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Odio los finales desde que desapareciste de mi vida sin decir adiós. Te fuiste como una de esas canciones que terminan bajando el volumen progresivamente, repitiendo que me querías, que me querías, que me querías, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejé de oír que me querías.

Detesto haber sido feliz en tantas partes. No me quedan lugares vírgenes de ti. Y no me gusta que me pregunten dónde estás, que por qué no viniste o que te manden recuerdos. Porque eso es lo único que tengo, un montón de recuerdos que se acurrucan en la almohada cada noche, que se esconden del frío olvido en las zapatillas que me regalaste, que se ríen protegidos en los álbumes de fotos...

Aborrezco esta ciudad porque te llevaste contigo todo lo bueno. Las calles y las esquinas, que siempre creí nuestras, resultaron ser sólo tuyas. Las plazas, también. A mí me quedó sólo el gris de las baldosas, las sombras de lo que pudimos haber sido y los besos que no te di, errantes huérfanos entre tu boca y la mía, alientos suspendidos en el aire a merced del viento y los inviernos.

Pero por más que lo intento, no consigo odiarte. Porque tus ojos, aunque no estén a mi alcance, siguen siendo el único camino que conozco para alcanzar el fin del mundo. Porque cuando casi nació nuestro bebé, las lágrimas que recorrieron nuestras mejillas fueron ciertamente eternas. Y no. No tuvimos la culpa de perder a nuestra pequeña Raquel (si era niña) o a Miguelito (si era niño). Ni tú, ni yo. Quizás fue ella, o él, quien prefirió morir en tu vientre, intuyendo que no podría luchar contra nuestras diferencias. Eso sí fue culpa nuestra. Tuya por no sonreír, mía por no saber cómo hacerte sonreír. Tuya por huir sin mirar atrás. Mía por no salir tras tus pasos.

Se nos hizo tarde entre excusas y reproches. Olvidamos soñar por las noches y el día amaneció gris. Confundimos la lluvia con los paraguas. Nos protegimos de las lágrimas y nos hicimos impermeables. Equivocamos los labios con las piedras. Dejamos de besarnos y nos abandonamos en los márgenes del camino. Traicionamos a las palabras importantes y nos fuimos como una canción... repitiendo que me querías, que te quería, que me querías, que te quería, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejamos de querernos.

Texto agregado el 01-03-2005, y leído por 901 visitantes. (35 votos)


Lectores Opinan
25-07-2008 ... Y la poesía (esa tremenda belleza de poesía tuya) dando vueltas como siempre hasta en la tristeza que estruja las tripas.***** vaerjuma
27-04-2008 Olvidamos soñar por las noches, y el día se nos hice gris: una premisa que recoge el significado de tan bello y dolido cuento. un abrazo. Sofiama
04-04-2008 es muy dificil empezar con una frase y terminar con lo mismo........¡¡¡BRAVO!!! kalebcillo
27-06-2007 ay caray...que me ha dolido. Mimetizarme con los fragmentos del escrito. Que dolor.....y si pudiera uno solo cerrar sus ojos, luego volverlos abrir y encontrarse con que esta a tiempo y que aun somos jovenes para dejar morir cualquier instacia que anhelamos desde lo profundo. Pues eso te deseo, el tiempo del regreso. Tus escritos me impresionan. Es debido reconocerte tal cualidad. vernis
25-06-2007 Cuanto dolor en este relato, dejar morir un amor poco a poco, dia a dia, para arrepentirnos cuando ya de la muerte, no se puede volver. 5* taber
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