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Tengo las cortinas bien abiertas hoy. La mayoría de las veces se ve el sol pegando de frente a esta hora, se ve el árbol de mango meciéndose sin ganas como el último aliento de la naturaleza, y se oyen gritos de los nietos de la señora de la casa de atrás. Hoy no.



Hoy he tenido que asomarme varias veces para descubrir si el blanco lila que se ve tras la casa del fondo es el cielo o han construido de repente una pared que antes no estaba. Bien podría serlo; el árbol no se mueve y por ningún huequito está entrando el sol. La verdad es que es el cielo, y que hoy ha llovido todo el día pero ya va a caer la noche y escampó, tal vez por eso todo esté tan tenebroso.



O tal vez, quién sabe, sea que la naturaleza está de luto, porque también ella es madre, y si nosotros que somos hijos, somos hermanos, hemos pasado el día como zombies llorando con o sin lagrimear la muerte de estos tres niños, a ella le debe estar doliendo como una daga en el ombligo.



La tristeza nunca es como un juego de llaves, siempre es como la arena, un completo imposible de contar, formando un gran todo en el que todos nos hundimos y sacamos brazos y cabezas para intentar salvarnos. Pero ya no nos estamos salvando más. Ahora cuando las cabezas salen a tomar aire se convierten en dianas atravesadas por balas sin pasado, no frías, no calientes, balas sin historia y sin razón, acabando con nuestros alientos.



Y no es sólo eso, sino también que el sufrimiento está dando brochazos a todos los aspectos de nuestras vidas, y si hoy yo me he despertado con un hueco literal en medio del pecho, y caminé cuadras y cuadras inundadas mientras la gente miraba justo a través de mí, ha sido un poco por mí, un poco ti, un poco por esos tres niños y un poco porque cada historia no se desliga de las demás. Y yo pienso, si eso es a mí, si así me siento yo…cómo se estarán sintiendo los nuevos huérfanos, los padres que se han quedado sin soles, los hermanos sin hermanas, los abuelitos sin nietos, sólo porque a un maldito con la sangre como un bloque de hielo se le ha ocurrido secuestrarlos y matarlos así, no más, por gusto o por tarea. Porque ni siquiera los corazones, con ese chaleco antibalas hecho de otros órganos y piel y sangre y cabello, se salvan ahora.



No tienen suficiente con que uno tenga sus propias lágrimas que llorar, encima vienen ellos a arruinarte la hora del desayuno, del almuerzo y de la cena con esas noticias, y por lo menos en mi, revive Jung y cada vez creo más que el dolor es un velo que arrastramos colectivamente, como humanidad deshumanizada amarrada por los codos, agarrada de las manos, si nos quedan.



Uno sale a la calle solo para que le arranquen el bolso, le disparen el brazo, le encierren en un sótano y le martillen y le claven el pecho. Y nadie está haciendo nada para que acabe. Vamos caminando por Delicias, por Sabana Grande con nuestros cuerpos transformados en maletas, con una hilera de fantasmas como etiquetas de viaje, y no hay aduanas, no hay taquillas, nadie a quien reclamarle tanto odio, tanta sangre corriendo como savia, tantos gritos sonando como viento, tantas vidas terminando, tantos muertos.



Los días en Maracaibo están amaneciendo como si la noche anterior les hubieran hecho pedazos el alma, y no los culpo. Ya no podemos con la flojera. No se nos puede culpar si no quedan ganas de abrir el grifo, lavarnos la cara, cepillarnos los dientes, trabajar por algo, porque en Caracas la cosa tampoco mejora y hay demasiado amor y nadie que lo esté devolviendo. Y de qué sirven nuestras defensas si tenemos que someternos a direcciones y directores que nos miran como césares frente al coliseo. Nuestros sueños y nuestros planes están siendo masacrados como si fuera todo una obra de teatro, como si esperaran que al final del acto fueran a levantarse los cuerpos, y los policías –por así decirles- y sus ídolos están quitándose el sombrero ovacionando a los hijos de puta que cargan el revolver como un lápiz, como si la muerte construyera países y el artículo que consagra nuestro derecho a estar vivos fuera una maldita oración terrorista.

A Ryan,
A Kevin
y a Jason ...Faddoul

Texto agregado el 06-04-2006, y leído por 114 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
12-04-2006 Hans tenía 20 años... sus partes separadas, congeladas y repartidas... yo tengo 26... "Entienden ustedes, caballeros, que todo el horror reside exactamente en esto: ¡en que no hay horror!" Aleksandr Kuprin nicklas
 
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