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Inicio / Cuenteros Locales / negroviejo / LA ESCAPADA (Remembranza laboral)

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-Ché, coso…
-¡Coso, las pelotas!, ya te dije mil veces que tengo nombre.
-Bueno, dale, ¿como es…Gilmar, no, o Wilmar…?
-Hilmar, Hilmar con ache, Hilmar Horacio Paz.
-Hilmar, que nombre, ¡por Dios! ¿Porqué no te pusieron Juan, Pedro, o cualquier nombre normal?…No me sale Hilmar, y Horacio me llamo yo. No nos vamos a andar llamando por el mismo nombre como dos tarados.
-Bueno, llamame Paz y dejate de hinchar. Mejor mirá por donde vas.
Luego de un largo silencio:
-Ché Paz, ¿sabés una cosa?
-¿Que cosa?
-Creo que nos perdimos…no tengo la mas puta idea de donde estamos…
Y esbozó esa sonrisa pícara que tenía, pero esta vez con un poco de culpa, o al menos así me pareció en la penumbra de la cabina.
Era lo que temía, hacía un buen rato que dábamos vueltas por la pampa, andando, desandando huellas, y ya eran las cuatro de la madrugada.
No contesté inmediatamente. Busqué a tientas la botella de Johnny Walker en el piso mugriento del camión, la destapé, y me empiné un trago.



La historia había comenzado a las once de la noche anterior, en la barraca 2, habitación 3, del campamento de la petrolera norteamericana Southeastern Drilling Co., ubicado en plena pampa patagónica, entre Pico Truncado y Cañadón Seco (Provincia de Santa Cruz), zona conocida en el ámbito de la explotación de hidrocarburos, como flanco sur de Comodoro Rivadavia.
Allí trabajábamos los interlocutores del diálogo anterior, Horacio Gilardi y yo. Él, como chofer del camión que abastecía de gas oil a los equipos de perforación y extracción en el campo (rigs, en el argot tejano), yo como administrativo e intérprete en el taller de mecánica de equipos pesados. Compartíamos el cuarto que teníamos asignado con otros tres fulanos, el francés Arnoud, mecánico de vehículos livianos, otro, que era el chofer de la ambulancia, y un chileno que trabajaba en boca de pozo, que no contaba, porque siempre estaba en su función o durmiendo. Cada noche, como rito inexcusable, los cuatro, jugábamos al rumi por plata en la habitación antes de acostarnos, partida que solo se interrumpía cuando Gilardi o el chofer de la ambulancia eran llamados para salir a trabajar.
Concluido el juego esa noche, ya sentado en mi cucheta marinera me preparaba para acostarme cuando, con aire misterioso, se me acercó Gilardi. Se había calzado su gorra de campo con las orejeras abrochadas arriba, de la que siempre se le escapaban unos rulos rubios en todas direcciones Noté que había sacado su camperón polar Parka del armario, como si estuviera por salir. Me acercó esa cara colorada y pecosa que tenía y con tono confidencial dijo:
-Ché, coso…
-¡Coso las pelotas!, hace un año que te digo…
-Está bien, está bien,…escuchame, ¿estás muy cansado?
-Claro que estoy cansado, ando levantado desde las seis, ¿que pasa?
-Nada, nada, tenía una idea nada mas, pero si estás tan cansado, olvidate…
Agarró el camperón Parka y lo guardó en el armario. Yo, intrigado, piqué.
-Ché, Gilardi, vení, vino, -¿Que idea tenías?
Miró de reojo a los otros, y como si me fuera a confiar un secreto de guerra, con voz muy baja me dijo:
-¿Que te parece una escapada a Cañadón Seco?, al piringundín, nos tomamos una copa, escuchamos un poco de música y nos miramos las minitas, ¿viste la ropita que se ponen?…a las dos estamos de vuelta…y se quedó mirándome, expectante, con las cejas levantadas.
Era una locura, pero por alguna oscura razón, esas cosas siempre me interesaban. Además llevaba como tres semanas sin salir del campamento y tenía veintitres años, igual que Gilardi.
-Que ganamos con mirar, objeté, -Yo no me voy a tirar medio sueldo con una loca de Cañadón Seco, con lo que nos cuesta ganar la guita aquí, y son como cuarenta kilómetros.
Algo debió captar en mis ojos, porque se esmeró.
-Pará loco, pará. Yo tampoco, pero nos pagamos una copita o dos y metemos alguna mano, tampoco hay que ser amarrete, imaginate, esos vestidos escotados, los portaligas, esas… ¡que se yo!, todo eso…a ésta hora podemos ir por el camino real, llegamos en cuarenta minutos. Para regresar vamos a tener que agarrar los caminos de los pozos porque va a ser la hora en que vuelven los chanchos de Comodoro y nos pueden dar la cana.
-Gilardi, sos un inconciente, un gran turro, sentencié, -Me estás laburando por el lado débil…, lo que vas a conseguir es que nos rajen a los dos… ¿y en que iríamos…?
-¡Grande, coso! Sabía que no me ibas a fallar. Lo que yo digo, tira más que tres yuntas de bueyes. En que vamos,… ¿en que va a ser?, en mi camión.
Recobré la cordura.
-¿En tu camión?… ¿pero vos estás en pedo? Es blanco, tiene un letrero en cada puerta con el nombre de la compañía, y está cargado con diez mil litros de gas oil, a la tarde hice la boleta. Además yo no puedo salir en el camión, no estoy autorizado, y los de la guardia me conocen.
-Pará coso, pará…, respondió con aire de suficiencia, -Tengo todo calculado matemáticamente, lo pensé mientras jugábamos, ¿o porqué te crees que perdí…? Daza es mi compañero y puede salir, pero está de franco. Vos te ponés la campera Parka con el cuello levantado y la gorra de Daza como la usa él, con las orejeras sueltas, y te sentás en el camión. Te digo que salimos como tiro.
-¿Y si el gordo vigilante baja de la casilla a mirar?
-No baja, nunca baja. Hace un año que salgo y entro cinco veces por día, te digo que no sale de la casilla calentita el gordo de mierda, y me apuró ofreciéndome la gorra de Daza.
El plan no estaba mal, pero algo no me cerraba.
-Esperá, no tan rápido, vos dijiste que volvemos por los caminos de los pozos. Eso es un laberinto de día, ¿como vas a hacer para orientarte de noche?
Era una excelente pregunta. Las compañías petroleras, porque había muchas además de la nuestra, en sus trabajos de exploración, perforación o extracción, constantemente trazaban huellas en el campo con motoniveladoras para el tránsito de sus camiones de transporte. Cuando finalizaba el trabajo, allí quedaba una torre o una bomba de extracción funcionando, cada una iluminada. Había miles de pozos, activos e inactivos, todos con sus caminos, de tal forma que para quien no conociera el área muy bien, el riesgo de extraviarse era muy alto.
Gilardi me miró con aire de quien ha sido herido gravemente en su dignidad profesional, y con el ceño fruncido, me indagó:
-Hace cuanto que me ves salir al campo con el camión, ¿eh?, de día, de noche, con lluvia, con nieve. ¿Alguna vez me perdí, eh? Conozco todos los pozos, los nuestros, los de YPF, los de Saipem, todos… ¿A vos te parece que YO me puedo perder…?
Lo miré directamente a la cara, tenía pequeños ojos grises que se movían rápidamente. Decidí, que si, que se podía perder tranquilamente, pero él tenía razón, la idea tiraba más que los bueyes, así que dije envalentonado:
-Y bueno dale, vamos, ¡que tanto joder!
Me puse mi camperón Parka con las solapas levantadas, me encasqueté el gorro de Daza con las orejeras sueltas, y me subí al camión tanque. Para tranquilizarme, me dije que realmente me parecía a Daza. Lentamente nos acercamos a la barrera de acceso al campamento, que estaba baja, Gilardi pegó un fuerte bocinazo. Yo estaba tieso. Escuché la voz del gordo que decía algo desde la ventana de la casilla con un mate en la mano, dos metros sobre nuestro nivel, luego a Gilardi, que había bajado el vidrio de su puerta, gritando:
-¡Dale gordo, que no tengo toda la noche!
La barrera se levantó, salimos, hicimos quinientos metros por la huella y subimos al camino real, que era de ripio como casi todos los caminos patagónicos. Gilardi puso el camión a ochenta, y lanzando fuertes zapucais, enfilamos hacia el objetivo planificado. En poco más de media hora estábamos sentados en una mesa del umbroso y pecaminoso Moulin Rouge de Cañadón Seco.


El asunto había salido bastante bien. Tres horas en el boliche y no nos podíamos quejar, estábamos perfumados por fuera y por dentro, con unos cuantos pesos de menos en los bolsillos. Ya eran más de las tres de la mañana y resolvimos volver, a las siete teníamos que trabajar, pero el asunto era llegar al campamento antes de que amaneciera para entrar sin problemas.
Habíamos tomado unas copas y yo lo miré a Gilardi con un poco de preocupación cuando nos sentamos en el camión. El metió una mano debajo del asiento, sacó una botella flamante de Johnny Walker etiqueta negra,
-¡Surprise!, gritó mirándome con la cara radiante.
Se la pedí, con cara de admiración, distraídamente, la escabullí por el piso de la cabina.
-¿A quien se la curraste?, pregunté.
-Del Rig 21, había varias. Debían ser de Toro Sentado, es un viejo borracho, ni se va avivar que le falta una.
Todos los americanos, en su conjunto, eran los chanchos, y cada uno merecía un apodo. Estaban el Bicho colorado, el Bicho verde, Bicho amarillo, Hormiga negra, El Chueco sucio, Culo partido, así decenas más.
-Es una hora peligrosa, dijo Gilardi en la oscuridad con voz de hombre sabio y calculador,
-Hago dos o tres kilómetros por el camino real y nos tiramos al campo.
Tomó el cuello de su camisa, lo estiró hasta su nariz aspirando con deleite, me guiñó un ojo riendo y puso el camión en marcha.
-Viste coso, era como yo decía…


Tapé cuidadosamente la botella y la puse otra vez debajo del asiento.
Traté de elegir cuidadosamente mis palabras antes de contestar. Luego con todo el énfasis que pude poner en mi voz, dije:
-¿Como mierda que no sabés dónde puta estamos?… ¿Vos sos boludo, o te hacés?… ¿no eras el rey de la pampa, el que nunca te perdías, con lluvia, con nieve, de día de noche…?
No acusaba recibo, manejaba en silencio el tremendo camión que se bamboleaba hacia un lado y el otro por el camino desparejo. Las luces altas del vehículo iluminaban la huella tortuosa que se cruzaba cada kilómetro con otra o con varias, y todos los caminos llevaban a una torre o una bomba, todas iluminadas. La pampa era un mar de luces, a menudo había que retroceder porque la huella terminaba allí, era para volverse loco.
-Escuchame inconciente, dije con una voz que pretendía ser tenebrosa, a ver si lo sacudía un poco, -Si no llegamos al campamento antes del amanecer, cagamos. Yo no tengo forma de entrar si no es con vos, y cuando me vean se van a hacer cargo de todo. Además van a comprobar que no entregaste un litro de gas oil y no habrá escapatoria. De lo menos que nos van a acusar es de hurto de camión en estado de ebriedad. ¡Nos rajan!, entendés, ¡nos rajan!, y no se si no nos mandan en cana.
-¡Parala, coso, parala!, me volvés loco, respondió airado, -Te crees que no vengo pensando en todo eso, con ponerme más nervioso no vas a ganar nada.
-¡Parala vos con coso, me tenés harto con coso!
Seguimos en silencio, curva para un lado, curva para el otro, para atrás, para adelante.
Al rato dije conciliador,
-Bueno, no nos demos más manija, pará el camión que me voy a subir al techo a mirar un poco, por ahí veo algo.
-No vas a ver una mierda, contestó profético, pero detuvo el camión. Me trepé al techo de la cabina y miré en todas direcciones. Luces, solo luces por todos lados, nada que se pareciera al campamento.
-Pará el motor, dije, en una de esa escuchamos los motores de la usina.
Lo paró. El silencio era mortal. Como el sístole y el díástole de un corazón, sordo y lejano se oía el funcionar de alguna bomba. El fósforo, al raspar contra la cajita en manos de Gilardi, me pareció ensordecedor, al instante me llegó el aroma de su cigarrillo negro.
Era una noche fresca y hermosa de fin de verano. Desalentado, levanté la vista y contemplé el maravilloso cielo, increíblemente estrellado de la Patagonia, solamente comparable al que se ve desde el medio del océano. Me recosté boca arriba sobre el techo, con las piernas colgando sobre el parabrisas y me quedé mirando embelesado las estrellas. Después de todo, la vida no se terminaba por un empleo más o menos.
-Dale, escuché a Gilardi, -Ahora quedate apoliyado ahí arriba, tomá…y me pasó la botella de whisky. Bebí un trago, se la devolví.
Me puse a buscar las pocas constelaciones que conocía. Allá estaba El Carrito, allá Las Tres Marías,… y La Cruz del Sur, ¿donde está la Cruz del Sur?, no la veía. Me incorporé, giré la cabeza, si, allá a mis espaldas casi sobre el horizonte, estaba La Cruz, nítida y fulgurante.
En ese momento, entre los vapores del Johnny Walker y los del nacional que habíamos ingerido en el piringundín, una pequeña luz se encendió en mi cerebro, una pequeña llamita que fue creciendo hasta convertirse en un poderoso resplandor. Mis neuronas, torpemente, habían comenzado a funcionar. A los tropezones, hilaban un elemental razonamiento. La Cruz del Sur marca el sur, eso lo sabía de chico, el campamento quedaba en el flanco sur de Comodoro, Cañadón Seco estaba en el camino a Comodoro, por lo tanto habíamos viajado al norte. En consecuencia el camino de regreso lo marcaba la Cruz del Sur.
Bajé del techo del camión como un rayo, recobré mi lugar en la cabina. Dije con tono resuelto:
-Basta de pasear por el campo, vamos al campamento, arrancá.
Gilardi me miró fijamente durante un instante, su mirada decía, éste está mucho más en pedo de lo que yo pensaba. Displicentemente, haciendo catapulta con dos dedos, tiró el pucho muy lejos y puso en marcha el camión.
-Doblá 180 grados, ordené.
-¿A babor o estribor?, se burló mientras maniobraba.
Ahora tenía La Cruz del Sur en el parabrisa, justo delante de mí.
-Este rumbo, marqué con la mano.
Llegamos a una bifurcación,
-El de la derecha, dije sin vacilar.
En cada cruce de caminos, no importaba cuantos fueran, yo daba la indicación precisa sin titubeos, y siempre tenía La Cruz del Sur delante. Gilardi manejaba en silencio, estaba un poco impresionado por mi seguridad. Al cabo de media hora comenzamos a subir una suave lomada, entonces me jugué:
-Al otro lado está el campamento, dije con voz firme.
Gilardi me miró con respeto, me di cuenta de que me creía.
Y si, ahí estaba todo iluminado, brillante, hermoso, hasta se escuchaba el zumbido de los motores de la usina. Lo mirábamos como si hubiéramos encontrado la ciudad dorada de los Incas.
Todavía no amanecía, me calcé la gorra de Daza con las orejeras sueltas y entramos sin ningún problema. Cuando detuvo el camión frente a la barraca 3 para que yo me bajara, le dije sintiéndome todo un baqueano de las pampas:
-Yo nací por aquí, esta zona la conozco bien, gil.
La intriga lo mataba, pero solo dijo con un inocultable tono de sospecha, -No se como lo hiciste, pero te pasaste, coso.

Una de esas noches, mientras jugábamos al rumi como siempre, Gilardi estaba para ganar, pero sobre el final, yo que venía cerca, corté de mano y me llevé la plata. Se levantó contrariado, se encasquetó la gorra hasta las cejas, y desde la puerta me espetó:
-Ya se como encontraste el camino para volver…
-¿Como?, pregunté.
-¡¡Porque tenés un culo como un rancho, COSO!!

Tardaría veinticinco años en enterarse de lo de la Cruz del Sur, mientras tanto, seguimos trabajando en la compañía durante un año más hasta que cerró y nos despidió a todos. Durante ese año, cada vez que lo veía salir con el camión yo le gritaba:
-Che Gilardi, no te vayas a perder, si no estás seguro, preguntame.


Una mañana calurosa de verano, veinticinco años después de los sucesos relatados, yo estaba parado frente a La Casa del Fotógrafo, en la calle Viamonte de Buenos Aires, esperando algo que no recuerdo.
Miraba pasar la gente con indiferencia, cuando vi que se acercaba un hombre de mediana edad, vestido con un traje de corte antiguo bastante arrugado, el botón del cuello de la camisa desprendido, el nudo filipino de la corbata flojo y corrido a un costado. Su cabello era rubio entrecano ensortijado, se venía pasando un pañuelo por la frente sudorosa. Lo reconocí de inmediato, dejé que pasara, luego lo llamé:
-¡Horacio Gilardi!,
Se volvió y comenzó a acercarse con mirada inquisitiva.
-¿Que tal Gilardi? tanto tiempo... dije.
Me miraba concentrado con un atisbo de sonrisa, y movía la cabeza negativamente como diciendo, no sé quien sos.
-Southeastern Drilling, Pico Truncado, compartíamos la habitación y jugábamos al rumi…le recordé.
Abrió bien los ojos memorizando, y de inmediato sonrió abiertamente y señalándome con el dedo dijo,
-Si, si, tenías un nombre raro… ¿como era...?
-Hilmar, Hilmar Paz, contesté, pero algunos me decían coso…
No captó la chanza,
-Si claro, como no me voy a acordar, no te reconocí por el bigote.
Nos metimos en el primer bar a tomar un café y a charlar. Me dijo que estaba radicado en Neuquén que había estado enfermo y que el motivo de su viaje era hacerse unos estudios. Tácitamente evitamos hablar sobre nuestras situaciones actuales, nos limitamos a recordar los viejos compañeros y las mil anécdotas de aquellos tiempos. Por supuesto, nos reímos con el recuerdo de la escapada a Cañadón Seco, y fue en ese momento cuando le conté lo de la Cruz del Sur. Sonreía incrédulamente moviendo la cabeza, como preguntándose como no me avivé de esa pavada. Al levantarnos de la mesa, todavía riendo, me chuceó:
-Dale Cruz del Sur, la verdad es que te conocías al pelo todos los caminos al boliche…
Creo que por una cuestión de respeto mutuo, al despedirnos evitamos el vano, convencional formulismo de intercambiar direcciones o teléfonos. Simplemente nos estrechamos la mano con afecto.
Mientras lo miraba alejarse y perderse entre la gente, nostálgicamente, recordé los laberínticos caminos de los campos petroleros del sur.
Se me ocurrió pensar, que de alguna manera, se asemejaban a los imprevisibles caminos de la vida, y también intuí que los nuestros se acababan de cruzar por última vez.

Texto agregado el 30-06-2005, y leído por 871 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
19-01-2006 Vital, bien escrito como siempre...eso del "tesoro de los incas" estuvo mejor...lástima que ya no exista.... aukisa
06-11-2005 Muy buena recomendación de Sandilaguna. No importa su extensión hay historias que se disfrutan desde la primera línea. Muy buen trabajo, excelente narración y descripción de entorno. Buena reflexión final y diálogos impecables. 5* Carmen_Posada
12-09-2005 Como siempre leerte es un plácido viaje. buen relato, con el plus de la misma experiencia. mis***** silvania
23-07-2005 Una joyita, verdaderamente. Me entretuvo un buen rato, lo disfruté mucho y además me deja pensando con ese final. Saludos, che! SandiLaguna
02-07-2005 Muy entretenido y bien narrado. Podrías haber hecho un cuento con ella. Felicitaciones y van mis * jorval
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