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Inicio / Cuenteros Locales / el-parricida-huerfano / Deshojando Margaritas --primer capítulo, pero es un cuento

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Saber si uno es querido o no por la persona amada es conocer el futuro, es conocer el secreto de la vida misma, al menos el de la vida sentimental, que es casi lo mismo. Esto lo supe al cabo de meditar durante tres horas, inmóvil, sentado en un banco de la plaza, luego que mi amada, con su hermosos y únicos ojos, se fuera para siempre de mi lado.
En seguida corrí a preguntarle lo que me depararía el destino a la primer gitana que apareció, la primera literalmente, es decir: desde que existe el pueblo. El acto de recibimiento organizado por las fuerzas vivas sobre la calle principal, fue tan emotivo como el discurso de bienvenida del intendente, signado por algunas personas como charlatán, fanfarrón y vago:
– Nuestro bien amado pueblo está hoy más que nunca en camino a convertirse en una gran ciudad, ya tiene sus tres cuadras céntricas asfaltadas, ya tiene su cartel de bienvenida, ya tiene todos sus árboles pintados de blanco y su propio camión regador y todo esto...¿en cuánto tiempo?– hizo una larga pausa para darle más dramatismo a su pregunta– ¿en cuánto tiempo? – repitió y recorrió con la mirada desde el palco a toda la audiencia mientras flotaba en el aire un silencio sepulcral, un silencio profundo o sea igual al de todos los días. Por fin se respondió a si mismo:
–¡¡En tan solo ciento veinte años!!.
Estalló el público en los esperados aplausos mientras el intendente saludaba en señal de agradecimiento y hacia falsos ademanes de modestia pidiendo que dejaran de halagarlo. Minutos más tarde pudo continuar su grandilocuente discurso:
– ..pues bien, no solo de estos adelantos tecnológicos se componen las grandes ciudades, si no también de extraños personajes que circulan por sus calles, personas pintorescas con desconocidas habilidades, de raros ropajes y de orígenes misteriosos. Así es que el municipio de Guanaco Ladeado tiene el honor de recibir como uno más de sus habitantes... ¡A nuestra propia representante de la cultura Cíngara! ¡Igual que en las grandes urbes!!
Grandes ubres tenía la gitana; parada en el palco con su camisola roja a lunares blancos, saludaba tímidamente, con los ojos brillantes de la emoción y unos hermosos dientes níveos que asomaban tras su asustada sonrisa.
La banda municipal comenzó a tocar la marcha ciudadana para luego continuar con unas –a decir del animador– "Bonitas páginas musicales" a la hora del brindis. El intendente saludaba de mesa en mesa, el cura intentaba explicarle al comisario que no era éste el momento apropiado para arrestar a la gitana por averiguación de antecedentes y los chicos jugaban en la calle correteando detrás de una pelota de goma, mientras sus padres se servían vino en jarra, manchando el papel que pulcramente cubría el tablón y los caballetes.
Me acerqué a la gitana y pude ver su cabello de un negro infinito, casi azabache, como sus ojos; una tez suave y joven se perdía bajo un tirante escote que sonreía por haberse engullido sus dos hermosos senos .
– Quiero saber si ella me ama.
Le dije sin más rodeos y casi suplicante. Ella miró fijamente a mis ojos; tomó mis manos y por un instante me pareció que había comenzado a desentrañar el misterio oculto en las líneas de mis palmas, pero enseguida apoyó su rostro en ellas y rompió a llorar desconsoladamente. Este hecho hizo que quienes nos rodeaban reparasen en nosotros y que aumentase el forcejeo entre el cura y el comisario. Ahora el representante de la ley tenía un nuevo cargo para arrestarla: "Escándalo en la vía publica, agravado por ser día festivo de llegada de persona extranjera".
Ante este cuadro de urgencia, la tomé por el hombro y nos escabullimos entre la gente a escondernos al primer refugio que encontramos: debajo del palco. A pesar de estar un poco incómodos, pudimos hablar a salvo de las indiscretas miradas extrañas y sobre todo, a salvo del comisario.
–¿Que hay de tremendo en mis manos que le ha hecho llorar de esa manera? –pregunté con una voz inevitablemente temblorosa debido al miedo que me daba imaginarme la horrible respuesta que podría llegar a oír.
–Nada –respondió todavía compungida– ocurre que mis habilidades adivinatorias son desastrosas, yo presentí que mi fortuna se hallaba en un viaje, y leyendo mi mano vi claramente que ésta era la parada de tren en donde debería descender para encontrar la felicidad, pero ya ves, este lugar es casi peor que el infierno. Como si esto no fuera suficiente cuando descubran que no puedo predecir ni siquiera el resultado de las elecciones, me encarcelaran para siempre por estafa –sus propias palabra la pusieron a punto de llorar una vez mas– Por favor, alguien me tiene que ayudar.
Me sentí totalmente decepcionado, el legendario ser foráneo y errático con visiones premonitorias, no veía ni siquiera que el mismo intendente ganaría por siempre, no veía que sus ancestros se enquistaban en el poder mediante engaños y demagogia desde hacia ciento veinte años, algo que cualquier habitante del pueblo sabía. ¿Cómo podría entonces esperar que pudiese percibir los recovecos afectivos del lejano corazón de mi amada?.
A pesar de mi decepción, decidí ayudarla. Le pedí que me aguardara oculta y fui a buscar al único vecino que no participó del festejo, y que podría tal vez auxiliarme a rescatar a la gitana.
Esta persona era el único intelectual de izquierda del pueblo. Aunque todos le llamaban por su apodo: "Subcoman", Dante Marcos era su verdadero nombre. Tal como lo imaginaba, él estaba encerrado en su casa como un acto de protesta unipersonal y silencioso contra un festejo al que consideraba una cortina de humo para distraer a la población de los verdaderos problemas de fondo, para distraerlos de la necesidad de hacer la revolución.
Sentado a la mesa escuchó atentamente mi relato mientras tomábamos unos mates. Cuando hube terminado se quedó unos minutos en silencio, pensativo, rascándose la barba. Luego limpió sus anteojos, y dictaminó:
– ¡No pienso sumar mi presencia a esta fiesta del establismenth corrupto y tirano!.
Debí apelar a toda mi imaginación para persuadirlo: inventé historias heroicas de desconocidos revolucionarios Cíngaros y martiricé a la gitana como una pobre prisionera clandestina bajo los pies –y esto no era una metáfora– del clero, de la ley autoritaria y de la política corrupta. Después le hablé de la unión en la lucha por un mundo más justo con nuestros hermanos Cíngaros, le dije que para liberar un pueblo sin territorio y disperso por todas partes había que liberar al planeta entero. No pude terminar de hablar; se puso de píe con gesto decidido, tomó su mochila de viaje y se calzó la boina en su larga y rubia cabellera.
– ¡Vamos ya! –me apuró con voz solemne.
Resultó ser que lo había estimulado de mas, durante todo el camino de vuelta no dejó de hablarme sobre la necesidad de dominar la voluntad popular, de sumar adeptos a la causa y liberar a las masas oprimidas.
Liberar a las masas oprimidas es lo que debe haber pensado Subcoman anhelando quitarle el corpiño a la gitana. Hubo entre ellos un enamoramiento a primera vista, un hechizo mutuo que los hizo encandilarse y reconocerse como las mitades faltantes de sus respectivas vidas.
Después de oírlos dialogar como dos tórtolos durante horas, decidí marcharme. Cuando me despedí de ellos me invadió cierta melancolía, cierta pena por mí mismo; yo no anhelaba tener tanta fortuna, lo mío era mucho más modesto, más simple; solo quería saber si era amado para poner un norte a mi vida, para tener un objetivo por el cual luchar, para avanzar, lenta pero inexorablemente, hasta llegar a su lado.
La gitana debe haber intuido mi estado de ánimo, sin quitar la mirada de su hombre, me consoló:
– Finalmente mi predicción se ha cumplido, he hallado aquí lo que buscaba, en cuanto a ti... las margaritas sabrán decirte como te corresponde tu amada.
– Pero ¿Cuáles margaritas? –pregunté– he deshojado cientos y siempre obtengo una respuesta distinta..
– Nadie es profeta en su tierra –me explicó sin quitar la vista de su enamorado– ni siquiera las margaritas.
Dante Marcos extendió hacia mí su mochila
–Que tengas buen viaje –dijo para finalizar la conversación, dándome a entender que les urgía abocarse de inmediato a sus prácticas amatorias corpóreas.
Salí de allí a hurtadillas, no por temor a ser descubierto sino por el efecto de haber estado tanto tiempo en cuclillas bajo el estrado, estrado que ahora era el epicentro sonoro de mi pueblo, pueblo del que me iba alejando, que iba dejando atrás a merced del anochecer. Cierta envidia, cierta nostalgia surgía en mí al pensar de que allí quedaban mis amigos, amándose de manera desenfrenada bajo los pies de la orquesta, amándose al ritmo de “La cucaracha”, al ritmo de alegres pasodobles y tarantelas.
Decidí caminar toda la noche, sin descanso hasta la alborada, hasta que sobre el horizonte comience a aparecer un sol de cobre.

Un sol de cobre comenzó a aparecer sobre el horizonte y me descubrió andando con la mochila a cuestas en el medio del desierto. Avanzaba en silencio, reflexionando sobre la consigna que me guiaba: salir de mi tierra. Pero... ¿donde termina la tierra de uno?. Tal vez esta pregunta sea muy obvia para quien no ha nacido en un población que es solo un caserío en el medio de la aridez, una mosca en un mar de leche, un poco de casi-nada en el medio de la nada más absoluta. Mi mente empezó a buscar la respuesta por caminos más cercanos a la semántica, preguntándome si en realidad toda la tierra no sería la tierra de uno, por lo que me sería casi imposible salir de ella, mucho más encontrar margaritas.
La carga psicológica de tamaña definición y la de la mochila, me obligaron a sentarme a descansar. Ya reposado, caí en la cuenta que todo buen revolucionario ha de llevar entre su bagaje libertario un mapa regional. Buscando con insistencia, lo hallé en medio de los elementos más diversos e insólitos que alguien podría imaginar para misiones de campaña. Con mucho esfuerzo conseguí desplegarlo –sabido por todos es que los mapas son doblados perversamente en las fábricas por personas sádicas contratadas a tal fin para que nunca puedan ser vueltos a su estado original.
El mapa era sumamente realista, estaba casi todo en blanco a excepción de un punto en el centro. La referencia no dejaba lugar a dudas: Guanaco Ladeado, supuesto caserío de dudosa existencia. No se podía esperar otras palabras de los despreciativos peritos en nomenclatura cartográfica.
Con una incipiente sensación de desamparo, me senté a meditar sobre mi suerte. Algo en el cielo despertó mi curiosidad, un lejano objeto volador no identificado flotaba en el aire. Contuve la respiración. Cuando por fin estuvo encima mío pude ver que se trataba de un loro, el más grande que haya visto en mi vida, también el más chico, ya que era la primera vez que veía uno y siempre tuve mis serias dudas de que en verdad existieran.
El legendario animal se posó en un arbusto, a escasos metros míos, recién entonces lo pude contemplar en detalle: hermosas plumas tornasoladas que cambiaban de color incesantemente produciendo una embriagadora mezcla de matices –me hizo recordar al agua del vaso donde mi padre enjuagaba sus pinceles creando un marmolado de acuarelas– sus ojos eran de un fulgurante color rojo, enmarcados por brillantes cejas azules, en su pico una infinidad de filigranas negras y amarillas resaltaban contra el verde de su cuerpo.
Me miró de una manera extraña, moviendo la cabeza hacia ambos lados, alternando uno y otro ojo, como si quisiese comprobar con uno que era verdad lo que había visto con el otro. Por fin fijó sus dos pupilas granates en las mías, con una tensa expresión entendí que exigía mi mirada, que requería toda la atención de mis sentidos de ahora en más. Comenzó a abrir el pico lentamente, el aire se puso tenso. Supe con certeza que iba a asistir a una situación realmente sobrenatural, que posiblemente escuchase la frase más importante de toda mi vida, que yo era el elegido para oír la revelación filosófica más profunda del universo, y que sin lugar a dudas me iba a ser develada en una voz grave, serena y sabia como corresponde al locutor oficial del misterio.
Para mi decepción el loro emitió un agudo y estridente chillido, voló con un par de giros sobre mi cabeza y antes de alejarse –lamento decirlo en estos términos– defecó sobre mi humilde persona.
Sobre mi humilde persona creí siempre saber todo; sin embargo, en ese momento de total perplejidad, una parte desconocida de mí ser reaccionó rápidamente y atiné a cubrirme con lo primero que tenía a mano: el mapa. Aún veía aletear al pajarraco hacia el horizonte cuando caí en cuenta que aquel hecho era la verdadera clave mágica que buscaba. Un escalofrío recorrió toda mi espalda, con cierto temblor en las manos, miré el mapa, y efectivamente allí estaba la deyección del papagayo, verde y fresca aún. Era sin lugar a dudas una señal ¿pero cuál? su rara forma no me permitía asociarlo a nada conocido, ni a un rostro, ni a un signo, ni a un objeto; no me recordaba a otra cosa más que a lo que realmente era: materia fecal verde y de poca consistencia.
A punto de desesperarme, lo comprendí: no estaba en la silueta la esquiva señal; era su posición en el mapa lo que indicaba mi rumbo.
– Extraña la manera de expresarse que han elegido las divinidades paranormales – en mi cerebro resonaba de una manera imaginaria la voz punzante y sarcástica de Eze, vecino de mi barrio cuyo apodo no provenía de Ezequiel, sino de escéptico– ustedes los crédulos ven designios misteriosos en pruebas que cualquier científico consideraría una cagada, pero ya es el colmo verlos en una verdadera cagada –me hubiese dicho de haber estado conmigo; pero la verdad era que me hallaba solo, absolutamente solo en los confines de ninguna parte, solo e intentando saber si mi soledad era también sentimental.
La mancha verde ocupaba un borde de la hoja, allí donde debería terminar esa falsa representación de un mundo chato, un falso mundo chato que sin embargo continuaba del otro lado gracias a la ya consabida malicia de los cartógrafos. Los cartógrafos son seres irritantes que inventan imágenes aplastadas de un planeta esférico al que nunca han visto desde arriba.
Pues bien, la impronta gástrica se hallaba exactamente en el margen, justo donde se indicaba:" Arroyo Esperanza”. Entre las dos caras del mapa faltaba dibujar un pedazo de tierra, seguramente fruto de la famosa decida e ineptitud de los geógrafos, seres detestables que se empeñan en arruinarle la vida al resto de los habitantes del mundo, del mundo redondo.
Sea como fuere, me encaminé con paso firme y decidido rumbo a mi verdad. Con la idea de apartar mi mente de dudas o de voces imaginarias que puedan alterar mi convicción de haber vivido una experiencia celestial, comencé a rememorar el último dialogo con mi amada Laja:
– ¿Me querés? pregunté
– No sé –contestó ella y me miró con su particular y hermosa mirada de ojos entornados.
Debo reconocer que fue un dialogo más bien breve, casi inservible para mantenerme entretenido con su recuerdo en una caminata tan extensa. Me puse a pensar en lo que sucedió luego: Después de pronunciar esas palabras, ella se subió al camión regador que la llevaría hacia la parada del tren que la transportaría a la ciudad, de allí iría a Capital Federal desde donde embarcaría hacia Japón y luego en un barco llegaría hasta Kitakyushu, su ciudad natal a la que retornaba después de haber vivido unos maravillosos meses en mi pueblo.
Aún recuerdo cuando la vi por primera vez, fue en la fiesta de bienvenida. El intendente explicaba que estos años de su gestión habían trascendido todas las fronteras internacionales y atraído a personas de los más remotos confines del mundo; aunque según sus detractores, la Japonesa en realidad había llegado por error cuando algún bromista le cambió sus billetes de tren. Ella escuchaba en silencio parada en el palco con sus pequeños pies juntitos. Laja, como la habían apodado en el pueblo, saludaba con unas simpáticas sonrisas orientales que alternaban con incipientes gestos de reverencia totalmente fingidos ya que no entendía ni una sola palabra de nuestro idioma. Fue en ese momento, con esas sonrisas y con esas reverencias, pero muy especialmente con esos hermosos ojos, que me enamoré perdida y apasionadamente de ella.
Enseguida llegó a mi memoria su imagen más reciente; una vez más en el palco, pero ahora durante su fiesta de despedida. El intendente se jactaba nuevamente de su trayectoria política y nombraba a Laja embajadora oriental de su partido, enorgulleciéndose de que su representante regresara a su país natal a difundir tan brillante administración. Cuando los aplausos cesaron, la máxima autoridad comunal leyó un emotivo decreto en el que se declaraban ciudades hermanas a Guanaco Ladeado y Kitakyushu. Varias lágrimas nos arrancaron aquellas conmovedoras palabras a los allí presentes, casi podíamos sentir los pasos de nuestros queridos hermanos Kitakyushunenses bajo las plantas de nuestros pies, copiando nuestro andar, siguiéndonos como sombras subterráneas, vecinos antípodas que nos acompañaban talón a talón.
Ella estaba allí, con sus sonrisas y reverencias, no porque le cayera en simpatía la desgracia en la que quedó sumergida desde que llegó a este pueblo, ni porque la emocionara el discurso del intendente; sino porque seguía sin comprender de éste idioma ni una palabra, solo reconocía por la entonación cuando alguien le preguntaba algo, oportunidad en la que mecánicamente respondía:
– No sé.

No sé cuanto caminé ya que iba sumido en mis pensamientos. Me volvió a la realidad encontrar delante mío un largo cartel: Arroyo Esperanza Para Aquellas Personas Qué Persiguen Una Ilusión Y Han Llegado Hasta Aquí Con Mucho Esfuerzo Buscando Compresión y Cobijo.
En efecto, allí estaba el arroyo. Era, a que negarlo, muy pequeño, tanto que no se precisaba dominar ninguna habilidad atlética especial, ni adoptar absurdas posturas gimnásticas para cruzar sin mojarse desde una orilla a otra; la distancia entre ambas costas era menor que el largo de un pie. Sin embargo en su entorno florecía un hermoso vergel natural: palmeras, orquídeas, lianas, acelgas, helechos, plátanos, lechugas, robles, violetas, albahacas, abedules, panaderos, achicorias, gladiolos, berros y cuanta especie exótica del mundo vegetal pueda uno imaginarse. Pero no había allí ni una mísera margarita, ni media mísera margarita, ni fracción de mísera margarita.
Lo tomé con calma; coseché unos frutos y me senté dispuesto a merendar relajado, pensando en retomar luego la búsqueda con más ánimo. Comí todo tipo de deliciosos manjares tropicales hasta sentirme saciado, después me recosté sobre mis codos a sentir el fresco y húmedo aire, y a contemplar más detenidamente el mundo que me rodeaba.
De una enredadera cercana pendía un extraño fruto similar a un ají pero de un color verde tan intenso que despertó mi curiosidad. Temiendo que pudiese tener sabor desagradable, apoyé apenas la punta de la lengua sobre su piel. De inmediato una sensación sumamente picante invadió toda mi boca
– aaaaaaaagggghhh!!!! –Grité,
– aaaaaaaagggghhh!!!! –Gritó el ají.
Otra arista totalmente desconocida por mí de mi persona, pasó a tener el mando de mi cuerpo y me lanzó a toda carrera lejos de aquella planta parlante y no me detuvo hasta llegar al cartel.
Jadeante y con taquicardia me senté a tratar de pensar con claridad. ¿Esa voz había existido realmente? ¿Me estaba volviendo loco?
Al ver la inmensidad del desierto que se abría otra vez ante mí, preferí volver y enfrentarme a un pimiento hablador, antes que a tan grande y desolada planicie, sobre todo sin tener una respuesta concreta a mi incierta situación sentimental.
Tomé coraje y me acerqué totalmente desarmado al fruto. Este seguía allí, incólume, verde y aparentemente silencioso:
– ¡Basta de fingir!, ¡Sé que has sido vos quien ha gritado! – dijo el ají.
Nuevamente el flamante maratonista que hay en mí, me poseyó y me encontré sosteniéndome del cartel, a punto de desvanecerme.
Me senté en la posición de yoga y me serené. Después de meditar sobre la manera en la que había enfrentado los hechos, decidí entregarme ante la abrumadora evidencia: yo era un cobarde.
Pero no tenía más remedio que seguir adelante.
Elaboré una aceitada estrategia: lo primero era conseguir armas y qué mejor lugar para encontrarlas que en mi propia espalda, en la mochila de Subcoman. Sin embargo lo más parecido que conseguí fue un tenedor y una tapa de cacerola a modo de escudo. La revolución con la que planeaba mi amigo liberar el mundo, debía de ser gastronómica. Para evitar huir, até los cordones de mis zapatos entre sí, y me propuse esta vez asustar yo primero, así que me haría oír aún antes de llegar.
Debo reconocer que hoy me da mucha vergüenza pensar en que alguien me hubiese visto con una tapa de olla en una mano, el tenedor en la otra, avanzando a los saltos con los pies junto y gritando :
– ¡Ají verde!, ¡Ají verde! ¡No te tengo miedo!
En esas condiciones llegué hasta su lado. Me quedé inmóvil y en posición defensiva. Había tal silencio y tensión en el ambiente, que se hubiese podido cortar el aire. Creo que hasta el arroyo se detuvo.
–¿Siempre anda hablándole a las plantas como un tonto? –me preguntó.
Mis piernas intentaron escapar pero no pudieron hacerlo, caí sentado sobre el pasto.
– ¿Qué querés conmigo? –pregunté con voz trémula de miedo.
– ¿Qué quiere usted conmigo que anda tocándome con la lengua y solo se le ocurre expresar un miserable aaahhh ? – me requirió con un tono indignado
– No...no entiendo..
– Qué “aaahhh” es un grito sin sentido, vacío de todo significado
Me estaba recriminando algo, pero ¿qué?
– ¿Qué esperabas?- quise saber mientras mis piernas ya resignadas a la realidad, al fin se aquietaban
– Lo que corresponde a un ají de mi categoría: un buen insulto, un insulto magnánimo ¿O le parezco, acaso, poco digno de merecerlo? –había un aire aristocrático en su fonética.
Pimiento charlatán o ajo ventrílocuo, sea lo que fuere, estaba totalmente demente, pero aún así podría serme útil. Disimuladamente fui al grano:
– A propósito, por aquí... ¿Dónde hay margaritas?
– Con esos modales, ni sueñe que voy a proseguir hablando con usted
Era lo que le faltaba a mi suerte, descubro una planta que habla y resulta ser de ofensa fácil.
Intenté retomar el dialogo haciendo comentarios chabacanos y costumbristas sobre el tiempo que estaba loco, sobre el pago a los jubilados, sobre las hojas que se juntan en las veredas y sobre la neo retrospección posmodernista.
Nada, el tipo seguía mudo como un ají. Apelé entonces a la artillería pesada y le largué la frase que hace hablar hasta a los muertos, hasta a los mudos muertos:
– ¡Pero que barbaridad! ¡Que mal que está todo! ¿No?
No hubo caso, ni se inmutó, continuó callado como una tapia. Estaba empacado en serio.
El despecho comenzaba a vencerme cuando deduje que si hablaba el ají, seguramente también lo harían los otros frutos. Aquello renovó mi ánimo y mi esperanza. Dirigiéndome a cada una de las plantas intenté entablar una conversación con ellas preguntándoles su nombre y ofreciéndoles un poco de riego si se dignaban a responder unas preguntitas. No dio resultado, aquellos seres de celulosa resultaron ser realmente silenciosos o incorruptibles.
Ya desesperado, requerí a los gritos la ayuda de cuanta cosa verde hubiese cerca. Pero una vez más no obtuve otra respuesta que la del silencio absoluto, silencio solo quebrado por la voz del ají, que con un dejo muy burlón comentaba:
- Efectivamente, es tan tonto que hasta intenta hablar con las plantas.
Dispuesto a obtener la información a cualquier precio, eché mano de una amabilidad de la que siempre he ayunado:
- Estimadísimo señor mío, ¿sería usted tan gentil de explicarme cual es el correcto rumbo que me llevará hacia las margaritas, si no fuese para mucha molestia?
-¡Menos que menos! –dijo indignado- ¡Ahora no solo no hay insultos, sino que encima tengo que aguantar floreos!
–¡Papafrita! – grité enojado, y el ají empezó a reírse a carcajadas
– A cambio de eso no le indico ni donde está el suelo... ¿Es qué acaso el señor no puede insultar?
Esta pregunta tocó alguna tecla íntima en mi interior; me sentí totalmente descubierto. Se me presentó la imagen de mi madre con su dedo acusador dictando dura sentencia por haber pronunciado alguna palabrota, apareció mi padre dándome una nalgada aleccionadora del buen hablar y mi abuela lavándome la boca con agua y jabón al son de un estridente – ¡Y que sea la ultima vez que le escucho decir eso!
– ¡Sí puedo insultar! – le mentí al chile verde, y creo que también a mí mismo.
Tomé aire, cerré los ojos y de a poco comenzaron a rebotar dentro de mi cráneo guarangos epítetos a los que creía ya olvidados, pero que solo habían permanecido archivados en el cajón de las cosas prohibidas. Ya había cosechado suficientes, los tenía acumulados en la punta de la lengua, cuando abrí la boca y maldije:
- ¡Gaznápiro!
Cuando por fin dejó de reírse, me dijo con cierta sorna:
- Bien, bien, se ve que el señorito va a precisar de cierta cooperación y asesoramiento profesional para superar tamaño blockeo comportacional
Dando por sentado que yo estaba de acuerdo, inició la terapia
– Como primera medida hemos de probar con una técnica de shock un tanto fuerte para la autoestima. Sea sincero con usted mismo y dígame: ¿Por haber votado solamente la sonrisa y las promesas de ese político canalla, sin preguntarle como iba a hacer para cumplir lo que anunció? ¿considera que usted es un...?
Nada hay por lo que me odie más yo mismo, que por caer todos los años en la trampa electoral del intendente; recordé como me siento cuando descubro que una vez más he sido vilmente engañado por canciones pegadizas y afiches con frases alusivas a un inminente futuro de grandeza. Se me agolparon un millón de calificativos miserables y ruines. Despiadado con mi autoestima, rugí un furioso:
– ¡Mentecato! – y acto seguido, casi me largo a llorar de la impotencia.
Ya vencido y desesperanzado por mi imposibilidad de insultar, empecé a guardar las cosas en la mochila planeando el regreso; pero de repente sonó fuerte y clara la voz del ají, y lo que dijo me dejó totalmente inmovilizado de la indignación y del estupor:
- Después de todo, ha sido mejor no recibir cumplidos de un cualquiera que pasa por aquí, posiblemente el próximo en venir sea un cartógrafo, o un geólogo; personas maravillosas y sumamente idóneas a la hora de elegir un bello lugar en donde crear un pueblo, de ponerle un hermoso nombre, de brindarle riquezas naturales, caminos, cristalinos ríos, vegetación abundante y un clima agradable...
Fue demasiado para mi tolerancia, me hirvió la sangre, sentí que iba a estallar y finalmente estallé: a los alaridos largué al éter tal ristra de blasfemias aberrantes y obscenidades indómitas, que me avergonzaron a mí mismo. Cité zonas anatómicas viles, vínculos zoológicos insanos y promiscuos, ancestros consanguíneos de dudosa reputación, orígenes genéticos múltiples y humillantes, y todo tipo de barbaridades.
Grité hasta que me faltó el aire y debí sentarme para retomar el pulso. Mis piernas flaqueaban, nunca había escuchado algo así, y no podía creer que además proviniese de mis propios labios.
Temí hallar al ají muerto por lo que acababa de oír. Efectivamente, estaba muerto pero de felicidad, reía y gritaba de alegría alternando carcajadas con frases presumidas: – ¡Ay! salga a cuantos le dirá usted lo mismo. No será para tanto. No se hubiese molestado. Ahora sí soy el verdadero ají de la mala palabra. Usted me ha hecho sonrojar... – y se sonrojó para siempre, quedo colorado, totalmente colorado como un ají colorado.
– ¿Y las margaritas? – pregunté interrumpiendo su festejo
– ¡Ah cierto!, las margaritas...no, aquí no hay margaritas, crecen en la ribera sur –me explicó con una voz nasal que dejaba traslucir cierta rivalidad de castas entre los de una orilla y otra. Pero eso ya no me interesaba; guardé en la mochila la tapa de olla y el tenedor, y me fui dejando atrás al pimiento rojo que festejaba cantando a viva voz rimas grotescas y canciones guarangas.


Con un pequeño paso para mí y para la humanidad, crucé el arroyo y llegué a la rivera sur. A primera vista no noté ninguna diferencia con el territorio que quedaba allende, pero a poco andar descubrí sobre la costa a una radiante y turgente margarita. Allí estaba, firmemente erguida, como si estuviese esperándome.
El piso comenzó a girar bajo mis pies y supe que me estaba por desmayar de los nervios, de la emoción. Sin más demora me tendí boca abajo, apoyé la pera sobre mis manos y me quedé contemplando la margarita mientras aguardaba que mi corazón volviese a su ritmo habitual.
Ya había cesado la taquicardia cuando caí en la cuenta que se acercaba la hora de la verdad, de mi verdad, esto volvió a acelerar mis latidos, lo que significaba que era inútil esperar. Fui quitando los pétalos de a uno al tiempo que recitaba en voz alta “me quiere”, "mucho"..., "poquito"..., "nada".
Con gesto poético patético iba sacándole hojas a la flor y arrojándolas lentamente y al arroyo, por donde se alejaban flotando, arrastradas velozmente por la corriente.
Entonces sucedió un hecho catastrófico e inesperado: El timón de mi mente, que en ese momento estaba embadurnado de un pringoso romanticismo y a la merced de cualquiera, me fue arrebatado sin que mediara motín a bordo. El usurpador fue pésimo matemático que hay dentro mío; cuando faltaba muy poco para terminar de deshojar la flor, intenté adelantarme al resultado del reñido final que caminaba por la cuerda floja entre el "me quiere" y el "nada" . Con lo que pensé que era una gran astucia de mi parte, conté los pétalos restantes, pero luego me confundí, ¿debía dividir? ¿o restar? ¿ o...como es? dudé, vacilé y ...perdí definitivamente la cuenta.
Pensé en rehacer la margarita y comenzar de nuevo, pero desconsolado vi como se alejaba de mi vista la ultima hoja de la flor navegando por el arroyo, se alejaba cual émulo de un triste barco que en la inmensa mar ha puesto rumbo hacia Kitakyushu .
Se me llenaron los ojos de lagrimas y me hicieron recordar a los de ella, siempre entrecerrados, como encandilados, como si su alma no resistiera ver de lleno la triste realidad de la vida. Crucé mis brazos, anidé mi rostro en ellos y me quedé profundamente dormido.
Soñé que mi pueblo era una hermosa ciudad, con cuatro calles asfaltadas, con edificios de dos pisos de alto, con un letrero que rezaba: "Bienvenido a Camélido inclinado"... que estaba a la costa de un lago, un lago tibio, azul e infinito en el que yo recogía una línea de pesca...pero...luego devenía en una gruesa soga, gruesa y pesada, a pesar de ello iba cediendo ante mi fuerza...y lo que traía no era un pez, sino una balsa, una balsa gigantesca...se trataba de toda una bellísima ciudad flotante con su nombre en un cartel luminoso: Kitakyushu...yo caminaba sobre la cuerda hacia ella, cual equilibrista; evitaba caerme al agua con los brazos abiertos, abiertos y ya prontos para cuando viese sus rasgados ojos y nos fundiésemos en un fuerte abrazo, apasionado y definitivo.
Desperté con la placida sensación que da el sol tibio en el otoño. El murmullo del fino hilo del arroyo a mi lado era música para mis oídos. Me incorporé y la visión de la margarita sin sus blancos pétalos, me devolvió a este mundo. Tomé la mochila y caminé paralelo al cauce, cuidando de no abandonar ni por error la costa sur.
Al cabo de una larguísima marcha encontré por fin mi segunda margarita. En un principio no me di cuenta de su verdadero tamaño porque se hallaba al lado de un árbol gigantesco lo que alteró mi escala referencial de medida –sádica complejidad ideada por los agrimensores– pero cuando me acerqué hube de comprobar que llegaba hasta la altura de mis hombros.
Baja, mediana o gigante, era una margarita al fin; más que su tamaño me preocupaba en ese momento darle un refresco a mis cansados píes a los que metí en el agua, de la única manera posible: los dos en línea. Esto me obligó a extender mis brazos, como en mi sueño, para hacer equilibrio.
A los pocos minutos comprobé que mis pies se habían atascado entre ambas márgenes y por más fuerza que hiciese no conseguía desencajarlos, sentí un atisbo de desesperación, pero lo aplaqué rápidamente al comprender que solo era cuestión de tiempo y paciencia hasta que el agua los deshinchase. Había sido capturado, una vez mas, por un delgado y húmedo surco, como el que ocultaba los ojos de ella.
Un poco aburrido por la espera, descubrí que estirando más el brazo derecho alcanzaba los pétalos de la margarita gigante. A punto de arrancarlo, me gritó en el tímpano uno de esos vigías enanos que habitan dentro nuestro, más precisamente en el oído. Yo sospecho que han de ser herreros, lo que explicaría que a veces los anatomístas encuentren allí yunques, martillos y estribos; se entendería también el origen de la célebre cita "Enanum herrerum est".
– ¡Cuidado ! ¡Otra vez perderás la cuenta!
Era verdad, pero solo iba a retirar un pétalo y no seria difícil recordarlo; por si acaso, repetí mentalmente:- uno- uno- uno- uno- uno- uno... Cuando creí que era suficiente me hice un breve auto evaluación y pensé una vez más en arrancar la hoja. En ese instante se despertó el poeta que habita nuestro corazón. Sus refinados oídos de música clásica estaban aturdidos por el eco del número uno que seguía rebotando entre mis entrañas. El tipo espió indiscretamente a través de mis ojos y se conmovió por lo romántico de la situación. Era su oportunidad de actuar, la musa lo había inspirado. A viva voz entre los intersticios de mis viseras declamó:

Uno que mucho mucho te desea a vos
vos más que nada anhelas seamos dos
dos que un poquito se aman, ya ves,
acabarán, como si nada, siendo tres

Además de cursi e infantil, el poeta que hay en mí, es pésimo; siempre he deseado que el enano se lo lleve a trabajar a la herrería para no tener que soportarlo nunca más; de paso que lo reclute también al matemático por metido e inútil.
Retomé el movimiento de mi mano mientras aún persistía en mí el eco del poema: dos... mucho.. ves.. nada...uno...tres...
– ¡Vas a dudar! ¡Vas a perder la cuenta! – me alertó nuevamente el enano herrero, y una vez más compartí su temor.
Con poses solo dignas de un contorsionista conseguí sacar de la mochila el único objeto al que llegaban mis dedos: el tenedor. Luego me agaché –algo sumamente difícil de hacer si uno tiene un pie detrás del otro– y escribí en la tierra: "1= Me quiere".
Ahora si, sin temor y sin voces intestinas, tomé la hoja entre mis dedos y tiré fuertemente de ella. La margarita abrió dos enormes ojos celestes.
– ¡Aaaayyyy! –gritó
Todo mi cuerpo quería huir de allí, pero con los pies aprisionados el resultado fue una serie de movimientos desesperados y catárticos más propios de algún extraño baile ritual que de una carrera alocada.
Las contorsiones espasmódicas fueron perdiendo ritmo a medidas que me quedaba sin fuerzas.
– ¡¿Se puede saber que le sucede conmigo?¡– quiso saber la ofuscada flor con lo que supuse sería la tonada sureña.
En un primer momento atiné a responder, a darle una larga respuesta, a pedirle disculpas, todo junto. Pero mi boca esta vez no logró emitir sonido alguno. Con su enorme y clara mirada, descubrió lo que yo había escrito hacía instantes en el suelo.
- Ya comprendo –dijo burlona– ¿realmente creías que sacándonos las hojas podrías llegar a cuantificar el amor que siente por vos una persona? ¿cómo se puede ser aún tan ingenuo a tu edad? ¿es qué tampoco sabés que el ratón Pérez son los padres? –ironizó.
Eso ya fue demasiado para mí...¿cómo pudieron hacerme esto mamá y papá con mis dientes durante tanto años? ¿porqué me lo ocultaron? ¿cómo es que la humanidad se ha puesto de acuerdo durante generaciones para mentir respecto a la existencia de nocturnos roedores capitalistas? ¿se estarán poniendo de acuerdo también para lograr un mundo mejor? ¿cuántas verdades más podría develarme la sabiduría de ésta flor?. Pensé en preguntarle acerca de Dios, pero tuve miedo de la respuesta.
Estaba visto que nunca sabría si ella me amaba. Me hubiese dejado morir de haber podido. Anhelé fervientemente ser yo también una planta; tenía agua a mis pies, sol en mi rostro, estaba fijo a la tierra y no podía hablar, solo me restaba poner las manos palmas arriba, cual hojas. En el mundo del revés quizás algún vegetal pasara caminando y cosechara mis órganos reproductores para obsequiarlos a su planta prometida.
Tan macabros pensamientos se disiparon cuando la flor prosiguió:
– Creer que nuestra capacidad de revelar el amor se encuentra en las hojas, es como suponer que la razón de las personas se encuentra en el pelo.
¡O sea que sí tienen ese don! Grité para mis adentros. Aquello me revivió, me paré y noté que mis pies, ya deshinchados, estaban libres nuevamente. Creí que seguiría sin poder hablar, pero el entusiasmo fue más fuerte
– ¡¿Y entonces...qué debo hacer para saber si ella me quiere?¡
– ¡¡Pues preguntarlo!! – contestó indignada – ¡¡Como cualquier especie civilizada!!
Simulando paciencia y a pesar de estar sumamente ansioso, le imploré:
- ¡¿Sería usted tan amable de informarme en qué grado es correspondido mi amor?!
– ¡¡Ni pienso!! ¡¡Ni lo sueñe, con esos modales que tiene, de andar arrancándole a una las hojas!!
La mala suerte el lo único que puede ser infinito; dos plantas parlantes en un mismo día y las dos resultaron ser cortas de genio. Me puse furioso e ideé un macabro plan: Basta de miramientos, aplicaría la amenaza extorsiva.
Salté a su lado, la tomé del tallo con una mano y con la otra la apunté con el tenedor.
– ¡¡Me dice ya mismo la respuesta o le saco los ojos!! ¡¡Le juro que la des-ojo!! –rugí enfurecido y con cara de alienado poco amigable.
– ¡¡Su ingenuidad es infinita!! –me contestó sin que se notara en su voz ni un ápice de temor, estaba casi mofándose de mí.
– ¡¡Puedo percibir el amor de dos personas en los confines más alejados del planeta con una sensibilidad de miles de orgónes por centímetro cuadrado y una precisión del noventa y nueve por ciento.....¡¡¿Cómo piensa que no voy a saber que usted sería incapaz de des-ojar a nadie?!!
Quedé estupefacto. Era un argumento contundente: "Quien puede lo más, puede lo menos". Me sentí estúpido y desdichado, solté su cuello, me tapé la cara con las manos y lloré.
Al cabo de unas horas aún estaba compungido pero ya había recuperado fuerzas para seguir viaje. Avanzaría por la rivera sur a buscar otras margaritas. Junté mis cosas y resignado me acerqué a despedirla como quien saluda a un rival que lo ha derrotado limpiamente.
La inflorescencia se mostró cariñosa y comprensiva cuando me dijo adiós; sin rencor en su voz ni en su mirada, me deseó un sincero buen viaje.
Ya había dado mis primeros tres o cuatros pasos hacia el sur, cuando me volví hacia ella:
– Una última curiosidad –dije– ¿Porqué la primer margarita que encontré no tenía ojos ni hablaba?
– Sencillamente porque las plantas no somos todas iguales, ni si quiera las margaritas entre sí. Eso sería como suponer que todas las personas orientales son iguales porque todas tienen los ojos rasgados.
Me quedé sin respiración, ahora si me moría. ¿es decir qué ella, la única, no era única?; ¿qué sus ojos únicos los compartía con dos mil millones de personas? ¿qué la mirada fotofóbica, distintiva y exótica de mi amada habitaba en cuatro mil millones de ojos?
Una larga y profunda decepción me invadió. Tanto que había soñado la distintiva compañía de esos ojos, de repente se me volvieron de lo más comunes. No supe porqué en aquel instante dejaron de importarme. ¿Será qué el deseo es siempre deseo ajeno?
Allí mismo me quedé meditando en silencio mientras caía la tarde. Por fin, di media vuelta y salí caminando en el sentido opuesto al que traía.
– ¡El sur queda hacia el otro lado! –me gritó la margarita.
Ya lo sé –pensé– pero ella ya no es la misma... y yo tampoco.



Texto agregado el 16-12-2005, y leído por 1609 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
04-07-2009 Por el estilo y la redacción no tengo nada que decir. Escribes con una redondez barbara. A ratos me sentí en "Alicia" en otros en "Kirikou" o en "Increible Castillo Vagabundo" pero con toda la ironía que merece una crítica a nosotros mismos. Quiero mas!!! MariucaTorres
22-04-2009 Me encantó, parricida. justine
15-12-2008 sr. parricida, este texto me encanto esta tan bien narrado que me perdi imaginando tan vivo escenario con margaritas de ojos azules y ajies chillones. mis estrellas lisinka
21-06-2008 fantastico!!! ***** perlaz
22-02-2007 Esto está para reescribir en guión de teatro ¡Qué bueno! Tienes una imaginación extraordinaria y qué sentido del humor. He pasado otro excelente rato en la lectura. maravillas
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