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Un día en el campo, como de costumbre.

(Dedicado a mi madre, que cocina riquísimo).

Como de costumbre, ni a Carlos a nadie lo despertaron los ruidos al amanecer de su padre encendiendo la lámpara de kerosén y el primer fuego de la mañana. Era un rito para él encender el fuego y tomarse unos mates antes de comenzar su laborioso día. Pero si lo hizo el quejido de la vieja radio AM que se encontraba sobre la lata de galletas, siempre vacía.
Aquella mañana el locutor del rutinario programa de radio se había empecinado más de la cuenta en hacer sonar ese reloj que emitía un falso cacareo de gallo, y eso fue lo que lo despertó.

El desayuno preparado por su madre, fue una buena taza de leche con chocolate recién ordeñada por las ajadas manos de su padre, unas rodajas de pan de la semana pasada disparejamente quemados sobre la cocina a leña pretendiendo ser tostadas, un poco de manteca casera y los restos del dulce de leche que había hecho su madre hacia unas semanas y ya nadie quería terminar.
Igualmente se comieron todo el y sus hermanos y se dispusieron a aprovechar el día.

Aquella mañana había caído una buena helada (de las de antes), y como lo hacían cada vez que podían, fueron los tres a realizar la aventura que tanto los apasionaba: tirar secadores, escobas y todo tipo de cosas sobre la laguna congelada. No era algo de lo más divertido, pero era algo que hacían desde años.
En esta rara ocupación gastaron su corta mañana, ya que al aproximarse el mediodía debían almorzar e ir a la escuela, que en esa época del año tenía el horario “de tarde” de 12:00 a 16:00 hrs.

El almuerzo fue rápido. Como hacia dos semanas atrás habían carneado un chancho y un vaquillona, abundaba el queso de chancho (al poco tiempo despreciado como de costumbre) y la morcilla, y con eso empezaron. Luego comieron unos churrascos con un poco de ensalada de lechuga que su madre cultivaba en la improvisada quinta y que a causa de estar cercada de eucaliptos hacia que todas las verduras provenientes de allí tengan el desagradable gusto a esa planta.

Apenas terminaron vino a saludarlos su padre, e informarles que los caballos ya estaban listos. Como era época invernal las lluvias habían anegado el camino hasta la escuelita, por ello debían cambiar el tradicional Citroen amarillo descascarado que utilizaban como transporte y utilizar aquellos esbeltos cuadrúpedos.
Ese día al igual que tantos otros Carlos monto el que denominaban amistosamente “el Bonito”. Era un alazán como de 12 años, pero muy bien cuidado y muy manso. Ese animal era tan dócil que hacia que montarse en el, aunque sea para trabajar, resultara una tarea agradable. Pero aquella docilidad y la existencia de solo dos caballos para tres pasajeros obligaba a viajar de a dos sobre aquel animal. El llevaría a su hermana mayor, ya que no era de lo más experimentada en el manejo de las riendas. El hermano menor viajaría en el que llamaban “el Gato”. Un gateado de unos 5 años, bastante mal amansado, al cual debían constantemente azotarlo para poder conseguir un buen galope.

Así partieron rumbo a la escuelita que se encontraba a poco menos de una legua. Luego de una media hora de viaje esquivando badenes, llegaron.
Una vez allí les sacaron los cueros de oveja curtidos que usaban como montura a los caballos para que descansaran mejor, y los soltaron en el potrerito del fondo.

En la escuelita ya estaba la “señorita”, que en realidad de señorita no tenía nada ya que estaba casada hacia años y tenia dos hijos bastante grandes ya, pero era respetuoso y amigable llamarla así, todos lo hacían. También se encontraban ya el resto de los compañeritos, que en total no llegaban a la docena entre todos los grados. La escasez de alumnos hacia que en algunos grados solo existiera un solo alumno, como en el caso del que se encontraba Carlos, por aquellos tiempos 4º.

La mayoría de ellos también llegaban a caballo, ya que la inundación no afectaba solo la zona de la casa de Carlos, sino a todo el cuartel, partido y provincia. Por lo que la escuela podía confundirse en ocasiones con una caballeriza.
Antes de ingresar a la escuelita cantaron esa canción que todos sabían mientras izaban la descolorida bandera en el pequeño mástil blanco.

El primer turno de clase fue simple y aburrido. Pero enseguida se hizo la hora del recreo y alguien grito: “la hora!!!”, que era el grito que anunciaba que tenían permiso para salir al patio a aprovechar su ansiado recreo.
Todos corrieron hacia la puerta de salida/entrada de la escuela (era la misma) con el fin de ser los primeros en salir, no porque existiera algún premio en especial, sino porque era una especie de orgullo para el que lograba salir primero. Aquella tarde Carlos lo logro.

En el transcurso del recreo, que duraba aproximadamente una hora, dependiendo de las ganas de trabajar de la “señorita”, aprovecharon para jugar una escondida entre todos (para el partido de fútbol eran pocos barones). Previamente realizaron una eliminación mediante el tradicional método de “yapeyu” para poder designar quien seria el desafortunado que le tocara contar por primera vez. Aquella vez salio elegido uno de los más grandes del establecimiento.
Apenas comenzó a contar, todos salieron velozmente disparados a esconderse en toda clase de lugares. Salvo dentro de la escuela que estaba prohibido por mandato de la “señorita”.
Los escondites solían ser muy variados ya que había infinitas posibilidades. Detrás del nuevo salón de actos, del matorral que estaba cerca se las puertitas de madera siempre pintadas de blanco de la entrada, de alguno de los pajonales, del cactus que estaba cruzando el alambrado hacia el potrero ó arriba de cualquier árbol.
La elección del escondite dependía del interés en el juego o en esa otra actividad que realizaban los chicos por esos días, y sobre todo en el juego de la escondida.
Por aquellos tiempos habían comenzado a incursionar ya en las iniciales artes del amor, por lo que la elección del escondite y sobre todo de la compañera de escondite era fundamental para lograr el objetivo de robarse un simple e inocente “piquito”.
Aquella tarde Carlos eligió junto a Maria los pajonales que se encontraban en el potrero de los caballos detrás de las viejas casuarinas (les gustaba la privacidad).
Cuando quisieron acordar, se les paso el recreo.

El fin del mismo lo anuncio la “señorita” con el inconfundible resonar de la oxidada campana de bronce que estaba colgada el uno de los extremos del techo de la escuelita.
Luego de unos minutos de remolonear por las afueras los chicos fueron ingresando nuevamente al salón de clases, en donde los esperaban una montaña de actividades que la “señorita” había preparado para ellos durante el recreo.
Ocupados en sus deberes se le paso a Carlos y al resto de los chicos el segundo y ultimo turno de clase. Entonces salieron al patio, esta vez mas calmados, y se dispusieron a “bajar” la bandera. Esta vez todos en silencio.

Una vez terminado el sencillo acto de de doblar y guardar la bandera en su lugar a cargo de los dos escoltas, todos se amontonaron alrededor de la “señorita” con el fin de darle el beso de despedida. Luego todos fueron hacia donde estaban sus respectivos caballos para volver a agarrarlos y colocarles los cueros.

Como siempre, no falto un caballo que no se dejo agarrar y tuvieron que salir todos a ayudar. Aquella vez el retobado fue “el Gato”, que luego de una par de corridas dentro del potrero se dio por vencido. Entonces cuando ya por fin todos estaban listos emprendieron al tranquito el regreso a sus casas.

Aquel día el padre Carlos había soltado a comer a la calle las pocas vacas que tenían, ya que durante el invierno y más aun a causa de la inundación, el pasto no era suficiente para alimentarlas a todas. Las flacas vacas habían sido soltadas en las primeras horas de la mañana, pero en su constante caminar y comer ya se habían aproximado a las cercanías de la escuelita.
Una vez mas a Carlos se le había encomendado la tarea de cuidarlas unas horas y llevarlas luego tranquilamente hasta su lugar de encierro antes del anochecer, que en aquella ocasión seria el pedazo de campo que se encontraba enfrente de su casa.
Así que montado en su caballo se dispuso al tranquilo arreo de la reducida tropa. Le resultaba ya cotidiano pero a la vez asombroso ver como aquellos animales podían comer todo el día. El era de muy poco comer.

Como el único reloj que tenia era el que se había comprado con el dinero de lo recaudado el día de su primera comunión, descontando lo de la compra de la guitarra criolla que para ese entonces ya estaba guardada en el ropero, no lo llevaba encima. Por lo que debía calcular la hora del regreso a su casa midiendo con su mano la distancia del sol al horizonte. El método no era el más exacto, pero gracias a los incontables días que tenia de experiencia realizando aquella actividad, ya se consideraba un experto en el cálculo de la hora con su mano.
Entonces cuando estimo las 7 de la tarde, que por aquella época del año más que tarde ya era tardecita, decidió apurar el tranco de los pasivos pero constates engullidores de pastos y dirigirlos a su lugar.

Ya caída la noche, cerca de las 8, llego a su casa nuevamente. Al entrar por el lavadero pudo escuchar el zumbido del farol que se encontraba entre la cocina y el comedor. El otro farol que estaba sobre el hogar a leña ya hacia varias horas encendido, no emitía sonido ni luz alguna ya que reservaban su uso exclusivamente para la hora de comer. El gas estaba caro.

Los preparativos para la cena ya estaban en marcha. Como todas las noches, su padre ya estaba sentado en la punta de la mesa, que en época de invierno se encontraba girada de manera que todos pudieran sentir el máximo calor del hogar (que era poco), reclamando una tabla, fiambre, su cuchillo y su infaltable jarra de vino blanco.
Así poco a poco las cosas fueron apareciendo sobre la mesa, su hermana encendió el otro farol, y el padre de Carlos se dispuso a cortar un poco de queso de chancho, morcilla y se dio el gusto de abrir el primer chorizo de la ultima carneada, que estaba todavía crudo, pero igual se comió.

En casa de Carlos tanto la variedad de fiambres como la comida debieron como de costumbre ser acompañada por los restos de pan de la semana anterior o quien sabe de cuando, que su madre sacaba de la interminable bolsa de tela naranja que estaba colgada en el gancho del lavadero.
La falta de pan no era intencional, sino que a causa de la inundación no era de las cosas que más fácil se podían conseguir en medio del campo. Ya que no solo el camino hacia la escuelita estaba cortado sino también el que llegaba al almacén.
Así que en aquella ocasión los escasos restos casi fósiles de pan (previamente recalentados en la cocina a leña por su madre) debieron ser acompañados por las montañas de galletita de nuez, que también parecían pan viejo aunque sean del día, pero eran de la semana anterior. Las galletitas se las canjeaban a un panadero amigo por los baldes de grasa de cerdo que sobraban en las carneadas.

Para la cena la madre había preparado una de sus especialidades: tarta de “no preguntes que”. Dentro de aquellas tartas podía encontrarse todo tipo de rellenos. Pero todos tenían algo en común, ya habían sido comidas en alguno de los días anteriores.
La madre de Carlos era una especialista en el reciclado de comida. Agarraba un pollo y en el orno de barro, hecho por el abuelo de Carlos, cocinaba con unas papas las partes más tiernas del mismo (que eran pocas ya que los pollos también eran de campo). Con los menudos y alguna verdura hacia una sopa o puchero o guiso. Si llegaba a quedar algo de cualquiera de aquellas comidas, seguro lo encontraban en la próxima tarta. Y si quedaba algo de aquella tarta, ni preguntaban de que eran los bocadillos del día siguiente. Pero igualmente todas las comidas eran ricas y nutritivas, como lo son las comidas de todas las madres…………bueno, de todas no.

Esa fue la cena aquella noche. De fondo se podía escuchar el ruidoso e indescifrable sonido que emitía el viejo televisor Noblex blanco y negro que enchufaban a una batería de 12 volts, ya que no tenias luz eléctrica y el pequeño generador gastaba mucha nafta. Así que aquel pequeño aparato era la única distracción posible a la hora de la cena. Pero las constantes interferencias hacían imposible divisar imagen alguna de la tradicional novela de la noche.

Así que a medida que terminaban de comer, se disponían todos a tomar los lugares privilegiados frente al hogar con el fin de poder calentarse las partes mas frías de sus cuerpos. Como siempre Carlos fue el ultimo en terminar de comer, y para cuando quiso ubicarse frente al calor, sus hermanos ya habían ocupado todo el lugar. Así que debió conformarse con un rinconcito hasta que alguno de sus hermanos se empezó a quemar y se alejo del fuego dejando así un lugar para poder arrimarse el.

Ante la falta de postre y la imposibilidad de ver imagen alguna del pequeño televisor, se fue terminando el día para Carlos. Entonces, calentó uno de los ladrillos sueltos del hogar en el fuego, lo envolvió en unos diarios, se despidió de todos, y se fue a dormir a su fría cama, como de costumbre.

Jose_Arcadio.

Texto agregado el 23-02-2006, y leído por 69 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-04-2006 EXELENTE!!.. cada detalle, cada imágen.. todo desde el principio, cuando hablas de esa fogata y la radio am.. me llearón los aromas de esas fogatas, el sonido de la radio comn es egallo grbado. Los caballos, el colegio la escondida, la señorita Fue incrieble, este viaje por ese campo y ver y sentir de nuevo tantas cosas cosas de las que muchas he vivido y puedo evocar a medida que avancé en tu texto. Increible compañero, mis felicitaciones y millones de estrellas, este texto no merece menos.. saludos y abrazos amigo!! mateoroquesk
 
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