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Cuando Jorge visitó mi consulta por primera vez supe que tenía ante mis ojos un caso excepcional. Estaba muy nervioso. Le pedí que se acomodara en el diván y le ofrecí un refresco. No quiso saber nada de mí. El único historial que tenía de mi nuevo paciente era su edad, 16 años recién cumplidos, y su apodo: el loco.

Me costó varias sesiones ganarme su confianza. Era un chico reservado que siempre parecía estar en otra parte. De repente estallaba en una sonora carcajada y un segundo después buceaba en un profundo silencio. A veces, incluso cambiaba el ritmo de su respiración.

Siempre recordaré la primera frase que me dijo:
- Me gustaría saber llorar sólo por un ojo, así podría ver con el otro la cara de las personas que me rodean y sabría si les importa que esté triste.

No me pareció una afirmación propia del loco del pueblo, como todos se empeñaban en llamarle. Ese pensamiento en voz alta destapó la garganta de Jorge. Y así empezó a hablar, a conversar conmigo de todos los temas imaginables.

Me contó que a los 10 años había descubierto que su cerebro era distinto al de los demás. Me confesó que no sabía distinguir la realidad de la ficción, aunque sí sabía que existían ambas cosas. Cuando tenía dudas se cerraba en sí mismo y esperaba a que otras personas reaccionaran por él. Lamentaba que no siempre le ayudaran.

Nuestras sesiones se alargaban más allá de lo razonable. Estuvimos varias noches en blanco, simplemente charlando. Jorge nunca tenía sueño. Le asustaba dormirse y no despertar nunca más. Por eso solía aguantar con los ojos abiertos hasta el agotamiento.

En una de las sesiones se me ocurrió pedirle que dibujara algo. No sabía muy bien qué utilidad tendría ese boceto, pero se lo propuse igualmente. Pasó más de cinco minutos delante del papel en blanco, esperando. Entonces agarró con la mano derecha un rotulador negro y con la izquierda tomó un bolígrafo azul y empezó a dibujar. Las dos manos iban por libre. Nada tenían que ver los trazos de una con la otra. Veinte minutos después me mostró su obra. Jorge había dibujado en un solo papel lo que veía y lo que imaginaba.

El rotulador negro trazaba una fiel reproducción de la planta que todavía tengo en mi consulta, un ficus. El bolígrafo azul había recorrido el papel dejando a su paso millones de mariposas que revoloteaban alrededor de una mujer con las manos dentro de una maceta. Las orejas de esa mujer eran dos enormes petunias y de la boca nacía un camino siseante que se alejaba hasta el infinito como una columna de humo poco denso. La imaginación de Jorge me sumió en una mezcla de desconcierto y admiración. No podía entender que alguien pudiese inventar tanto con tan poco.

Nos hicimos amigos. Lo que empezó siendo una terapia se convirtió en un encuentro informal muy agradable. Charlar con Jorge era aprender todos los días a ver las cosas desde otro punto de vista. Y eso me encantaba.

Casi un año después de nuestro primer contacto, Jorge me confesó que estaba enamorado de la florista. Siempre le habían gustado las plantas y decía haberse quedado prendado con la gracia y ternura con la que Marisa trataba a las flores de su balcón. Marisa, la chica de ojos verdes y manos finas. Marisa, la mujer que cantaba como nadie mientras arrancaba hojas secas. Su Marisa.

Pero Marisa no existía. No había nadie en el pueblo que respondiera a ese nombre. Jorge se había enamorado de su imaginación. No supe si debía alegrarme o no. Se le veía más contento y eso estaba bien. Pero su felicidad era pura alucinación.

Después de mucho pensar, decidí decírselo. Fue en una de nuestras comidas, entre el postre y el café.
- Jorge, tu Marisa no es real.

Vi el terror en su mirada. Con una sola frase le había arrebatado lo que más quería. Lo vi claro: acababa de cometer el error más grande de toda mi vida.

Jorge cerró su garganta de nuevo. Supongo que pensó que si no existía Marisa no tenía motivos para hablar. La mañana de un 14 de agosto se encaramó al balcón del ayuntamiento y arrancó todas las flores de la jardinera. Luego hizo un gran agujero en medio del parque y se enterró hasta las rodillas. Creo que su intención era plantarse y echar raíces. Cuando le arrestó la policía local en colaboración con el equipo del manicomio Jorge ya no parecía humano. No ofreció resistencia, ni dijo palabra alguna. Simplemente se dejó llevar. Le pusieron la camisa de fuerza y le cargaron al furgón como quien apila sacos de arena.

Sé que lo que hice después no es algo de lo que pueda sentirme orgulloso, pero pensé que se lo debía. Me convertí en su Marisa y le envié una carta todas las semanas hasta el día de su muerte. Y eso fue demasiado temprano. No llegó a cumplir los 21 años.

Cuando me comunicaron la noticia no pude reprimir las lágrimas. El director del hospital psiquiátrico me pidió que por favor pasase por el centro, que Jorge había dejado una nota para mí.

“Gracias por haberte preocupado por mí todo este tiempo. Me fui con Marisa, la de verdad”.

Entonces me di cuenta de que un error no se puede arreglar con otro error y recordé que no es lo mismo la locura que la estupidez. Pasé mucho tiempo pensando en Jorge y en su Marisa. Todavía hoy, de vez en cuando, sueño con ellos y les veo abrazados, riendo, o llorando por un solo ojo. Están felices, en un mundo en el que la imaginación es real. Un mundo al que todos podemos acceder, pero en el que sólo algunos tienen el privilegio de echar raíces.

Texto agregado el 13-06-2006, y leído por 1140 visitantes. (37 votos)


Lectores Opinan
18-02-2008 Impactante tu relato. Una verdad tan cruel. Eso seres que viven dos mundos paralelos y a quienes a nosotros nos cuenta entender. Seres tan reales, con verdades tan reales para ellos y tan imaginarias para el resto. ¡Qué triste! ¿Sabes? Tu historia me conmovió mucho. Tengo un amigo esquizofrénico que se debate en su doble vida. Cuando yo no sabía que eso era posible, me molestaba mucho porque creía que era un mentiroso, luego, cuando entendí los vericuetos que se tejen en las mentes de esas personas, todo para mí fue diferente en relación con él. Hoy día, cuando lo veo, lo escucho con mucha atención y aprendí a aceptar “sus verdades”, ya no me cuesta nada. Desde que entendí que ese era su mundo, y que su mundo era tan real como el mío, toda esa desesperación que me producía lo que yo creí que eran mentiras, desapareció. Me encantó tu narración, bien escrita y, sobre todo, con una gran enseñanza. Un abrazo. Sofiama
07-05-2007 Una historia narrada con el delirio de la realidad, y la incertidumbre de la locura, me gusto mucho, pienso que debemos de estar algo locos, para vivir este mundo de cuerdos!!! aguilita
20-03-2007 La imaginación brota hasta hacerse realidad, y nos empeñamos en llamarlo locura... Conocer a Jorge sería un placer y escuchar como describe su mundo. Te felicito por tus escritos y mi más sincera enhorabuena, tus cuentos son magníficos!!!un besito y mis 5*!!! noether
12-03-2007 No puedo creer la sensibilidad con la que escribes, tus lineas son como ligeras nubes que llevan al lector como un espectador sobre un mundo que solo tu sabes crear. Es hermoso como tomas pequeños detalles escondidos para enfatizarlos al final. Que manera de escribir. De verdad, mis felicitaciones y todas las estrellas del cielo. Aheri_ireth
27-02-2007 No dejas de sorprenderme...qué inventiva!! El problema de Jorge: una pasada, su deseo de llorar por un solo ojo: especial; y la cuestión planteada del linde entre locura y relidad: un clásico (eso sí, bien planteado). Los dos errores del psicólogo: honrado uno y tierno el otro en las mismas cantidades...que no es poco!! Y la maestría con que manejas el lenguaje ya no me sorprende, te sigo. Felicidades Jau. ***** xung0
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