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Inicio / Cuenteros Locales / negroviejo / EL DEBUT (Relato erótico infantil)

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¡Que nervios!, por fin habíamos conseguido convencer a Julio que pusiera su casa para traer una puta, era el único que tenía esa posibilidad y nuestra única esperanza. La mina no era problema, el muchacho del departamento del fondo que tenía diecinueve y curiosamente se llamaba Eros, nos había dado el teléfono y el trámite se había realizado con éxito.

La cosa iba a ser a las dos de la tarde, una hora muy segura porque tanto el padre como la madre de Julio trabajaban. Los vecinos dormían la siesta, había pocas posibilidades de que la vieran entrar o salir, y después alcahuetearan. Además él era hijo único y absoluto responsable de la casa en ausencia de los viejos. Tenía catorce años como los cinco restantes integrantes de la barrita de Centenera y Valle.

A la una y media estábamos todos ahí. Algunos ya con pantalones largos, otros todavía con los cortos. Antes de que llegara la mina había que arreglar algunos asuntos. La tarifa era diez pesos, de aquellos pesos, por cabeza y había que ponerlos sobre la mesa, a esto se sumaba la parte proporcional para cubrir lo de Julio, que por ser el locador de la suite, no pagaba.

Otro tema eran los turnos, ya se había aceptado que Julio, como dueño de la pelota, sería el primero. Pero faltaba saber como seguiría la lista, y fuimos a un sorteo con las cartas. A mi me toco el cuarto lugar detrás de Julio, Horacito, y Celso, detrás quedaron el negro Yiyo y Quique.

Este asunto del turno resultó importante porque llegada la hora descubrimos que, increíblemente, teníamos un solo preservativo, y en esos años ningún chico de nuestra edad tenía cara para entrar a una farmacia a comprarlos. De tal manera decidimos que cada uno se lo iría pasando, luego de lavarlo, al usuario siguiente hasta completar la ronda.

También inspeccionamos el cuarto en el que se desarrollaría la ceremonia, que no era otro que el dormitorio de los padres de Julio, en su mismísima cama matrimonial. Estaba todo bien, Julio había cambiado las lámparas normales de los veladores por otras de color rojo, lo que le daba a la pieza un clima totalmente pecaminoso. También había reemplazado la sábana de abajo por otra, que Yiyo había conseguido quien sabe dónde. El posterior destino de esa sábana sería algún tacho de basura distante.

Estaba todo planificado. Para precisar un tanto la escenografía, debo aclarar que la de Julio no era exactamente una casa, sino un departamento tipo casa, como se los llama ahora. Se ingresaba desde la calle por una única puerta a un largo corredor descubierto al cual daban las puertas de los departamentos. La pared sobre la que se abrían era de unos dos metros de altura, lo que permitía también, ingresar saltando la misma, a un patio descubierto al que daban todas las habitaciones de la casa. Invariablemente en esos patios se instalaba un toldo corredizo que lo protegía del sol y de la lluvia.

Hecha esta salvedad volvemos a la historia, y lo vemos a Julio recortado contra la luminosidad exterior en la puerta del edificio, mirando nervioso para todos lados. No fuera a suceder que la mina tuviera mal la dirección. Eran las dos de la tarde. Centenera era en esa época una tranquila calle de barrio, y a esa hora en verano, no volaba ni una mosca. El resto de la barrita espiábamos desde la puerta del departamento, allá por el fondo del corredor.

Dos y cinco… y diez… y cuarto… y nada, pero Julio firme en la puerta. Nosotros en el patio nos mirábamos con una mezcla de desencanto resignado y alivio, que se revelaba en algunos comentarios sarcásticos como: la mina no viene, seguiremos con Manuela y otras por el estilo. También se escuchaba algún juicio crítico tal como: -Este Julio es un boludo, ¿qué arregló? Mirá que manera de hacernos calentar al pedo....
En eso estábamos, cuando alguien gritó:
¡Llegó, ahí viene entrando con Julio!
Y ese grito sonó como el, ¡Tierra!, de Rodrigo de Triana. El revuelo fue total, pero conseguimos tranquilizarnos y nos sentamos alrededor de la mesa del comedor simulando que jugábamos a las cartas.

Julio cortésmente, con una sonrisa forzada, permitió que ella entrara primero. Cinco rabillos de ojo, con las cartas levantadas frente a las caras serias de jugadores empedernidos, la vieron cruzar el patio. Era una mujer de unos treinta y cinco años con porte de matrona. Teñida de rubia, labios muy pintados y con un par de tetas impresionantes. Cuando hubo pasado, bajamos las cartas y nos codeamos con aire de hombres de mundo, pero estábamos aterrorizados. Esa era una mina de verdad, no la foto de una revista. Podría ser cómodamente la madre de cualquiera de nosotros. Hasta se parecía a la mamá de Yiyo.

Se abrió la puerta interna que comunicaba el dormitorio con el comedor y entró Julio. -Se está lavando en el baño, dijo, y todos nos imaginamos a la mina agachada sobre el bidet ablucionándose la peluda.

-Yo voy primero, continuó, ¿quién tiene el forro? Quique lo puso en su mano con el respeto y la gravedad con que un escudero le hubiera alcanzado la espada al caballero presto para entrar en combate. Fue hasta el sofá, se desvistió. En calzoncillos, ante nuestra mirada azorada, se paró frente a la puerta del dormitorio y golpeó suavemente a la vez que decía con una voz un tanto temblorosa:

-¿Se puede....?

Una voz cascada, como aburrida, respondió,

- Dale pibe entrá.

Julio se dio vuelta y nos miró a cada uno con la misma cara que ponía cuando lo llamaba al frente la profe de matemáticas en el Mariano Moreno. Y entró.

Estaba adentro desde hacía diez minutos, lo que era una buena marca. Porque en realidad, yo tenía conciencia que la cuestión sexual era secundaria. Lo que estaba en juego era el prestigio de cada uno. Que no se nos parara por los nervios, o que la mina nos hiciera acabar antes de meterla, y salir en dos minutos ante la mirada burlona del resto. Creo que a eso le teníamos tanto miedo como a la mina.
Era un exámen, ni más ni menos. Finalmente en un tiempo muy razonable para una relación de éste tipo, Julio salió sacando pecho. Con expresión de “esto para mi es cosa de todos lo días” le alcanzó el forro a Horacito, que temblaba:

-Tomá, esta lavado, te toca a vos.

Lo de Horacito fue terrible, cuando puso el pie en el dormitorio tenía todo el aspecto del condenado que marcha hacia el cadalso. Era el menor y no solo en edad, aunque la diferencia se midiera en meses, sino en inocencia y aspecto físico. Rubio, pecoso y petisito. Salió a los dos o tres minutos, nosotros escondíamos la cara para que no nos viera reír. El se sentía humillado y no lo ocultaba. Nunca nos contó lo que pasó, solo dijo con tono indignado:

-Pero que se creyó esa puta, ¿qué era mi mamá?, me besaba en la mejilla y me acariciaba el pelo...

El colorado Celso entró riéndose, él se reía de todo. Bastaba cualquier monigotada para hacerlo reír. Por eso siempre pagaba los platos rotos en el cole. Era el único que no se podía contener. También salió rápido, aunque no tanto como Horacito. Me dio el forro lavado, y me dijo riéndo:

-Dale negro, no duele nada…

Entré. La matrona estaba tirada boca arriba en la cama mirando el techo, sus tetas eran monumentales. Apagó el pucho en el cenicero y me dijo:

-Vení nene, no tengas miedo...

-No tengo miedo, contesté dignamente.

Mi estrategia era perder bastante tiempo poniéndome el forro, porque tiempo pedido, prestigio ganado. Pero ella cuando me vio en problemas, dijo,

-Dejáme a mi, pibe.

Me lo quitó de la mano y en un santiamén lo tenía puesto.

–Subite.

Jugó hábilmente con su mano en mis genitales y obtuvo una erección perfecta. La colocó entre sus piernas y literalmente, me la comió. Sentí que esa vagina caliente me abrasaba, que si realizaba el menor movimiento acabaría inexorablemente. Y no quería, era demasiado pronto. Yo no hacía nada, estaba montando esa tremenda mujer con mi cabeza incrustada entre las tetas descomunales tratando de pensar en otra cosa porque ya veía que todas las fantasías sexuales que había alimentado, los deseos reprimidos, llegaban en tropel. Que las mismas cosquillas que me asaltaban antes de concretar felizmente una masturbación estaban ahí en algún lugar entre mis piernas.

Me dijo socarronamente,

-Ah, vos sos de los duros para acabar...

Y cruzando sus brazos sobre mi espalda, se movió eléctricamente durante algunos segundos. Eso bastó, sentí que no podía resistir, y mi primer orgasmo en una mujer llego tempestuosamente.

Salí nada conforme con mi actuación y dispuesto a soportar las sonrisas burlonas de mis amigos. Pero no fue así. El colorado Celso, riendo, me dijo:

-Che negro, ¿que pasó, te quedaste dormido?

En las caras de los otros descubrí aprobación. Había cumplido un papel, por lo menos, aceptable.
Cuando la mina se fue, comentamos risueñamente durante largo rato, la gran experiencia.

Más allá de las risas, todos sabíamos que algo nuevo había comenzado. Que la infancia, que a pesar de nuestras fanfarronadas nos negábamos a perder, se había alejado un poco más. Cuando me despedí de Julio ese día, me dijo riéndo,

-Acordate siempre, vos cogiste por primera vez gracias a mí.

Por esas cosas de la vida en una ciudad como Buenos Aires, al tiempo me separé de aquella barrita y nunca volví ver a ninguno de ellos.

Hace unos años me enteré por un aviso necrológico que el colorado Celso había muerto. También supe, no recuerdo porque medio, que Horacito era un físico destacado.

De los demás, incluido Julio, nuca supe mas nada.


Texto agregado el 08-05-2005, y leído por 10421 visitantes. (17 votos)


Lectores Opinan
20-10-2016 lamentable realidad de una epoca pasada satini
19-07-2014 debut eran los de antes. Ahora cambiaron las epocas, preservativos lavados, jaja!! De que eran de hierro forjado? JA JA JAMuy, bueno efelisa
13-06-2011 Perdon, lo último que escribí no era para vos. Era para alguien que escribió algo muy parecido a lo tuyo. Demasiado. http://www.loscuentos.net/index.php Saludos. abulorio
13-06-2011 Un relato negro si se quiere y hasta viejo en su esencia. Quizá la obsesión por replicar compulsivamente un hecho de la niñez, se vuelva un repetir sin poder crear. Qué dificil crear! Quizá sea porque ya todo está escrito en algún lugar de la bilbioteca universal o porque no buscamos como corresponde. Quizá sea por algún oscuro objeto de deseo, que nos impide buscar por nosotros mismos. abulorio
30-09-2009 Hermoso relato donde se describe una época donde los muchos se las arreglaban como podían sin casi información. Y eran empujados entre ellos a una iniciación demasiado precoz. Gracias por traer este relato. ***** flop
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