Él, desde que la conoció, ha buscado la forma de poseerla. Pero su terrible instinto violento le impide hacerlo correctamente.
Cuando al fin la pudo alcanzar, sólo la dañó. Enterró suavemente un cuchillo en ella. La hoja penetró en sus carnes, aún le causa dolor, agoniza lentamente.
Pero ella está bajo la triste maldición de la inmortalidad, no acabará jamás su agonía. Ni los llantos desesperados de su víctima ni el olor de su sangre lo conmueven.
Ella no puede huir, el fantasma del hombre la persigue, la atormenta, aparece en sus sueños, lo ve en todos lados, corre, pero no avanza.
Su voz, poco a poco se apaga, su esperanza ha decaído.
Cada rincón está inundado por su cruel presencia, que destruye todo lo que ve, todo lo que puede.
El cuchillo no es la única arma homicida. Está el fuego, el odio, la contaminación del aire que respira...
Si tan sólo él muriera, si se alejara de su vida... Lo peor es que gracias a ella él vive, y si ella muriese, él compartiría su destino... y lo está logrando, apaga poco a poco su existencia, muere, siendo inmortal, cada una de sus partes se desvanecen, siente frío, rabia, miedo...
Un sudor helado recorre su cuerpo, luego, poco a poco, sube su temperatura, la desesperación la consume... y llora.
Llora lágrimas sucias, ácidas, dañan su delicado rostro.
Pero está encadenada a él, esclava, atrapada, perdiéndose en un triste delirio... arranca su piel, su alma...
Al principio, él no sabía que la dañaba, y cuando lo descubrió, no le importó en absoluto.
Y así, día a día, año tras año, siglo tras siglo, el hombre asesina lentamente a su pobre víctima... la naturaleza.
(21/05/2005) |