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LA MISA


La Unidad Independencia fue la fuente de cultura de mi infancia y juventud, esa etapa en que la calle era mi casa; una bella casa con enormes parques al aire libre, en donde sus árboles de peras, tejocotes, ciruelos, capulines, duraznos y muchos frutos más jugaban conmigo a ser mis protectores temporales. Disfrutar de esos guardianes, ajeno a cualquier síntoma de enfermedad o de violencia, endulzó momentos que aún sigo saboreando en mi imaginación.
Revivir esos instantes es como viajar en el tiempo y tener una plática silenciosa con muchos amigos que hoy rememoro sin un orden de edad o de aprecio, pero si por las huellas que dejaron en mi memoria las inocentes travesuras y los grandes desmanes compartidos con ellos.
Por ejemplo, ahorita se me viene a la cabeza una: Era una tarde calurosa de viernes, jugaba fútbol con algunos amigos en “el sumido”; lugar de piso de cemento con dos cenefas de tierra y pasto natural donde marcábamos las porterías. Los tallones en el suelo y las patadas a la pelota provocaron que a mis zapatos se les desprendiera la suela, pero en ese momento era lo de menos, lo que importaba era meter goles y ganar el partido. Pensar en la chancliza que me esperaba en casa era como sufrirla dos veces, así que para qué pensar en ella. Después de varios empates el triunfo fue conseguido por un gol de mi zapato roto. Se terminó el juego y uno de mis grandes amigos, apodado “El Tocho”, me apresuró para que nos fuéramos a la iglesia, teníamos que llegar antes de que la misa de siete de la noche empezara. Don Juan, el sacristán, ya nos estaba esperando nervioso por nuestro retraso. Llegamos y de inmediato nos pusimos las sotanas blancas. El padre ya había iniciado una misa de XV años. El Tocho y yo, a nuestros nueve años, sabíamos de memoria todo el protocolo eclesiástico, el rosario y algunos pasajes de la biblia, sin presunción, éramos los mejores acólitos de nuestro grupo.
Durante la ceremonia varios señores jóvenes, sentados en la primera banca enfrente de mí, se me quedaban viendo muy insistentemente, su chuchiqueo me puso medio nervioso al grado que yo pensé; “¿qué tanto me ven y hablan de mí estos cuates?” Cuando el padre iba a dar la comunión a la quinceañera, el Tocho y yo caminamos detrás de él con la copa y la charola, entonces me tropecé por culpa de la suela rota de mi zapato, cayendo muy cerca de la primera banca, uno de los señores corrió a auxiliarme, pero rápidamente me levanté antes de que él llegara. Los señores se miraron entre ellos, pero sin burlarse de mí, de todas formas, me sentí apenado. Al terminar la misa, cosa que yo deseaba con todas mis ganas, caminé hacia la sacristía y los señores de la banca me taparon el paso, uno de ellos, estirando su mano hacia mí, me dijo: “Toma para que te compres unos zapatos”. Yo no quería recibir el dinero, pero fue tanta su insistencia que lo tuve que hacer. Al llegar a mi casa entré corriendo y me metí al baño para que mis padres no me detuvieran a saludarlos y descubrieran los zapatos rotos, enseguida entré en mi habitación me puse mis pantuflas y salí a saludar a mis padres.
A la mañana siguiente como era sábado no tenía clases, terminando de almorzar fui a comprarme unos zapatos iguales a los que había roto. Por la tarde regresé a la iglesia para reunirme con mis compañeros acólitos, recuerdo que ese día llegamos a un acuerdo mayoritario para que cuando ayudásemos en misas de bodas, de XV años, de primera comunión o en bautizos, les pediríamos a los papás, a los padrinos, a los familiares o a quien fuera una cooperación para los acólitos, ésto resultó tan redituable que en ocasiones nos daban más propinas a los acólitos que diezmos a la iglesia.

Jerry Méndez



Texto agregado el 21-08-2021, y leído por 77 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
22-08-2021 Hermoso relato y recuerdos de infancia. La sencillez y cotidianidad de tu relato le dan gran fuerza a la anécdota de esos acólitos y esa misa. Muy bueno, Jerry. Saludos. maparo55
22-08-2021 Una entrañable anécdota que revela la despreocupación propia de los niños y la generosidad relacionada con lo eclesial de los parroquianos al tratar de remediar algo que desacomodaba al pequeño. Esto dio pie para que recibieran una propina sustanciosa en lo sucesivo que le diera un mayor impulso a esa fe embrionaria que quizás fue creciendo con la edad. Un abrazo grande y felicitaciones, amigo. guidos
22-08-2021 Uffff, mientras leía, mi memoria me llevo a esos momentos inborrables,importantes,lindos,nerviosos,que se quedan por siemprepintando bellamente la memoria.Me encantó. plumi
22-08-2021 Cuando leía tu texto,sentía añoranza por todo lo que mencionas.Parques,árboles como perales,ciruelos y demases.Esos que también disfruté pero en casa. Tristeza del cambio,de lo maravilloso de la infancia de antes. Me gustaron demasiado las anécdotas,cuando la ingenuidad era el más bello tesoro... Ya no existe,se perdió en el tiempo. Hermosos recuerdos***** Un fuerte abrazo Victoria 6236013
21-08-2021 Esas anécdotas de la infancia que nos acompañan siempre, cómo se disfrutan! A pesar de todo, hasta quizás de un mal rato; pero traer a la mente esos momentos por lo general lo hacemos con una sonrisa, disculpando todo desde nuestra mayor comprensión y sabiduría. Un beso. MujerDiosa
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