ojeada a las distintas dependencias. Al fondo, en la esquina del aprisco, se veía un caballo que enterraba sus patas en aquel lodazal. Era el único animal que quedaba de lo que un día había sido una pequeña granja. El alazán, que antaño había sido un brioso, esbelto y bello animal, presentaba ahora un estado calamitoso. Estaba sucio, empapado de agua, viejo y desnutrido. La pobre caballería recordaba perfectamente al famélico Rocinante del Quijote.
Ante tamaño espectáculo, el señor de la casa se dirigió al criado para pedir explicaciones del porqué de aquella situación.
-Dime: ¿qué es esto?, ¿qué ha pasado aquí?
El sirviente se había calzado botas de goma que le llegaban por encima de las rodillas. Hacía caso omiso a las preguntas que se le hacían y caminaba de un lado a otro cual sonámbulo y sin saber qué hacer.
Después quiso sacar al caballo, medio enterrado, de aquella trampa de agua y barro. Cuando lo consiguió, llevó al animal a un lugar que parecía más enjuto.
Las preguntas del empresario arreciaban y el mozo parecía no escuchar. El patrono ya no preguntaba, más bien gritaba:
-¿Me quieres decir de una puñetera vez, qué es lo que ha ocurrido aquí?
El gañán miró al intercolutor. Con desgana, pero a la vez con determinación, señaló al caballo y dijo:
-Ése; pregúntele a ése, pregúntele a ése. Ése es el culpable.
El criado se encontraba ahora frente a un pilón adosado a una pilastra de cemento. De su pared colgaba un grifo, que había sido arrancado de cuajo, y por el orificio que había quedado salía a presión un fuerte chorro de agua. Parece ser que no era la primera vez que ocurría aquel desaguisado. El pilón servía de abrevadero al penco. El mozo lo llenaba de agua para que el rocín calmara su sed y en alguna ocasión se olvidaba de ese menester. Entonces el equino olfateaba el grifo y acuciado por la sed lo mordía y provocaba la avería.
La contestación que el campesino había dado a la pregunta del patrón estaba dando al traste con la paciencia de este hombre. Conteniendo la ira, se dirigió nuevamente al labriego y aparentando mesura preguntó:
-¿Pero es que no eres capaz de explicarme porqué ha pasado esto?
El sirviente que seguía a lo suyo, contestó sin mirar:
-Ya le he dicho antes que el culpable es el caballo. Pregúntele a él, pregúntele a él.
El opulento oligarca, hombre culto pero a la par altanero, hizo un esfuerzo para mantener el control. Llamó al criado y le conminó a que se acercara. Cuando lo tuvo delante, lo miró con fijeza y con voz grave, fuerte e imperativa dijo:
-Óyeme con atención. Aparte del idioma de Cervantes hablo el de Shakespeare, Molière, Nietzsche y Tolstoi. No obstante, me resisto a conversar con el caballo. Tú lo harás. En el diálogo con la bestia te tomas el tiempo que estimes necesario y cuando hayáis concluido y te haya dicho lo que ha pasado, vienes y me lo traduces en cualquiera de las lenguas que conozco.
La situación, un tanto peregrina, era chocante y divertida. El supuesto comprador presenciaba la escena con regocijo y a duras penas podía esconder su hilaridad.
El criado se alejó rezongando y mascullando palabras inconexas. En su gutural cantinela incoherente tuvo un momento de lucidez oratoria y se le pudo entender:
-Las cosas se rompen, señor. Todo se termina. También a los grifos les llega su hora. Siendo tan sabio y leído debería estar al tanto de estas cosas y no asombrarse. Y ya que conoce tantas jergas y lenguajes, es usted el que debe hablar con el jamelgo. Se comprenderán a la perfección.
Ahora sí, la carcajada del pretendido comprador fue sonora y ostensible.
El arrogante patrón parecía hacerse el sordo y moviendo la cabeza expresó circunspecto y flemático:
-No sé qué va articulando. Quizá vaya tarareando el idioma del caballo.
Vendedor y comprador se despedían y convenían en volver, cuando el cenagal remitiera y fuese posible la entrada al edificio.

Texto agregado el 10-08-2006, y leído por 384 visitantes. (22 votos)


Lectores Opinan
14-10-2011 Muy bien logrado el texto, el manejo de las letras es extraordinario y la narración perfecta. El cuento... Muy bueno. 5* Catman
05-01-2007 Desde luego, que el Alcalde de Albalote debería proclamarte cronista oficila del pueblo. margarita-zamudio
19-10-2006 Me encanta me encanta tu forma de escribir, me pregunto pensarás así como escribes, eres genial. ***** amanda purosentimiento
07-10-2006 Excelente.todo te lo han dicho, pero yo te diré que te admiro***** Besos Vitoria 6236013
18-09-2006 Excelsa narrativa La_Entidad
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