TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / JerryMendez / NUESTRO VAGÓN

[C:609796]

NUESTRO VAGÓN
Todos los sábados tenía que quedarme a doblar turno en la fábrica donde trabajaba, uno de esos esclavizantes días llegué de muy mal humor y con un cansancio físico y mental poco común en mí, esto se lo achacaba a que no había dormido bien debido a una horrible pesadilla que me había asalto durante la noche. En realidad, no podía recordarla, pero, aun estando en el trabajo, tenía la impresión de que la hórrida pesadilla continuaba. ¿Cómo no iba a pensar así, si desde que salí de casa me invadió la sensación de que alguien me seguía?
Era extraño, pero por unos ligeros aromas a perfume y a bisutería barata que llegaban a mi nariz, supuse que mi persecutor era una mujer. Sí, una mujer que no estaba pegada a mí como una sombra sino como una grotesca vigilante de mis actos. En ese momento no pensaba si todo ese lío pudiera ser natural o no, quizá por ello me provocaba mucho temor y rabia, además del agotamiento físico y mental.
Estando frente a la máquina que operaba, la maldita sensación era tan punzante y lastimosa que en varias ocasiones volteé tratando de descubrir quién era la infame mujer que me asediaba, pero siempre que lo hacía resultaba en vano pues no la sorprendía y eso me hacía pensar que la seguidora adivinaba mis intenciones escondiéndose de mí antes de que la descubriese.
A la hora de la comida me aparté de todos mis compañeros, me senté sobre el piso y en lugar de comer cerré los ojos permitiendo correr por mi mente una larga película de rostros de mujeres conocidas; uno a uno los fui observando detenidamente, entre todos encontré uno adusto y no muy recordado, pero eso no me hizo pensar ni sentir que fuese la mujer perseguidora.
Eran las 23.30 horas cuando chequé mi tarjeta de salida. Supuse que con el fin de mi jornada laboral me llegaría la tranquilidad y dejaría de sufrir ese estúpido estrés convertido en persecución. Al salir a la calle vi como un gigantesco manto de nubes grises cubría el cielo, por su color, parecía que dejaría caer una iracunda tormenta. Afortunadamente, mientras caminaba hacia el Metro, solo caía una ligera y refrescante llovizna. De pronto se escuchó un rayo muy fuerte y la punzante persecución regresó clavándose en lo más profundo de mi ser. La oscuridad de las calles logro que me sintiera completamente desprotegido, así que saqué de mi mochila el paraguas y, sin abrirlo, lo cogí con mucha fuerza pensando en utilizarlo como un arma de defensa en caso de que la mujer me atacase. Durante diez minutos caminé lleno de desesperación y de pánico hasta llegar a la terminal del Metro Pantitlán-Tacubaya; sin duda, los diez minutos más largos de mi vida.
Ya dentro del andén miré rápidamente hacia todos lados tratando de sorprender a mi seguidora, pero de nuevo resulto en vano. Entonces, como freno a mi necedad, decidí dar paso a la razón y convencerme de que esa horrorosa sensación era provocada por estrés o cansancio o, quizá porque le estaba dando demasiada importancia a una maldita pesadilla que ni siquiera recordaba.
Solo y mi alma aguardé a que llegara el tren que me transportaría hasta Tacubaya. Igual que todos los sábados me planté a su espera justo abajo del reloj; reloj que se hallaba colgado del techo; reloj sin corriente eléctrica, sin segundos, sin minutos, sin tiempo; reloj estúpidamente inservible.
Después de un rato de espera y de razonamiento y casi libre de ansiedad y de espanto comencé a escuchar el ruido del destartalado tren.
Despaciosamente asomaba por el oscuro túnel su avejentada trompa naranja mostrando un par de faros circulares, uno de ellos vomitaba rayos de luz hacia las vías, y el otro, perezosamente fundido, presumía su lamentable oscuridad. Grotesca y tuerta trompa que a media luz reconocía el camino. El tren se dejaba venir lento, muy lento, sin prisas, sin preocupaciones. Al entrar a la zona de andenes el operador hizo escuchar el escandaloso y horrible ruido de aviso de llegada a la franja del peligro; a la circunscripción mortal; al paraje donde se suicidan algunos seres inconformes con su vida, o ¿por qué no? conformes con su próximo viaje al cielo o al infierno. En realidad, yo nunca he sabido la verdad de esas dos suposiciones, pero ¿qué más da, sí jamás me he preocupado por saberla?
Al detenerse totalmente el convoy abordé con calma mi vagón, ¡sí, mi vagón!, lo consideraba mío porque no había nadie con quien compartirlo. ¡Era mío, mío y de nadie más! Extrañamente ni siquiera sentía que lo compartía con la infame persecutora que me había asediado todo el día. ¡Sí, sí, era mi vagón, mi coraza, mi refugio, mi tranquilidad!
Milésimas de segundo antes de que se cerraran las puertas del vagón, una mujer con una rapidez impresionante lo abordó. De un solo movimiento cayó sobre el asiento ubicado frente al mío. Al verla, todo mi cuerpo empezó a ponerse chinito, a temblar y a empaparse con un sudor helado provocado por el pavor que me causó su controvertida presencia. Ella gritaba, animosamente gritaba... no, ella no gritaba, cantaba en voz alta una canción. Sus enormes audífonos plateados parecían ser el karaoke por donde le llegaba la música que le acompañaba.
La voz de la mujer entonaba claro y fuerte: Sweet child of mine, una de mis canciones preferidas de Guns N´ Roses. Al escucharla me entró la duda sobre si ella la había elegido a propósito o la cantaba por mera casualidad. A medida que la canción avanzaba mis nervios y temores desaparecieron hasta llenarme de confianza. Pronto dejé escapar mi voz como un exquisito dueto con la voz de la mujer. Ambas voces parecían ser acompañadas (al menos en mi imaginación) por el maravilloso grupo.
Con cierta discreción miré a la mujer, podía jurar que nunca la había visto, sin embargo, algo dentro de mí juraba lo contrario. Durante un buen rato traté de ubicarla en algún lugar o en algún momento de mi vida, pero no lo conseguí, así que preferí dejar de hacerlo. No obstante, mis ojos no la perdían de vista.
Por su estrafalaria vestimenta la asocié con la corriente fanática del heavy metal, sin embargo, ese vestuario en ella parecía muy exclusivo… muy de ella, es decir, lejos de un nihilismo vulgar y fervoroso.
La mujer traía puesta una chamarra negra de piel con los botones abiertos, debajo de ella lucía una blusa de organdí negro y transparente que cubría sutilmente sus firmes senos soportados por un brasier negro bastante sugestivo. Sus caderas parecían ser protegidas por una minifalda que hacía juego con la chamarra; ambas estaban repletas de estoperoles plateados. Un cinturón ancho de charol decorado por pequeñas figuras metálicas apretaba su cintura. Sus gruesas y largas piernas estaban semicubiertas por unas mallas negras, mallas tejidas como redes de pesca, rotas en unas partes y desgarradas en otras. Traía unas botas negras de cuero amarradas con agujetas plateadas, estas pesadas botas ocultaban sus pies y parte de sus “chamorros”. Sus ojos se hallaban escondidos detrás de unos anteojos oscuros, tan oscuros que parecían espejos. Un lápiz labial negro engrandecía sus labios y enmarcaban tenebrosamente sus dientes amarillentos por la nicotina; dientes medianos y parejitos. Ella, a pesar de ser una mujer muy fuera de mi gusto, se miraba irónicamente amatoria.
El tren inició su trayecto. Discretamente la seguí mirando y ella indiscretamente seguía cantando. Llegamos a la estación Puebla y nadie se subió a nuestro vagón, digo nuestro y no mío porque lo íbamos compartiendo ella conmigo y yo con ella. ¡Era de los dos!
No sé por qué, pero hasta ese momento no había puesto atención a un tatuaje de la muerte que la mujer traía plasmado sobre su piel. Estaba delicadamente trazado por unas líneas finas que iniciaban eróticamente en la parte media de sus senos y terminaba en su garganta. Simulaba la catrina; una imagen que no provocaba miedo, más bien despertaba otro sentimiento; un extraño deseo hacia el propio tatuaje, es decir, un vil y erótico antojo hacia la muerte misma. La mujer notó mi impertinente mirada hacia su tatuaje y de inmediato dejó de cantar y se retiró los lentes dirigiendo sus ojos -mentirosamente negros- hacia los míos. Me miró sin coraje, es más, me atrevo a decir que hasta con cierta anuencia. Sus labios negros dejaron escapar una fría pero afrodisiaca sonrisa. Al verla sonriendo de esa forma y sin gafas supe de donde la conocía, ella era el álgido y desconocido rostro que había corrido por la larga película de mi memoria a la hora de la comida. Al mirarla, nuevamente el terror se metió hasta lo más profundo de mis huesos dejándome impotente, inerme y sumiso a su malévola mirada. La mujer volvió a colocarse sus lentes, dejó de reír y, sin más, continuó cantando en unos tonos tan bajos que parecían venir del infierno.
Yo continuaba con mis espasmos y mi sudor, entonces preferí cerrar mis ojos para evitar mirar a la mujer. Cuando llegamos a la estación Ciudad Deportiva sentí como el lugar estaba impregnado de olores a deportistas de varios juegos, a gasolina, a autos deportivos, Todos esos olores dormitaban dentro de la estación y, patéticamente, en vez de acompañarla recrudecían la soledad de sus andenes. Nuevamente nadie subió al vagón y seguimos nuestro viaje.
No sé cuántas veces se había repetido la canción, pero la mujer continuaba con su canto y el convoy iniciaba su rodar por la vía inclinada rumbo a la siguiente parada. Estando sobre el declive, antes de ingresar al oscuro túnel se dejaron escuchar unos estruendosos rayos que casi reventaron mis tímpanos, una desmesurada tormenta eléctrica -cegadora y prepotente- empezó un chocante juego de luces y sombras aterradores en contra de la gran ciudad. La energía eléctrica se cortó de golpe y el convoy se detuvo de golpe y sin darme tiempo a sujetarme me lanzó contra tubos y asientos dejándome todo golpeado y tirado boca arriba sobre el asqueroso piso del vagón.
El Metro y toda la ciudad quedaron cubiertos por una oscuridad fúnebre y silenciosa. De pronto comencé a escuchar en los audífonos de la mujer Sweet child of mine interpretada por Guns N´ Roses, la ausencia de la voz de la chica me hizo pensar que ella había sufrido un trágico accidente.
La obscuridad no me permitía ver nada, pero de pronto sentí que algo se movía encima de mí, a tientas descubrí la falda de la mujer, traté de preguntarle cómo se encontraba, pero la voz no me salía, mi garganta estaba seca y no me respondía, entonces, desesperadamente, busqué algo de donde asirme para levantarme y revisar a la mujer, pero su cuerpo que se encontraba encima del mío me lo impedía. De pronto sentí que ella me abrazó y el temor no se hizo esperar, comencé a sudar frío y a temblar. El silencio me permitió escuchar mis agitados latidos y mi angustiada respiración, curiosamente, no escuchaba los de ella, no obstante, por sus movimientos sabía que ella estaba con vida. La confusión que me produjo esto me orilló a preguntarme si ella era la mujer de negro o era la muerte que había decidido venir por mí.
La mujer acercó su cabeza a la mía provocando que su vaho entrara por mis oídos recorriendo todas mis venas y llenando de un calor desconocido todo mi ser. Inesperadamente mi sexo sufrió una erección. La mujer rozaba ligeramente mis labios con los suyos como una clara invitación para que la besara, pero yo no lo pode hacer, aunque lo deseaba no me atreví. Al percibir mi miedo, ella tomó la iniciativa y comenzó a besar mis labios de una manera sensual, suave y excitante. Poco a poco su lengua empezó a recorrer mi rostro, mis oídos, mi cuello y fue bajando lentamente por mi pecho. Tirados en el piso, extendidos cuan largos éramos, comenzamos a rodar sin brújula y sin bitácora, al azar, un azar permeado de destino no escrito ni esperado.
La oscuridad no me permitía ver su lenguaje corporal, pero al escuchar sus gemidos imaginaba cuan intensos y placenteros eran. Los giros de nuestros cuerpos se volvieron atrabancados, ella en mí y yo en ella, ambos empapados en sudores, en perfume y en olores de bisutería barata. Todo esto resultaba me paradójico, nunca antes lo había imaginado así: verdad-mentira, pecado-virtud, amor-desamor. Sin cuestionarme lo disfrutaba me entregaba a ella echando al olvido la maldita persecución. Su karaoke, nuevamente, lanzaba al aire la bella melodía volviéndola cómplice clandestina de nuestra furiosa entrega. Ella había dejado de cantar… gemía, gemía eróticamente al compás de la sensual canción y yo la tarareaba con el mismo placer.
Después de no sé cuánto rato de estar detenido, el convoy poco a poco se ponía en marcha, lo hacía despacio, muy despacio, como si no quisiera llegar a la siguiente parada. El andén de la estación Velódromo estaba más oscuro y silencioso que lo antes recorrido, no se escuchaban ni los giros burlones de las bicicletas que siempre oía cuando lo recorría.
El tren se mostraba respetuoso de ese momento de desvarío que estábamos viviendo la mujer y yo. Maliciosamente yo sentía que nuestro vagón se había vuelto partícipe de la impertinencia y libertad de dos seres tan distantes, pero tan cercanos que llegué a considerarlo nuestro ataúd.
El convoy se introdujo en el túnel ulterior volviendo más oscura la oscuridad. La mujer seguía encima de mí, sentía su peso, sus movimientos; estaba embriagado por su cuerpo sin latidos, por su rostro pegado al mío, por su sudor con olor a perfume y a bisutería barata. Finalmente, el cansancio me fue venciendo y cerré los ojos disfrutando de los recuerdos oscuros inmediatos, del placer fortuito y de la canción que nuevamente interpretaba mi amante.
Con los parpados cerrados, mis manos recorrieron su larga cabellera, sus tersas nalgas, sus gruesas piernas, su cuerpo entero. Un cuerpo vuelto el camino subliminal hacia el canto de dos amantes fortuitos. Tercamente fui cayendo en la exigencia del sueño, ese que me obligaba a no escuchar los escandalosos avisos de llegada, que me obligaba a dejar de prestar atención al abrir y cerrar de puertas del Metro; ese sueño que me exigía viajar en el tiempo sin fechas ni horarios, sin razonamientos ni vaticinios, sin tinos ni errores, de plano, sin arrepentimientos; sueño provocado por la melodiosa voz de mi amante de negro… de mi perseguidora.
Durmiendo sin dormir sentía como ella descansaba sobre mi pecho, entre mezcla de sudores y de vahos dejaba caer en mis oídos un verso avizor de la interminable canción anunciando su partida.
Estación Centro Médico, prudente y sombría, respetuosa y grosera del dolor y de la enfermedad; pabellón de salvación o de muerte, ahí percibí un asqueroso aroma a medicamentos, a drogas y escuché voces de muertos que me invitaban a morir y sufrí jalones de moribundos que no aceptaban mi abandono; ahí sentí a mi amante abandonar presurosamente el vagón sin decirme adiós. Ahí me asaltó el deseo de bajar a su alcance para enterrarla sin duelo ni epitafio en el Panteón Frances. Ahí, sin más, caí en el quinto sueño sin llegar despierto a Tacubaya.
Estación Tacubaya importante terminal de línea con correspondencia doble: correspondencia con mi quinto sueño y con mi último despertar; con Guns N Roses y con Sweet child of mine; con la mujer de negro y con su melodiosa voz; con la exquisita realidad y con la erótica fantasía; con mi tétrica persecutora y con la excitante catrina; con mi yo cansado y con mi espalda golpeada; con mi onírico viaje y con mi vigilia orgásmica.


FIN

Texto agregado el 17-08-2021, y leído por 45 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
18-08-2021 Wow, por donde empiezo a descifrar? o quizás lo deje así tal cual, para aquellos que amamos la literatura. MujerDiosa
18-08-2021 Un relato muy interesante, sucedido entre sueño y realidad. Muy sugerente la imagen de la mujer abrazada al protagonista, ¿mujer de veras, fantasma, la pelona?... El metro da un sin fin de posibilidades para urdir historias. Muy bien. Saludos, Jerry. maparo55
17-08-2021 Excelentes recursos narrativos. Me impresionó el final. Saludos. ValentinoHND
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]