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OMNI-CIENCIA

Tenía nueve o diez años cuando mi padre me llevó a desayunar al Sanborns de los Azulejos, no conocía ese histórico y hermoso lugar. Desde que llegamos su elegante fachada tejida con azulejos de talavera poblana, sus recias columnas, sus esplendidos ventanales y sus románticos balcones cubiertos de sublime y fuerte talavera enriquecieron mi vista. Al entrar, todo el interior del Palacio Azul me colmó de asombro, imaginé a mi padre como un rey vestido de capa roja y corona de oro tomando de la mano a su hijo el príncipe Javier.
Entrando al restaurant nos asignaron una mesa ubicada en las faldas de una vieja e imponente escalera; la presunción de su arquitectura estaba sustentada por unas desgastadas huellas de concreto, unas contrahuellas de azulejos y un portentoso barandal negro de hierro forjado. Desde la silla donde me encontraba descubrí, en el piso siguiente, una pared con una entrada central simulando un enigmático arco, sobre esta había una pintura que parecía tener vida propia. En ese entonces, no sabía que era el mural “OMNIS-CiENCIA” de José Clemente Orozco, y, por supuesto, tampoco tenía la menor idea de lo que significaba, no obstante, el contenido de esa extraña y maravillosa obra provocó en mis adentros un sentimiento aterrador. Desde el primer contacto visual me hizo sentir como si estuviera viendo al diablo como mensajero intrínseco del mural. La pintura me hizo pensar que un ser malévolo estaba allí esperándome para llevarme hacía un lugar lejano y desconocido. La obra me provocó unos pequeños cólicos, incluso, me dieron ganas de volver el estómago. Sin hacer ningún comentario de mi malestar le pregunté a mi padre donde quedaban los baños, él, sin quitar la vista de su periódico Excelsior y sin la menor intención de acompañarme, me dijo: “Sube las escaleras, entra por el arco, ahí los vas a encontrar”. Subí las escaleras cogiéndome firmemente del frio barandal, iba con la cabeza agachada para no mirar el mural, al llegar al arco en lugar de cruzarlo le di la espalda y seguí subiendo hasta el siguiente piso, ya estando allí, volví mi vista a la pared del arco y a la pin-tura. Desde arriba pude mirar su belleza imponente y enigmática. No sé qué, pero algo de ella me hizo estremecer y padecer un espanto repentino que llegó hasta mis huesos. Mi pavor era fuerte, pero extrañamente la necesidad de observar el mural era más intensa.
Lentamente la fui recorriendo con la mirada; sin prisa, pero sin detenimiento, familiarizándome con todos los elementos visibles que mostraba; los hermosos y extraños colores, las enormes manos, los enigmáticos hombres, la bella mujer; con todos los elementos que la componían. De entrada, pensé que el hombre de pie era el diablo, pero enseguida lo miré tan solo como un robusto hombre totalmente desnudo que lucía una expresión de odio hacia el otro hombre de belleza femenina y fortaleza masculina que se encontraba al otro lado, este otro me imponía mucho pues posaba su rodilla derecha sobre el arco de acceso a los sanitarios dando la sensación de ser el vigía de las almas.
El hombre de pie, parecía ser oprimido por una mano ajena colocada encima de su cabeza. Su sexo era cubierto por una espada detenida por un corpulento brazo. Su expresión me causaba cierto terror. El arma blanca me pareció un símbolo de vida. La muerte no estaba dibujada de manera explícita, pero yo sentía que estaba allí, escondida en algún lugar de la obra. Mi escudriño se dirigió a la imagen del hombre en cuclillas alcancé a notar que detrás de él una especie de cruz incompleta estaba presente como una gigante cortina de luz. Estaba en eso cuando alguien tocó mi hombro haciéndome brincar de susto, era mi padre que sonriendo me dijo: “Qué diablos haces aquí, ya se te enfrió el desayuno. Vamos, baja”. Al descender me encontré de frente con el estético cuerpo de una mujer desnuda, sus senos eran ocultados por una mano varonil y un brazo fuerte; el sublime rostro de ella no ocultaba su resignación y abnegación a la vida o al todopoderoso o, tal vez, a la muerte…; creo que ni ella misma lo sabía. Al tocar el último nivel me encontré con una leyenda que en dos renglones decía: OMNIS-CIENCIA, un mensaje que me caló hasta lo más profundo de mi ser.
Llegando a la mesa, después de mi acostumbrada oración, empecé a comer sintiendo que me acompañaban misteriosamente la mujer y los hombres del hermoso mural.

Fin

Texto agregado el 13-08-2021, y leído por 63 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
14-08-2021 He comido muchas veces en ese Sanborns. eRRe
13-08-2021 Una interesante descripción del mural y de tu estancia en el interior del Sanborns de los azulejos. Me encantó tu texto. Saludos. maparo55
13-08-2021 Muy buena impresión. Saludos. ValentinoHND
13-08-2021 Toda la descripción del lugar, de tus sentimientos, es magnífica. Parece estar ahí contigo, viéndolo. Un gran abrazo. MujerDiosa
13-08-2021 Me gustaron la forma en que plasmas los detalles, me recordaste al estronauta Jason de las pomadas de Juanjo Benítez. Muy buen trabajo. Saludos desde Iquique Chile. Vejete_rockero-48
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