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"En nombre de Dios pues y, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: cese la represión...”
(Ultima homilía de monseñor Romero, el 23 de marzo de 1980. El 24, fue asesinado)

Regresé de mi peregrinación. Fue un día de mucha reflexión, de mucho mirarme para adentro, de reconocerme como una parte minúscula de este inmenso universo. Estuve en El Mozote. Reflexioné, miré para atrás, para adelante y me quedo con el futuro. Así me lo sugiere ese añoso pino que obliga a que el caminito haga un pequeño recodo.

Qué lugar tan triste. Todavía resuenan las descargas de fusil. Las llamas todavía devoran casas, animales, personas. Una pequeña placa que dice "El Mozote: nunca más" traslada el recuerdo a ese fatídico 11 de diciembre de 1981. Hoy habitan allí familias que huyeron unos días antes del desembarco del ejército. Ellos, con una valentía sin límites, de esa que no le teme a enfrentarse a nada, ni siquiera a los recuerdos más pertinaces, han decidido sembrar de nuevo ese terrible lugar. Siembran vida, esperanzas y niños que harán un paraíso de este maldito infierno en que hemos convertido el mundo. Dice el Eclesiastés: "Hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerlo bajo el cielo: tiempo de reír, tiempo de llorar. Tiempo para tirar piedras y un tiempo para recogerlas. Un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz". El tiempo para la paz ha llegado. Las más de 700 personas masacradas ese día así lo exigen.

Tiempo para la guerra y un tiempo para la paz: Pero, también, un tiempo para la justicia. Lo que simboliza El Mozote así lo exige desde una fosa común, en donde fueron encontrados 132 cuerpos, 10 años después. De ese total, 121 eran de niños menores de 12 años. Me pregunto con un grito desesperado: quienes lo hicieron. Qué monstruos acaparadores de sueños y esperanzas destruyeron así la vida. Otra placa de madera con los nombres de las víctimas deja leer: “Carlos Ortiz, Teneso de Jesús Luna, Natividad Luna, Octaviana Luna, Julia N. y tres mujeres más...” Y, así, 65 placas de madera con 10 nombres cada una. En algunas se lee, por ejemplo, “Camila Chicas y sus cuatro hijos...”

Todavía lo que sirvió de paredón sigue en pie. Los agujeros de las balas están allí. Una casa donde sus habitantes amaron, discutieron, hicieron el amor y sembraron vida. Una casa que un día se empezó a construir con la esperanza de que albergara a un niño y que le diera cobijo a los sueños. La pared única de esa antigua casa está allí. Quizá no la han destruido los nuevos habitantes porque sería como destruir los restos de un padre, de una madre o de un hijo que una vez allí habitó. Ayer sirvió como hogar. Hoy sirve como recordatorio, pero también como expectativa de un futuro mejor. Los niños saben guiar a los visitantes por todos estos sitios con la naturalidad propia de quienes crecen con ese violento recuerdo como algo cotidiano.

Una niña me permite tomarle una fotografía con su pavo a cuestas. Sin ninguna timidez me ofrece su amistad de seis años recién cumplidos. ¿Habrá ocurrido así, hace 22 años cuando vieron llegar a sus asesinos?. ¿Esos niños habrán corrido a curiosear los fusiles de los soldados, como dos o tres niños curiosearon mi cámara fotográfica?. Yo les tomé una foto. Aquellos les pegaron un tiro, los descuartizaron a bayonetazas o los calcinaron con la leña que trajeron esos mismos niños el día anterior para calentar el fogón, el café y cocer algunos pedazos de yuca.

No es necesario quedarse anclado. La vida está hacia el frente. Lo que no me da la gana de olvidar nunca, nunca, nunca, es que hay gente capaz de estafar la vida prójima sin ningún remordimiento. Aguzo el oído, me entrevero un poco hacia el monte para que el ruido de una radio no me distraiga y lo logro distinguir: el sonido de las aspas de los helicópteros que anuncian la muerte. Veo correr a una señora con sus niños pegados a su falda. Un hombre muy viejo trata de llegar a la seguridad de su casa desde la pulpería. Otros niños salen en desordenado tumulto para ver el regio espectáculo de los saltos temerarios de los soldados asesinos desde sus helicópteros. Huelo el miedo de quienes tomaron conciencia de que su vida había llegado a su fin. No quiero imaginar el terror que sintieron. No puedo medir en ningún cántaro el miedo sobrecogedor de quienes adivinaron, antes de recibirlos, el dolor de los culatazos, las patadas y los puñetazos de quienes se sabían más fuertes e investida su cobardía por los uniformes harapientos y por la autoridad inapelable de un fusil. Es probable que alguna mujer sintiera con alivio y, hasta con alegría, la hora de su muerte. Porque esta llegó luego de ser violada, luego de ver a sus hijos picados a machetazos, descuartizados y mutilados.

Desde lo alto de la colina que domina las espaldas del pueblo, diviso las casas que se han construido luego del repoblamiento iniciado en 1992. No son sobrevivientes de la masacre porque no los hubo. Son de las gentes que huyó días o semanas antes del desembarco. Desde esa altura escucho marchas marciales ejecutadas por niños en honor a la patria, puesto que se acerca el 15 de septiembre. Los vencidos, los derrotados, representan, me digo, en calidad de comedia el drama de su derrota. Entonan marchas de guerra. Esas mismas que sirvieron para estafarle la vida a sus recientes antepasados. Yo soy forastero en esta región. Desconozco los detalles tácticos y estratégicos que explican las razones de esta “operación”. Es decir, algún experto podría invalidar los fundamentos con los que escribo estas líneas y con todo derecho. La racionalidad científica explica mejor lo ocurrido que mis afectos. Se me puede lanzar el guante y yo tendré que declinar ante el reto puesto que mi ignorancia no me permitiría entablar un debate de altura. A pesar de ser yo un científico, querría no entablar un diálogo en esos términos con nadie. No quiero que me expliquen las razones por las que se justifica la masacre. No quiero entenderla. Quiero permitirme esa laguna, esa licencia intelectual. Sólo quiero sentirla. Es por ello que fui solo, que estuve solo y a nadie le pregunté por lo ocurrido:

“La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.”
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“¡Quien me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
-----------------------------------------
No:
¡Yo no quiero verla!”

En la lejanía, sólo cerros. Alguna que otra milpa indica que hay alguien que siembra y reproduce la terca vida. Un caminito en medio de un potrero: ese es el “sendero retorcido que el pie desde su infancia recorrió”. Quizá, un poco más lejos, me pueda encontrar con el viejo tronco donde el vate escribió un nombre, una fecha, en donde robó un beso, en donde aprendió a soñar. Más acá, las flores de los altares que nos recuerdan el recuerdo son de plástico. Plástico de colores chillones, que tratan de imitar el rojo de una rosa, el blanco de un clavel o el azul de una violeta. Una vaca rumia al lado de donde se encuentran los cuerpos derramados, rotos, mutilados. Eva, camina de un lado para otro: ella no recuerda, ella sólo vive en el presente. Su mente se descalabró. Me parece que su expresión es de una tristeza infinita. Su sonrisa en la foto es sincera pero sus ojos ausentes también lo son. Quizá en ellos yo expreso la inmensa tristeza que me acompaña. Eva soy yo fotografiándome. Alguien le pregunta si yo le gusto y comprende y se echa a reír con picardía y vergüenza.

Pablo, no sonríe ante la cámara. Tampoco la mira de frente. Por más que insistí, por más que traté de ganármelo para esta foto, fue imposible. Se cohibió quien hasta el minuto antes jugaba y correteaba conmigo. Y, en ese momento, me percato que los soldados podrían llegar de nuevo y repetir su hazaña: esta es la misma gente que hace 22 años estaba aquí. Son ellos. Es Delmira que saca agua de la pila para llevarla a su casa y que me dice que ella vio cuando desenterraban el cadáver de una mujer con un feto reseco dentro de su vientre... “El Mozote: nunca más”. Sospecho que, aparte de la energía eléctrica y una mejora rudimentaria en la vía carretera, las cosas no han cambiado mucho. Una madre con su hija adolescente y su niño en igual edad. Son a ellos a quines vinieron a matar y son ellos quienes están enterrados en esa fosa. Son los mismos que me ofrecieron su compañía y conversa durante la hora y media de camino y que se ofrecieron a acompañarme de regreso. Ellos son los que están muertos, a los que matan día tras día y noche tras noche: es ese once de diciembre que no tiene fin.

¿Alguno de estos árboles o alguna de estas piedras habrán sido viejos testigos de lo ocurrido aquel día?. ¿Podremos preguntarle no lo que sucedió, sino sus recuerdos?. Creo que el árbol recordará que alguno de esos niños trepó a sus ramas. Recordará que alguien recortó uno de sus retoños ya seco. Y nos podrá decir: yo serví para calentar a aquel hogar, yo les di el fuego sagrado de cada unos de sus días. Sí, soldado, sí: tendrás que cortarme ese árbol viejo, quemarlo, reducirlo a la nada, mucho más allá del infinito para que me impidas ver el futuro entre tanta sangre derramada. Ese árbol o aquella piedra son mudos testigos de tu infamia. Porque la piedra recordará que sobre ella vertiste tu orín apestoso e infamado por tanta muerte y cobardía y, a ella, no la podrás destruir.

Soldado, verdugo, torturador:
“Dios te guarde
o mejor
Dios te reviente”

San Salvador
30 de agosto de 2003


Texto agregado el 31-10-2003, y leído por 689 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
28-04-2006 Sucedió en un lugar pero pudo haber sucedido o algo muy parecido a sucedido en otros es lamentable es triste pero es necesario que se diga. muy bien contado, emociona. calebbrong
20-06-2005 dolor, dolor , dolor y trsiteza profunda me deja este texto...los niños que juegan desprevenidos, la ausencia de justicia en los ho,mbres llamados justicieros, uf terrible relato, que llega hondo al mismo centro del alma.***** janine
29-04-2005 Sólo un minuto de silencio, mis respetos y una silenciosa oración......... tu_risa
08-12-2003 Tiene razón en no querer entender, yo tampoco lo entiendo... ¿Será que los que soñamos con la paz, estamos descaminados. ¿Será? !que lastima que fuera así!! Yo, como todos, tan bien nací en un mundo desafortunado, donde no es posible una Humanidad serena, generosa y tranquila para ser feliz, se lo impide la unilateralidad de las leyes; la defectuosa desorganización social encubridora de injusticias; ese cumulo de errores de la humanidad en el transcurso de los siglos, que difícilmente será borrado de nuestra memoria... no se si agradecerle por recordármelo, pero si lo felicito ya que yo, no tengo el valor de hacerlo. Mil estrellas con luces de justicia! Bjork
29-11-2003 janio, esas son nuestras heridas que nunca sanaràn.Dios los reventarà, te lo aseguro. Recibe un abrazo justiciero,jl***** pueblo
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