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La traía a ella. Lo supe por cómo acariciaba el bolsillo de la bombacha de campo, por cómo se acercaba sin ningún amague hacia la cama de mi padre. Las alpargatas no hicieron ruido cuando caminó, la boina parecía una aureola de santo negro. Juan la traía a ella. La misma que me tenía prohibido tocar cada vez que iba a verlo al galponcito donde vivía, a unos trescientos metros de la casa grande. De mi casa. Esa no se toca, había dicho cuando me quise acercar por primera vez. A las demás sí dejaba que las sacara de sus frascos para contarles las patas y mirarles de cerca los quelíceros. La Cata era la más confiable, la más cariñosa. Cata por Catalina, la vieja que cocinaba para los peones: tenía el mismo culo grande y saltón. Felpa era la suavecita pero a veces se enojaba cuando la cargoseaba mucho y una vez me dejó dos marcas en la muñeca que me ardieron bastante. Sombra me daba un poco de impresión al principio porque saltaba, se hacía chiquita y de golpe la tenía en el hombro o en la cabeza, sus ojos brillando como si fueran de vidrio.
Tenía los ojos igual a los de mi padre cuando estaba borracho y me perseguía con el cinturón en la mano para enseñarme, para que no fuera como mi madre.
A veces Juan se llevaba alguna para que lo acompañara según el ánimo que tuviera. Con el tiempo empecé a saber cómo se sentía dependiendo de cuál elegía: la Cata cuando estaba triste, Felpa si andaba huraño, Sombra si tenía ganas de jugar. A ella no la llevaba.
A mí tampoco me llevaba al campo mi padre, decía que las mujeres se quedaban en la casa, que no servían en otro lado. Se iba cuando empezaba a clarear mientras yo lo miraba desaparecer al galope desde mi ventana.
Salíamos a buscarles alimento. A la Cata le gustaban las lauchas, armábamos trampas para dárselas vivas, las metíamos en su frasco y ella las abrazaba con todas sus patas. Para Felpa conseguíamos grillos, escarabajos y langostas aunque una vez le puse un tata dios, de bronca nada más, porque lo encontré comiéndose una mariposa. Con Sombra era más fácil porque se conformaba con moscas y mosquitos. Pero a ella no le buscamos. Nunca. Cuando pregunté, Juan dijo que mejor así. No me animé a averiguar por qué era mejor así.
Cada vez más seguido estaba borracho mi padre y yo me escapaba al galponcito para que no me agarrara, quedándome ahí hasta que dejaba de gritar y de romper cosas. Después volvía con la seguridad de que lo encontraría tirado en la cama, quieto como se quedaban las lauchas cuando Catita las abrazaba.
Una tarde se escapó Sombra, saltó de mi hombro a la ventana y se perdió entre los yuyos. La busqué llorando todo el rato hasta que vino Juan y me dijo que no me preocupara, que siempre regresaban, que también tenían alma y nos querían. Sin poder evitarlo miré hacia el frasco donde estaba ella. También, agregó, ella más que ninguna. Juan tuvo razón: Sombra vino a la nochecita.
Con la última borrachera me confié demasiado, llegué cuando todavía estaba despierto, me alcanzó a enganchar del brazo y me sacudió cuatro veces con el cinturón, cinco, seis… Hasta que Juan lo estampó contra el piso y me llevó a la cocina. Me lavó la espalda con jabón blanco y agua fría de la bomba mientras por el pasillo llegaban los ruidos de mi padre acomodándose para dormir.
Juan hizo una seña para que me quedara en silencio y se fue de una corrida hasta el galpón. La puerta principal tampoco hizo ruido cuando volvió y casi no lo reconocí. Tenía encima una confianza que nunca le había visto. Lo supe: la traía a ella. Se acariciaba el bolsillo como si la despidiera. Desde el borde de la cama abrió el frasco y la soltó. La vi caminar como una reina sobre la cara de mi padre que se despertó a medias para reventarla cuando sintió la mordida. Alcancé a notar el violín del lomo intacto antes de que Juan me sacara de la pieza.

Texto agregado el 06-12-2020, y leído por 306 visitantes. (20 votos)


Lectores Opinan
13-03-2021 Me gusta la arquitectura magistral con que usted urde el relato. Probablemente habré de hacer màs de una lectura para captar todos los detalles como me sucedió con continuidad de los parques de Cortázar. Pero usted denota el ritmo, el estilo la maestría de una auténtica escritora. Felicitaciones. Un saludo afectuoso. Altamira
25-02-2021 Que real.. Dolorosamente bien escrito y con la justicia del final queda el dolor de los porqué.. Que injusticia aqui de 5 puntos.. edrapecor
31-12-2020 Cáspita, muy fuerte esta historia. La aprecié. remos
26-12-2020 Muy bueno el relato Melina. En los primeros párrafos pensé que iba en broma y me fui para el corral de las ovejas. Realmente me encantó y veo que no soy el único al que le gustó. Te felicito, Carlos. carlitoscap
24-12-2020 Que puedo decirte. Me fascinó, me atrapó desde el principio. Estupendamente escrito. Solo me resta agradecerte por compartirlo y darte mis 5 ( Si se pudiera serían muchas mas) charo_luna
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