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A poco del timbre del recreo la maestra borró el pizarrón y se puso a caminar entre las mesas de su primer grado. Un chico la detuvo desde su lugar.
—Seño, ¿todos los grandes saben leer?
La maestra lo vio primero a los ojos desde arriba, después se fijó en el cuaderno donde el chico tenía hechos algunas palabras sueltas y dibujos.
—¿Cómo es eso, Mati? —intentó esclarecer.
El chico bajó la cabeza como si buscara algo entre sus cosas. Dudó con los ojos en cualquier parte unos segundos de silencio propio entre el bullicio del aula.
La mujer se agachó para hablarle a la cara y le apoyó apenas la mano en el hombro.
—Casi todos los adultos sabemos leer, Mati. Porque fuimos al cole. ¿O no?
—Pero mi papá cuando pasamos por la esquina donde hay un cartel rojo que dice “pare” él no frena y yo pensé que capaz que es porque no sabe leer. Yo no me animo a preguntarle si sabe, pero parece que no porque él siempre manda obedecer y después va y no frena cuando dice el cartel.
—A ver, Mati —empezó ella y le hizo a un lado el flequillo con la mano izquierda—. Tu papá sabe leer; yo lo sé. A veces los grandes no prestamos atención a lo que dicen los carteles porque pensamos en otras cosas, pero eso no quiere decir que no sepamos leer.
—Yo puedo leer cosas. Leo lo que dice el cartel rojo de la esquina y los otros carteles —interrumpió el chico.
—¡Claro, Mati! Vos leés muy bien. ¡Y eso que estamos empezando!… Puede ser que tu papá esté distraído o hablando con vos cuando pasa, y si no frena es porque no hace falta…
—Nunca habla —interrumpió otra vez el chico.
Ella le acarició las mejillas con ambas manos. —¿Sabés una cosa? Seguro que cuando haga falta o esté más atento va a parar ahí donde dice el cartel.
Esa noche el chico se levantó en pijama y fue hasta la cocina descalzo. Se oía el televisor desde la sala contigua. Sobre la mesa botellas de vidrio marrón, chapitas, el destapador, un paquete de cigarrillos y un encendedor. Se asomó a la sala y vio que la negra cabellera de su padre apenas sobresalía del respaldo del sillón, vio la mano del vaso sobre el apoyabrazos, vio la estela de humo a través de la movediza luz de la pantalla y silencioso volvió los pasos descalzos a la mesa. Agarró el paquete de cigarrillos y leyó, como había leído ya otras veces, los dos renglones de grandes letras negras sobre fondo blanco: “Fumar te mata”. Con un marcador negro trazó un rectángulo ajustado alrededor de “te mata”. Giró la cabeza hasta que percibió la quietud en la sala y enseguida pintó de negro su rectángulo.

Texto agregado el 01-03-2018, y leído por 366 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
21-08-2020 Me mataste con ese final. Tremendo. Qué capacidad tenés para relatar la tristeza sin nombrarla. Un lujo. MCavalieri
13-08-2019 " Nada se les puede pedir, nada. Desgraciados. GUY" No importa. Desoyendo el consejo, les pido que lean este texto. Como psicólogo les comento: Está muy bueno. https://www.loscuentos.net/cuentos/link/585/585648/full/ -ZEPOL
11-06-2019 Emotivo y grato leerte. Gracias Martilu
21-01-2019 Personajes, e historia bien planteada; un relato que cautiva y llama a la reflexión; muy bien logrado. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
05-12-2018 Ayy, no sé con quién solidarizo más. (Me recuerda a mí esto de todos los personajes que sufren). Cariños eride
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