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El enamorado y la muerte. (parte primera)



Solo sobrevivía, la vida, el destino o lo que fuera le había quitado a su amada hacía no poco tiempo. Ese había sido el motivo de su radical decisión de abandonarlo todo, desde las comodidades que el dinero le brindaba en la moderna ciudad, hasta el calor de su familia.

Era un pueblo perdido y pobre aquel al que había llegado, mas tenía la magia que el hombre creía buscar. Su gente silenciosa era con la misma cualidad muy cariñosa, y como si se tratase de un sagrado pacto nadie hablaba de pasados.

Como todos los hombres del lugar se dedicaba a la pesca. Su único compañero un bote de noble madera que en mal estado había recibido a su llegada como regalo, y reparado esmeradamente con sus no fogueadas manos. Lo nombró Ludmila, como a su amada.

Se entregaba a la mar en los atardeceres siendo testigo de noches cálidas y lluviosas, de mantos de estrella, y de luna llena. Sólo ahí, flotando en medio del todo pero sin nadie se apoderaba de él, como cruel enfermedad, la nostalgia y recordaba a su amada de cuerpo joven y de finas y blancas manos, su rostro de suaves labios y de ojos inmaculados. Lo hacía con tal sentir que a veces parecíale verla en el horizonte y como si fuese su último cometido en ésta vida remaba con desesperación hasta el lugar en que la ilusión vestida de su amor se desvanecía de su mente. Otras ya cansado se dedicaba a contemplarla y le hablaba e inconscientemente figurábase que Ludmila le contestaba.

A su modesta cabaña volvía al amanecer, bebía un vaso de leche y dormía. Siempre soñaba, a veces recuerdos, otras creaciones, pero en cada uno a su hermosa amada sostenía en sus brazos.

Una tarde de lluvia agitado despertó el hombre. En sus sueños reconocía a otra mujer...amaba a otra que no era Ludmila. Buscando el amor se había embarcado a otro pueblo y encontraba a esta misteriosa y bella mujer de ojos verdes y llenos de esperanza, pero tristes, siempre un poco tristes. A partir de entonces sus sueños eran ella, y en el lugar siempre se encontraba rodeado de extrañas gentes, pero no les prestaba atención ya que sus fuerzas se concentraban en llegar a esta misteriosa mujer que parecía llamarle, sin verlo. Y sin lograrlo despertaba. Pasaron los años y hombre sin repararlo se había enamorado nuevamente.

Una noche de tormenta en que no pudo salir por la rebeldía del mar asustado despertó, al incorporarse vio a una blanca mujer, muy más que la nieve fría de pie frente a su cama.

- ¡¿Como has llegado amor mío?! Le dijo con inmensa alegría

- No soy el amor amante, soy la muerte que dios te envía, y a buscarte he venido por tu desesperanzada vida, y por haber enajenado el amor de tu corazón.


Esgrimió el hombre enamorado estar de esta nueva mujer de sus sueños, mas ser sólo su corazón el que aún no reconocía. La muerte no se sorprendía.

- ¡Ay muerte tan rigurosa, déjame vivir un día!

[“Muy deprisa se calzaba más deprisa se vestía”]

Y corriendo, arrancando de la muerte, el enamorado zarpó rumbo al extraño lugar de sus sueños en busca de su nuevo amor.




*Basado en el poema anónimo del mismo nombre.

Texto agregado el 31-10-2005, y leído por 379 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-12-2005 Un texto fluido y bien estructurado. Leeré la otra parte. ***** fabiangs
 
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