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¡YA ESTUVO, YA ESTUVO!

Un parche que usaba sobre el ojo derecho debido a una enfermedad, mi corta estatura y mi cuerpo flaquito eran las causas preferidas para que todos los días se burlaran de mí. Me ponían apodos, me daban zapes, me empujaban en las escaleras para que cayera. Yo era el chivito para las bromas de Carlos López Sada y de su pandilla. Los malos de la primaria.
El viernes 12 de julio de 1968 las madres fueron a una junta escolar pues a la semana siguiente nos entregarían el certificado y tenían que firmar algunos papeles. Yo me sentía feliz porque al fin se terminarían las clases en esa odiada escuela y me iría a otra a estudiar la secundaria…, dejaría de ver a esa bola de abusivos.
Ese día a la hora del recreo compré en la cooperativa un “boing” para beberlo con mi lunch. De pronto Carlos se paró enfrente de mí y apretó el envase del jugo saliendo un chorro de jugo por el popote bañándome la cara y mojando mi sweater, atacado de la risa se fue junto con sus amigos, como siempre yo me tragué el coraje. Al terminó del recreo, apenas entrando al salón el maestro me dijo en tono de regaño: “¿Qué, no te han enseñado a comer en tu casa? Sin contestarle me seguí hasta mi lugar con ganas de mentarle la madre. El tiempo que faltaba de clase se la pasó entregándonos los trabajos que habíamos realizado durante ese año. En realidad, no nos importaba recogerlos lo que queríamos es que sonara la campana para salir de la escuela.
En cuanto se escuchó el “tan, tan, tan” mis compañeros salieron rápido del salón, yo me esperé al último para evitar sus bromas. Cuando bajaba la escalera apareció Carlos junto con varios de sus amigos, me dio un fuerte empujón, pero no alcanzó a tirarme porque me sujete del barandal. Apresuré el paso para llegar a la salida y echarme a correr a mi casa. Como todos los alumnos estaban saliendo era difícil llegar a la puerta. Entonces detrás de mí empecé a oír la tan conocida voz diciéndome groserías y apodos; me daba zapes, jalaba mi mochila, pateaba mis talones para que tropezara, pellizcaba mis orejas…; hacía lo que se le venía en gana. La verdad, era tanto mi temor que no tenía el valor para reclamarle sus abusos. De hecho, muchos en la escuela al igual que yo, le tenían miedo, decían que era el más “cabrón para los madrazos”.
Él estaba tan encanijado conmigo porque, a pesar de que me iba molestando, no le hacía caso, entonces se paró delante de mí y de un solo tirón me arrancó el parche que traía en mi ojo, al jalarlo la sangre comenzó a correr sobre mi párpado. Soltó una carcajada que contagió a sus amigos. Enseguida se acercó a mí y rozando su nariz con la mía levantó la voz para que todos lo escucharan: “¡Pinche, “Pirata”! ¡¿En dónde dejaste la pata de palo y el cuchillo?! ¡Pinche güey, saliendo te voy a partir tu madre! ¡Vas a ver, güey, vas a ver! ¡Te vas a llevar un recuerdito de la Próceres!” No dejaba de reírse y sus aliados le celebraban todas sus groserías.
Tirarme el jugo en la cara, el rasguño que me hizo, la sangre sobre mi parpado, sus groserías y su maldita risa desataron en mi un terrible odio en contra suya. Un deseo de venganza brotó por todos los poros de mi piel, entonces empujé a los compañeros que iban delante de mí para llegar a la calle. En lugar de correr rumbo a casa tiré mi mochila y mi sweater al suelo y, sin medir las consecuencias, en cuanto salió me le fui a los trancazos. Rápido lo jalé del suéter y lo aventé hacia las escaleras, alcanzó a agarrarme por la cintura y los dos rodamos hacia abajo hasta detenernos con unas jardineras. Por suerte, caí sentado encima de él. Sin darle oportunidad a que se levantara sujeté sus brazos con mis rodillas, lo dejé inmovilizado y con todas mis fuerzas empecé a ponerle una golpiza de su tamaño.
Alrededor de nosotros estaban muchos alumnos que, con gritos cargados de rencor y furia, no ocultaban cuánto disfrutaban la pelea: “¡Duro, duro, tú le das, Carlos! ¡Rómpele el hocico al puto “Pirata”! ¡Vas ganando, vas ganando pinche “Pirata”! ¡Quítale lo pasado de lanza al puto Carlos! ¡Rómpele su madre, Carlos! ¡Le vas ganando, Javier, le estás rompiendo su madre! ¡Tú le das Javier tú le das! ¡Así, así, pinche Javier! ¡Párate, Carlos, párate… no seas pendejo te está madreando!” Esos gritos hicieron más terrible mi odio hacia él y aumentaron mis deseos de venganza y las ganas de hacerlo sufrir cada vez más y más. Quería que sintiera lo que yo sentía cuando él se pasaba de listo conmigo.
Estando en plena pelea, vi su sangre en el piso y sus ojos moreteados, casi negros; el ojo izquierdo lo tenía tan hinchado que no podía abrirlo, el derecho estaba abierto, pero daba la sensación de que no veía, parecía una ventana por donde tiraba su dolor y su vergüenza por la derrota. Verlo así provocó en mi estomago un placer nunca antes sentido, sin embargo, eso no me llenaba, yo quería hacerlo llorar, humillarlo; desquitarme de todo lo que me había hecho durante los seis años en la escuela. Muy encanijado le grité: “¡Pídeme perdón, puto! ¡Pídeme perdón! ¡Dime que ahí muere, dímelo! ¡Órale, pinche maricón, grítales a tus cuates que te puse en tu madre! ¡Reconócelo, pendejo”
Él no decía nada y su silencio me prendía tanto que le seguía pegando; mis golpes le caían en la cara, en el pecho, en las costillas… en todo el cuerpo. Yo no pensaba en calmar mi furia sino en alargar su dolor…; hacerlo para que nunca olvidara esta golpiza, pero, especialmente, para que nunca olvidara quién se la había puesto.
Varios de sus amigos trataron de jalarme de los brazos para separarme y con voz temblorosa me gritaban: “¡Ya estuvo, Javier, ya estuvo! ¡Ahí muere güey, ahí muere! ¡Ya, güey, como cuates dale chance! ¡Ya lo madreaste!” Sus malditos gritos, en vez de calmarme, parecía que me echaban leña y me encendía mucho; sin más, jalé a uno de ellos del pantalón y se tropezó con la cabeza de mi contrincante cayendo muy cerca de mí, rápido le di un “guamazo” en la cara, antes de que le diera otro sus amigos lo jalaron hacia atrás. Por culpa de ellos me distraje tantito y Carlos se puso en posición fetal, de volada colocó sus manos y sus brazos encima de su cara para detener los trancazos, pero yo seguía tirandole madrazos. Al hacerlo imaginaba que cada golpe que le daba, también caía sobre la jeta de todos sus cuates. Después de todo lo sucedido yo estaba seguro que la única manera de que me respetaran los compañeros de la escuela era ganando esa bronca… solo así se darían cuenta de lo que era capaz de hacerle a quien se volviera a pasar de vivo conmigo.
A pesar del esfuerzo físico por la pelea no sentía cansancio ni dolores, al contrario, me sentía fresco como si apenas hubiésemos empezado a pelear. De pronto los gritos se volvieron silencio, solo se oía la escandalosa voz de alguien que gritaba desesperado: “¡Háganse a un lado, a un lado, retírense de aquí! ¡Vamos, aléjense todos! ¡Déjenme pasar! ¡Rápido, rápido caramba!” Era la voz de mi maestro. Él y dos profesores se abrían paso entre los mirones para detener el pleito. Antes de que llegaran hasta donde nosotros estábamos azoté la cabeza de Carlos contra el piso, después de ese golpe se quedó inmóvil, sin hablar… sin quejarse.
No sé de dónde me salía tanta fuerza, pero los profesores no podían separarme de él. Luego de varios jalones lo consiguieron. Uno de ellos se agachó para ayudar a mi contrincante, el otro me cogió del cinturón y mi maestro jaló de mis cabellos y me torció un brazo, entre los dos pudieron ponerme en pie y mantenerme quietecito.
Mi cuerpo temblaba de coraje y un caudal de sudor caliente resbalaba por mi rostro, mi espalda y mi pecho. El miedo por lo que se vendría empezó a ahogarme, no podía respirar sentía como si mi garganta estuviera bloqueada con una pelota de esponja, mi corazón latía muy rápido y por mi ojo enfermo salía un chorro de sangre y lágrimas que no me dejaban ver bien.
Un silencio total cubrió el lugar, no sé si era un homenaje a mi triunfo o un respeto a la derrota de mi contrincante. Mi profesor agarró fuertemente mi cabeza, y girándola hacia donde estaba tirado Carlos, me gritó en pleno oído: “¡Ve, ve lo que has hecho! ¡Válgame Dios, mira cómo lo has dejado! ¡Eres un maldito barbaján! ¡¿Acaso no piensas, estúpido?!” El profesor que lo auxiliaba, dirigiéndose a los mirones, gritó espantado: “¡Llamen a una ambulancia, rápido, una ambulancia! ¡Un médico, por favor, que venga un médico!”
Al ver a Carlos inmóvil, silencioso, cubierto por su sangre y con el rostro desfigurado la culpa me llegó hasta el alma, extrañamente me coloqué en cuclillas le di un beso en la frente. Acerqué mi boca a su oído y en tono susurrante le pregunté: “¡¿qué te dolió más, la golpiza o el beso de Judas?! Lástima que nunca puedas dar respuesta a mí pregunta".
Con la mano extendida bajé lentamente sus párpados y mirando con mucho odio a mi maestro, burlonamente le dije: “Ni hablar, la muerte se ha llevado a su lacra preferida… señor profesor”.

Jerry Méndez

Texto agregado el 25-08-2021, y leído por 76 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
26-08-2021 Digo: bullying Clorinda
26-08-2021 Tu cuento es un fiel testimonio de las graves consecuencias que acarrea el bulling en las escuelas. Ojalá no haya ocurrido de verdad, pero el dramatismo con que está escrito merece mis felicitaciones. El arremetido, por lo general más débil, una vez que estalla es imparable, y multiplica sus fuerzas para "limpiar" su vapuleado derecho al respeto y a la inclusión social. Gracias por traerlo a estas páginas. Saludos!!! Clorinda
26-08-2021 Excelente Jerry!!! Al principio y ver un cuento tan largo, no tenía muchas ganas de leerlo, pero me enganché enseguida sobre todo por haber sufrido desde muy chiquita de Bulling durante un año y medio en una escuela, hasta que al fin me sacaron de ahí. De modo que toda esa bronca e impotencia acumulada la entiendo perfectamente. ***** MujerDiosa
25-08-2021 Ahora esta muy de moda el bullying en los colegios. Me doy cuenta que antes también. La rabia acumulada lo hizo actuar de ese modo. Los pequeños son crueles a veces y hostigan sin medir consecuencias... Muy buen cuento***** Abrazo Victoria 6236013
25-08-2021 Ufff!!!, tremendo texto, Jerry. Las peleas en la primaria y el chamaco al que le caías mal y te agarraba de su puerquito, así eran, hasta que te cansabas y finalmente te defendías. No esperaba el final trágico, pero el cuento es muy bueno. maparo55
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