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EL PASAJERO

-Voy al paradero de buses… si me quedo dormido… me despertái allá…?
-No soy muy livianito de mano siii…
-No importa…
El pasajero de la ventana llevaba una guitarra en las manos, la afirmó contra su cabeza y cerró los ojos, se acomodó en el asiento y antes de cinco minutos estaba roncando…

Subió cuando el bus estaba lleno y se acomodó entre el chofer y la barra vertical al lado del primer asiento, tratando de salvar su mochila de cualquier ataque y evitando el contacto con esos pasajeros que aprovechan de refregarse… Miró alrededor por si podía acomodar sus pies. El que iba sentado a la orilla era simplemente repelente. Juntaba sus piernas a la altura de las rodillas y sobando las manos llamaba la atención sobre un pantalón un poco ancho, oscuro y gastado. Toda la obscenidad del mundo se reflejaba en su mirada torcida y sucia… Se apretó más contra la barra rogando que no la tocara… El hombre desviaba su mirada cada vez que ella lo observaba “es un degenerado” pensaba, la boca lasciva y la mirada libidinosa lo delataban.

-¿Quiere sentarse?
-No! Gracias.
De ninguna manera le iba a aceptar el ofrecimiento. Se quedaría al lado de ella, se apretaría contra el asiento, se acercaría tanto a su cara, a su hombro, a su cuerpo, que sentiría sus partes tocándola y ensuciándola… Sólo de imaginarlo sintió asco. No usaría, además, ese asiento manchado con la mente y el cuerpo de ese hombre… Le miró con desprecio “creerá que no adivino sus intenciones”, y en un gesto de altivez enderezó su cabeza, desvió la mirada…

Miró hacia atrás y reconoció al estudiante que hurgaba con los dedos en una grasienta bolsita de papas fritas; con las manos llenas de mostaza y saliva le saludaba, sonriendo y tragando las papas a medio moler. Fue amable con él y respondió su saludo… La mayoría de los que iban de pie eran estudiantes –hombres y mujeres–, que riendo y hablando fuerte se dejaban ir con el vaivén de las frenadas propiciando una interacción promiscua y confusa... Pero algo la hacía volver hacia abajo, al pasajero que iba sentado a su lado. Descubrió que la miraba insistentemente, de reojo, como si esperara que ella se descuidara o se moviera; repasando una y otra vez su boca con la lengua traposa y gastada… Arqueó más su cuerpo y ganó unos cuatro centímetros de distancia sintiendo un alivio momentáneo, reconociendo que peligraba su inviolable intimidad en cada curva del camino, en cada cuesta, con cada frenada…

Su posición era incómoda, estaba resintiendo el esfuerzo de la postura y ya no tenía más alternativas… Sólo deseaba con todas sus fuerzas que el hombre no se moviera. Empezó también a mirarlo fijamente, con rabia, advirtiéndole con la mirada que conocía sus intenciones y que le repugnaba… Pero el hombre no se movía “seguramente espera que me descuide” pensó. Miró la hora y sintió verdadero alivio. Podía aguantar diez minutos más, aunque ya sentía las punzadas de un calambre…

-¡En la estación de Metrenco por favor…!
Le dio pánico, alguien de en medio del bus avanzaba hacia la puerta delantera, la empujarían contra el asiento, “es lo que seguramente está esperando”, porque el hombre la miró abiertamente, desafiándola... Se afirmó más contra la barra sintiendo la presión en su espalda, pero en un esfuerzo supremo logró mantenerse a salvo. Traspiraba… respiró aliviada y se alegró de sentir nuevamente el bus en marcha. Sólo cinco minutos más… ¡Que lentos pasaban!

Una curva más para que bajen los primeros estudiantes. Podría moverse hacia atrás, apartarse del peligro, relajarse. Al fin podría pensar en el trabajo que le esperaba, en su hijo enfermo… ¡Pero no todavía!, tenía que seguir atenta, evitar a toda costa que ese ser repugnante la tocara. Tenía las manos ateridas de frío en la barra y parecía que su corazón latía más rápido. “Que no me toque, que no me toque. Te lo ruego Señor…”

Justo antes de salir de la curva el hombre se movió y levantó de a poco sus manos acercándolas a ella… “¡Qué quiere hacer!, me va a tocar, qué hago…” Y sintió las dos garras posarse en sus caderas mientras su estómago advertía la repugnancia. El pánico la paralizó, se le nubló la vista, las piernas se le hicieron de lana…

Como de muy lejos oyó que golpeaban las cuerdas de una guitarra… Alguien gritaba…
-¡Chofer, la señora que venía enferma acaba de desmayarse… ¡



Texto agregado el 07-05-2005, y leído por 238 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
12-08-2006 EL FINAL, DELICIOSO FINAL... 57paul
01-06-2006 Despierta el interes desde el inicio y luego la tensión nos va llevando a un final muy bueno... aukisa
25-11-2005 tE ATRAPA CONTINUAMENTE ADEMÁS LA FORMA EN QUE DESCRIBES A LOS PERSONAJES ES COMO SI LOS VIERA, MARAVILLOSO***** Goyo
07-06-2005 ¿Ves? Me parece que te manejas aún mejor en este tipo de situación, digamos alejándote de cierta concepción u estilo ¿abstracto será? Y sumergiéndote en esta marea de tensión, o de peligro imaginado o real. Interesante el juego que haces con la psiquis. Y muy precisa, rica y amplia- y sobre todo amplia, para alejarte un poco de ese hombre que esta al lado de tu personaje, y expandirte en ese trabajo que espera, los cinco minutos eternos, los estudiantes. Es inútil que lo diga por que ya sabes que si te quedas solamente con ese hombre y no miras en rededor, la obra se te enflaquece mucho. En fin... ¡un nuevo saludo bruja! Abin_sur
07-05-2005 wow!!!! vaya forma de describir un microverso tan complejo y que pasa, a veces tan desapercibido por quién no tiene esa mirada como la tuya... --vincho--
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