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Estaba sentado en una esquina del suelo de mi habitación, con mis brazos cruzados sobre las rodillas y la frente sobre los mismos. Nada me daba ya el perdón.
Siempre he sabido que a la gente la mueven los impulsos, muchos los aceptan, otros se dejan llevar, otros los someten. Pienso en ello y recuerdo las veces en a mí o a mis amigos nos provocaban y respondíamos con golpes antes de poder pensar, supongo que no soy el único, quizás es solo justificación. Siempre he tenido mis ideas claras y mis motivos han sido adecuados, si es verdad que durante mi vida he pasado por algunos conflictos que he resuelto de forma violenta, también es cierto que muchos también lo hubieran hecho. Es lo que hoy me hace preguntarme por primera vez sobre mi naturaleza, sobre qué soy en verdad.
No era posible poner en palabras lo que sucedía. La culpa se perdía en una amalgama de sensaciones: miedos, reproches, reflexiones incoherentes, rabia, lástima, odio y otras. Nunca me había interesado por lo filosófico, pero ahora por una vez me había embargado la duda sobre la naturaleza humana, sobre la bondad y maldad en la esencia del mortal, sobre la condenación y la salvación. Estaba en una situación en la que no creí estar jamás- pero también era cierto que en ese caso lo único que se me ocurría era una solución que antes no habría aprobado, le tuviera fe o no. Por primera vez en casi 36 horas tuve la voluntad para levantarme y salir del cuarto, a la calle.
Había escuchado sobre él por unos amigos fanáticos de lo oculto a quienes les gustaba “jugar con el lado oscuro” según decían, pero ni aún ellos se atrevían a mencionarlo muy seguido, le tenían un pavor respetuoso por su habilidad en estos temas; una vez los oí decir que llevando suficiente dinero uno lograba de él lo que fuera. Era lo que yo estaba buscando. El trayecto se me hizo demasiado largo para llegar a su casa, que estaba algo alejada y sin ningún vecino en por lo menos un kilómetro de distancia.
Cuando por fin llegué, su puerta se abrió sola, no tenía seguro, pensé por alguna razón que no había peligro de un asalto por falta de valor de los delincuentes, a pesar de que era una casona que mostraba opulencia. Me atreví a entrar y encontré una habitación amplia, con poca iluminación y muchos artefactos de diferentes culturas colgados en paredes y vitrinas, muchas estuvieron vivas alguna vez.
Escuché un carraspeo. Detrás de mí estaba un hombre de más de sesenta años, vestido con camisa blanca y pantalones negros. Por alguna razón pareció conocerme y eso le hizo gracia. Le iba a explicar lo que quería, pero me hizo una seña y me llevó al sótano. Hicimos un trato, él no podía darme lo que yo quería, pero me podía decir como contactar a quien sí.
Pagué la fortuna que me pidió, pero me pareció poco por lo que me daba, después me hizo salir de su casa.
Mientras me marchaba pude oír como reía de mí.

* * *

La conocí hace varios años, era una buena amiga y siempre nos llevamos bien. No era alguien común, eso me gustó de ella desde el comienzo; jamás estaba dando esos tontos grititos cuando veía a algún famoso que le gustaba, ni preocupada por estupideces como tal o cual cantante o actor. Me encantaba por que era totalmente opuesta a aquellas estúpidas mocosas que se sentaban delante y detrás de mí en clase y nos obligaban a mi compañero y a mí, involuntariamente, a escuchar a cada hora las tontas y vacías frases que exclamaban. Ella era diferente, no era una tonta preocupada de modas, se vestía sin pensar en la moda, se arreglaba por motivos especiales y no era de las que miran revistas y programas para ver el look de tal o cual. No digo que fuera una descuidada, nada más sencilla. Sus ideas siempre fueron claras con respecto a las cosas, nunca hizo lo que no quiso y su inteligencia era admirable. Tuve que armarme de mucho valor para poder pedirle que fuera mi novia y fui feliz cuando me dijo que sí. Así comenzaron los más espléndidos días que pude tener en mi vida.
Hace cinco meses que vivíamos juntos. Cuando rendimos los exámenes de admisión universitaria ambos postulamos a la misma ciudad para así poder estar juntos, salió mejor de lo hubiéramos pensado; quedamos aceptados en la misma institución, aunque en carreras diferentes. Nos las arreglamos para rentar un pequeño departamento entre los dos, pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos y hasta ayer éramos felices.
Lo extraño es que ya no puedo recordar el asunto por el que discutimos. Recuerdo que comenzamos a hablar sobre algo en que no estábamos de acuerdo y ambos comenzamos a levantar la voz; después de algún tiempo ya no importaba el motivo de la discusión, solo le gritaba para no tener que darle la razón ni dejarla descansar.
Hubo un momento en que dije barbaridades que ya no recuerdo, ella me miró con una decepción y furia por sobre lo que la creí posible, huyó al cuarto que compartíamos y comenzó a echar sus cosas en un bolso. En ese momento me di cuenta que estaba cometiendo un error. Intenté acercarme a pedirle perdón, pero ella estaba de espaldas a mí y en cuanto le tomé el brazo su primer impulso fue voltearse y darme un empujón que me tiró por el suelo llevándome en mi caída un espejo de pared que se despedazó contra el suelo.
Siete años de mala suerte.
Desde el suelo pude ver su cara, tenía miedo, me había atacado para que yo no le hiciera nada, porque pensó que debía protegerse de mí. Este descubrimiento me estimuló, enfureció y excitó más allá de lo que hubiese creído posible hasta hace unos minutos atrás, no con ella, no conmigo, en realidad con nadie, era el saber que tenía poder sobre ella: el que me daba al temerme, su vida me pertenecía, ella era de mi propiedad y debía castigarla. Es aquí donde dejé de ser yo, mi mente se oscureció y funcionaba de otra manera, más rápida y efectiva.
Solo recuerdo con claridad después de mucho tiempo, no tiene sentido tratar de medirlo, minutos u horas, da lo mismo. Cuando volví en mí, me vi arrodillado sobre ella con mis manos llenas de heridas y sosteniendo un largo trozo del espejo muy difícil de reconocer ya que estaba teñido de una sustancia roja. No comprendí lo que sucedía, hasta que bajé la vista un poco y pude darme cuenta que estaba sobre ella, aún así la comprensión no quería llegar.
Ella estaba mirando a la nada, con miedo, súplica y dolor en sus ojos apagados; sus brazos abiertos, su boca a punto de hablar o gritar, quizás suplicar y su pecho completamente destrozado a causa del fragmento que mis manos descargaron sobre ella quien sabe cuanto tiempo. Siete años de mala suerte.
Cuando tomé conciencia sobre lo que había hecho, retrocedí hasta que me di contra la pared y caí sentado sin poder entender lo que había sucedido. Ahí estuve, anocheció, amaneció y llegó la noche nuevamente. Yo solo podía pensar en como fui capaz de algo así. ¿Es que todos éramos malignos en el fondo?. ¿Cómo es que pude matar a quien más amé en un momento y sin siquiera detenerme a pensarlo?. ¿Existía en verdad el bien en la gente?. Fue solo un momento en que me volví loco, si hubiera estado solo hubieran sido pensamientos retorcidos pero inofensivos; quizás eso era la maldad, siempre presente y aflorando en ciertos momentos, hasta que la ley de las posibilidades se daba a su favor y uno era oficialmente malo. No, no era mío eso que le había hecho eso a ella, había sido puesto allí.
Algo de pronto me hacía creer que ya nada dependía de uno, yo no tuve nada que ver con ello. “la mano de Dios guía los pasos de los hombres en los momentos cruciales de su vida”, resonó en mi mente el recuerdo de las palabras del párroco de la iglesia en que hice el catecismo.
Si, era eso, fue Dios quien la eliminó por mi mano. De alguna forma perdí mi fe en el libre albedrío del hombre, todo estaba escrito y uno era manejado por hilos divinos y macabros que se la llevaron solo por que Él creyó que era su momento y que era un buen medio para hacerlo. Era su culpa, no mía. La decisión llegó por sí sola, yo no tenía la culpa, ella no debía morir, Él se equivocó y nosotros lo pagamos; pero Él no haría nada para deshacerlo, lo quería así. Había que buscar otra ayuda, así que me obligué a levantarme y salir a la calle, a buscarla.

* * *

Estaba nuevamente en mi habitación esa noche. La acosté en la cama mientras hacía los dibujos en el piso y quemaba los inciensos que me dio el viejo. Iba a llamar a su señor, me iba a entregar a él a cambio de que me devolviera lo que Dios me había quitado, ya no me importaba ir o no al cielo, sólo quería que ella regresara, demostrarle a él que no lo necesitaba ni lo quería y si para eso era necesario condenarme, lo haría.
Fue justo a la medianoche que comencé la invocación, esto no me lo dijo el viejo, pero me pareció lo más apropiado; comencé un cántico que tuve memorizado de antemano frente al pentagrama que preparé en el suelo y recé alrededor de quince minutos. Finalmente llegué a la parte final del ritual, tomé el cuchillo que me dio el viejo y corté la palma de mi mano derecha cuidando que la hoja se empapara entera. Posteriormente, y al mismo tiempo que terminaba las últimas palabras del cántico, clavé el cuchillo en el centro del pentagrama y retrocedí unos pasos para ver el resultado de mi obra.
No pude saber en qué momento fue, por un momento llegué a creer que había fallado, era una estafa del viejo y una burla a mis deseos ya que no había nada en el centro del pentagrama. De pronto sentí una voz que me sobresaltó.
- Ya sé lo que deseas, pero quiero que te arrodilles y lo supliques.
Era una voz como de niño pequeño, tan delgada e infantil que era imposible determinar si era de un varón o una niña. En el centro del símbolo se encontraba quien se había dirigido a mí. Sentada en un trono oscuro estaba una mujer joven, la más hermosa que he visto jamás, no más de veinte años, totalmente desnuda, con el cabello largo y negro hasta los tobillos y piel blanca; su imagen era la encarnación de la pureza y virginidad, lo supuse una especie de broma contradictoria, y aún así, era la imagen más aterradora que se cualquiera pueda imaginar, el mismo aire parecía ser de un lugar nefasto, oscuro y con malas intenciones.
- Arrodíllate y suplícamelo. - Dijo nuevamente con su infantil voz en un tono que parecía al un niño que juguetonamente pide que le compren un dulce a cambio de hacer un deber.
Le miré su cara y noté que sus ojos no parecían reales, eran como los de los peces que venden en el mercado, negros y sin vida, se movían pero no parecían enfocarse realmente. Ella estaba sentada coquetamente en su trono, cuando lo vi con detalle pude darme cuenta que estaba hecho de sombras u oscuridad de algún tipo. De pronto comenzó a golpetear con las uñas en uno de los brazos mientras me “miraba”. Se estaba impacientando y era obvio que eso no era bueno. Me dispuse a buscar las palabras y con trabajo logré hincarme en el suelo.
- Quiero intercambiar, quiero que mi novia reviva, que esto jamás hubiera pasado. Que no recordemos tanto ella como yo que esto pasó, seguir con nuestras vidas tal como iban, deseo no haberla tocado nunca.
- Así no, con la frente en el suelo. – Ordenó con su tono mimado. Sin duda esto era placentero para aquello que estaba frente a mí. Lo hice
- Te ruego, por favor, cumple mi deseo, te daré lo que quieras, mi alma es tuya. – supliqué desde el suelo.
- Mmmm... No, no quiero. – dijo de golpe fingiendo haber pensado esa decisión y sin abandonar su tono infantil.
- Pero estoy dispuesto a darte mi al...
Su risa infantil me congeló la frase y la sangre, sin darme cuenta me levanté de un golpe, pude ver que en su mano sostenía el trozo de espejo con el que ataqué a mi novia. Jugueteaba con él mientras reía y lo hacía rotar sosteniéndolo por sus extremos. Las carcajadas cesaron de forma brusca, se levantó y comenzó a acercase al circulo que contenía la estrella, se detuvo en el límite y me miró a los ojos.
- Desde que te viste sosteniendo esto en tus manos, solo has tenido dudas. No hay remordimiento verdadero, no lamentas realmente haberla matado. Una parte de tuya ya sabe la verdad, y haces esto para negar la posible respuesta. Y es esta, en realidad eres malvado, tu naturaleza es maligna. Mi amado padre, que me castigó por mi vanidad y orgullo, no tiene nada que ver con el destino que tú solo forjaste. Apuesto tu alma a que ahora estás pensado en que es imposible, estás recordando cada buen detalle de tu vida, cada limosna que diste, cada ayuda prestada, las asistencias a la iglesia, todo. Pero déjame sacarte del error, eso no proviene de ti, proviene de la gente. Aquellos que te dijeron desde pequeño que no había que matar, que te inculcaron modales y principios, ellos te convencieron que matar era malo, bueno, se supone que es así. Pero no para tu naturaleza, en ella hay cabida para todo ello, maldad, sufrimiento, placer por el dolor. Lo niegas simplemente por que estás convencido de debes hacerlo. Esa es la pregunta que no quieres hacerte, ¿Soy malvado?. La respuesta: Sí. No creas que te miento, el valor del buen sufrimiento radica en que provenga de cosas reales, la veracidad es la mejor de mis cualidades aunque no lo parezca. Si te sirve de consuelo, aunque sé que no es así y solo por eso te lo digo, pasa con muchos.
Me dio un vuelco el estómago, no podía creer que lo estaba oyendo, no era posible, esa sonriente niña me decía que yo era maligno y que maté solo por que quise hacerlo a quien más amé. Debía haber otra manera, algo que hacer. Si era verdad o no, no se imponía como un impedimento para mi plan.
- Aún así, - Repliqué después de juntar valor - todavía te ofrezco mi alma a cambio del trato que pido, sea como sea, no cambia nada. No quiero recordar nada, quiero que sea como antes, no me interesa saber que...
Se me cortó el habla al ver cómo salía del círculo exterior de la estrella hacia la cama en donde estaba el cuerpo de mi novia. Por alguna razón creí que estaba limitada dentro del símbolo, pero no era así. Se arrodilló junto a ella, levantó su cabeza y la besó en los labios. Creí por un momento que se aprestaba de esta forma a cumplir su parte; pero de pronto la depositó y se levantó caminando hacia mí con aire divertido.
- ¿Todavía no lo entiendes? - Dijo sonriendo – Ya no tienes nada que me interese, no pienso hacer nada por ti. Hoy comienza tu eterno dolor.
Se acercó a mí hasta que sus pechos chocaron con mi petrificado cuerpo y me susurró al oído.
– Hace más de cuatro meses que me diste tu alma para que la reviviera. No llevaban ni dos semanas viviendo juntos cuando la asesinaste en una discusión. Algunos de ustedes creen que cuando se es eterno llega un momento en que todo se ha visto y la existencia es una monotonía, de cierta forma es verdad, pero realmente nunca me voy a cansar de los que me piden deshacer y olvidar un problema. Nunca pasa mucho tiempo para que la historia se repita y me llamen nuevamente. Pero tú eres una joya, la última vez incluso me di el lujo de reconstruir el espejo. Si, por fin adivinaste. Fue aquí mismo, el mismo espejo, el mismo brujo, el mismo conjuro. Ahora comienza mi entretenimiento. No me puedes comprar mis favores con algo que ya es MIO. Pero no te llevaré hoy, quiero que vivas y sufras, antes de morir y sufrir en serio.
Se separó de mí y me besó en la boca con sus labios fríos. De pronto tuve un destello mental. Me vi persiguiendo a mi novia hasta el dormitorio, me empuja y caigo al suelo junto con el espejo, me levanto y con un fragmento me abalanzo sobre ella. Me quedo sentado en la habitación por mucho tiempo y salgo hacia una casa en las afueras, al volver rayo el suelo con dibujos que ya conozco y que llaman a una joven desnuda. Le pido, le ruego mi deseo, camina fuera de la estrella con el cuchillo en su mano y se corta una muñeca, me da su sangre a beber, después besa el cadáver de mi amada y desaparece.
Junto a este recuerdo a mi mente llegó la comprensión. No tenía una rememoración de los hechos recién sucedidos, ese beso había liberado memorias ocultas por mi pacto y me mostraba que no era una mentira.
Cuando abrí los ojos estaba solo, el círculo estaba vacío y en mi cama había un cadáver con más de cuatro meses de descomposición, un espejo roto y ninguna salida para mí. Mucho más que siete años de mala suerte.
Desclavé el cuchillo del centro de la estrella con un propósito en mi mente, pero sabía que por mucho que lo desearan, era una solución que no estaba permitida para los que echaron a la basura su libre albedrío, era la gracia del asunto, ¿o no?, vivir para ver cómo vendí mi alma para retrasar lo inevitable, vivir para saber que quizás si hubiera dicho: “que nadie aparte de mí recuerde” nada hubiera sucedido.
Sabía que en realidad nada de eso importaba, pero no podía dejar de pensar en ello. Mi mente ya no era de mi propiedad y el nuevo dueño quería que pasara el resto de mi larga vida sintiendo ese tipo de dudas a la par que recordaba cada detalle bello de mi vida con ella y era consciente que en realidad fue mi propia voluntad, sin manipulación de ningún tipo lo que me llevó en ambas ocasiones a este punto en mi existencia, era lo que más le agradó de pactar conmigo, sabía que no tendría que mover un dedo para que yo cayera, el trabajo lo haría yo mismo.
La condena por mi ingenuo pacto era el infierno. Pero el infierno real está hecho a la medida del usuario, a mí me tocó una versión de lujo que comienza aquí en la tierra, ahora sé la verdad: eternidad es apenas una palabra, esto es real.

Texto agregado el 05-07-2005, y leído por 3917 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
11-03-2007 Hola, Iorek. Soy Carlos Manuel Cruz Meza, escritor mexicano, autor de un cuento que al parecer tú citas en un comentario, titulado "El espantapájaros". Me gustaría contactarte. Mi correo es cmcorp00@gmail.com CMCORP
18-10-2005 Leiste "Una extraña vida: Iván Osokin", de P.D. Ouspensky? Me gustó el cuento en sí. Creo que deberías darle una pasadita de pulidora, pero sí se nota que te esmeraste aquí. Trabajalo un poco más. Bah...disculpame. Quién me creo que soy para decirte algo asi? Aunque...capaz que a vos te sirve. saludos torovoc
 
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