...Y no mires a quién
Lo encontró en el bosque tirado en el piso, aleteando con precarias alas que apenas empezaban a llenarse de plumas. Seguro había caído de algún nido que no pudo localizar en la maraña de ramas de los árboles; entonces, guiado por ese instinto protector ante lo indefenso, decidió hacer de madre sustituta y llevarlo a casa con la esperanza de que sobreviviera. Le dio a probar varios alimentos y el pichón mostró preferencia por algo de cereal, pero su gran pasión fueron las uvas, las aceitunas y toda clase de frutas pequeñas y ovaladas. Las tomaba con su grueso pico sin morderlas, las agitaba un poco y luego, ayudado por una de sus patas, la despellejaba y comía a pedacitos. Así que hambre no pasó y fue creciendo hasta tener un plumaje terso y brillante de color blanco.
Él, la madre sustituta, no alcanzaba a definir qué clase de hijo había adoptado; sus plumas blancas y delicadas le hacían parecer una paloma, sin embargo, el pico y las patas desentonaban; parecían ajenas a ese cuerpo esbelto, bello y blanco. El pico, negro, grueso y vigoroso era más propio de un pájaro que tiene que escarbar o desgarrar alguna corteza para conseguir su comida, y las patas, negras también, tenían aspecto ruin y sucio, como las de un carroñero. ¿Qué clase de ave sería?
La duda no se resolvió, pero quedó olvidada cuando el ave comenzó a ensayar algunos vuelos por la habitación; vuelos rápidos en pequeño espacio, curvas cerradas, giros repentinos para evitar algún obstáculo. La habilidad innata se hacía evidente y él consideró que era tiempo ya de darte la libertad a esas alas, así que abrió las ventanas. El pájaro, nervioso, miraba al exterior y durante todo un día se pasó dando saltos de un mueble a otro, haciendo pequeños vuelos hacia la ventana y girando hacia el interior antes de traspasarla. Deberá vencer el miedo, pensó él y llegada 1a noche decidió no cerrar las ventanas porque, quizá, en cualquier momento del amanecer el ave decidiría irse a buscar su naturaleza.
El agudísimo dolor le hizo dar un grito y se llevó las manos a su cara ensangrentada. En la oscuridad alcanzó a ver con su ojo derecho, el único que ya le quedaba, un reflejo blanco que atravesaba la ventana. Entonces comprendió que había criado a un cuervo albino.
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