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A nadie le confesó que los cuartos de hospital le causaban cierto temor, o que el olor del desinfectante le provocaba mareos. No obstante, Julia Espinoza trataba de disimularlo con una mueca de fastidio cada vez que venía de visita.

El día anterior, después del trabajo, recibió una carta enviada por la jefa de enfermeras del hospital en donde estaba internado su padre. En ella le informaban que, sin que tuviera que alarmarse, el hospital se encargaría de darle todos los cuidados necesarios que requiriera su padre durante su estadía, sin costo adicional. La noticia, aunque reconfortante, le parecía un poco extraña, por lo que decidió presentarse al día siguiente en el hospital para hablar con ella. Caminaba con paso lento pero firme; miraba todo el tiempo hacia delante, como si conociera de sobra el camino hacia donde se dirigía. Se acercó a la recepción y anunció su llegada. Aún era temprano para las visitas; por tanto decidió sentarse en los incómodos sillones de la sala de espera. No era la única persona que se encontraba allí.
—Esto de estar aquí, es desesperante ¿no? —la abordó el que se encontraba un lado.
—Sí. Bastante —respondió sin volver la cabeza.
—¿Tiene algún familiar hospitalizado aquí?
—Sí. A mi padre… ¿Y usted? —preguntó con desgano.
—Sólo un amigo… un gran amigo.
Los silencios se prolongaron entre una pregunta y otra, hasta que llegó la hora de visita. Se despidieron de manera informal, mientras cada uno de ellos se dirigía a su cuarto respectivo.
Julia entró sin hacer mucho ruido, como siempre, y se acercó hasta la cama.

Después de haber tenido una serie de intervenciones quirúrgicas, para extirparle un pequeño tumor canceroso, Alejandro Espinoza, su padre, había sido internado de emergencia luego de sufrir una recaída. La madre de Julia, su esposa, había fallecido hacía tres años en un accidente vial. Alejandro había entrado en estado semi-comatoso con esporádicos destellos de aparente lucidez; desde entonces, su hija pasaba horas enteras al lado de su cama platicando con él, y, con gran esperanza, deseaba con vehemencia su posible recuperación; era el único familiar que le quedaba. Ella lo observaba atentamente. Sus ojos surcados con gruesas ojeras, contrastaban con la expresión tranquila y serena del rostro de su padre. Lejos quedaban las imágenes de aquél hombre de carácter fuerte y voluntad férrea que ella tenía de él. Su padre pocas veces le regaló una sonrisa abierta, sin embargo, ella nunca puso en duda el amor que, aunque con sequedad, a veces le procuraba.

El progreso de la enfermedad poco a poco le minaba las fuerzas, y con ello, su capacidad de hablar. Los escasos momentos de lucidez que su padre tenía, Julia los aprovechaba para rescatar de ellos lo más precioso de sus recuerdos, y trataba de hacerlos revivir en su memoria. Mientras tomaba su mano entre las de ella, le contaba las cosas que había hecho durante la semana y de los planes que tenía; le hablaba de una manera tan natural como… como si él la escuchara atentamente. La jefa de enfermeras, encargada del pabellón, desde hacía varias semanas había notado el cuidado y atención que Julia le procuraba a su padre. De alguna manera, se sintió conmovida por sus atenciones; solícita, se acercó a ella.

—Disculpe señorita, ¿está todo bien? ¿Necesita algo?
—No, creo que no, gracias. Todo está bien, muy amable.
—Entonces… ¿Le puedo hablar un minuto?
—Por supuesto, adelante. Dígame.
—¿En privado?
Julia sintió una sensación extraña al escuchar esas palabras, pero disimulando su desasosiego, accedió. Salió de la habitación y se dirigió hacia la oficina que la enfermera le indicó: era la oficina del Dr. Jiménez quien había estado a cargo de la operación. Adentro se encontraban algunas fotos de familia colocadas sobre el escritorio. En una de las paredes colgaba un tablero; en él había, sujetadas con alfileres, varias tarjetas con mensajes de gratitud de algunos familiares de los pacientes anteriores. Unas cuantas cartas a texto completo, cubrían el espacio del ángulo superior izquierdo. Julia las miró de reojo.
—Son las tarjetas y cartas que hemos recibido de algunos familiares —dijo el doctor, quien entró acompañado por la jefa de enfermeras.
—Sí. Veo que son bastantes —replicó Julia.
—La verdad…—dijo, con cierto dejo de impotencia—me hubiera gustado que fueran menos.
—¿Como así?—interrogó.
—Me explico. La mayoría de esas tarjetas, y el par de cartas, son de personas cuyos familiares fallecieron en la misma sala en donde está su padre—continuó—. Todos ellos estaban en etapa terminal.
— No entiendo.
Seré breve, señorita. Después de la operación, su padre… atrapó una infección, y esta está avanzando rápidamente. Su vitalidad se consume poco a poco.
—¿Es decir…?—interrogó inquisitivamente.
—Que su padre está… precisamente, en esa etapa terminal.
—Pero, si a veces se mira tan bien… me escucha, me responde, o al menos trata de hacerlo.
—Eso es sólo un acto reflejo, señorita. Lo cierto es que su estado de salud, está declinando.
—Pero… el cáncer fue extirpado por completo ¿no? Según lo que usted mismo dijo, doctor Jiménez, no hubo ninguna complicación.
—No sé si me explico pero… no sólo fue una, sino que fueron varias las operaciones a las que fue sometido su padre. Las primeras dos fueron para extirparle el cáncer, el resto fueron… para contrarrestar la infección.
—Su cuerpo ya no responde a los antibióticos. Pero de cualquier modo, le estamos dando la mejor de las atenciones —interrumpió la jefa de enfermeras. Así que no se preocupe.
—Creo que no le entiendo. ¿Quiere decir que mi padre se está muriendo, pero no a causa del cáncer, sino de una infección?
—Uh!...—carraspeó. Me temo que eso es, justamente. Pero no se preocupe—agregó el galeno—, estamos haciendo todo lo posible para que, el pasaje final, sea lo menos doloroso posible, tanto para su padre, como para usted.

El temor característico que Julia tenía por los hospitales, no podría haber sido menos que el pánico que le hubiera causado el hecho de saber que, dentro de la oficina del doctor, había ciento treinta y siete cartas exactamente iguales a la que recibió, listas para ser enviadas por correo.

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Texto agregado el 04-05-2005, y leído por 144 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
15-06-2005 Me hizo estremecer! Siempre es un gusto leerte. KaLyA
 
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