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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / El recuerdo de la playa de Scarborough

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Cuando la fe era una cosa extraña apenas sostenida por la inercia del recuerdo, un grupo de preadolescentes arrancados del verano esperaba al cura en los bancos de una iglesia. Frente a ellos, una virgen con corona de oro miraba al cielo, lágrimas oscuras cayendo por sus mejillas.

Se oía el eco de los reclinatorios contra el suelo, gritos y empujones resonando entre las paredes. Yo estaba en el banco de la primera fila. Siempre era brusco el regreso a Almazora después del verano en Inglaterra con la familia de mi madre, de casas viejas enmoquetadas, cucuruchos de helado de nata, canciones de programas infantiles de la BBC resonando aún en mi cabeza. Estaba en la esquina del banco en la primera fila, la fila de los empollones, de los buenecitos, con la ropa incómoda del domingo, sin saber cómo poner el cuerpo. Iván a mi derecha, luego Lorenzo, después Felipe, los amigos de Fandos, no eran realmente mis amigos. Los oía cuchichear, como si se trajeran algo trascendental entre manos. Iván me daba la espalda, bloqueándome de lo que sucedía al otro lado. Risas, chistes privados. Lorenzo soltó una carcajada estentórea, que luego fingió disimular exageradamente. Era como si ese verano hubiera pasado algo esencial, ineludible, algo que me había perdido y que me había excluido de su mundo. No pertenecía a su mundo. En realidad no sabía si quería pertenecer a él. Pero no quería quedarme solo. Me sobrevino el recuerdo de la playa de Scarborough, la imagen empañada de los burros paseando bajo el cielo gris.

El cura entró en la capilla escoltado por dos catequistas. Tras un funesto silencio, procedió a servirnos un discurso moralista, de hervido con cebolla, que destilaba desprecio por todos lados: hacia una juventud de la que no podía esperarse nada, hacia nuestras sonrisas descerebradas, hacia cualquier cosa que se asemejara a la alegría de vivir. Pero qué esperaba, dejándonos solos media hora, con tanto desficio, con las hormonas desbocadas que nos producían la necesidad de soltarle un sopapo a alguien, como le había pasado a Carlos en la fila del fondo.

—¿Te crees que esto es el patio del recreo? —dijo el cura, dirigiéndose al susodicho.

—…

—Ven aquí. —Carlos salió de su fila y avanzó con la cabeza baja hasta situarse delante ante nosoros—. ¿Conoces «El pescador de hombres»?

El chaval asintió. El pánico me subió por el esófago, yo no tenía ni idea de a qué se refería.

—Cántala.

Aquel pecador de piel granosa y vello nasolabial, que observábamos con una mezcla de fraternidad y congoja, rompió a cantar con un poderío inesperado.

Tú… / has venido a la orilla. / No has buscado a sabios ni a ricos./ Tan solo quieres que yo te siga…

Y a una señal del cura, se unieron nuestras voces chillonas para cantar: ¡SEÑOR, ME HAS MIRADO A LOS OJOS! Y luego aquel verso —Sonriendo, has dicho mi nombre—, que siempre me daba repelús.

Texto agregado el 01-07-2024, y leído por 72 visitantes. (0 votos)


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