Una llamada que hizo regocijos en la aldaba de esa puerta de roble arcaica. Se situaba esa voz inaudita en aquellos oídos inusitados, me visitaba solo por un momento, de lejos, era transeúnte. Los signos eran intermitentes, no comprendía, no conocía su lenguaje. No asociaba la belleza del sentido, esa voz divina que escapaba de la desesperación. Aberrados los ojos, crispados, la veían deambular; hablaba, eso creo. Era pálida transparente, con el rostro natural, ni mascaras en las pestañas, ni brillo labial. Desconocía mi mundo, ella tenia su propia tierra, plagada de labios, de cuerdas vocales ajadas, de lenguas secas. Así, era su mundo... deseaba ser inexistente, mas halla de transmitir un auxilio, cansada de presenciar y ser protagónica de calumnias, pero ella era solo un sentido. Eran ellos, quienes la malgastaban, quienes ponían en boca (por mas que sea suya) el verbo maldito; fueron egoístas, ni siquiera pensaron en su dignidad, en el valor que esta tenia. Así, un día me dejo de visitar, ya habiéndome enseñado a hablar, abandonando a aquellos que aunque sabían utilizar el verbo, (y no de buena manera) no eran en realidad mas que analfabetas.
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