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Serian las diez de la mañana de un día de noviembre del año 1915, cuando un grupo de niños de unos siete a diez años de edad, que se encontraban jugando a la pelota en la única calle central que tenía el caserío del Alto Larán, (hoy distrito de Chincha, del departamento de Ica en el Perú) escucharon unos extraños ronroneos y afónicas trompetas venir desde lejos por la carretera, era algo desconocido que venía temblado y arrastrando una cola de humo, formada por la polvareda que levantaba a su paso. Por el alboroto que causaban los niños gritando en la calle, la gente empezó a salir de sus casas, preocupadas por saber que les ocurría, y al mirar lo que los niños con ojos exorbitados les señalaban, se quedaron como ellos, perplejos, preguntándose asustados, qué es lo que viene como un tropel haciendo tanto ruido, que cuanto más se va acercando, mas acentuaba sus rugidos y alaridos, como una fiera adolorida. Así, aullando llego aquel extraño animal al pueblo, tosiendo y rechinando hasta detenerse lentamente en el centro de la pampa que servía de Plaza de Armas, al caserío del Alto Larán.

Era el primer automóvil que llegaba a ese pequeño pueblo perdido. La gente del caserío estaba excitada, hechizada, nunca antes habían visto cosa tan rara, y por saber de qué se trataba y a que había venido, se le fueron acercando cautelosamente. Venía la gente de todos lados, hasta rodearlo completamente. Mayor fue el asombro, cuando vieron que de él, descendieron tres personas, de las cuales, dos eran representantes del gobierno de la provincia de Chincha, que venían a inspeccionar la zona, y el tercero, vestido con uniforme y quepí gris, era el chofer o piloto del flamante automóvil. Este uniformado, se quedo cuidando la impresionante maquina, mientras las autoridades se alejaron a efectuar su inspección.

Los niños fueron los más impresionados con ese extraño medio de transporte, y la curiosidad los fue acercando cada vez más a él, pasito a paso avanzaron, con la intención de acariciarlo como se hace a un animal, burro o caballo, pero un grito salvaje los detuvo brutalmente de tan inocente intención. Era la voz del chofer, que con el puño en alto, amenazaba con castigar a todo aquel que intentara tocarlo. Todos retrocedieron temerosos, hasta los adultos, pero de entre todos ellos, solo uno se quedo parado en su sitio, ese fue Paulino, un niño de 8 años, considerado por sus amiguitos como el más intrépido y audaz por su valentía, y así lo demostró ese día, al dejar rodar su pelota hacia el automóvil, con la picara intención de, al ir a recogerla, deslizar disimuladamente su manito por aquel deslumbrante animal de metal, pero en el preciso instante en que estiraba el bracito para lograr su objetivo, se escucho un “hijo de perra”, seguido de una criminal patada del chofer, que revolcó a Paulino por el suelo, dejándolo tendido inconsciente con la boca abierta tragando tierra. El chofer, que era un hombre de unos 45 años, fuerte y alto, quiso rematarlo aun en el suelo, con otro puntapié, pero un anciano que presenciaba el cobarde acto, se lo impidió, arrojándose sobre el niño para protegerlo con su cuerpo, siendo él, el que recibió el tremendo impacto del puntapié, que fue como si lo hubiera recibido toda la gente, porque se escucho un grito desgarrador, que asusto al desgraciado, que abandono su infame intención para huir del lugar. Desconcertados y aun aturdidos por lo ocurrido, los pobladores del Alto Larán, solo atinaron a dar auxilio al anciano y niño, heridos.

Esta violenta agresión, quedo grabada en la memoria de los habitantes del Alto Laran, por muchos años, más aun en la del niño Paulino, por sentirse culpable de la agresión sufrida por el anciano, que al poco tiempo, le causo la muerte. También lo marco la injusticia de las autoridades del lugar, que justificaron la acción de aquel asesino chofer, so pretexto de haber actuado en “defensa propia” por los bienes del estado.

Pasaron los años, y Paulino dejo de ser un niño, se hizo hombre, pero en su recuerdo quedo intacto el gesto protector del anciano y la crueldad de aquel chofer.

Al cumplir los 20 años, Paulino se aventuro a viajar a Lima (la capital del Perú) en busca de un mejor porvenir. Sus primeros años fueron difíciles para él, se las paso recorriendo casi todos los distritos de la vieja Lima, trabajando en lo que podía, a veces hasta solo por comer o tener donde dormir.

Así Paulino, fue aprendiendo varios oficios, (la de guardián, mozo, albañil, chofer, etc.) El trabajo duro lo convirtió en un muchacho, fuerte y aguerrido, sobre todo por los deportes que practicaba, en especial el box, que fue en el que más destaco y con el cual también pudo haber terminado mal, debido a las malas juntas que lo rodearon e hicieron de él, su “campeón” peleador callejero, por su habilidad con los puños, pero menos mal que por la disciplina y los consejos de su entrenador, aprendió a escoger sus amigos. Paulino volvió a ser como aquel muchacho del Alto Larán, alegre, admirado y querido por todos sus amigos, como también respetado por no aguantar la injusticia, ni “pulgas” de nadie.

Paulino se enamoro y se caso con una joven limeñita de 25 años, cuando él cumplió sus 30 abriles. Vivía muy feliz con su adorada esposa, haciendo proyectos para cuando vengan sus primeros hijos, hasta que un buen día, pasando por uno de los barrios del distrito de El Porvenir, se encontró con dos de aquellos amigos de su bella época de “campeón”, se saludaron calurosamente y para festejar el reencuentro, los amigos lo invitaron a tomar una cerveza con ellos, Paulino mas por complacerlos que por placer, acepto. Entraron a un bar frecuentado por los malandrines de ese barrio. El y sus amigos para estar tranquilos, se sentaron en un rincón prudente de la sala, el ambiente era simpático, se escuchaba música criolla de una vieja radiola, entre las risas y voces de los parroquianos, con un “salud compadre” por todos lados. Paulino y sus amigos, estaban recordando esos tiempos idos, cuando un “salud, hijo de perra”, resonó desde el fondo del bar, lo dicho sobresalto a Paulino de tal manera, que soltó su vaso de cerveza, que al caer al piso, se partió en mil pedazos, sin prestar atención a lo ocurrido, se levanto como un autómata para ver quién había pronunciado ese “hijo de perra” y al mirar hacia el fondo del bar, vio a un hombre de unos 75 años, que placenteramente contaba sus hazañas a varias personas que lo rodeaban y escuchaban con atención y respeto, por sus belicoso pasado. A Paulino le brillaron los ojos y resbalaron gruesas lágrimas al reconocerlo; sus amigos sorprendidos le preguntaron

- ¿Que te pasa Paulino? estas temblando…

Y él, sonriendo les respondió:

- No se preocupen por mí, que tiemblo de alegría, porque acabo de encontrar a una persona conocida. Por favor espérenme un momento, que tengo que ir a su encuentro.

Paulino se fue directo hacia la persona que reconoció por la voz y por lo vociferado: “hijo de perra”,

- Hola - le dijo, a lo que el viejo hombre sorprendido respondió:

- ¿tú me conoces?

-Sí, - le dijo Paulino - lo que pasa es que tú, no me recuerdas, porque han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos

El anciano desconcertado lo miro de arriba abajo un buen rato, y al no poder identificarlo, agrego:

- Mira muchacho, con los años la memoria falla, hazme recordar ¿en dónde nos conocimos?

- Tú pasaste una vez por mi pueblo, el Alto Larán, ¿recuerdas aquel pueblo?

- ¿El alto Larán? ¡Ah!, ¿por ese pueblito perdido y polvoriento? tienes razón, pero de eso hace muchos años, y fue solo una sola vez, cuando trabajaba de chofer para unos representantes del gobierno de Chincha, manejaba uno de esos primeros autos Ford, que llegaron al Perú,

- Que bien, entonces debes acordarte de aquel niño, que por querer acariciar esa Ford, revolcaste de una patada, como también al anciano, por proteger con su cuerpo al niño, al que ¡tú! golpeaste salvajemente en el suelo ¡los recuerdas!!!

Paulino insistió mirándolo como una fiera enardecida a punto de embestir. Se hizo un silencio tétrico en todo el bar, el viejo hombre no respondía nada, solo veía en los ojos de Paulino, la amarga verdad. Los acompañantes del viejo hombre, lo fueron abandonando a su suerte echada, repudiándolo por tal infame agresión contra aquel niño y anciano.

Solo ante Paulino, el viejo hombre empezó a temblar, al tratar de formar en su mente el rostro del niño en la de Paulino, y con una voz temblorosa y suplicante, atino a decir:

- Pero, ¿tu quien eres? ¿Como sabes lo de aquel niño?

Paulino se avanzo de un paso, y poniéndole la cara cerca al del viejo hombre, le dijo:

- Mírame bien cobarde, - replicándole enseguida,

- ¡Me reconoces ahora!

El viejo hombre fue doblando las rodillas lentamente hasta tocar el piso, y desde ahí balbuceo:

- ¿Tú eres él ni…? – y no pudo decir más, se le apago la voz

- ¡Sí! - le grito Paulino - ¡Ese niño, soy yo! Te he estado buscando hace muchos años, y al fin te encuentro.

- Por favor, ten compasión, que soy un anciano,

- Pero tú no tuviste ninguna compasión de ese niño, ni del anciano a quien causaste la muerte,
golpeándolo en el suelo cobardemente, allá en el Alto Larán…

La gente que estaba en la calle, sintió un tremendo golpe que hizo temblar las paredes del bar, como si se fueran a derrumbar, luego vieron salir a Paulino con una mueca de satisfacción y con las manos en sangrentadas.

Todos corrieron a ver como quedo el anciano, y lo encontraron tirado en el suelo, boca abajo, llorando como un niño, mojado, suplicando a la gente:

- Por favor, díganle que me mate, que no merezco que me deje vivo.

Paulino solo había golpeado los muros con sus puños, por no revivir en él, al asesino que vivió en su memoria, hasta ese día…

Texto agregado el 01-12-2015, y leído por 68 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
02-12-2015 conmovedora y terrible. bien escrita. adelsur
02-12-2015 Conmovedora y ejemplarizante historia.UN ABRAZO. GAFER
 
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