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Los ojos en la puerta azul
No puede ser verdad. Debe ser una broma de los muchachos. Saben que soy celoso y habrán hecho una apuesta. Sí, eso es. Apostaron que dejaría la reunión no bien colgara el teléfono. El que apostó a mis celos estará recogiendo el dinero ahora. Mejor regreso ahora mismo al congreso.
Pero me vinieron a la mente algunos detalles confusos, grises, como la frialdad de Adriana en los últimos días, su mirada ausente cuando le contaba algunas anécdotas sobre el hospital donde estaba ejerciendo, sus reiterados dolores de cabeza en respuesta a mis besos que pedían algo más, las llamadas telefónicas “equivocadas” según ella cuando respondía al teléfono en el comedor, sus ausencias cada vez más seguidas de la casa para ir a la de algunas amigas de las que jamás había oído hablar.
Las sospechas se incrustaron en mi cabeza y ya la veía en brazos de otro. ¿Sería Max? Lo encontraba en casa muchas veces cuando volvía sin avisar. Él se despedía enseguida cuando yo llegaba con un saludo cortés. ¿O sería su profesor de pintura? Se pasaba hablando de él cuando l e preguntaba sobre sus lienzos. Fuera quién fuese, lo sabría en menos de una hora. Si la llamada anónima decía la verdad, los descubriría.
Hundí el pié en el acelerador y el auto adquirió una velocidad peligrosa. La ruta se extendía recta bajo las luces que barrían la oscuridad como un limpiaparabrisas en una noche de lluvia. Una luz oscilaba a unos cien metros en el medio de la calzada. Con un chillido de protesta las ruedas traseras frenaron describiendo figuras caprichosas sobre el asfalto húmedo.
Una niña llevaba una linterna en las manos y tenía los ojos asustados.
Mi primera intención era mandarla al diablo, por arriesgar mi vida y la suya con esa actitud suicida pero algo en sus grandes ojos tristes me hicieron callar.
-¡Por favor! ¡Ayúdeme! Mi madre...
Un sollozo salió de su garganta y no pudo seguir hablando.
-Súbete al auto, no llores. ¿Dónde está tu madre?
-Queda a unos kilómetros de aquí- dijo con voz suave mientras se ubicaba al lado mío.
Me señaló el camino y se encogió sobre sus hombros delgados. De reojo vi que tenía dos trenzas cobrizas que le llegaban hasta la cintura, los ojos azules y grandes; la nariz respingada y muchas pecas en las mejillas.
Si perdía unos minutos en atender a la madre de la niña no perdería la oportunidad de averiguar lo que quería sobre Adriana. Maldije mi afán de ayudar a la gente y en vez de dejarla en la próxima parada de ómnibus para pedir ayuda a un hospital desde ahí, me fui con ella.
-¿Qué tiene tu mamá?
-No lo sé, se ha descompuesto de repente y está con muchos dolores.
-¿Cómo te llamas?
-Ángela- respondió y se puso a mirar por la ventanilla con fijeza dando por terminada la conversación.
Cuando llegamos a una bifurcación en el camino ella dijo lacónicamente indicando hacia la derecha:
-Es por ahí.
Giré el volante y me introduje en una senda rodeada de árboles altos y sombras alargadas que parecían gigantes en pie dispuestos a entablar un combate.
Unos minutos después, apareció una casa ruinosa bajo los pinos callados.
Una débil luz salía de la puerta abierta. Me pregunté por qué la dejaban abierta con el frío que hacía. Era de un color azul apagado, quizás debido a la humedad o la desidia de los habitantes de la casa.
Al llegar la niña entró en la casa. La seguí con mi maletín y entré.
Los quejidos venían de una pieza a la que llegué luego de cruzar un largo corredor.
-¡Gracias a Dios!- susurró la mujer.
Le di algunos calmantes y llamé una ambulancia desde mi celular.
Ayudé a la mujer a acostarse en la cama.
Las paredes de un color gris ajado tenían muchas fotografías .La de la señora el día de su boda, Ángela con una dulce sonrisa y un hombre con uniforme militar.
-¿ Quién le avisó que estaba tan mal?-preguntó en un murmullo la mujer
-La niña-contesté mientras pensaba que a estas horas Adriana estaría en los brazos de otro y yo aquí de buen samaritano.
-¿La niña? ¿Qué niña? –volvió a preguntar.
-Ángela, su hija-respondí pensando que los de la ambulancia se tardaban mucho ya.
Con los ojos desorbitados, me señaló la fotografía de la niña y dijo:
-¿Se refiere a ella?
-Sí, creo que la debe regañar, casi la mato con el auto. Se puso en mitad de la carretera para detenerme.
-No puede matarla, porque ella murió hace dos años.
La puerta abierta dejó entrar el aire helado de la noche como miles de clavos de cristal que se metieron hasta mis huesos. Cuando la ambulancia se llevó a la mujer yo ya me había olvidado de Adriana, sólo veía dos ojos agradecidos que tomaban toda la puerta azul. Y me sentí extrañamente feliz.

Texto agregado el 26-12-2005, y leído por 427 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
26-05-2008 que lindo cuento ilov
14-01-2008 existen muchos relatos de este tipo... con apariciones de niños muertos y demas, pero esta vez (por fin) esta redactado como se debe, como solo vos sabes hacerlo. saludos! bakerstreet
13-11-2007 Al principio del cuento me parecio , por su fuerza de caracter, escrito por la mano de un hombre. Pero avanzando en la delicada trama que se ventila tras esa debil cortina nos encontramos en una espiral mayor que nos lleva a un estado tierno, dramatico que nos deja inquietos por la aparicion de la nina difunta. Magnifico torcedura que le diste al nudo del cuento que esperamos el esposo trabado en una pelea con la mujer. El relato queda suspendido en el aire con ese final etereo pero habilmente tejido. Los cuentos, relatos tienen esta magia de entreternos y aprendemos de sus propias circunstancias. Es un aperitivo sustancioso, breve pero tenso. Buen gusto por el cuento. panchin
27-04-2007 Pensar que siguen con nosotros es un gran consuelo. Muy bonito. taber
24-02-2007 Sin comentarios***** gatubela40
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