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UN DOLOR AÑEJO

La mañana vino vacía y gélida, con un sol que no despertaba, tímido e irrespetable. En todas las cosas, desde la cocina hasta la ropa amontonada en el cesto de suciedad, una notoria ausencia que se pintaba como una traslúcida película de polvo y moho salado: Griselda ya no estaba. Se había hartado de esa vida falsamente bohemia que padeció silente hasta la noche de ayer, cuando, con toda el dolor del mundo cargado sobre su espalda, soltó el último respiro en esa casa: «Me voy», y sin más, hizo inevitable que la mañana asomara ociosa sin verla regando los tulipanes del jardín de la casa. Rodolfo aún estaba durmiendo, acurrucado, sin preocuparse de su desbalanceada cama.

Lo vio tan suelto, como si él, al despertar, tuviera en mente vivir un día más, en el que le daría un pegajoso beso en la mejilla, y se dirigiría al jardín a oler los tulipanes recién regados por ella, ignorando toda la erosión de la rutina en su corazón. «Ese hombre es así. Le da lo mismo comer pasas que moscas porque todo lo hace por inercia». Sí, tal vez, pero cuando era alguien que la gente quería tener a su lado, ella siempre estuvo ahí luciendo sus encías sobresalientes. «Ya ni siquiera se afeita esa barba; se tiene al abandono». Eso sí que era cruel, querida, sí que lo era. Griselda escogía las memorias precisas para darse fuerzas en esta decisión tardía, muy tardía Mientras una mitad de la cama aún estaba cálida y somnolienta, el extremo opuesto de las sábanas estaba ya frío. Rodolfo no se percató de la ausencia.

Arrastró sus cosas hasta la puerta falsa de la cocina, mientras trataba de despedirse de esa miseria que dejaba atrás y que no volvería a ver. Tal vez lo único que ella extrañaría serían los tulipanes del jardín, que habían merecido su atención y su cuidado, y que ahora tendría que dejar: estaba resuelta a no volver, a no dejarse llevar por la costumbre o la lástima. Se acomodó un momento la chalina y sentó para reposar unos segundos del peso de las maletas… el taxi aún no llegaba. Tal vez escribiría una carta.

*****

Rodolfo, emponzoñado aún por el húmedo invierno, abrió los ojos pesadamente. Masticaba, o mejor dicho, rumiaba su propia saliva gomosa una y otra vez, con la misma hosquedad con la que ya hace unos años besaba a su mujer. Tanteando sus propias fuerzas, se sentó en la cama mirando en el suelo algún punto de consuelo, una aclaración, y sin encontrarlo se incorporó sobre sus huesos crujientes. Ya arrastraba los pies y su cuerpo no era el mismo de los años de tulipanes, alegría y bohemia falsificada. Pero él creía aún en su pluma, y se dio fuerzas para concretar su añeja idea de una novela. Como era el día de todos los muertos no iría a trabajar y pensaría y repensaría en un comienzo, en una intriga, en un narrador, en los personajes, y tal vez en el final. En ese día gris, la sobrecarga de tristeza se respiraba en toda la casa, en la humedad y en el moho perenne. Con pasos de viejo se acercó a la cocina, cogió una lata y le echó algo de agua a los tulipanes, cada día más secos. Mientras hervía el agua y raspaba la lata de café buscando una sobra apelmazada, repetía una y otra vez «ya pasaron dos años, aunque a mí me parecen treinta». Revolvía el café con desinterés: una idea asomaba flojamente entre sus cavilaciones. « ¿Y si escribo sobre ella, sobre cómo se fue?» Pero, ¿acaso no fue eso lo que ella siempre detestó, que la tocaras para tus estúpidas ficciones? Mientras estuvo ahí se tragó todas las fiestas, todas las tertulias que la vida bohemia le dictaba a Rodolfo realizar. « ¿Cómo habrá sido su vida?, ¿al final habrás sido feliz, Griselda?» Ah, ahora eso le importa, luego de la carta, luego del adiós madrugador de hace treinta años, luego de todo eso, de haber renunciado a ella porque quería obedecer a sus instintos, sentir de nuevo las maripositas en el vientre, luego de todo eso, recién se pregunta por ella. Las cavilaciones se iban atropellando dentro de su alma para que un sentimiento ya dominante en ese destartalo hombre se reinstalara: Dolor.

Entre la mesa de la cocina y las latas oxidadas de cafés prehistóricos, un autodenominado heteróclito Rodolfo, repasaba su lista de penas en el cuerpo lacerado por el hambre y la suciedad. Tres palabras flojas iniciaban un papel antiguo: «Cuando estaba ella». Volvió a mirar su deplorable entorno, tragó saliva y escribió, casi durantes doce horas, dejando volar su imaginación libremente, desoxidándola de a pocos, rescatándola de la artrosis. Dejó que sonara el teléfono, dejó que se derramara el agua que puso a hervir, y dejó que se terminaran de morir los tulipanes del jardín de la casa, que penosamente empezaron a dejar caer sus pétalos. Al final, casi a la medianoche, terminó algo muy diferente a un relato.

Escribió sobre el cómo se fue hace treinta años, de la carta que leyó sobre la mesa de la cocina, del como le cambió la vida luego aquella lapidaria misiva que lo envolvió en el principio del fin de sus días. Recordó detalles que creía olvidados y con una traidora lágrima asomando y atravesando los surcos de su piel marchita se preguntó si ella habría recordado lo mismo hace dos años, cuando murió en su lejano hogar de felicidad. Finalmente, porque ya era hora de dormir, releyó los diez pliegos que le escribió. Esa vez no fue como las anteriores, en las cuales celebraba por todo lo alto la culminación de nuevo escrito. Por el contrario, el acto de la sola lectura tuvo algo de solemne, algo de ceremonial. Luego, ya más calmado, leyó la carta de ella. Un alivio de saber que ya no había más razones para soportar el dolor de dos personas sobre su cuerpo.

Todo el dolor que llevaba en el corazón poco a poco fue envolviéndolo, relajándole los músculos e imponiéndole una serena expresión de muerte. Ya no contuvo más su dolor y esa noche se le derramó en la mesa del comedor donde todos los días tomaba el desayuno rancio de café apelmazado. Fue rápido y sin dolor. No le dio tiempo para firmar la carta que se humedeció de las peregrinas lágrimas que derramó. Los tulipanes que aún quedaban en el jardín, amarillos y secos al sol, se entristecieron al punto de llorar sus pétalos por donde habían quedado las huellas del muerto aún frescas en el pasto humedecido por el rocío de esa mañana cuando entró al jardín a regarlas. Cuando lo encontraron tenía una expresión inexplicable de paz y las dos cartas sobre la mesa.

*****

“Rodolfo:
Tengo que aprovechar que aún estás durmiendo en la que fue mi cama hasta hoy. Sabes, no sé cómo iniciar esta carta. No creas que para mí es fácil aceptar que lo nuestro, desde hace ya un tiempo, no funcionaba.
No éramos nada felices. Y por fin, luego de todos estos años, me he dado cuenta que a tu lado jamás lo seré, pues todo lo que aspiro algún día tener cerca no lo tendré contigo.
Estoy convencida que eres una buena persona, pero no eres el indicado para mí, menos yo para ti. Siempre fui pasiva contigo, siempre callé a mis necesidades tan sólo por verte feliz, y, tal vez, te sorprenderá que haya sido capaz de dejarte, de aceptar que ya lo nuestro es una bonita historia para el recuerdo.
Sí; es lo que crees: existe otra persona y prefiero ser yo la primera en decírtelo, es alguien que no será un poeta, no escribirá bien, pero es una persona que vive y siente como yo, alguien con quien sí se puede vivir
Oh, Rodolfo, realmente en algún momento en todos estos años que duró lo nuestro llegué a amarte pero hoy no más; se murió. Entre nosotros hay tantas heridas que el perdón es impensable. Una última cosa deseo pedirte: no te olvides de regar los tulipanes, no dejes que ellos también mueran. Dedícate a escribir; sé feliz en eso.
Estoy tratando de ser lo menos dura contigo y conmigo, pero esto ya no lo podía soportar, pues dejaste en mí una carga muy grande y pesada, y hoy te la devuelvo, porque me está matando: Ahí te dejo todo el dolor acumulado, a ver qué haces con él.
Adiós.
Griselda”.

Ciertamente, con tu dolor y el mío, Griselda, pude vivir dos…

Reo Libre
Julio 2005, aquí en la mesa de la cocina

Texto agregado el 22-07-2005, y leído por 157 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
04-08-2005 hummmm.......sin conocernos y me has provocado llorar,en mi jardin hoy hay margaritas,y nunca termino la carta que empiezo,mis maletas estan cansadas de sacarlas y guardarlas,pero el dolor crece cada dia mas .....sniffff....*5 KARYNNA
27-07-2005 me gustó el final y la verdad en general logro conmoverme, te felicito. caroes
25-07-2005 ay, se me olvidaba... la ultima frase esta super, es un giro inesperado pero muy bueno!!! Besitos Dawnie dawn
25-07-2005 Ta gueno, sin embargo (y no con el animo de ser majadera ni aburridora) hay algo con el tiempo que no cuadra... en la parte de la historia que dices que son 2 años que parecen 30... luego dices, los 30 años... y asi... creo que toca que le eches una mirada... de resto me parece una buena historia... Un beso Dawnie dawn
24-07-2005 Me parece una buena historia. Me ha gustado. Sophie
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