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¿Qué no hará una madre por su hijo? ¿Con qué miramientos no le tratará y consecuentará y qué sufrimientos no intentará evitarle mientras pueda? ¿No será capaz, incluso, de entregarle sus más preciosos tesoros y hasta su vida misma? La historia que voy a contar pudo suceder cualquier día en cualquier tiempo y quedar como perenne testimonio del significado del amor de madre y los extremos a los que puede llegar.

Un buen joven, impulsivo, vivaz y, sobre todo, apasionado, tuvo la mala fortuna de enamorarse de una mujer bellísima, pero perversa y de negras entrañas. Se enamoró de una mujer que no lo amaba. Él dedicaba sus días a perseguirla, a suplicarle que le correspondiera, que lo amara como él la amaba y sus noches a escribirle apasionadas misivas y poemas. La hermosa mujer tenía un orgullo y una vanidad insoportables y su corazón podrido le aconsejaba las más crueles burlas y desprecios para el muchacho. Él la regalaba con los más costosos obsequios prescindiendo de lo indispensable para sí mismo e incluso pidiendo prestado o empeñando sus pocos enseres. Cuando se le acercaba a entregarle sus cartas y presentes, la mujer las rompía sin leerlas y destruía los obsequios en su presencia insultándolo soezmente en medio de estruendosas carcajadas, para después correrlo de su lado ordenándole que no se volviera a acercar jamás a ella, que se largara para siempre porque ella no lo amaba y por el contrario no sentía mas que desprecio por él.

El joven se mortificaba con la crueldad de la muchacha y se consolaba con las dulces palabras de su madre, con quien vivía. Esta mujer era buena… porque era madre. Ella sufría con el llanto de su hijo y estaba al tanto de lo que le acontecía, y no porque el muchacho se lo contara, ella, como toda madre, intuía la causa por sí misma con sólo tenerlo cerca. Lo que sus amigos o sus compañeros de trabajo no notaban, ella lo adivinaba con sólo escuchar sus pasos o mirarlo a través de los ojos.

Una tarde, en el colmo de la desesperación, el muchacho se volvió a acercar a la desdeñosa joven y le dijo:

- ¡Amintia, pídeme lo que quieras, estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio, a conseguir cualquier cosa para ti, lo que tú quieras a cambio de ser correspondido con tu amor…!

- ¿De verdad estarías dispuesto a pagar cualquier precio por mis besos?

-Sí, sí… cualquier cosa por tener tu amor, que para mí es lo más importante y lo único que quiero en el mundo; pídeme lo que desees, si tú me ordenaras que después de haberte amado me quitara la vida, moriría por ti…

-No pediré tu vida; mi petición será mucho más sencilla que eso. Quiero que consigas para mí un cofrecillo del tamaño de las dos palmas de mis manos hecho completamente de oro… - dijo sonriendo mientras le mostraba graciosamente las dos manos.

-¿Eso es todo?, exclamó el joven.

-Sí, eso será todo lo que te pediré por el momento…

El muchacho salió más que corriendo para ingeniárselas y conseguir el famoso cofrecillo de oro. No tenía más cosas que vender, ya no tenía a quién pedir prestado y mucho menos algo para empeñar. ¿Cómo conseguir el dinero? Gran problema en el que estaba, pues ahora que Amintia le daba una esperanza él no tenía forma de conseguir lo que le pedía.

Salió por la tarde de su casa ideando la manera de cumplir su trato con Amintia. Vagó por las calles desoladas buscando algún atisbo de esperanza.

Nadie por las calles. No se le ocurría ni una idea para conseguir su propósito.

Cansado, después de vagar toda la noche sin rumbo fijo, llegó a su casa al amanecer. Su madre estaba a punto de levantarse y él no quería preocuparla más, no quería que notara que no llegó a dormir, así que de inmediato se recostó para seguir pensando.

Al medio día se dirigió a casa de un orfebre y ordenó el trabajo sin saber aún cómo lo pagaría. El viejo joyero le dijo que el cofre estaría listo en una semana y, como era conocido, tío de un amigo suyo, le dijo que podría pagar la cantidad total en ese lapso de tiempo.

Transcurrió la semana llena de ansiedad para el joven, llena de planes, de angustias, de ilusiones…

Llegó a recoger el tan soñado cofre, aunque por más intentos que hizo no logró reunir todo el dinero, que era muchísimo. Intentó persuadir al orfebre de que le dejara llevarse la joya y más adelante le liquidaría la cantidad, el joyero argumentó que lo sentía mucho, pero que mientras el trabajo no estuviera totalmente finiquitado él no podría entregárselo. El muchacho primeramente suplicó, intentó persuadir, después discutió, pero el artesano no se movió un ápice de su palabra. El joven se puso fuera de sí, se enfureció el joyero y guardó el cofre. El muchacho, en el colmo de la desesperación, forcejeó con el anciano y le acuchilló. Tomó el cofre y salió corriendo.

Inmediatamente llegó hasta Amintia y como enloquecido le entregó el regalo. Ella echó una mirada despectiva al cofrecillo, y todavía insatisfecha le dijo en tono irónico:

- ¡Perfectamente!, ya llevamos la primera parte adelantada, mas aún falta la mejor…- El joven la escuchaba arrobado – …ahora te devuelvo el cofre y corresponderé a tu amor siempre y cuando me lo vuelvas a traer con el corazón de tu madre dentro de él.

- Pero… ¡ Amintia ! ¡ Traerte el corazón de mi madre ! ¿ Sabes lo que me estás pidiendo?

- O haces lo que te pido o jamás te amaré… - Respondió ella con una sonrisa cruel.

El joven caminó desesperado, el cofre le quemaba en las manos, las calles le parecían serpientes que se enredaban entre las casas deslizándose por los faroles, subiendo y bajando mientras distorsionaban todas las construcciones. Se alejaban y se acercaban a él como estando a punto de devorarlo o ser tragado hasta el fondo de la tierra. De pronto veía el rostro de la mujer diciéndole entre ecos: “quiero el corazón de tu madre, tráeme el corazón de tu madre”, y este rostro se transformaba en el viejo acuchillado que, cobrando vida, le reclamaba lo que le había robado. Llegó hasta la puerta de su casa, y no le parecía el umbral adecuado para dejar pasar a un asesino. Se siguió de largo. Febril dio vueltas y más vueltas perdido en la oscuridad aterradora de la noche, la más larga de su vida, la más terrible, la más confusa. Escuchaba aullar a algún perro a lo lejos y se sobresaltaba, deseó que llegara alguien y le quitara la vida a él, porque era una vida que no podía seguir sin Amintia.

En su locura hizo lo que creyó que le llevaría a la felicidad, una felicidad perseguida con desesperación, conseguida con dolor y sangre, había realizado el acto más abominable de todos, había asesinado a su propia madre. Como hipnotizado introdujo el corazón en el cofre y corrió nuevamente por las calles en busca de la mujer. Todo le palpitaba dentro y el cofre parecía palpitar al compás suyo. En la tremenda carrera tropezó y cayó de bruces. El cofre dio con estrépito en el suelo y despidió su tesoro. Desde el suelo, el corazón palpitó y habló con una voz angelical y dulce, era la voz de su madre preguntando compasiva: “Hijo, ¿no te has lastimado? “.

Registrado ante INDAUTOR del libro de cuentos "La Vendedora de sueños"

Texto agregado el 13-01-2006, y leído por 457 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
18-09-2007 Hermoso cuento con todos los elementos de una buena narración: sujetos autores bien definidos; trama excelenetemente plasmada y desarrollada, reforzada con las acciones que se suscitan. Un gran final donde demuestras que conoces bien el arte de narrar, el cual consiste en saber llevar a feliz término el proceso integrador de tu obra, o sea, un final que concuerde lógicamnete con el principio de la narración. Te felicito. Sofiama
23-08-2007 Volvì a gozar con este cuento lleno de amor y ternura. doctora
20-12-2006 es buenismo de principio a fin, me mantuvo siempre espectante y el amor siempre a sido asi, pasional e irracional... arcano20
13-03-2006 Me ha recordado a la madrasta de Blancanieves que pidió su corazón como prueba. Ese joven de tu historia no habría leido ese cuento, hubiera arrancado el corazón de un animal, aunque al cabo del tiempo Amintia lo descubriera.5* Lebana
22-02-2006 ***** peinpot
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