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[C:21809]

- Termine de poner los sellos en las invitaciones y mándelas acto seguido por correo.
- Sí, señor.
- Cuando acabe de hacer todo, acondicione las habitaciones y todo el ala oeste de la mansión para mis futuros… invitados. Y dése prisa –apremió inquisidor sir Lionel Twain, el propietario de la mansión-. Les espero para mañana a las nueve de la noche.
- Sí, señor. Señor…
- ¿Sí?
- ¿Vendrán?
- Ja Ja Ja… ¡claro que vendrán!



En un pequeño Ford T de color negro, de aspecto detectivesco, seguían discutiendo, de camino a la mansión, un hombre con marcado acento americano y su espléndida secretaria, regida por los típicos aspectos del tintado rubio de bote: supertonta y supertipo.
- Te digo Peter que este no es el camino. Además, ¿cómo demonios puedes ver nada más allá de dos metros con esta niebla? –preguntó ella-.
- El olfato, nena. Y cállate ya la boca, me duele la cabeza con tu cháchara, se me han terminado ya las pastillas para la cabeza –la miró un instante-.
- Sí, cariño –dijo ella sumisa-.
- Oh, cállate. ¿Por qué no te habrás enamorado de otro, Shirley?
- ¡Mira! El número 22 es éste. Peter, como siempre, no te equivocas –halagó ella-.
- Lo sé, lo sé. ¿Seguro que no te quedan pastillas?
- No… -murmuró enrojeciendo-.


Mientras el Ford T se aproximaba a la mansión por el larguísimo sendero que fluía desde el gigantesco portón en el que se leía “22 Twain”, de un sutil Hispano Suiza granate recién aparcado junto a la entrada de la mansión salían un hombre elegantemente vestido, de corte inglés y suave bigote que enaltecía su gran atractivo, y una mujer rubia, espectacular para su edad, aderezada en un formidable vestido blanco de noche.
- Cariño, ¿seguro que no nos hemos perdido? –insinuó ella-.
- Creo que no, querida –musitó él, acostumbrado a las impertinencias de su mujer-.
- Menudo sitio has elegido para perderte, cariño –continuó ella-.
- Recuerdo haber visto un sitio, unos kilómetros más atrás, mas apropiado para perdernos, querida –añadió él, agudamente-.
- Oh, querido, siempre has sido tan mordaz…


Por otra parte, entre discusiones típicas de pareja enamorada, alguien manipulaba una gárgola de piedra de las terrazas de la mansión y la colocaba exactamente sobre donde, con el impulso necesario, caería para lamentar, finalmente, alguna desgracia: el rellano del portón, al que se acercaban ajenos a toda sospecha, ya el Ford T aparcado, el detective Peter Falk y su acompañante Shirley.
- Shirley, nena, cuando te diga, échate a un lado –dijo Peter mirando ligeramente el suelo-.
- Pero, ¿por qué, Peter?...
- Sólo hazlo, oh, ¿por qué me habrás tocado tan tonta, Shirley? –comentó asqueado de veras el detective Peter-.
- Lo siento, Peter.
- No importa, llama al timbre, nena.
Así lo hizo Shirley, cuando se oyó un grito de mujer muy pronunciado.
- ¡Ahora, Shirley! –exclamó Peter-.


Tras un gran estruendo y una breve pausa, el mayordomo, un hombre de unos sesenta y cinco años, prácticamente calvo y canoso, cuyo detalle más resaltado era su ceguera y su bastón para ciegos, siempre con él, abrió, no sin ensayos y errores previos, el portón de la mansión:
- ¡Señores!, cuánto lamento el estruendo, pero no se preocupen, es sólo el gato, hace días que sólo se alimenta de comida para perros.
- ¡Cielo santo, Peter! ¡faltó muy poco para que esa estatua me hiciese picadillo!, ¿es que usted no vio nada!... –Shirley se interrumpió ante un apretón del brazo por parte de Peter, que con los ojos le hizo notar la ceguera del mayordomo-.
- Lo siento, señora, pero perdí la vista –dijo mirando hacia la puerta- recientemente y aún no veo bien, de hecho, no veo nada, señora. Aunque, si me permite añadir algo, sigo siendo muy eficiente en mi trabajo.
- Peter, gracias a dios que estás bien; pero cómo supiste…
- Las marcas en el suelo, nena. Todo muy sencillo ante ojos expertos como los míos –y le indicó unas marcas de tiza con forma de zapato en el suelo del portal-. Hasta la misma talla.
- ¡Querían matarme! –exclamó Shirley.
- No, creo sencillamente que querían comprobar si realmente soy un gran detective, nena.
- Ya lo creo que sí, cariño –dijo Shirley mientras acariciaba a Peter en la cara, enamorada-.
- Esas manos quietas –le ordenó Peter-.
- Bien, caballeros, si me permiten llevarles las maletas –intervino el mayordomo-.
- Gracias, puede con ellas la chica –dijo Peter apuntándola con el pulgar-.
- Pero Peter…
- En tal caso, permítanme cerrar la puerta y guiarles a su habitación –dijo el mayordomo-.
- Pero, ¿y aquellos gritos, Peter? –preguntó Shirley-.
- El timbre, señora, si concede la interrupción –aclaró el mayordomo-.
- ¡Qué siniestro lugar!
- Te referirás al dueño, sir Lionel Twain –masculló el detective-.
- El señor Twain estará encantado de recibirles después de la cena –dijo el mayordomo mientras, sondeando con el bastón, les guiaba a su habitación subiendo las escaleras del recibidor-.
- ¿Dijo después de la cena? ¿No cenará con nosotros? –preguntó Peter-.
- El señor Twain es un hombre muy ocupado y tiene aún algunas obligaciones que cumplir –abrió la puerta a su habitación-. Sin embargo, estará gustoso con todos ustedes al término de la cena. Ésta se servirá a las nueve en punto. El señor les ruega vistan de etiqueta.
- El señor Twain pide muchas cosas –dijo Peter-.
- ¡Peter! Está en su casa y nosotros somos sus invitados.
- Discúlpela, no tiene modales, si le gusta se la regalo –masculló visiblemente alterado el detective Peter-.
- No veo bien, señor –aclaró el mayordomo-.
De nuevo, un grito de mujer muy pronunciado, y un gran estruendo, ensordecieron a Peter y Shirley.
- Ah, la puerta… Si me disculpan, debo recibir a los nuevos invitados –cerró la puerta tras de sí y se dispuso a bajar las escaleras-.


- ¡David! Cariño, ¿estás bien? –exclamó aún asustada Marian, la mujer del flemático David-.
- Claro, suerte que vi a tiempo las marcas del suelo con, casualmente, la medida exacta de mis zapatos. Era cuestión de evitar el desastre en el último momento, sólo eso, querida. Por cierto, ¿qué tal estás tú? –añadió lo más resueltamente inglés que pudo-.
- Bien, algo asustada aún, pero ¿y esos gritos?
- El timbre, querida. Una broma tan pesada como la estatua sobre nosotros –aclaró David-.
- ¿Broma?
- No pensarías que esto acabaría con nosotros, ¿verdad? Sería una falta de credulidad en nuestro buen pesquisar. Con esto, sir Lionel Twain nos ha puesto a prueba, sólo eso.
- Bueno, …tiene una forma un tanto drástica de bromear –suspiró Marian-.
- Querida, en la invitación dice que hay un millón de euros para quien averigüe bajo qué circunstancias se producirá un asesinato hoy, sólo creo que, con esta actuación, se cerciora, en definitiva, de nuestra capacidad detectivesca. Oh, se te arrugó el vestido, querida –se dispuso a alisárselo con breves palmeos sobre su mujer-.
- Gracias, David, pero aún no entiendo la invitación: ¿Averiguar quién y cómo cometerá un crimen esta noche entre nosotros?
- Exacto, bien, ya abren la puerta.


- Perdón, monsieur Poirot, con esta niebla no sé bien aún dónde estamos… -dijo el chofer, un hombre muy alto, a monsieur Poirot-.
- Calla, imbécil –dijo mientras roía una chocolatina-, te equivocaste y no hay nueces. ¡Estúpido chofer!
- ¿Nueces?
- ¡Nueces! Mi chocolatina no tiene nueces, engendro desorbitado, ¡tiene pasas! Dieu, qué poca cabeza tienes… y sigue conduciendo por aquí, la niebla es falsa –aclaró Poirot-.
- ¿Falsa?
- Falsa, observa aquella máquina de ahí, junto a la entrada del… ¡portón de la mansión! ¡llegamos estúpido! –dijo mientras aún señalaba una máquina de humo junto a la calzada-. Y no creo que haya sido gracias ti.
- Señog, yo estaba conduciendo…
- Silence! Aparque y coja las cosas. Yo llamaré al timbre.


Por las escaleras aún, siguiendo igualmente sorprendidos al mayordomo, el matrimonio inglés escuchó desde detrás de una de las puertas unos gruñidos sospechosos.
- ¿Qué raza es? –preguntó la señora Marian-.
- Siamés, señora –aclaró el mayordomo-.
- ¿Siamés?
- Sí, es el gato del señor, señora. Lleva varios días comiendo pienso para perros, señora.
David y Marian se miraron perplejos aún, cuando el mayordomo acabó de abrir la puerta de su habitación.
- Aquí descansarán los señores. La cena es a las nueve, vistan de etiqueta. Instrucciones del señor.
- Gracias, er… ¿cómo se llamaba usted? –preguntó Marian-.
- Bensonseñora.
- Muchas gracias, Benson.
- Perdón, Bensonseñora –conmino el mayordomo-.
- ¿Cómo se llama usted? –preguntó de nuevo David-.
- Jameseñor Bensonseñora, señor –repitió el mayordomo-.
- Esto… gracias, puede retirarse, Bensonseñor.
- Bensonseñora, señor.
- Sí, claro, Bensonseñora. Gracias.
- Que descansen, señores –cerró la puerta tras de sí-.
Se oyó el bastón golpear las paredes mientras se alejaba por donde vino el mayordomo.
- ¡Qué extraño! –sostuvo David-.
- ¿Y por qué será ciego?
- De momento, por lo barato, querida. No creo que averigüe jamás si le estafan en el sueldo.
- Oh, cómo eres, querido –dijo Marian mientras se retocaba tonta el peinado-. No me has dicho qué tal estoy, David.
- Sencillamente arrebatadora, querida. Como siempre –dijo mientras le besaba las manos-.


- Oh, es usted el mejog detective del mundo sin duda, señog Poirot. Adivinó las intenciones de la estatua al caeg ¡antes de caeg en guealidad! –exclamó aún sorprendido el chofer ante la visión quebrada de la gárgola, a sus pies-.
- El crimen es como un juego para mí, ignorante. No hay nada aún que no haya sabido resolver –se jactó Poirot-.
- Espego que continúe así, señog, hay mucho dinego en juego.
- Sacre bleu! ¡hable bien de una vez!
- Migue, la puegta está abiegta, pasemos a dejag las cosas, no me fío de este pogtón.
- Bien puntualizado, imbécil. Adelante, ah, mire, por ahí se acerca el mayordomo. ¿Su nombre?
- Bensonseñora, señor.
- ¡Sus gracias no me impresionan! Y haga el favor de guiarnos a nuestros aposentos, gracias.
- Sus maletas, señor –pidió el mayordomo-.
- Puedo llevaglas yo, gacias Bensonseñoga –dijo el chofer-.
- Es Bensonseñora, señor.
- ¡Por dios! Movámonos ya, hace frío aquí, junto a la puerta –inquirió Poirot-.
Mientras seguían al mayordomo en su emocionante trayecto a la habitación, unos brillantes ojos les observaban, camuflados, en un retrato del recibidor.


Tras las oportunas consignas, el mayordomo se dispuso a abrir la puerta de la cocina, tardando algo debido a su ceguera, por supuesto, aunque la cocinera contratada para aquella noche seguía esperando paciente tras haber llamado unos minutos antes; no tenía nada mejor que hacer.
- Supongo que es usted la cocinera –preguntó con la mirada perdida en la puerta-.
La cocinera, evidentemente sordomuda, le alcanzó una nota en la que aclaraba que era la susodicha cocinera, y qe, como debiera el señor saber, el uniforme corría por cuenta de la casa.
- Oh, gracias, pero no sé leer, señora. ¿Cómo me permite usted llamarla?
La cocinera, expectante, simplemente se sentó en una silla, mirando al mayordomo.
- Comprendo, es usted reservada, cualidad siempre notable. De acuerdo, prepare la sopa, las perdices rellenas y el postre para las nueve en punto. A esa hora serviremos la cena. Nada más.
Bensonseñora dejó en la cocina, sin apenas ella mover un músculo, a la cocinera y, aparatosamente, comenzó los preparativos en el salón comedor.


- Shirley, nena, no te irás a poner ese vestido de cabaretera de segunda, ¿verdad? –preguntó Peter, ambos en su habitación-.
- No, cariño… tengo otro vestido negro que…
- Dios, dónde estarán esas malditas pastillas –la interrumpió Peter, con visible jaqueca-. Bueno, veo que estás lista, bajemos a por un aperitivo al comedor, nena. Y no me avergüences delante de esos detectives de pacotilla, ¿comprendido? Ese millón de euros ha de ser mío, ¡y pensar que te debo tres años y medio de sueldo! –exclamó Peter-.
- Peter, sabes que el dinero no me importa… -murmuró ruborizada-.
- Ni a mí, nena. Vamos –espetó él-.
Al salir, se encontraron, también en el pasillo, a las otras dos parejas invitadas.
Y comenzaron las presentaciones.
- Ah, supongo que estamos entonces todos –dijo David, el detective inglés, de rigurosa etiqueta-, les presento a mi mujer Marian. Marian, éstos son el detective Peter y…
- Hola, soy Shirley, secretaria de Peter. Encantada –dijo sonriente Shirley-.
- Igualmente. ¿Y ustedes son? –preguntó Marian desviando su mirada a la pareja francesa-.
- Monsieur Poirot. Enchanté –dijo Poirot, besando las manos de ambas féminas-.
- Yo soy Françis, su chofeg –dijo éste-.
- Perdonen su español, es un poco estúpido –aclaró Poirot-.
- O tal vez no vio necesario el aprenderlo, ¿verdad? –dijo David-. Me presentaré, soy…
- David Niven, lo sé, aún recuerdo el día que nos presentaron en Barcelona, cuando solicitaron nuestra presencia en un triple homicidio sin pistas aparentes –interrumpió Peter-. Yo soy Peter Falk.
- Ah, ahora le recuerdo, claro. ¡Qué agradable sorpresa! Supongo que estamos todos aquí por lo mismo.
- Así es, monsieur Niven, fuimos invitados para resolver un crimen –dijo Poirot-.
- Que se realizará a medianoche, exacto –puntualizó Peter-.
- Bien, propongo que continuemos esta amena charla en el salón, con un aperitivo –dijo David-.
- Nos ha leído la mente –exclamaron el resto, al unísono-.
De repente, mientras entre risas bajaban las escaleras, se oyó un aullido, que Marian localizó proveniente de una antigua máscara junto a la entrada del salón.
- ¿Qué fue ese aullido y por qué proviene de la máscara? –dijo Shirley-.
- Es señal de que la cena está lista, señora –dijo el mayordomo, apareciendo de algún sitio-. No tenemos gong. Les guiaré; cada invitado tiene su aposento indicado con unos cartelitos, como observarán. Si hacen el favor…
El mayordomo, no sin problemas, salió del comedor en dirección a la cocina.


Ya en la cocina, con la cocinera aún sentada donde inicialmente, comenzó a hablar:
- Umm, ya es la hora de la cena –dijo tanteando los utensilios de cocina- y, por el olor, veo que cocina usted con pocas especias, espero que al menos la comida esté sabrosa. Me llevaré ya la sopera –dijo colocándola con cuidado en el carrito-. Y termine de hacer las perdices, vendré en un momento a por ellas.
La cocinera seguía sin comprenderle una palabra, sentada allá en su silla.


Ya en sus asientos, David propuso algo:
- ¿Le importaría, monsieur Poirot, intercambiar su sitio con el mío? Estoy sentado junto a mi mujer y, por protocolo, debería estar sentado enfrente. Sólo si no le molesta, claro.
- En absoluto, ¿ahora dice? –preguntó Poirot-.
- Si hiciese el favor…
Se levantaron y, justo en ese preciso instante, de la ornamentación colgada en las paredes, de sendos escudos de armas, se deslizaron un par de floretes, acabando ensartados donde los cuerpos de David y Poirot, instantes antes, habían estado sentados.
- Sacre bleu! Faltó muy poco, ¡y qué extraña coincidencia! –exclamó Poirot-.
- Nada de coincidencia, monsieur Poirot. Tal como sospechaba, el asesino sabía que yo, como hombre de mundo, atinaría a pedirle tal cosa; no es si no, otra prueba a la que fuimos sometidos.
- La cena, señores –dijo entrando con el carrito el mayordomo-.
- Ya me estoy hartando de estas malditas pruebas –dijo Peter, alargando la mano hacia la copa de vino-.
- Yo de usted no bebería de esa copa, monsieur Falk –exhortó Poirot-. Como buen francés, no opuse resistencia al cambio de asiento con el señor Niven debido a,,, ¡el mal olor del vino que mi afilado olfato detectó hará unos instantes!
- ¡El vino está envenenado! –exclamó Françis, el chofer-.
- En efecto. No me cabe duda que era otra muestra del talento del señor Twain para con nosotros, claro –dijo seguro de sí Poirot-.
Ya restablecida la tranquilidad y con vasos de agua recién escanciada en la mesa, el mayordomo se dispuso a servir la sopa, comenzando con monsieur Poirot.
- Perfecto, me muero de hambre –dijo éste-.
Tras el ritual de servido, las quejas surgieron como resultaba obvio.
- No hay nada en la sopera, de hecho no hay cena, por lo que veo –atinó en aclararle al buen hombre el señor Niven-.
- Oh, ¡cuánto lo lamento, señores! Es la cocinera, que debe estar ciega, si me disculpan veré cómo puedo arreglar tremendo desaguisado –y desapareció en pos de la cocina-.
Unos minutos más tarde, y tras una extraña discusión hacia una puerta trasera vacía donde despedía a la cocinera, ajena a todo comentario en su silla, Bensonseñora se hizo con unas salchichas y algo de salsa de tomate, que repartió, entre disculpas, a los invitados.
Una vez hubieron cenado, con voracidad debido al retraso, tan exiguo viático, las luces, súbitamente, se apagaron, causando desazón entre los invitados, que sólo aspiraron a exclamar con sorpresa.
De nuevo, las luces volvieron en sí.
Había un nuevo invitado.


- ¡Santo cielo, vaya entrada! –dijo Shirley-.
- Un mero entrante a mi discurso –dijo el señor Twain, ahora presente-.
- Ya que habla de entrantes, aquí no atisbo a ver una cena caliente en condiciones ni un cadáver frío que resolver –dijo Poirot-. Por tanto: Adieu! –hizo amago de irse-.
- Por favor, señores, por favor, acomódense y les explicaré: el asesinado está sentado en esta mesa y, dentro de una hora, morirá.
- Ello implica que usted es el asesino, ¿verdad? –preguntó retóricamente el señor Niven-.
- En ese millón de euros está la solución, no adelanten acontecimientos, señores. Y ahora, hasta medianoche.
Tal y como apareció, con otro relampaguear de luces, el señor Twain desapareció.


Tras unos instantes de incertidumbre, la cocinera entró atropelladamente en el salón y comenzó a gritar, en silencio sepulcral.
- Esto sólo puede significar una cosa –dijo Poirot indignado-. Nos hemos quedado sin cena caliente.
- No entiendo sus palabras, franchute –espetó Peter, ya visiblemente alterado-. Aclárese.
- Simplemente, querido Peter…
- ¡Oiga!
- Simplemente, decía, que el mayordomo está muerto –adivinó el señor Niven-. Vayamos a la cocina.
Y fueron todos a la cocina.


En efecto, tal y como sospechaba el señor Poirot, encontraron en la cocina, con un cuchillo en la espalda, al señor Jameseñor Bensonseñora. Muerto.
- Sugiero que volvamos todos al comedor y nos agarremos las manos esperando la medianoche –dijo Poirot-. Este muerto no era el invitado, no es el verdadero objeto de la pesquisa, si me permiten la necedad.
- Se la permito, franchute. Es más, vayamos todos allí y pasemos del mayordomo como-se-llame –dijo Peter exaltado-.
Al girarse para ver por última vez el cadáver, ahogó un grito. El cadáver había desaparecido.
- Caballeros, no entiendo nada. ¿Cómo es posible? –continuó David- Ah, ¿quiénes permanecemos aún en la sala? Creo que el mayordomo no estaba muerto y era tan sólo una técnica de distracción para ¡que se cometa el verdadero asesinato!
- Pues estamos todos aquí –dijo Marian-, propongo entonces que sigamos el plan del señor Poirot y volvamos al comedor.
Poirot agradeció con una leve inclinación de cabeza en su dirección.
Se sentaron alrededor de la mesa, en el comedor.
- ¿Y la cocinera? –dijo alguien-. Se ha ido sin decir una palabra…
Empezaron a repicar en el reloj de pared las campanadas de medianoche. Los invitados, se miraban entre sí, con las manos enlazadas.
- ¡Ja! La medianoche llegó y seguimos todos vivos –dijo Poirot-.
Cuando en ese instante, llamaron a la puerta del comedor. Abrió Poirot.
El cadáver acuchillado del señor Twain se derrumbó ante ellos.


- ¡La cocinera! Debió ser ella… -dijo Marian-.
- Imposible, ¡miren esto!
El señor Falk abrió un baúl y, haciéndose a un lado, mostró al resto el cuerpo mecanizado de la cocinera.
- ¡Era un robot! –exclamaron todos-.
- Bien, las sospechas nos apuntan nuevamente a nosotros –dijo el señor Niven-.
- Exacto –dijo Poirot-, sus acciones en la bolsa, señor Niven, le han arruinado y ese millón bien vale algunos trajes baratos, ¿verdad?
- ¡David! –exclamó Marian-.
- Pensaba contártelo, querida. Pero no pienses que yo lo maté, estaba con vosotros.
- Tal vez fue entonces… ¡parricidio! –insinuó de nuevo Poirot-.
- ¿Parricidio? ¿Insinúa usted que el señor Twain era el padre de alguno de los presentes? –preguntó el señor Niven-.
- Padre no, era… mi tío –las palabras de Shirley sorprendieron a todos-. Lo siento, Peter; claro que lo hubiese matado, me retiró la suntuosa paga anual al cumplir los veintiséis, pero no fui yo –acabó gritando-.
- Vaya, vaya. Con razón no te preocupa el dinero, nena –dijo Peter-.
- Sabes que no, cariño –dijo Shirley, ruborizada-.
- Caballeros, dije parricidio, no “tiocidio” –observó de nuevo Poirot-.
- ¿Entonces? –dijo Françis, el chofer-.
- Nada, me equivoqué de palabra, eso es todo –dijo Poirot, agachando la cabeza-.
- Bien, veo que todos teníamos un motivo –dijo Peter-.
- ¿Y cuál fue el suyo, señor Falk? –acosó monsieur Poirot-.
- Peter… -comenzó Shirley-.
- Calla, nena.
- Peter… -insistió- fue visto por el señor Twain ¡en un bar de afeminados!
- ¡Estaba trabajando en un caso! –se defendió Peter-.
- ¿Todas las noches, Peter?
- ¡Buscaba pruebas! En fin, no quería que surgieran… rumores innecesarios –carraspeó Peter-. ¡Y yo no maté a Twain! –confirmó él-.
- Bueno, basta del tema, sugiero que descansemos el resto de la noche y averigüemos por la mañana, entre todos, quién pudo matar al señor Twain –dijo Poirot, visiblemente cansado-. No queda nadie vivo más que nosotros en la mansión y –señalando al señor Twain-, no creo que haya peligro evidente.
- Muy bien –asintió el señor Niven- no me opondré. Sólo sugeriré una cosa más: cierren las habitaciones por dentro. Buenas noches, damas y caballeros.
Los seis invitados, caminaron en dirección a sus habitaciones, deseándose buenas noches.


Algo más tarde, en otra parte de la mansión, en la biblioteca, alguien contaba dinero. Un millón de euros.
- No tan rápido, señor Bensonseñora –dijo el señor Niven-. Ese dinero no es suyo.
- Vaya, parece que pudo resolver el caso, finalmente –a la luz de la lámpara, el rostro del mayordomo se iluminó-. Y, como ve, veo.
- Ya veo.
- ¿Y cómo supo que fui yo, señor Niven? –preguntó el mayordomo-. Estaba muerto, ¿recuerda?
- Bien, me dispuse a servirme algo más de cenar, un sándwich tal vez, ya que las salchichas y el tomate, digámoslo así, no me llenaron; cuando caí en la cuenta de que no habíamos encontrado su cadáver aún, y pensé en lo más obvio: aquel cuerpo era como el de la cocinera, un robot. De ahí la falta de pulso y su nulo sentido del tacto, claro –aclaró el señor Niven-.
- ¡Fantástico! Pero, y sus compañeros, querrán averiguar qué fue de este millón de euros…
- El hambre no pudo con ellos sólo puedo decir. Caballero, mi millón –dijo extendiendo la mano el señor Niven-.
- Aquí tiene. Espero sinceramente que lo disfrute –conmino el señor Bensonseñora-. Y no se preocupe por sus compañeros, les contaré por escrito todo cuanto pasó aquí esta noche.
- Muchas gracias. Y, antes de despertar a mi mujer para irnos, ¿qué ocurrirá con sir Lionel Twain? –preguntó interesado David-.
- El señor Lionel Twain lleva muerto cinco años, señor Niven. Era tan sólo…
- ¡Otro robot! –cortó Niven-.
- Exacto. Buenas noches, caballero –el señor Bensonseñora sonrió-.
- Buenas noches –replicó cortés el señor Niven-.
- Por favor, cierren el portón al salir. Hay ladrones por la zona.
Fin.
Adaptación muuuy libre de “Un cadáver a los postres”, película de 1976 (el año que nací); os la recomiendo. Divertidísima.

Texto agregado el 04-01-2004, y leído por 384 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
14-01-2004 Buenos dialogos, dinamico con momentos de fino humor en un genero tan dificil! El desenlace final no me parecio a la altura del relato. ****Un Abrazo moniquita
10-01-2004 Si que te has tomado algunas libertades si, veré la película de nuevo; ahora estoy liado con tanto robot...Esta bueno no obstante, correctísimo. nomecreona
 
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