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PARA CUANDO REGRESES

“El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa”.


ÉGLOGA I, Nemoroso – Garcilaso de la Vega

No. Ni el nacimiento áureo del sol detrás de las cabezas de los montes. Ni la inmensa y ciega noche que incrusta sus diamantes en el tinglado celeste. Ni el incesante caer otoñal de las hojas en sus interminables hojarascas. Ni el trino multicolor de las tiernas avecillas. Ni el lento abrirse en flor de los capullos de la aurora. Todo eso ya no me conmueve. Ya no crea sentimientos en mi alma. Pertenecen al pasado. Antes sí me movían a la ternura las imágenes de niños con sus albos uniformes moviéndose desordenados como un rebaño de traviesas ovejillas; me llenaba de alegría ver las margaritas risueñas empotradas en sus pétalos de nieve; me regocijaba con el tosco tañido de las campanas de una iglesia, con aspirar el fragante aroma de los jazmines al amanecer, con la visión de las nubes vagarosas en carreras de tortuga sobre las calles del cielo. Esas y otras eran las cosas que solían empujarme a gritar gracias por estar vivo hacia todas las direcciones de la rosa de los vientos. Pero ya no. El destino aciago e insensible ha decidido usar la carta que escondida me tenía. Lo que antes era pura felicidad se ha trocado en amargura, se ha teñido de tristeza, de melancolías agrias e intragables. Los funestos hados han tejido hoy mi destino quizás con hilos de la indeseable mortaja. En tiempos pasados daba gracias al Creador por haber infundido el hálito de vida a esta materia antes inerte, por haberme dado la oportunidad de participar de este gigantesco teatro que es el mundo. Me parecía todo tan bello y excelso. ¡Qué iluso fui! Aun cuando vi los estropicios que la vejez causa en los seres, aun cuando contemplé al hambre que como un ofidio constrictor se amarra a los habitantes de los barrios pobres, aun cuando vi venir al mundo a criaturas con malformaciones físicas y psíquicas, aun cuando vi a la maldad y la injusticia dispersarse por las calles impunemente, aun cuando caí en la cuenta de todo eso conservé la fe en Dios y pensé que quizá unos nacen para pagar culpas de pasadas existencias hasta alcanzar la purificación y la oportunidad de volver a fundirse con las llamas inextinguibles del Altísimo. Tenía mucho optimismo y amor a la vida. Jamás cruzó las nebulosas capas de mi mente el pensamiento de que alguna vez el destino de un zarpazo pudiera desbaratar las montañas de mi fe y secar los caudalosos ríos de mi amor a la existencia. Sí, ¿por qué no? El que fue feliz en tiempos idos y que muerde las hieles del infortunio en los presentes, sólo puede consolarse con los recuerdos; ellos son como un bálsamo que calma pero que en el fondo multiplica el dolor. Pero no importa, daré un paseo por los tiestos de mi vieja memoria. Recuerdo aquel día en que te conocí, vi reflejada en tus ojos la pureza de un espíritu distinto a los comunes. Supe inmediatamente que la vida tendería un puente y lazos de acero entre tu alma y la mía. Quizás eso suene muy pretencioso, pero mucho después tú misma me confesaste que el presentimiento fue mutuo, que también en tu interior la sangre circuló por momentos salvajemente, como embistiendo las venas. A pesar de la callada timidez que siempre se enredó a mi lengua, a mis piernas y a mis manos, decidí hablar contigo. Fuerza es admitir que tuve miedo, temor al rechazo. Mientras hacia ti avanzaba, tú contemplabas pasivamente la roja agonía de una gran esfera que se desangraba sobre la delgada línea del horizonte. Cuanto más cerca de tu presencia me hallaba, más trémulos y plomizos mis pasos se tornaban. Pero cuando al fin llegué, mi sorpresa fue grande, pues me oí a mí mismo entablando una cálida conversación con una joven de belleza e inteligencia singulares; evidentemente una de las criaturas más perfectas de la creación. Charlamos hasta que la esfera roja sucumbió ante la inexorable atracción y se hundió entre los obscuros e inconmovibles pantanos de la nada. Y a partir de ese día todo se fue encaminando como si sólo estuviérase desarrollando el guión de una película. Teníamos tantas cosas en común que al principio nos causó sorpresa y cierta desconfianza mutua después, pero luego nos rendimos ante la evidencia de que nada era falso. Tu amor a la literatura era tan grande como el mío y ambos éramos incondicionales devotos de la música clásica. Nuestros espíritus estallaban de gozo y se fusionaban en las dimensiones superiores cuando las pulidas notas de una sinfonía florecida en neuronas alemanas endulzaban los átomos del aire. ¡Oh, Mireya de mi alegría, Mireya de mi alma, Mireya de mi tristeza! A tu lado aprendí muchas cosas, descubrí la sencillez genial de lo complejo y se me reveló la genialidad sencilla de lo simple. Con sólo pensar en ti mi pluma llenaba los papeles de amorosos pensamientos que cobraban unas veces formas de soneto, otras de égloga, en ocasiones eran epístolas y hasta a veces eran cortos relatos donde tú eras el deus ex machina, centro y sol de mi pequeño universo. El día en que nos unimos en matrimonio, la felicidad que se alborotaba en mi corazón fluyó en manantiales a través de mis ojos. Me preguntaba si un ser humano como yo merecía tanto amor, tanto cariño, tanta ventura en el curso de una sola vida. ¿No estaría ya haciendo préstamos de felicidad a mis encarnaciones futuras? Sin lugar a dudas me consideraba el ser más feliz del mundo: del que fue, del que entonces era y del que sería. Y la alegría se me convirtió en lágrimas de júbilo cuando, un año después de nuestra boda, Hansi, nuestro primer hijo, vino a endulzar aún más nuestras azucaradas existencias. Tu amor vertebraba mi vida y la dicha era infinita. Pero ahora, Mireya mía, ¿qué puedo decir ahora? Más me hubiera gustado que el destino fuera descargando en amargas grageas las desgracias sobre mi vida, creando un mosaico de felicidad y tristeza en mi existencia, así como lo hace con la gran mayoría de las criaturas; períodos combinados de luces y sombras: eso hubiera sido menos doloroso. Pues nada puede doler más que transitar una vida asfaltada de felicidad y que luego, repentinamente y de sorpresa, aparezca el insondable abismo de la desgracia en medio del camino. Eso es lo que han hecho conmigo los malignos hados, han acumulado todos los males y me los han arrojado de un golpe. Un golpe mortal, certero, insoportable. Que sean malditos el alcohol y la irresponsabilidad y que borrado sea del calendario el día aquel en que paseabas tu delicada figura con destino a casa y ese ebrio al volante te embistió y lanzó tu cimbreante y grácil cuerpo contra la pared. Por ventura no moriste, pues eso habría sido mi muerte completa, si no lo es ya. No moriste, pero has quedado así, atada a estas máquinas que mantienen encendida la frágil llama de tu vida, dependiente de estos engendros mecánicos que falsifican tu existir, durmiendo un sueño en dimensiones ignotas, contemplando las praderas lejanas de otras realidades. Ya mis ojos se han secado de lágrimas y he agotado las súplicas al cielo. Al verte allí acostada, tan hermosa, quiero imaginar que sólo estás dormida y que con la aparición madrugadora del sol abrirás tus brillantes esmeraldas y me darás los buenos días. Pero al contagiarme de la cruda realidad siento al dolor desplazarse en mi interior como hirviente lava que me quema las entrañas y lucha por escapar rompiéndome el pecho en mil pedazos que se desperdigan por todas las paredes de esta habitación de hospital, olorosa a pino, jeringas y dolor. ¡Despierta, Mireya! ¡Pónle punto y aparte a ese coma! Vuelve aquí, a este lado del espejo donde, por ti, un alma se resquebraja como madera vieja y por cuyas grietas se mete ardiente como ácido el dolor. ¡Mira la ventana! La fugaz cicatriz del relámpago rasga la piel del cielo y lo hace llorar una lluvia mansa y somnolienta que sintoniza a la perfección con el amargo néctar que se ha bebido mi corazón, el licor venenoso derramado lentamente desde el cáliz de la desgracia por el crudo destino instalado a horcajadas sobre mi pecho. Decía un gran escritor (que ambos admirábamos) que uno siempre acaba matando a lo que ama. ¡Cuánta verdad! Pues en ciertas ocasiones, alumbrado por demencias repentinas, me vi tentado a librarte del tormento eterno de vivir en tiempo prestado, me sentí empujado a desconectar estos aparatos para dar la libertad a tu alma, para que ésta volara mansamente hacia los Campos Elíseos, y como epílogo pensaba arrojarme a los brazos de la gravedad desde este décimo piso en que la impía fortuna te ha hospedado. Recordaba al maestro cuando decía "mejor vida es morir que vivir muerto". Pero luego se extinguían los soplos de locura y pensaba en nuestro pequeño Hansi. Él también precisa de ti, desde tu ausencia presente el pobre ha quedado expósito del albo manantial de vida de tus senos y de tu amor sin límites ni orillas. Ahora tiene ya casi medio año de vida, la perla solipsista del primer dientecillo brilla en su boca como la estrella vespertina en una madrugada obscura. Es gracias a él que aún sigo respirando, pues, de otro modo, a estas alturas tendría ya una fría lápida con mi nombre y sería huésped inerte de un sombrío ataúd en algún cementerio olvidado. Dime, ¿qué debo hacer, Mireya mía? Aconséjame, dame fuerzas. Sé que puedes oírme; que, aunque lejanas, mis palabras llegan a ti. Estoy seguro. Los doctores y enfermeras de este hospital piensan que estoy loco, pues cada día al pie de tu cama desgrano estas conversaciones -que ellos llaman soliloquios- contigo, y ellos te ven cual si fueras una estatua de mármol. Los pobres tontos no ven allende sus narices, no asoman la cabeza ni un milímetro más allá de su pesado plano físico. No saben que hay otras vidas después de ésta, ignoran la existencia de millares de planos, infinitas dimensiones, pluralidad de universos. ¡Oh! El pequeño ha despertado del soporífero sueño que lo embargó. Mira, Hansi, esa es mamá. ¿Lo oíste, Mireya? Ya sabe decir mamá, y aunque me esforcé para que dijera primero papá, ésa fue su primera palabra. Contémplalo, amada mía, observa a este sonriente fruto de nuestro amor. Es nuestro Hansi quien hizo que se desvanecieran como brumas los pétreos pensamientos que me impelían a acabar con tu vida y con la mía. Este dulce hijo nuestro representa la esperanza, la tímida luz al final del lóbrego túnel de las desventuras. Es él quien me da fuerzas para continuar. Aunque ya no veo con los mismos ojos el madurar de las mieses, ni oigo con los oídos de antes el trino de las aves ni disfruto como en el pasado del hálito de los jardines perfumados. No puedo hacerlo, pues ya nada es como era: la alegría ha huido de mi ser. Mas es gracias a Hansi que aún me cuento entre los seres encarnados. Él es quien infunde en mí la convicción de que algún día despertarás de tu prolongado sueño y así entre los tres nos fundiremos en un abrazo mágico y volveremos a los días felices de antaño, continuaremos el truncado guión de familia unida, tenderemos un puente sobre el abismo que el destino trazó y seremos sólo uno, tres almas enlazadas por el amor y la felicidad. Hansi y yo te estaremos aguardando para cuando te sacudas de ese luengo letargo; estaremos listos esperándote para cuando regreses, con los brazos y el pecho abiertos como las puertas del cielo a los puros de corazón.

Texto agregado el 16-12-2005, y leído por 311 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
13-01-2006 Parafraseando a don William, el glorioso estío de tu dicha se trocó en un desventurado invierno bajo el sol ominoso de la injusticia y la fatalidad. Buenas metáforas las tuyas (las de don William tambien) a lo largo de todo el texto: originales y nada cursis. Buen relato. Lo disfruté. sespir
29-12-2005 Que triste, mi silencio y mis ***** para iluminar tu alma amigo y mis cariños para Hansi...Y que Dios te condusca por un camino lleno de esperanzas y alegrias besitosssss nilda nilda
19-12-2005 tremendamente bello desde el principio al fin, no importa la dureza del tema, es que lo vas llevando de una manera tal que me parece verla despertar y fundirse en ese abrazo de tres almas. mis estrellas todas india
19-12-2005 Conmovedoras palabras, hasta las lagrimas... chaja
16-12-2005 Es hermoso este texto Javi, de principio a final, aunque no es para leerlo un dia de bajon animico jaja. Un abrazo. Maria ;) Mildemonios
16-12-2005 De una desgarradora belleza en su profunda tristeza: invita a guardar un respetuoso y emocionado silencio... Iwan-al-Tarsh
 
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