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El tío le dice que se va y la abuela sigue sacando yuyos de la quinta como si nada, seguro se lo veía venir. Tío Alberto no es como nosotros, él siempre tuvo modismos de ciudad, las uñas bien limpias, el pelo a la moda, la cara como recién afeitada. No se le da bien el trabajo en el campo, odia la tierra y los tractores, tampoco le gustan las vacas, dice que son estúpidas. La abuela comentó una vez que la culpa debió ser de ella que lo trajo al mundo de grande, por eso tuvo todos los caprichos. Tío Alberto es un poco mayor que yo, siete años nomás mayor que yo. Ahí le está diciendo a la abuela que se va a probar suerte a Buenos Aires, que se cansó de estar acá, que ni bien encuentre algo le va a escribir, que la va a venir a visitar cuando pueda.
La abuela ni lo mira, hace rato que le habla lo justo. Yo le dije el otro día que por qué le hablaba poco y no me contestó, me mandó a buscar dos hojas de laurel para el estofado y me sacó de encima. El tío piensa que la abuela lo quiere menos de lo que lo quería a mi papá, que por eso le habla poco, que si se hubiera muerto él la abuela estaría más feliz.
Ahora el tío viene para mi lado. Yo hago que lleno un balde con el agua de la bomba porque no sé qué hacer, me abraza medio de costado y me cuenta lo mismo que le estuvo contando a la abuela. Yo al tío lo quiero. Y a la abuela también. No me gusta que se vaya y se lo digo. Pero seguro que lo digo muy bajito porque él igual agarra el bolso que había dejado en la puerta de la casa y entra a caminar para el lado del pueblo. La abuela tampoco mira cómo se va el tío, alcanzo a ver que se limpia un poco de barro que se le hizo en la cara pero nada más.
Yo sí me quedo un rato largo viendo cómo su figura se achica a medida que se aleja, no quiero apartar los ojos, lo miro hasta que ya no puedo reconocerlo entre la tierra del camino.
Cenamos las dos solas por primera vez, es raro estar sin los comentarios del tío. A mí siempre me hacía reír con las cosas que decía pero la abuela resoplaba y resoplaba hasta que se iba a dormir. Ahora hay un silencio que no lo tapan ni los grillos. Tengo ganas de preguntar cualquier cosa como para que la cocina se llene de algo.
En mitad de la noche me despabilo porque tengo un sueño feo, sueño que soy vieja y rompo las cartas que manda el tío. Me miro las manos en un reflejo que entra desde afuera y las veo igual que siempre. Escucho que la abuela se mueve en la pieza de al lado, ya más tranquila me vuelvo a dormir.
Me despierta el galgo que ladra como loco, debe estar enrabietado porque anoche me olvidé de darle de comer. Me estiro despacio en la cama para ir acomodando el cuerpo al trajín del día, ya se empieza a quejar. Las que más molestan son las manos: a veces me entra un dolor entre los dedos que parece que estoy agarrando una brasa. Me levanto medio a las chuequeadas, pongo la pava en el fuego y salgo a tirarle la yerba al mate. A lo lejos veo una camioneta desaparecer por el camino, seguro que era por eso que ladraba el galgo. Quién sería. Cuando voy a entrar veo el sobre. Lo levanto como si fuera un tesoro, casi convencida de que no es para mí, pero lo miro bien y tiene mi nombre. De Buenos Aires viene. De tío Alberto. Hace mucho tiempo que no pienso en tío Alberto, lo arrinconé en la memoria, capaz que hasta lo creí muerto y por ahí la abuela también se sintió huérfana de hijos porque nunca volvió a nombrarlo. Recuerdo que cuando empezaron a llegar las cartas las quemaba sin abrir en la cocina a leña, aprovechaba que me iba a acostar y se quedaba mirando los dibujos que hacían las llamas. Yo la espiaba a veces, la veía apretar la boca con la misma tenacidad con que rompía la escarcha en los inviernos en que teníamos que trabajar el doble, solas las dos, para no perderlo todo. En la inundación que se llevó las vacas que el tío tanto detestaba tampoco lo nombró. Ni en las tardes en que se quedaba perdida mirando el camino. Ni cuando se moría. Nunca.
Dejo la carta sobre la mesa y se me da por mirar la cocina a leña que me empeño en conservar al lado de la otra. Hace mucho que no se usa.

Texto agregado el 10-01-2021, y leído por 241 visitantes. (22 votos)


Lectores Opinan
28-03-2021 Me borró el comentario por demasiado largo. Le diré que esta elegía rural me hizo recordar a Ricardo Guiraldés y la poesía descarnada de Faulkner. No soy dado al elogio fácil, incluso no busco correspondencia de leer para ser leído. Con usted leo para saborear la maestría, el buen hacer literario, con ese toque argentino que ha enaltecido la lengua española. Gracias por tanta emoción derramada en cada frase. Un saludo afectuoso. Altamira
24-03-2021 Como quisiera saber de literatura para poder describir desde un punto literario este monumento de letras... Solo digo que es bellisimo... Que magnífico es leer a alguien que cabalga en lo descrito y hace magia de los relatos de la rutina costumbrista... edrapecor
17-02-2021 Qué bien narras el cotidiano vivir, disfruté la lectura, y sus silencios. remos
16-02-2021 Hace mucho que no te visito y me estaba perdiendo un cuentazo. La próxima tirame por la cabeza con la pava (pero sin agua por favor) así me despierto y te leo. Admiro la facilidad que tenés para capturar al lector. Abrazo! IGnus
11-02-2021 Mi sueño es tener una choza en algún alejado campo, donde poder cultivar mis tomates y mi planta de marihuana. Sentarme en el porche en las noches estrelladas con una buena y helada piscola (pisco con bebida cola) y fumar un buen porro de hierba fresca y natural; no esa mierda prensada que venden hoy en día. Tu texto rápido, fluido, tierno (si se quiere), entretenido, y de una cotidianidad que el progreso nos hizo perder. Muy bien; me gustó. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
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