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1- De la inexplicable muerte de Alfonso Juárez y Maciel Carrasco
Uruguay, 18 de septiembre de 1977

Mi muy querido amigo, Don Segundo Cardone:

El sol se quebraba en la escarcha aquella mañana de agosto.
En el zanjón, bordeado de calas, revolcados y sucios asomaban los cuerpos sin vida de Alfonso Juárez y Maciel Carrasco. La furia podía adivinarse en el rictus macabro de Juárez y en el facón ensangrentado que la zurda inerte de Carrasco todavía apretaba.
Un perro vagabundo olfateaba y gemía junto al cadáver de Carrasco.
El cabo Alejo Franco se apresuraba a apartar al cuzco mientras cubría los cuerpos con unas hojas de “El Federal Entrerriano” que sacó del mostrador del almacén de don Dámaso Vázquez. Mientras tanto, en una mesita desvencijada, el comisario Humberto Barriga improvisaba una oficina y tomaba declaración.
La primera fue la gallega Berta Soto, la mujer del Dámaso Vázquez: Que ella conocía a los occisos pero sólo de vista. Que sabía que frecuentaban el almacén para tomar algo a eso de las siete de la tarde después de las faenas. Que nunca los había visto discutir pero que la noche anterior ella no había estado atrás del mostrador porque se había quedado dormida leyendo un cuento del Marqués García que le había enviado su prima la Esther Díaz…
Después declaró don Dámaso con más preguntas y evasivas que precisiones. Pero Barriga no insistió porque a pesar de ser muy temprano Don Dámaso ya exhalaba ese aura a ginebra que lo distinguía.
Otros parroquianos fueron pasando sin dar al comisario alguna pista de las razones de aquella pelea que terminó revuelta de barro y sangre entre las calas blancas del zanjón.
Como en procesión desfilaron el taita Armendáriz, el doctor Alzamendi, Acoite y Miranda; el mecánico Adrián Fillastre, que cuando firmó le dejó la actuación llena de grasa al descorazonado Barriga, y hasta el Angélico Benavides que justo andaba ese día por el barrio. Finalmente el caso se cerró como “Pelea entre dos ebrios seguida de muerte” y se dejó a los vapores oscuros del alcohol la explicación final.
Esto es, mí querido compadre, lo que sabe todo el mundo.
Yo he guardado silencio por cincuenta años, por respeto a la memoria de los difuntos. Pero ahora que me he enterado que la Mariana Paz también ha muerto de vieja le escribo a Usted para dar respuesta a esas preguntas que tantas veces me hacía café o vino de por medio y que yo, por caballero, debía callar.
Con seguridad Usted se recuerda de cuando llegaron el Alfonso Juárez y el Maciel Carrasco. Eran buena gente. Hombres de trabajo que a falta de otras diversiones se gastaban unas monedas en el almacén de don Dámaso Vázquez.
Maciel Carrasco era un hombre grandote. Asustaba verlo al principio pero después de conversar un rato cualquiera se daba cuenta de que era afable, generoso y de buen humor. Había llegado aquí desde el campo y trataba de hacer fortuna como todos por aquellos años.
Alfonso Juárez, pequeñito, pícaro e inteligente, se hizo muy rápido amigo de Carrasco. El caso es que a los pocos meses de conocerse andaban juntos para todos lados; y Ud. dará fe de lo que digo porque alguna vez estuvimos sentados los cuatro a la misma mesa.
La que vino a armar el embrollo fue la Mariana Paz.
La china, querendona y generosa con sus amores comenzó a frecuentar alternativamente a Juárez y a Carrasco. Al principio todo transcurría sin problemas porque la moza se las arreglaba para que los amigos siguieran ignorantes de que recibían los favores de la misma mujer. Luego ella logró con femeninos artificios que ambos aceptaran la situación.
Lo que no previó la Mariana Paz era que alguien se podía enamorar. Y eso fue lo que ocurrió. Juárez se enamoró perdidamente de Mariana Paz y se lo hizo saber a Carrasco. Carrasco no le dio importancia al asunto y continuó sus visitas a lo de la Paz. Aquella noche no fue al alcohol, mi amigo, lo que cegó a Alfonso Juárez sino el amor. Carrasco había estado temprano de amoríos con la señorita Paz, cosa de la que Alfonso se enteró y loco de ira lo fue a buscar al boliche de Dámaso. Con los ojos inyectados increpó al amigo y lo desafió a la pelea en la calle. Carrasco no podía dejar su honra de varón en ridículo y aceptó el reto. Maciel Carrasco llevaba la ventaja de su estatura y ser diestro en el manejo del cuchillo pero Alfonso Juárez tenía en la sangre toda la fuerza que sólo pueden dan el amor y los celos. La pelea fue terrible. Los cuchillos se incrustaron casi al mismo tiempo en la yugular del contrario.
Lo demás ya lo sabe.
Yo pude evitar la declaración ante Barriga simulando una enfermedad y Usted no andaba ese día por el almacén.
La Mariana Paz se fue y terminó sus días junto a Carmelo Vence, un conocido de todos con quien la muchacha mantuvo un romance anterior aún al de Juárez y Carrasco.
De cómo se todo esto es tema para otra carta que le voy a enviar más adelante.
Por ahora basta con develarle un misterio y darle letra para escribir algún cuento y publicarlo en ese diario que me han dicho que tiene ganas de abrir allá en su pueblo.
Un abrazo

Gabino Pereyra

2- La Pelea
Uruguay, 30 de octubre de 1977.-

Estimado Amigo
Don Segundo Cardone
El inquilinato que daba a la calle 3 de febrero era un pasillo largo y umbroso al que se abrían habitaciones que daban cobijo a inmigrantes, estudiantes, solteronas piadosas y putas que convivían con respeto. A esa casona vino a dar la Mariana Paz cuando llegó desde el norte con su atadito de ropas y la decisión de no volver jamás a su pueblo.
En la habitación contigua había un taller de zapatero remendón y en la otra vivía Lucía Gargano. La Gargano era una mujer exuberante. Grandes ojos y senos grandes. De una blancura de mármol y una cabellera rubia que dejaba caer provocadora sobre sus pechos. Ella decía que era artista. Por esos años la línea que separaba el arte de la prostitución era tan delgada y frágil como una tela de araña.
La primavera de aquel año veintiséis se anunció a puro aroma de lavandas y diamelas pero también corrió por los corazones como un ángel de la confusión: Armendáriz rompió aquella relación de años con la novia que tenía en San Antonio de Papua porque se deslumbró con la hija del rabino. Doña Norma Pereyra abandonó con escándalo a su marido para huir con el vigilante de la plaza veinte años menor que ella. Juárez andaba medio entreverado con la Mariana Paz y una tal Mercedes. Yo andaba de suspiro en suspiro y Usted, con la excusa de la libertad, atravesó por ese año de Don Juan que todavía le reprocha su señora. Cuestión que como el viento del Este la inestabilidad emocional se había apoderado de los corazones y la gente se enamoraba y perdía el amor con mucha facilidad.
Claro que el punto de encuentro era el almacén de Don Dámaso Vázquez y era allí, donde entre un vaso de tinto o un vermouth uno se enteraba de las cosas. Sobre todo porque la gallega Soto, cuando no tenía novelas para leer se construía las suyas con las historias nuestras.
Por esos días en que Don Dámaso hacía un nuevo intento por dejar el alcohol y Miranda se fue ofendido del bar por aquella broma del vinagre en el vaso de vino que Usted le hizo inocentemente pero que el viejo, conservador y cascarrabias, tomo tan a mal. Por esos días, digo, fue que me enteré de la disputa de amor entre Juárez y Carrasco que terminaría en tragedia en el invierno siguiente.
Llevaba mis camisas a coser a la pieza que la Gargano tenía en el inquilinato. La mujer tenía sus veleidades de diva pero también la humildad para dedicarse a artes menores que la ayudaran a sobrevivir. La actriz pegaba botones y zurcía medias con auténtica vocación y tal vez los talleres del Colón se perdieron la costurera que las tablas no quisieron abrazar como actriz. Entre agujas y botones fui tejiendo una amistad con la Gargano que me granjeo la envidia de algunos parroquianos que imaginaban una historia de lujuria.
Estaba en cueros y tomando una taza de té cuando la Mariana Paz irrumpió iracunda en la habitación de Lucía Gargano. La Paz venía a recriminarle a Lucía una relación que ella tuviera con Maciel Carrasco y en pocos segundos las señoras se trenzaron en una escaramuza verbal donde cada palabra tenía el valor de una daga, una bala o una eficaz gota de veneno. Ajenas a mi presencia las dos mujeres se dijeron cuanto les vino al pico. El punto final lo puso la Gargano cuando arrojó, por sobre los hombros de la Paz, las tijeras que se clavaron en el postigo de la ventana y la mujer entre asustada y confundida se fue dando un portazo. Fue presenciando esa discusión terrible que me entere de la doble relación de la Paz con Juárez y Carrasco, del amor naciente de Juárez por Mariana Paz. De una historia menor entre Maciel y Lucía Gargano y de otros detalles que me han servido para reconstruir la tragedia que tuvo lugar meses después.
Ya ve, amigo, a veces la vida nos pone de testigos involuntarios del dolor y del amor de otros.
Espero que pronto se ande por el pueblo. Ya sabe que aquí en casa tiene una habitación para Usted cuando desee quedarse. Tenemos prometidos unos vinos y me gustaría que nos encontráramos una vez más en el viejo almacén de don Dámaso Vázquez que, gracias a que nunca dejó el alcohol, se conserva igual que hace cincuenta años.
Le dejo un abrazo grande. Espero noticias suyas.

Gabino Pereyra


3- El Viaje
Buenos Aires, 6 de febrero de 1925.-

Mi querido Gabino:
La mañana era diáfana pero el canto de las chicharras… No, no quiero detenerme en el calor de un día de febrero que usted recuerda bien.
El vapor zarpó con puntualidad. La Compañía Mihanovich se destaca por el servicio y le agradezco haya insistido en que viajara en barco. Hasta Campichuelo o un poco más allá la costa nos acompaña cercana. Colorida de saucedales y bancos de arena. Después el Uruguay se abre como un presagio del mar y navegamos por un estuario inmenso.
En el puerto de Buenos Aires me esperaba Guerricó. Antes de instalarme en el hotelito del viejo Paseo de Julio me llevó a recorrer un poco el centro de la ciudad. La casa Rosada recuperó un poco su carácter señorial desde que el dandy Alvear llegó a la presidencia. Dicen que la Pacini es una portuguesa que se destaca por su buen gusto y unos modos muy europeos aunque les pese a las señoras patricias de la capital.
Por la tarde Guerricó y Romero me pasaron a buscar por el hotel y fuimos donde tienen los equipos receptores. Me aseguran que pueden captar las ondas que van por el éter a muchísimos kilómetros de distancia y también me hablaron de que planean asociarse con unos gringos para instalar una emisora más grande.
Yo se que a Ud. no le van estas cosas de los avances de la ciencia pero… Ya verá cuando instalemos todo en el almacén del Dámaso Vázquez. ¡El pueblo se va a quedar con la boca abierta!
Creo que hemos hecho un buen negocio. Me dejaron el radio a buen precio y me dan otro en préstamo porque dicen que quieren difundir la radiofonía en el litoral. Yo voy a llevar el del almacén al Uruguay y creo que el otro lo pasearé entre el Gualeguay y el Gualeguaychú para darme un poco de corte entre la paisanada.
La segunda noche que pasé en Buenos Aires me invitaron al Armenonville. Cantaba ese muchacho que le dicen el morocho del abasto… Carlos Gardel. Canta tangos el hombre y lo hace muy bien. Aquí en la capital es muy conocido porque hace audiciones en Radio Nacional y se venden discos para fonógrafo. Creo que en el cine del Padre Zaninetti han dado una película suya hace como un año. De todos modos no fue Gardel lo que me impresionó del Armenonville sino una francesita. Una muchacha pequeña, de piel cetrina que se hace llamar Carlota D’Orbigny. La señorita de redondos pechos supo como calmar mis urgencias de varón y también acompañarme en la charla y en el canto. Con las primeras luces del día debí salir del cabaret porque a las nueve zarpaba otra vez el vapor y tenía que arreglar varias cuestiones con la gente de la radio.
En el puerto me encontré con Carrasco. El pobre andaba medio perdido. Vino porque tiene un pariente enfermo pero ya volvía para Entre Ríos.
Esta carta se la mando con él porque yo seguiré de largo para Gualeguaychú. Ya tengo un flete acordado que me espera en el puerto de Uruguay. Me lo consiguió Adrián Fillastre que por ser mecánico me acompañará por si se nos rompe algo en el camino y además entiende bastante de varias cosas como para darme una mano con la instalación del radio que me prestaron.
¡Ah! La radio que compré para el Dámaso también la llevará Carrasco para el almacén. Tírele unos pesos por la gauchada y también al Alfonso Juárez que como es tan compinche de él seguro lo ayuda en eso de cargar el bulto en el carro.
Nos estamos comunicando pronto. Creo que viajo a Uruguay antes de fin de mes para pasar las pascuas en su casa.
Un abrazo
Segundo Cardone

PD: Gracias por confiar y poner parte del dinero para el emprendimiento. No se arrepentirá.

Texto agregado el 17-11-2005, y leído por 289 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-10-2007 Perfecto en el ritmo. Lo leeremos más detenidamente portal
 
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