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Romquint

Versión De Hansel y Gretel




HABIA UNA VEZ, en una muy pequeña y humilde cabaña en el bosque, una familia que no hace mucho había perdido a uno de sus miembros. En ella vivían una niña y su pequeño hermano, se llamaban: Gretel y Hansel. Después que su madre murió, su padre se volvió a casar. Pero esta señora no se parecía en nada a la madre de Hansel y Gretel. La madrastra era fría y apática con los niños; prácticamente no les dirigía la palabra, sólo conversaba con su esposo cuando este se encontraba en casa y luego se dedicaba a las labores domésticas, sin percatarse nunca, al parecer, de la existencia de los niños. Solo se dirigía a ellos —eso sí— para retarlos o castigarlos, si es que causaban algún daño con sus juegos o si armaban mucho alboroto con sus parloteos.
La única vez que pareció prestar atención a los dos niños ruidosos que vivían en su casa fue la lamentable ocasión en la que su esposo llegó a la cabaña con la triste noticia de que se había quedado sin trabajo. En una noche fría de otoño, cuando marido y mujer estaban pensando en qué hacer, dada su situación, a la madrastra se le ocurrió una macabra idea para reducir gastos.
—A estos dos niños que tienes en tu casa— le dijo a su esposo — no podremos mantenerlos con el poco dinero que nos queda. No podremos darle de comer: nos quedaríamos pronto sin un centavo. Además, están creciendo y se necesita cada vez más y más comida. ¿Por qué no los abandonamos en el bosque y que ellos se las arreglen solos? La niña ya es bastante grande como para conseguir alimento y resguardo para ella y para su hermano. Claro que si consiguen volver, podrán quedarse aquí y vivir contigo.
El esposo se negó rotundamente en un primer momento; pero este hombre nunca tuvo mucho carácter y siempre terminaba haciendo lo que su mujer decía. Así que, llegando la medianoche de ese mismo día, el esposo se decidió a llevar a los niños al bosque.
Los niños dormían en una misma cama, muy profundamente, hasta que el padre vino donde ellos y los despertó. En su cara se revelaba una profunda desesperación y rastros de que estuvo llorando. Él quería mucho a sus dos hijos, ambos eran la imagen viva de la madre. Llevaba una linterna con él y los abrigos de sus hijos.
—Despiértense— les dijo —. ¡Vamos! ¡Deprisa! Tentemos que dar un paseo por el bosque, ahora mismo.
—Pero ¿por qué?— pregustó la niña, con los ojos apenas abiertos, luchando con el sueño —¿No es muy tarde, papá?
—No. Tenemos que ir a buscar a mi perro. Algo escuchó allá en el bosque y lo perdí en la oscuridad. Despierta a tu hermano y pónganse estos abrigos que hace mucho frío. Saldremos a buscarlo.
Cuando por fin consiguió Gretel despertar a su hermano y abrigarle, ambos salieron con su padre de la casa; pero al pasar por la mesa, Gretel tomó un pan y lo ocultó entre sus ropas. Y así se internaron en el bosque sin más iluminación que la escasa luz de una linterna.
Detrás de su padre caminaba Gretel que, como era precavida, arrancaba pequeños pedazos al pan y los dejaba por el camino; pero su pequeño hermano, que era muy inocente —tenía mucha hambre, también—, recogía los pedazos de pan que su hermana iba dejando y se los comía.
Habiendo llegado hasta cierto punto en su falsa búsqueda, el padre dijo a los niños:
—Ustedes busquen al perro por aquí. Manténganse siempre bien juntos y no se separen por ninguna razón. Yo lo buscaré por otra parte— dijo, señalando a un costado del camino. Y se fue, no sin antes agregar: —Gretel, cuida de tu hermano.
Llevó con él la linterna y los dejó solos, en la oscuridad del bosque.
Los niños esperaban que su padre regrese mientras que repetían y repetían en vano el nombre del perro. Hansel apenas si se mantenía en pie; estaba prácticamente caminando dormido abrazándose de su hermana; pero Gretel estaba muy despierta y con mucho miedo, porque tenía el terrible presentimiento de que su padre no iba a volver.
Pasaron, interminables, las horas; el padre no aparecía. Así que Gretel tomó en brazos a su hermano, profundamente dormido, y buscó a tientas un lugar donde refugiarse. El bosque estaba plagado de sonidos que ella nunca había escuchado y que le helaban la sangre: no muy lejos, escuchaba el crujir de las hojas secas bajo los pies de alguien o de algo; se escuchaban aullidos desde todas las distancias; a los búhos; y el chillido de los murciélagos; el paso veloz de esos roedores que viven en la noche; y los variados sonidos de un sinfín de insectos. Gretel encontró un árbol y a sus pies se fue a acurrucar abrasando bien fuerte a su pequeño hermano que parecía inmune a todos estos peligros.
La niña no consiguió dormir sino hasta muy entrada la madrugada. Cuando se despertó vio que estaba sola y escuchó a su hermano jugar en algún lugar del bosque, fuera de su vista. Se puso de pie a toda prisa, buscó a Hansel con mucha ansiedad; en sueños, había visto como un lobo se comía a su hermano sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo. Cuando lo encontró lo tomó de la mano y se puso a buscar a toda prisa el rastro que había dejado para poder regresar.
—¿Qué buscas?— le preguntó Hansel, que apenas si podía seguirle los pasos a su hermana.
—Migas de pan— le respondió.
—¿Las que tu tiraste?— le preguntó queriendo advertirle que...
—Si, esas— dijo Gretel, sin dejar de mirar en todas direcciones en el suelo.
—Yo me las comí.
Gretel se detuvo en seco. Miró a su hermano con perplejidad y él la miraba con total ingenuidad. No pudo enfadarse con él. Dijo:
—Ahora no vamos a poder regresar a casa. Estamos perdidos.
—Pero yo conozco otro lugar mejor que casa— afirmó Hansel con toda tranquilidad.
Gretel lo miró de repente, desconcertada.
—¿Qué lugar? —le preguntó, con curiosidad.
—Ven— le dijo Hansel y la tomó de la mano y la llevó por el bosque —. Lo encontré hoy, más temprano.
Gretel estaba a punto de detenerse y preguntarle hacia dónde la estaba llevando, cuando su hermano le soltó la mano y se fue corriendo y se perdió entre unos arbustos. Ella corrió a buscarlo y, al cruzar los arbustos descubrió una cerca blanquísima, detrás de la cual se erigía una pequeña y muy particular casita. Era de muchos colores y parecía de juguete; estaba rodeada de un hermoso y verde pastizal y enfrente había un jardín muy prolijo de flores muy extrañas y coloridas. En el pequeño portal había un cartel que decía “Bienvenidos”, y el cartel resplandecía como porcelana aunque parecía de madera. Hansel corría divertido a lo largo de la cerca y, ante los ojos atónitos de su hermana, arrancó un pedazo de la cerca y se lo llevó a la boca. Gretel corrió hacia su hermano y le quitó lo que estaba a punto de comer. Pensó que era madera pero lo que tomó en su mano se le deshizo como manteca.
—Es de chocolate— le dijo su hermano con una amplia sonrisa—. ¡De chocolate blanco! ¡Y es muy rico!
Con cierto reparo Gretel le dio una probadita al supuesto chocolate y comprobó que su hermano tenía razón: el chocolate era verdaderamente delicioso. Probó otra vez y otra vez; se comió todo lo que tenía en la mano. Hansel saltaba de júbilo mientras tomaba otros pedazos de la cerca y los devoraba. Gretel tomó una porción pequeña y la comió con cierta timidez, y en su interior se empezó a gestar una alegría incontenible. Se olvidó de sus preocupaciones, sus temores, su tristeza, volvió a ser niña. Observó, como embriagada, a su hermano romper la cerca y correr en dirección a la casa; a su paso, el niño arrancó una flor del jardín y se la llevó a la boca.
—¡Caramelo, caramelo!— exclamó entre carcajadas.
Gretel corrió tras de él y tomó la flor que dejó caer en el suelo y comprobó que era caramelo, de un sabor que nunca antes había probado. Le pareció lo más delicioso del mundo. Hansel la llamó con un grito, estaba tratando de arrancar un pilar en la puerta de la pequeña casa, un pilar muy colorido. Su hermana acudió a él y le ayudó a derribar el pilar. Al caer, este se partió en pedazos y ambos niños tomaron lo que pudieron y arrasaron con ello. Hicieron lo mismo con las hojas de la ventana diminuta, hecha de turrón; arrancaron también el picaporte de la puerta, todas las flores del jardín, las pequeñas esculturas que estaban por ahí, hasta el césped... Hansel no terminaba de comer nada de lo que caía en sus manos porque ya otra cosa llamaba su atención y corría hacia ahí para comérsela. Gretel seguía tras de él y hacía lo mismo.
Los niños corrían de un lado a otro, destrozándolo todo y hubieran destruido toda la pequeña casa si el rechinar de la puerta al abrirse (muy lentamente) no les hubiese espantado. Se ocultaron tras las cercas y vieron como la puerta se abrió y lo oscuro que era el interior de la casa. Temblaban de miedo: ellos llegaron a pensar que la casa estaba deshabitada y de pronto la puerta se abrió. Sus ojos no se despegaban de la oscuridad interior esperando a quien fuere el propietario de esa casa. Lo primero que vieron fue una mano con un bastón que emergieron a la luz, luego una nariz y finalmente una mujer muy anciana. Parecía que caminar le costaba mucho trabajo. Tenía el cabello lacio, muy largo, de un intenso color negro, con algunas canas, su rostro quedaba casi oculto, salvo su nariz y las orejas; el cabello le llegaba hasta las rodillas; tenía las piernas cortas y chuecas; su espalda estaba tan encorvada que su cabeza parecía salirle del pecho; sus brazos eran desproporcionados, huesudos. Hacía un ruido extraño al respirar. En la otra mano tenía un machete que a los dos niños les pareció exageradamente grande. Algo estaba gruñendo, parecían maldiciones.
—¿Dónde están esas malditas bestias!— exclamó. Daba machetazos en el aire, como queriendo alcanzar algo o alguien invisible. Los dos hermanos estaban paralizados de miedo. Hansel se apretaba contra su hermana y trataba de que la anciana no escuchase su llanto. Pero, entre machetazos, la anciana escuchó el sollozo de Hansel. Su cabeza giró automáticamente en esa dirección. Entonces, dejó de maldecir, arrojó el machete al suelo, intentó enderezarse ayudándose con el bastón y pareció duplicar su estatura; ahora la anciana era alta y con una panza que no guardaba ninguna relación con el cuerpo. Se quitó el pelo de la cara y se dejó ver una sonrisa infernal y unos ojos diminutos casi cerrados. Pero la sonrisa se transformó inmediatamente en una sonrisa amable, casi maternal. La que parecía una bruja, ahora era más bien una abuela.
—¿Niños? ¿Son niños? (Sonriendo, como con alivio. Su vos no era la misma, aquella con la que estuvo maldiciendo) ¡Ah! Yo creí que eran esas horribles bestias del bosque. ¡Siempre intentando destruir mi precioso hogar! Pero no tengan miedo de mí; tan sólo soy una pobre anciana. Una anciana que, por cierto, ya no puede ver más que bultos indefinidos. Pero puedo oír: son dos. Por favor, acérquense, no me tengan miedo. De seguro, estarán perdidos. Vengan con migo; el bosque es muy peligroso— su voz sonaba deliberadamente compasiva, maternal.
Hansel y Gretel seguían escondidos tras la cerca. No sabían si confiar o no en la anciana. Aprovechando la ceguera de la mujer, Gretel pensó en escaparse en silencio; pero Hansel le dijo que el bosque le daba más miedo que esa anciana. Gretel recordó el sueño que tuvo. No quiso exponer a su hermano a la ferocidad de los lobos.
Muy despacio, se apartaron de la cerca y caminaron hacia la mujer. Ésta sonrió con satisfacción. Les habló muy amablemente. Gretel le confesó que estaban perdidos. La anciana le dijo entonces que ella siempre recibía a los niños que se perdían en el bosque, y que para ellos había construido esta casa tan atractiva.
De cerca la anciana era mucho más fea, mucho más alta. Les invitó a pasar a la casa y ellos accedieron, entraron, la puerta se cerró de un golpe, la oscuridad fue absoluta; se escuchó una risa ronca y una tos, la anciana encendió unas velas. La casa era mucho más grande de lo que se podría sospechar desde afuera. Había una olla gigante en la chimenea y una escalera junto a ella. Una jaula colgaba del techo. Había cuchillos de todos los tamaños y formas en una repisa. Gretel tomó la mano de Hansel y giró en sobre sus pies para salir corriendo de la casa. La anciana estaba en la puerta. Otra vez, encorvada y con sus brazos largos y gruesos. Soltó una riza macabra, una carcajada. Hansel quiso abrirse paso y alcanzar la puerta; fue inútil. La anciana lo sujetó por el cuello con su enorme mano. Lo levantó en el aire. Hansel en vano intentaba desprenderse de sus garras. Gretel intentó defender a su hermano, pero la mujer la aparó de un golpe, con bastón. Encerró a Hansel en la jaula. Luego colocó un grillete en el tobillo de Gretel que estaba tirada junto a la chimenea.
Y así fue como la vieja hizo prisioneros a Hansel y a Gretel. Tenía en sus planes comerse a Hansel. A Gretel no: no tenía la edad adecuada.
Todos los días la anciana volvía del bosque con comida para Hansel. A Gretel le tocaba cocinarla. Aparte de eso, siempre le daba golosinas, chocolates, etc. El niño debía engordar para luego ser cocinado. La bruja no permitía que Gretel comiera de lo que cocinaba; Hansel siempre se las arreglaba para pasarle un poco. Gretel también tenía que limpiar y hacer otros trabajos en la casa. Siempre tenía que andar con el grillete que hacía ruido al ser arrastrado y así la anciana podía saber dónde ella estaba.
Hansel en su jaula y Gretel en su rincón, no hacían más que llorar y recordar a su madre. Hansel esperaba que su padre los rescate; Gretel sabía que eso no iba a suceder. Ambos se resignaban a la inminente llegada de la muerte. Pero la niña decidió finalmente que ellos mismos tendrían que rescatarse.
De vez en cuando la anciana intentaba comprobar el estado de Hansel. Tocaba un dedo del niño y se quejaba porque estaba muy flaco. Hansel siempre le pasaba un hueso de pollo en vez de un dedo. Entonces la vieja lo seguía alimentando hasta que estuviese en un estado adecuado para comérselo.
Pero un día se cansó de esperar y mandó a Gretel preparar el caldo con el que haría luego el puchero de Hansel. Gretel vertió entonces todos los ingredientes en la cacerola enorme de hierro y encendió el fuego. Para cargar los ingredientes debía subir por una escalera hasta la boca de la cacerola; le resultaba muy pesado a causa del grillete. El caldo estaba hirviendo, el calor era insoportable. Gretel fingió caer de la escalera y romperse una pierna; le pidió a la vieja que fuese hasta arriba a probar el caldo. La vieja intentó con violencia levantar a Gretel y ponerla en la escalera; pero no consiguió otra cosa sino que la niña volviese a caer. Gretel gritaba de dolor y la mujer no soportaba ese horrible sonido. Subió a regañadientes la vieja. Y cuando estuvo inclinada sobre el líquido hirviendo, Gretel se incorporó deprisa e intentó hacer tambalear la escalera. Por el movimiento la vieja cayó dentro de la cacerola y murió. Gretel corrió como pudo hasta donde estaban las llaves. Se quitó el grillete y luego, subida a una mesa, pudo liberar a su hermano. Y huyeron al bosque.
Al la mañana siguiente de haber abandonado a sus hijos, el padre despertó y vio que su mujer le preparó el desayuno. Parecía muy contenta en ese día. Parecía contenta de ya no tener a esos dos niños molestos que le hacían acordar a la anterior esposa de su marido. Tarareaba una canción alegre mientras se dirigía a habitación. Cuando llegó, vio la cama desarreglada y nadie en ella; tampoco estaban las botas, la ropa ni el zurrón de su marido. Volvió a la cocina y tampoco encontró la hogaza de pan ni el jamón que había conseguido el día anterior de la casa de su madre. Dejó caer lo que llevaba en las manos. El marido se había ido.
Al ver a su mujer tan alegre, el padre ya no pudo soportar todas las voces en su cabeza. Toda esa noche había tenido pesadillas sobre sus hijos y sobre el castigo que le espera a los padres que abandonan a sus hijos. Tomó lo que pudo y salió al bosque. Se lamentó una y otra vez por haber dejado a los niños tan adentro en el bosque. Trató de ubicar el camino que había tomado; pero no tuvo mucho éxito. La comida que llevó era para sus hijos; también llevó algunas armas para defenderse y defenderlos de las bestias.
Buscó por muchos días, meses, años, cada vez con más ansias. No durmió una sola noche; no descansó un solo momento. Una vez en su camino desesperado, se topó con un claro en el bosque; en el centro había un montículo verde, enmohecido, cubierto en partes por una espesa pelusa blanquecina; era algo extremadamente repugnante. Se alejó de ese lugar lo más rápido que pudo. Esa cosa fue en otro tiempo el hogar de la anciana loca que comía niños; pero él no lo sabía. En otra oportunidad encontró una cueva. Escuchó murmullos que venían de adentro; pensó que se trataba de un oso; escuchó pisadas que venían hacia fuera. Subió a un árbol cercano y observó con atención. Esperó que saliera un oso; pero de la cueva vio salir a un niño con una estaca de madera en la mano, con unas ropas rotas y precariamente remendadas. Era Hansel que al parecer salía a cazar. El padre se sintió inmensamente feliz de por fin haberlos encontrado. Pero un sentimiento de intensa culpa no le permitió hablarle. Descendió del árbol y lo siguió de cerca.
El pobre chico era muy torpe en la cacería y no pudo conseguir más que un cachorrito de jabalí. El padre lo vio volver a la cueva después de muchos intentos infructuosos. Entonces el padre fue hacia la cueva y dejó el jamón en la entrada; emitió un sonido muy peculiar y corrió a subirse al árbol. Un tiempo atrás no le había quedado otro remedio que comerse el pan. Escuchó pasos. Esta vez, salió Gretel. El tiempo la había convertido en una hermosa joven mujer. Vestía remiendos; pero estaba prolijamente vestida. Salió muy sigilosa atraída por el extraño sonido; encontró el jamón; fue a buscar a su hermano. El padre no se atrevía a hablarles.
Subido al árbol observó día tras día como sus dos hijos vivían en esa cueva. Cuando ellos estaban adentro, él salía en busca de presas, las cocinaba como podía y las dejaba en la entrada de la cueva. Los niños recibían todo muy alegres; pero siempre se preguntaban sobre el origen de esos regalos. El padre nunca se dio a conocer; nunca se atrevió. Hansel y Gretel se acostumbraron a vivir en el bosque; pronto dejaron de preguntarse sobre quién les dejaba esa comida; se les volvió una rutina ir a buscarla a la entrada de la cueva. Un día Hansel encontró, en vez de comida, un arco y unas flechas y también un cuchillo; otro día encontraron ropa; otro día, abrigos hechos de piel de ciervo... En sus ratos libres el padre esculpía pequeñas figuras en madera; después se las dejaba a los niños. En una oportunidad, Gretel encontró unos peines y unos broches de madera tallados y pintados. Ellos llegaron a creer que en el bosque habitaba un duende. Le pusieron un nombre, y cuando andaban por el bosque lo llamaban y lo saludaban, seguros de que su duende los oía.
El padre envejeció. Hansel y Gretel ya tenían una vida completamente establecida en el bosque. Construyeron entre los dos (y su padre) una cabaña. Llegó a ser una hermosa cabaña, repleta de vida, muy acogedora. El padre, viejo y enfermo, consideró que ellos ya no le necesitaban. Se alejó. Se recluyó en la humilde chocita donde solía ir los días de nieve. Allí se quedó hasta el fin de sus días. Hansel y su hermana nunca dejaron de saludar al duende del bosque; incluso mucho tiempo después, cuando ambos hubieron abandonado para siempre la vida en el bosque.


FIN.



* ramiroluzbelito@gmail.com

Texto agregado el 09-05-2005, y leído por 5357 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
11-11-2007 Esta adaptación tiene varias diferencias con el original, muy bien recreadas, pero principalmente el final le da un perfil psicológico muy profundo al padre. La historia me parece dramática y muestra también una cruda realidad, (práctica común en la Edad Media, de donde la tomaron posteriormente los hermanos Grimm) apenas suavizada con la fantasía de la casita de dulces (dicen que en el original era de pan y jenjibre) con que son engañados los niños. Me gustó la historia relatada a la manera antigua, me parece escuchar a una tía contándola. Saludos!! andrula
05-09-2007 Por lo que leí, recreaste sólo el final. La culpa, privó a ambos, hijos y padre de un sano intercambio de afecto. Triste final. Susana compromiso
30-04-2007 me gustaria q me dieras mas opciones acerca de mi poesia lapetyns
 
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