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Se despertó desesperado, como tantas veces en esos ocho años, sediento tanteó a oscuras buscando el agua que dejaba cerca cada noche, sabiendo que le iba a servir de poco.
Ese sueño del infierno se repetía como un guión interminable cada vez que empezaba a pasarle. No había cambios, cada palabra era siempre la misma, en el mismo orden, una voz pesada y al mismo tiempo suave. Lo enloquecía la ternura de esa voz.
Un sueño sin imágenes, una penumbra y las palabras: ¿Lobo, estás?.
Las primeras veces que lo soñó le pareció gracioso. -“Estoy jugando a la caperucita? Estoy de remate, completamente loco”.
Recordaba que hasta la segunda o tercera vez, como a veces pasa, creyó que era una ilusión aquel sueño. Le había sucedido en otras ocasiones con tonterías que le parecían conocidas de antes y no.
Por épocas esa persecución cedía, y el Lobo respiraba aliviado.
No le duraba mucho. La voz volvía a romper con sus esperanzas de liberarse.
Se recordaba totalmente borracho de vino, de ginebra, intentando dormir sin ella. En el sopor del alcohol y aún en la resaca cruel, si se dormía, empezaba aquella cantinela -¿Lobo, estás?
Y el contestaba en sueños - Sí desgraciada, qué carajo querés?
Pero no había respuesta a su pregunta, solo otra y la misma pregunta.
Volvió a caer dormido, en su cama solitaria, en su departamento de ermitaño y de exiliado.
Estaba ya acostumbrado a este país, la España de los otros, cómodo en su empleo bien pagado, en sus recuerdos archivados, en su destino.
No quería ni abrir la boca, ni soplar siquiera sobre la montaña de papeles de la nostalgia que no le parecían útiles, no quería sufrir.
Iba y venía de sus cosas, encontrándose cada tanto con otros argentinos que se morían con un tango o con un rock.
El Lobo los escuchaba no como quien oye llover. Pero no quería dejar que traspusieran su frontera, su defensa era esa. Hasta ahí llegas vos y tu saudade. De ahí no pasás.
No era tonto, sabía cabalmente que su frontera era frágil como la manito de un niño.
Por eso la voz tenía para él consecuencias de terremoto. Sabía que le estaba mandando un mensaje pero no entendía cuál.
El martes hizo sus cosas, llevó a una amiga hasta el aeropuerto, a la que había prometido cuidarle las plantas y el gato. La dejó en la zona de embarque. Ella iba a Amsterdam a ver a una prima.
Luego pasó a comprar el pan, queso, se tentó con un pedazote de empanada de atún y se la llevó rapidito a casa para que no se enfriara. Comió arriba de la bandeja en la que venía envuelta.
Tirado en la cama mientras miraba un partido entre el Manchester United y un equipo alemán de nombre impronunciable pensó que le gustaba el juego de los gringos.
Jugaban rápido, con pases limpios, efectivos. Le gustaba el fútbol de los gringos pero no le apasionaba para nada. Extrañaba el quilombo de un partido de sudamericanos. Gritos, puteadas, a veces bifes y fundamentalmente gracia y picardía. Todo lo que hacía que ese juego fuera un placer a lo chancho. Histriónico y dúctil.
Terminó el partido, y se le terminó el vino del vaso. Se sirvió un poco más.
Hizo un par de cuentas que tenía que pagar. Se dio un baño rápido como para meterse calentito en la cama. Leyó el primer capítulo de un libro de Saramago y se durmió.
En su sueño algo cambió. Completamente.
El Lobo escuchó la voz y la pregunta sempiterna, y está vez como tantas otras le rogó una respuesta. La voz habló.
- Lobo, escuchame bien, porque no te lo voy a repetir, me he cansado de hablarte esperando que entendieras solo, pero está visto que tengo que decírtelo todo. Soy la Pachamama, tu Madre Tierra Lobo, soy la que te dio lo que sos, mi color y mi esencia. Y no te voy a dejar escapar. Quiero que estés conmigo porque soy tu madre y tu dueña. Y te ordeno, sí, no chistés, te ordeno que te salgas de esa tierra extraña y vengas a mí.
Se despertó sudado, no sediento, deshidratado más bien.
El jueves después de mil cavilaciones renunció, sacó la plata del banco, empezó a embalar, canceló deudas, alquiler y se despidió llorando de algunos amigos.
El martes siguiente estaba en un vuelo Madrid-Buenos Aires. El miércoles a las 22,30 abordaba otro avión. Destino: Buenos Aires-San Salvador de Jujuy con las escalas intermedias de rigor.
Durmió en la Capital y al otro día emprendió el verdadero viaje. A Tilcara.
Nadie sabía ni jota que el Lobo estaba volviendo.
Pasó como por un tamiz todo lo que vió en apenas unas horas. Y finalmente se reencontró con todo. Sus hermanos enloquecidos de alegría, sus cuñadas y cuñados, sus sobrinos conocidos unos pocos y los nuevos, un racimo de changos de todas las estaturas.
Fue un verdadero jolgorio. Así que lo miraron asombrados cuando en el medio de la farra emocionada y ya medio borracho el Lobo les dijo que iba a salir un ratito a ver a alguien.
Que ellos supieran no había quedado ningún amor del Lobo esperando su vuelta.
Corrió como un endemoniado por las callecitas, las misma que conocía de memoria. Se alejó como si en vez de ser el Lobo fuera el hombre lobo.
Sintió que el alma se le iba a los pies cuando vió, otra vez y como si fuera la primera, en la majestuosa noche de la altiplanicie lo que por años había tratado de olvidar.
Fusilado por la belleza que lo cercaba se fue de bruces. Con los brazos en cruz se agarró a la tierra, como un hijo amoroso o un amante sufriente.
Su tierra.
Lloró como cuando su madre de niño lo acurrucaba, y sin saber ni cómo podía ser posible algo así sintió el abrazo de la tierra, acunado y feliz se durmió.
Uno de sus primos lo encontró, roncando a pata suelta, recién al alba. Como pudo lo levantó y ya despierto se enteró de que su familia lo andaba buscando. Asustados sus parientes de que la vida se los hubiese regresado por unas horas, y ya lo hubiesen perdido de nuevo.
Esa noche, después de un día agotador de ver amigos, conocidos y familiares, se acostó cansado y enseguida se durmió.
La voz que ya sabía quién era le habló de nuevo.
-Yo, Pachamama, te digo Lobo que te quiero en patas hasta que yo te avise.
- Como decís, Madre?
- Lo que oís Lobo, en patas, caminando descalzo, entendés ahora?
- No entiendo, Madre, ¿Por qué me pedís algo así?
- ¡No digas mas Lobo, solo anda en pata!
- Está bien, pero no entiendo.
La Pachamama no contestó. En su sueño el Lobo se había quedado hablando solo.
Los vecinos les preguntaban a su familia qué mosca le había picado, si había venido de tan lejos y no tenía ni para ojotas.
Los familiares del Lobo se sonreían y les decían cualquier cosa porque el hijo pródigo de Tilcara no quería ni que le mencionaran el tema.
A los pocos días el Lobo tenía las patas en llanta. Una costra se le había hecho que daba miedo.
Y como no podía ser de otra manera...se le rajó la costra.
Infinitas líneas marrones surcándole no sólo los talones. Los pies enteros. De norte a sur y de este a oeste.
Pero en el talón izquierdo una marca roja y profunda lo castigaba fieramente.
Y ni un mensaje de la Pachamama, ni un maldito sueño que explicara esto.
Entre dos lo entraron en la enfermería, empezó entonces una limpieza y desinfección como para cuatro. Aguantándose sermones de sus hermanos y la filípica que le echó una médica con voz de comandante, el Lobo recibió su primer y único punto de sutura en una rajadura que parecía una cesárea.
Y de regalo, la antitetánica. – Pa’ que aprenda a no ser cabezón. Le descerrajó la comandanta.
- Y más le vale que haga reposo, sino la próxima le vamos a suturar la mollera.
Así las cosas al Lobo lo pusieron a dormir la siesta y se durmió como un bendito.
Esta vez su sueño apareció en la tarde. La Pachamama le habló con voz muy calma.
- Lobo, haz hecho muy bien en aguantar ese pequeño tributo a tu Madre, porque yo estaba ofendida de verdad. Cuando te fuiste Lobo, cuánto te extrañe, esperaba tus ofrendas en agosto,
como las de todos los que se van, pero sabía que te buscaban y supe entender tu partida.
Lo que nunca entendí es por qué un hijo de indios se fue a entregarle sus manos a esa tierra
de la que partieron los que me arrasaron, los que aniquilaron a miles de mis hijos que fervorosamente me amaban, como me habían amado sus padres, sus abuelos y los abuelos de éstos, hasta el principio de mi pueblo. No me hubiese importado otro lugar, pero no se ha apagado mi dolor de siglos y siglos faltan para que se apague. Por eso te llamaba ¿Lobo, estás?
Y vos me contestabas -¿Qué carajo querés? Decidí entonces atormentarte un tiempo, para que me respetaras y así pedirte volver. Esa cicatriz en el pie que está del lado de tu corazón es mi marca, Lobito. La que te señala como hijo querido y como mensajero de mi dolor, contále a mi pueblo que muchos ya no me ofrendan su primer sorbo, que ya no me halagan con sus alimentos y sin embargo entrego todo lo que tengo.
Y que no es bueno olvidarse de mí. Si me olvidan terminarán olvidándose de lo que son. Porque yo estoy en todos. Entendiste, Lobito? - Ahora dormí tranquilo, la Pachamama ya tiene mensajero. Dormí, mi Lobito.
El Lobo en el sueño se secaba las lágrimas que le corrían por la cara como aguaceros.
Y cuando despertó, con el griterío de los juegos de sus sobrinos en el patio el Lobo tenía las mejillas surcadas de lágrimas de polvo. Pero el alma la tenía livianita.
Y la rajadura casi ni le dolía.





Nota: El culto a la Pachamama ( del quichua pacha: tierra ,mama: madre)es el más ancestral entre los pueblos andinos, de Perú, Bolivia y Noroeste de Argentina. Su celebración está vigente hoy. Desde el 1 de agosto hasta finalizar el mes, con distintos ritos.
Este cuento no hace alusión a los españoles que no han tenido que ver con nada de lo que aquí se narra, y se solidarizan con la devastación que tal locura de avaricia y destrucción constituyó.


Texto agregado el 11-05-2010, y leído por 256 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
29-09-2012 Escribes muy bien; digamos que lo haces con sinceridad y oficio. Las tradiciones hay que preservarlas. remos
19-08-2011 Vaya cuento, me gustan este tipo de textos. fuzz
21-05-2011 Bello texto,cálido.Su lectura deja un algo interesante.Me gustó edu485
11-05-2010 Originalísimo, che, me encantó. La_Aguja
11-05-2010 sos una genia!! divinaluna
 
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