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No me sentía bien bañado en esa cagada de pájaros al despertar, mi mente se retorcía buscando una explicación al lugar en donde me encontraba y al cual no recordaba como había llegado; el sabor amargo de la parranda y la bilis devuelta envolvían mi aliento en un manto de descomposición que no agradaba mucho a mis papilas gustativas, vueltas, mi cabeza daba vueltas azotándome cada segundo con un pequeño martilleo dentro de mi cerebro que funcionaba descoordinado con mis miembros, sentía poco la mandíbula y mis piernas adormecidas no permitían que me levantara del sitio donde me encontraba. Pude vislumbrar unos cuantos árboles y una que otra banca dentro de mi adormecimiento matutino, mis ojos se cerraban esperando nuevamente que el ángel del sueño se posara sobre mí y me hiciera caer sobre esa salpicadura de mierda de pajaritos vespertinos que me había embarrado al caer desde lo alto de una rama, esperé observando como mi vista adquiría la claridad suficiente como para descartar un exceso de legañas en mis ojos pero igual llevé mis manos hacia ellos y los froté irritando aún más mis rojizos globos oculares, dolían cual golpe en la sien y hasta me hicieron perder el equilibrio observando como una pareja de ancianos en buzos coloridos caminaban de la mano por el perímetro cercado de aquella explanada verde humedecida por el rocío de las cinco de la mañana. Mi cabello era un desastre como si cien tropas de caballería hubiesen pasado sobre mi cabeza durante mi estado de desconexión con este mundo y mis conversaciones con Dios en el mundo de los sueños, podía sentir claramente el humor nauseabundo que emanaba desde el cuero cabelludo reseco que cubría mi cráneo, olía a vómito desesperado, como si alguien hubiera alcanzado el máximo de aguante cerca de mí y hubiera descargado sus entrañas sobre mi cabeza; mi cabeza, seguía martilleando y mis ojos eran heridos con cada rayo luminoso que emanaba el sol que se levantaba detrás de los cerros áridos que podía ver desde mi posición, volví a erguirme para sentirme nuevamente salpicado por un calor líquido que caía en mis espaldas, perro de mierda, salió aullando de su paciencia miccionaria cuando logré dar vuelta a mi torpe cuerpo y espantarlo con ambas manos cayendo sobre el frío cemento del camino interior del parque vacío, carajo, mi nariz dolía más de lo que mi cabeza y esto acrecentaba aún más el dolor ocasionado por haber estampado de bruces mi rostro en el piso embadurnado por el orín amarillento que mi antiguo agresor había dejado, no sentía las piernas y los brazos adormecidos no me ayudaban mucho, era una sublevación de mi cuerpo contra mi desastrosa actuación la noche anterior en casa de Pedro: dos botellas de ron y un par de copas de aguardiente hervían mi estómago repetidas veces refrescado con una helada cerveza, el calor insoportable de mis entrañas hacía subir un tropel de gases hediondos que abatían al hálito que exhalaban mis pulmones, la garganta seca pedía algo más que un pare a la escasez de agua en mi organismo, mi deshidratación sería mayor ahora que el sol iniciaba su recorrido de 14 horas por lo alto de la bóveda celeste en esa, que se anunciaba desde el inicio, calurosa mañana de verano, puta madre, traté de despegar de mi cuerpo la casaca de cuero que llevaba encima con movimientos torpes, ensuciándola haya sido con el polvo de la vereda de cemento en la que me encontraba sentado, con el orín amarillento del perro despiadado que ahora pugnaba por ser una masa pegajosa, con la tierra humedecida por el rocío y la cagada de los pajaritos que ahora bajaban de sus árboles para intentar picotear los trozos de comida que asomaban tímidamente por mi cabello desarreglado, víctima de un efluvio de masas estomacales poco digeridas; después de una intensa lucha contra el descontrol parcial de mis acciones y la reacia resistencia opuesta por mi vestimenta, logré sacar el bendito sacón de cuero negro para encontrarme con una camisa mal colocada dentro del pantalón, con unos botones abiertos y manchas con olor a alcohol de 96 grados, inclemencias de la borrachera nocturna y el ánimo del reencuentro con los amigos después de mucho tiempo, después de 15 largos años de suplicio en el mismo trabajo, sentado frente al mismo escritorio y escuchando las mismas voces, 15 años que se tragaron mi vida aprendiendo como encender una computadora, como enviar un fax y como comerme las uñas viendo como los jóvenes en la misma oficina hablaban de e-mail, de Internet y yo, puta madre, no saber nada ni entender un carajo de lo que hablaban, refugiándome en mis solitarios almuerzos con café y cigarrillos al terminar, con una esposa amable que cada noche sacrificaba su sueño por tener un plato de comida caliente para mí sobre la mesa y a los niños durmiendo en sus pequeñas camas, cubiertos con sus edredones de motivos de dibujos animados, que mierda, todas las noches no se ven a los antiguos amigos; mi camisa abierta me hizo ver el infortunio de la edad, una panza acrecentada por el exceso de alcohol durante la noche y durante la vida, la guata chelera me dijeron por ahí, no hice caso de mis recuerdos o de lo que mi cerebro me quisiera hacer recordar, una palmada en la mejilla para despertarme más de lo que ya me había despertado, mi barba mal afeitada y crecida durante el sueño, ¿que tanto puede crecer la barba mientras duermes?, me sentí aturdido, sacudí mi cabeza intentando apartar de mí esa somnolencia, eructé un sabor avinagrado, maloliente, mi interior se pudre con la edad, ya no estoy para estas vainas, me coloqué en cuclillas y de nuevo el remezón de mi estómago tambaleó mi cuerpo haciéndome quedar arrodillado y con las manos enterradas en el jardín, devolviendo un líquido amarillento y con cada contracción botando un poco más de mi alma, de mi vida; mi cabeza cayó sobre mis hombros saboreando el agrio en la garganta, atorándome tratando de pasar la poca saliva que pude fabricar y que se fermentaba en mi boca. El sol me daba en la cara, había recorrido un sexto de su paso fugaz durante ese día, las piernas aún no me respondían como debía ser pero hacían más caso que cuando desperté en ese estado de sopor vitalicio desde que recibí las credenciales de hombre maduro y consciente de sus acciones agravantes en contra de su cuerpo y su vida, traté de incorporarme nuevamente sintiendo el tambaleo de mis miembros inferiores, mi cabeza me dijo que el suelo estaba más próximo de lo que aparentaba y lo próximo que vi fue un hilo de sangre chorreando desde una de mis cejas, no estaba muy seguro de cual de las dos brotaba el plasma rojo por el adormecimiento de mis sentidos pero veía todo el mundo como si le hubieran dado un giro de 90 grados sobre su eje, pero era yo el que estaba en posición horizontal, echado sobre el orín amarillento y pegajoso del perro desgraciado que meó mi casaca de cuero negro, la cual saqué por los avatares del clima ensuciándola con la cagada de pajaritos matutinos que picoteaban mi cabeza buscando arrancar de entre mis cabellos los restos de un ataque inesperado de las vísceras de algún compadre de juergas y estudios en los años mozos de nuestra juventud, carajo, viendo como mi vista se cubría de un rojo espeso y se nublaba tratando de encontrar una respuesta a porque mierda uno con la edad se siente peor después de un par de tragos entre amigos, buscando entre los vapores internos algún sabor que resultara agradable al gusto, no consiguiendo abotonarme bien la camisa desarreglada, sintiendo inseguramente la guata hinchada por las cervezas tomadas durante el transcurso de toda una vida, escuchando a jóvenes sin experiencia hablar sobre el destino del mundo, mierda, viendo como la vista no se recupera después de una caída a mi edad, como el mundo te rodea pero no hace nada por ayudarte, como llegas a sentir calor después de haberte cagado de frío sentado en un parque esperando ver el amanecer, pensando en que será de mi mujer que me sirve la comida caliente todas las noches y cuida de que mis hijos duerman cómodos y lo suficiente para que no sientan la pesadez que siento yo cada mañana al despertar, pensando en porque tienes que vivir todo nuevamente como en una película simplemente por haberte caído de cabeza sobre una piedra afilada que se clavó en la parte frontal de tu cabeza, en porque las mañanas de verano tienen que ser tan luminosas que te ciegan los ojos, en porque la sangre es tan roja, en porque, puta madre, porque mis amaneceres tienen que ser tan llenos de angustia en esta vida de vetusto inútil que me ha tocado vivir, en porque no pude quedarme a un par de cervezas más esperando el final de otro día, no veo más, pero las preguntas siguen ahí, agujereándome el cerebro esperando que tal vez mañana no haya otro amanecer angustioso para mí.

Texto agregado el 14-07-2006, y leído por 216 visitantes. (0 votos)


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