El sastre de Simón
Simón Bolívar, no muy alto, enjuto, de una elegancia magnífica, esperaba su traje nuevo.
La cita merecía unas prendas dignas de tal dama. Si bien Manuela era antigua conocida, este encuentro sería el primero íntimo. Ella se entregaría, al fin, sin reservas, más...el entorno era importante.
Ese amor apasionado, que desde hacía años lo devoraba, hoy se concretaría.
El sastre no llegaba, Don Simón comenzaba a impacientarse. ¿Con qué ropa la recibiría? Estaba consciente de que poco duraría sobre su cuerpo, pero... la primera impresión debía ser magnífica... Miró su reloj. ¿Dónde estaría el sastre? Siempre cumplía, pero hoy, justo hoy tenía que fallar.
Llamó a su edecán, éste a un sargento, el sargento a un soldado y alguien partió a galope tendido en busca del maldito demorado.
Don Simón, absolutamente fastidiado, buscaba entre sus ropas algo que ponerse, como muchacho ilusionado rebuscaba en el viejo arcón. Mientras, se puso su viejo poncho de vicuña sobre el calzoncillo largo y maldijo varias veces. Pidió a su criado que le preparara el baño y siguió esperando.
El sastre seguía sin aparecer...
De pronto se abrió el gran portón, salió rápido para reprender a tan informal persona.
Se detuvo, abrió grandes los ojos por la sorpresa. ¿Ante quién estaba? Ante la misma Manuela, que sin importarle olores, ausencia de magníficas ropas y cara de fastidio, se arrojó en sus brazos, consumando, ¡al fin! su apasionado encuentro
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