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Todo esto porque estábamos aburridos en medio de la modorra calurosa y húmeda de enero, y es que de haber sido otro mes las cosas no se habrían dado como al final se dieron. Y decimos las cosas. Qué son las cosas. Al fin y al cabo éramos una sola cosa que iba y venía, el asunto, esa entidad que se daba a sí misma y sucedía. Y se entiende una sola cosa y no una sola persona porque una sola persona debe poder nombrarse con nombre de persona, una sola persona no podría, además, haber acumulado tanto aburrimiento.
A uno de nosotros se le ocurrió que lleváramos casetes para grabar música de esos discos que solamente podríamos encontrar en casa del Viejo: muchos vinilos que, creíamos, fueron coleccionados desde la época de su abuelo o de cuando se inventaron los discos y que ahora estaban guardados en la pieza del fondo donde él solía pasarse el día entero, sobre todo en el verano cuando el calor y la falta de ocupaciones promovían la vagancia y demás vicios. También tenía un equipo de audio completo con tocadiscos y casetera doble para grabar, ecualizador y unos parlantes que sonaban bien fuerte. Otro de nosotros dijo que mejor sería ir con alguna propuesta, ya que no era improbable que el Viejo se sintiera usado ante nuestra visita con el puro interés en grabar música, conque sería mejor ir antes adonde los negros y conseguir algo de porro y caerle con la bonita excusa de fumar, aunque no teníamos plata extra para lujos y esto era un problema. Entonces una planteó el inconveniente de que si aparecíamos con faso él podría sentir que nos interesaba la privacidad de su pieza del fondo más que compartir la fumadera con él, lo cual no nos sonó para nada descabellado, y coincidimos en que había que idear otro plan. Cómo hacíamos para ir a lo del Viejo sin riesgo de ponerlo resentido. En eso meditamos un rato en voz alta sin ser para nada originales hasta que una de nosotros propuso ir a visitarlo a secas sin llevar nada de nada y compartir nuestro aburrimiento con alguien más hasta que surgiera algo divertido. Cambiar de aire, en eso quedamos, pero nos llevamos de canuto una pila de casetes en una mochila por si acaso.
Al llegar nos atendió la tía. Pasó que la madre se fue de vacaciones y dejó a su hermana a cargo de la casa. Llevaba una camiseta larga y escotada sin mangas, las piernas al aire y ojotas; nos imaginamos que estaba en bombacha o ni siquiera, tan así que uno resopló largo y suavecito como un silbido, otra dijo epa epa y el resto nos tentamos. No nos conocía y nos miró de arriba abajo con desconfianza hasta que por fin optó por avisarle al Viejo, que, por supuesto, estaba en la pieza del fondo, y nos cerró la puerta en la cara antes de que pudiéramos espiarle el culo. Uno dijo bajito que estaba para sacudirla un poco bastante mucho; otra, que no daba para tanto la señora y que debía de estar fría de ahí abajito.
No enseguida el Viejo abrió. ¡Hola, Viejo! dijimos. Entendíamos que le gustaba su apodo aunque no lo admitiera. De haberlo llamado Jorge, con cierta solemnidad impropia, por ahí sospechaba que algo raro nos traeríamos. Con todo, nos pareció que puso cara de sorpresa; nos preguntó enseguida cómo nos iba yendo y qué andábamos haciendo por ahí. En ese momento nos quedamos callados porque no habíamos ensayado respuestas para preguntas como estas. Uno de nosotros le preguntó cómo andaba él y sin esperar devolución le recordó el tiempo que llevábamos sin vernos, a lo que el Viejo respondió que bien, bien, que era muy cierto que no nos veíamos desde un ya lejano buen día aunque él no había podido lamentarlo porque andaba comprometido con sus cosas en su pieza, tenía casualmente un ventilador nuevo y salía poco. Ese breve diálogo dio tiempo a otro de nosotros de elaborar una mejor respuesta y entonces le dijo que nos acordamos de él apenas unas horas antes cuando pasaron un tema en la radio que sabíamos que le gustaba mucho y así decidimos que era muy buena cosa ir a visitarlo, y que esta decisión nos había entusiasmado un montón. Mientras todo esto sucedía el cuerpo del Viejo se mantenía firme del lado de adentro; tenía el puño derecho apoyado en el marco de la puerta y la cabeza descansando a su vez sobre el puño derecho, y con la mano izquierda y el brazo hacia abajo sostenía la puerta para que no se moviera, o al menos esto nos pareció. Sea como fuese, lo de la canción de la radio no sirvió para que cambiara de posición ni de actitud y nos hiciera pasar; más bien nos dedicó un gesto, algo como una carita de simpático, lo que viniendo de él no era una insignificancia habida cuenta de que lo llamábamos como lo llamábamos inspirados en sus rasgos repulsivos y las maneras toscas de expresarse, en su postura apiltrafada y su aspecto infame.
A todo esto y para nosotros nuestro Viejo era de verdad. De verdad como la apariencia de las flores silvestres sin aditivos ni cuidados o como la de un animal muerto devenido en carroña en una estepa al viento. Había por aquellos años en las bandas punk y heavy metal una especie de culto a la fealdad, a lo repulsivo, a cierta maldad, cantantes que se hicieron llamar a sí mismos con motes despectivos y bandas con nombres de cosas horribles y grotescas aun cuando, en fin, resultaba ser que estos personajes dedicaban sus buenos tiempos y dinerillos a la estética y al cuidado de la propia imagen como cualquier vedette o modelo publicitario. No eran, a nuestro modo de ver, otra cosa que niños viejos portadores de vicios caros que exigían cariño y aceptación, mientras que nuestro Viejo consistía en una especie de diamante en bruto de lo cutre, de lo fulero y de lo malvado, y para nosotros pongamos que un espectáculo pornográfico que no sexual, sino más bien de una pornografía comparable a la de la política, a esas apariciones obscenas de tipos que aun queriendo mostrar compromiso cívico y honorable en pos de aprobación y de votos logran afianzarse más en la mentira, en lo corrupto y lo putrefacto a fuerza de oscuros intereses y suelen despertar en la ciudadanía odio y rechazo a la vez que resignación y desesperanza porque todo el mundo sabe quiénes son en realidad y cómo son las cosas, y esto es: cualquiera podía hacerse una idea confiable sobre quién era el Viejo en realidad con solo pararse frente a él. Nuestro Viejo, vamos, era un punk de verdad que no se habría tomado la molestia de mirarse en el espejo a la hora de ponerse un trapo para salir a la calle, no demostraba el menor interés en lo que de él se dijera ni mucho menos gastaba saliva en expresar sus ideas y gustos al prójimo, y en cuanto al trato que mantenía con nosotros no podríamos decir que su afinidad por nuestra compañía pudiera rivalizar siquiera con el afecto que le tendría a su ventilador nuevo.
Entonces apareció Rocío. Vimos surgir de la penumbra detrás del Viejo su cara con cierta expresión curiosa. Todos nos queríamos coger a Rocío desde siempre. O todos menos alguna de nosotros aunque, podría decirse, después de un cuartito de ácido y unas birras en la pileta al sol nadie apostaría una moneda a que no se habría echado un polvo con Rocío igual que el resto de nosotros sin ácido ni birra ni nada. Entonces Rocío también estaba ahí. Dijimos ¡Hola, Rocío! y ella salió a pesar de cierta resistencia corporal del Viejo y nos saludó. A la luz del día la vimos como se suponía que debía ser Rocío: su facha provinciana, el cabello marrón oscuro lacio arriba y apenas enrulado en las puntas que llovía sobre una cara como las que cualquiera podría encontrar entre las gradas de un corso de febrero entre tantas similares, de bastante teta, piernas largas y lindo culo, de aires putones aunque siempre rodeada de primos menores y parientes vigilantes de mirada borrachita y severa a la vez. Todo esto y más era Rocío para nosotros y, por cierto, como encontrarnos con ella justo ahí fue una enorme sorpresa, el mero hecho de verla nos produjo excitación y alegría.
Resultó que estaban pero bien de parlanchinas esos dos y nosotros los interrumpimos. Aún en la calle Rocío nos contó, delante de él, algo de que andaba con mal de amores y ella le hacía de confidente, nos ponía esas risitas mientras al Viejo, lo veíamos, se le achicharraban los ojos como puntitos de odio. Esto nos bajó un poco la moral: si el tipo ya de por sí era parco y misántropo, más odioso sería, y sobre todo para con nosotros, con el corazón estropeado.
El único novio que le conocimos le duró al Viejo casi un año, un flaco alto de estilo punk o más bien ciruja que olía a marihuana todo el tiempo y con quien cursaba alguna materia de primero en la universidad. No pocas noches los cruzamos por el centro en las cercanías de los bares donde solían ser molidos a palos para después acabar la excursión escupiendo sangre en alguna plaza a la madrugada con la ropa hecha harapos pero sin policías cerca; y es que si algo traumatizaba al Viejo eran los uniformados, las sirenas y las licuadoras chispeantes de los patrulleros con todo lo que eso implicaba. El único novio que le conocimos al viejo se llamaba Javier y quería ser arquitecto; le gustaban la música, el cine clásico, el teatro del underground y los bares donde tocaban las bandas de barrio. Por esos tiempos Jorge no era un eremita como después, o no tanto. Se lo veía deambular con los auriculares puestos y cambiando pilas, asiduo concurrente de las disquerías de culto donde se hacía de material que no se conseguía en cualquier otro lado; para escuchar bandas raras o inéditos había que ir a visitarlo. Se dijo que un buen día Javier agarró todas sus cosas y se fue a vivir a Italia. El caso es que nunca más supimos de él. Parece que desde entonces las aventuras de Jorge no volvieron a ser las mismas o eso creímos. Ahora le daba la lata a Rocío en su búnker inexpugnable hasta que aparecimos nosotros.
Qué van a hacer, nos preguntó Rocío, tal vez con la suposición de que nuestra visita estaba pactada. Nos quedamos callados viéndonos las caras porque tampoco teníamos una respuesta plausible para eso. Enseguida propuso hacer una fumata ya que estábamos y para levantar el día, a lo que contestamos que nos encantaría pero andábamos escasos de fondos, y ella siguió con que podríamos hacer una vaquita entre todos e ir adonde los negros. Este asunto al Viejo, que no se había movido ni un milímetro de su puerta, pareció alegrarlo, tanto así que metió las manos en los bolsillos y le alcanzó a Rocío unos billetes. Después dijo que mientras nosotros íbamos con ella a conseguir faso él prepararía unos discos que nos encantaría escuchar a todos. Quedamos muy satisfechos con esas palabras, y más todavía con el hecho de que Rocío nos acompañaría en el viaje para nada corto hasta donde los negros. Y es que eran decenas de cuadras de un trayecto que más nos habría valido hacer en transporte público de no ser porque necesitábamos el efectivo para invertirlo de una mejor manera.
Ya en el camino llevábamos la moral bien arriba y caímos en la cuenta de que en tanto más nos alejábamos de la puerta de lo del Viejo más cerca estábamos de entrar en lo del Viejo a pasar un buen rato entre porritos y buena música. Hablamos con entusiasmo de esta relación espaciotemporal de la que éramos artífices de tal manera que Rocío quedó alucinada. Le preguntamos entonces qué había pasado con el corazón del Viejo y qué papel estaba haciendo ella en semejante asunto. No nos quiso contar detalles y se encargó de aclararnos que no era una chismosa y que probablemente él no tendría ningún interés en que ella anduviera por ahí divulgando sus intimidades. Nos dijo, eso sí, que se había peleado con un pibe que le gustaba mucho, lo cual no nos pareció gran cosa porque eso era justamente lo que nos habíamos imaginado cuando la escenita de la puerta. También nos preguntó qué tanto podría interesarnos el corazón del Viejo; le contestamos que en realidad no nos interesaba él sino más bien lo que podríamos llegar a hacer en su pieza del fondo. Ah pero entonces ustedes no lo quieren al Viejo. ¡No, Rocío, no lo queremos con el amor fraternal ni nos interesan lo que le ocurra con sus parejas y su intimidad en general! Ah pero entonces ustedes no tienen empatía ni sentimientos. ¡Sí, Rocío, nos encantan la empatía y los buenos sentimientos porque son cómodos, bonitos y traen buena suerte! Ah pero se aprovechan del Viejo. ¡Cómo nos vamos a aprovechar de alguien como él! ¡Si además nos encanta el Viejo y amamos las cosas que fluyen ante nosotros cuando compartimos su espacio con él! Ah pero compartir el espacio no es lo mismo que conectar con alguien. Nosotros no queremos conectar con alguien, Rocío, somos esa conexión. ¡Queremos ir a la pieza del fondo del Viejo porque es bueno contra el aburrimiento y nos pone bien!
Como a los cuatro kilómetros de caminata comenzamos a padecer el rigor de enero. Aunque ya oscurecida, la ciudad todavía quemaba en los pies y se hacía sentir en la templada pesantez del aire, en las cabezas, en las gotas de transpiración que bajaban por las mejillas hasta el cuello o en las manos húmedas. Ya teníamos sed y un poco de hambre, así que hubo que comprar víveres en un quiosco. Después paramos en una plaza y comimos y tomamos. Se encendieron las luces. Tuvimos la sensación de que en esa plaza no se estaba para nada mal, dijimos que era una lástima que nos quedara un buen trecho hasta donde los negros porque ese lugar con sus árboles y el arrullo cercano de la avenida era estupendo para unos fasitos y mirar pasar a la gente. Entonces sucedió algo con Rocío. Al principio nos costó darnos cuenta de lo que era.
La gente se parece a las ciudades, lleva consigo sus ciudades a dondequiera que va. ¿Qué otra cosa podría albergar sino la eternidad de una ciudad de existir realmente eso que llamamos el alma? Una maravilla, un organismo y su identidad verdadera la ciudad es el único espacio donde el mundo y sus estructuras funcionan como deberían funcionar y donde pasan las cosas que son. No obstante arraiga en la naturaleza humana la depravación en cualquier sentido: en el del aislamiento, en el de la supuesta conexión con la naturaleza a secas que identificamos con el verdor del campo siempre domesticado y pisoteado, en el de la dizque inmensidad de los mares, en el de no hacer nada, en el de la ideas de libertad y de morirse, etcétera. Igual a nosotros ya nos gustaba la ciudad: ser parte de la criatura, recorrer sus venas y sus arterias siempre nuestras, siempre suyos.
El día estuvo al fin perdido, agotado, disuelto en el viaje. Ya a la hora de la cena o más o menos se nos hizo evidente que el Viejo, a conciencia o no, se había deshecho de nosotros y de Rocío con unos pocos billetes y una invitación. Con el mero hecho de convidarnos logró retomar su soledad. Lo intuimos sentado a la mesa con la tía de las piernas al aire. Después volvería a su pieza del fondo que nos era entonces tan lejana. Hablando de Rocío, desapareció. Ya no estaba o ya no era más Rocío, ahora era una de nosotros.
En el suburbio al límite de la otra ciudad, un barrio ajeno con otro nombre, al fin encontramos a unos negros que tomaban cerveza de parados, así nomás. Nos encantaban los negros y su hábitat; los queríamos ahí mismo, lejos de los mortales y listos para recibirnos. Detrás de ellos la precariedad al desnudo, una ciudad satélite en funcionamiento viva y latiente como cualquier otra en su perpetuidad, un arroyo muerto y nebuloso de malolientes y negras aguas, del otro lado la oscuridad del basural y el silencio fúnebre del descampado bajo el cielo estrellado. Y es que entre sus estrellas el campo siempre oculta algo que se defiende de nosotros en silencio mientras las ciudades bajo otro cielo gritan lo que la tierra calla con mezquindad. En cambio nosotros éramos animalitos más bien del ruido y del movimiento, y eso llevábamos. Lo que no teníamos entonces era los medios para obtener lo que fuimos a buscar, tal vez por haber gastado demasiado durante el viaje, y poco y nada pudimos comprar. Hubo que recurrir al trueque de chucherías y los casetes sin grabar por un poco de humo, botellas y algo de ruidosa compañía. Al lado de una zanja en el hallazgo casual de los fríos restos de un sedán incendiado panza arriba trepamos en turnos y nos hamacamos como los niños de las plazas acaso para celebrar el fin del camino. Lo único que no teníamos era lo que habíamos ido a buscar.


Texto agregado el 23-04-2021, y leído por 500 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
25-08-2021 ¡Buenísimo! Las ciudades son la relación entre su gente. Nadie está hecho de una vez y para siempre (valga el uso indistinto del género), sino que nos vamos haciendo con el otro, con ese que comparte nuestro espacio y tiempo, así con Rocío en esta expedición. En este sentido la naturaleza a secas es mezquina. Genial el diálogo de los amigos con Rocío respecto al interés por el Viejo. La relación (conexión) que somos con alguien es lo que buscamos, lo que nos atrae, lo que nos hace ser. tanag
23-08-2021 No sé, es raro leer esos diálogos dentro del relato. Creo que te salen más frescos y punzantes cuando los escribes aparte. No entendí bien el hilo conductor del cuento. Saludos kroston
02-07-2021 La expedición transcurre en la desidia envuelta en cosas que no llevan a ninguna parte, pero que entretienen. En esa ocupación, uno no piensa, o más bien "alguna de nosotros" los que se mueven como ameba, masa colectiva sinsentido. Parece que hubieras querido ser políticamente correcto con ese carácter inclusivo del lenguaje actualmente. Toda la aventura me recuerda a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Es un texto pesado, con una cadencia veraniega. Saludos iolanthe
13-06-2021 Me recuerda a un cuentín tuyo de un río o algo así que escribiste hace años, o quizás no fuera tuyo, pero me recuerda igualmente por esa añoranza de camaradería del grupo de amigos, la cosa. Egon
13-06-2021 Genial cómo logras reproducir la sensación amorfa del grupo, cómo consigues que se exprese de manera impersonal sin que obstruya el texto. Funciona muy bien, tan bien que se te va de las manos y comienza a engullir la historia entera. Ni idea de qué le sucede a Rocío aunque supongo que tendrá algo que ver con la ameba gigante que engulle todo, así como ni idea de para qué narrar la excursión de la cosa más allá de permitir que viva. Egon
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