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Cada vez hay menos gente preocupada por atestiguar el pequeño milagro de una flor recién abierta.

Aquí está ella. Tallo largo, perfectamente liso, sin montes u hondonadas. A la mitad del viaje, dos hojas anchas recortadas en los bordes con tijera de picos. En el extremo superior, una corola formada por seis pétalos firmes, abiertos hacia atrás y unidos en la base. Frontalmente, semeja una trompeta. Si se la mira desde arriba es una estrella en plenitud.

Del útero profundo brota, agudo, el aroma que aún guarda el recuerdo del alumbramiento. Miel con notas de durazno. Olor a sueño realizado.

La flor luce blanquísima en el cénit de su floración. De un blanco “helado de mantecado a mediodía”. No es difícil comprobar que a las doce sabe más blanco un helado de mantecado, aunque llueva y estemos en noviembre.

Pero esa es otra historia. En ésta hay una flor olorosa de largo pistilo y pétalos en estrella, Lilium martagon. Refiero el nombre científico para acallar a los incrédulos. Dado que no se mucho de flores investigarlo me tomó varios días. Quizá por ello la continuación de este relato pierda, para algunos, relevancia. Cada vez hay menos gente interesada en el misterio que encierra una flor moribunda.

Llamada comúnmente azucena silvestre, la flor puede vivir de uno a cinco días fuera de la planta madre. La duración dependerá en cada caso, del momento del corte y de la bondad del cuidador. Incluso en el hábitat natural, su existencia no se prolonga más allá de dos semanas.

La señal más evidente de declive es la flacidez de la corona, que pasa progresivamente de mariposa a crisálida, de estrella a quasar. El aroma incrementa, al mismo tiempo, su intensidad. De tan agudo se hace estridente, y termina por parecerse al olor nauseabundo de los sueños inútiles.

Hacia el final, la flor no será más que un amasijo pálido de texturas de seda que se deshacen al más leve roce. El viento entonces, o tal vez un suspiro descuidado, empujará los sueños muertos a otros rincones. Allí florecerán nuevos lirios a los que deseamos mejor suerte, o un narrador insomne.

Texto agregado el 22-11-2005, y leído por 148 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
06-10-2006 el olor nauseabundo de los sueños inùtiles, muy buena metàfora.Muy buen texto, que es una prosa poetica encerrada en una gran metáfora. doctora
23-03-2006 Con que sensibilidad describes esa flor maravillosa, todas las flores maravillosas que los ojos cansados de tanto cemento, vidrio y metal son incapaces de percibir. Gracias por este escrito! loretopaz
22-11-2005 Bella flor, has hecho una espléndida biografía de la azucena silvestre..secillez, toque de elegancia y un bisturi que al final desgarra.. un abrazo y un beso... ruben sendero
 
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