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Un ángel del Río de la Plata

Pasó en la vieja costanera, antes de las construcciones, de los restaurantes, de los diques reciclados. Todavía funcionaba la ciudad deportiva de Boca. Y nos creíamos que en algún lugar oculto, vedado a los curiosos, se podían pescar dorados de más de diez kilos.
Era común que la gente del barrio fuera a andar en bicicleta por la zona, igual que ahora. Con mi tío y mi hermana nos divertíamos tratando de mantener la rueda derechita por las vías del tren de carga, evitando así los adoquines; por sobre los cuales manejábamos parados, para que el asiento no nos lastimara el culo. El aire del Río de la Plata, siempre. Mas allá, de espaldas, una ciudad respirándolo. En el otro sentido el mar, mezclando las aguas. Caramelo y petróleo, alojando barcos oxidados, fragatas y futuros casinos flotantes.

En uno de los espigones de basura y tierra estaba jugando con dos amigos. Era inquieto ya de muy pequeño; su abuela, que a veces cuidaba también a mi hermana no podía con él. Le gustaba treparse a los arboles, y andar sucio por la calle, juntando arandelas y tornillos. Meterse por los recovecos laterales de los conventillos para alimentar a las arañas, con las moscas que cazaba con la velocidad de su trapo de rejilla. Coleccionaba piedras, para luego usarlas probando puntería con los gatos que se echaban en los aleros de chapa, en los descansos de las escaleras, o en el techo del baño del patio. Su sentido de la aventura estaba siempre despierto. Era incapaz de permanecer quieto un minuto, de estarlo sólo se podía esperar un inminente asalto.
Nunca lo escuche llorar, y siendo el más chico de todos en edad y tamaño, nos obligaba a mantener una conducta idéntica, ninguno lloraba por más fuerte que hubiera sido el golpe, por más dura que hubiera sido la paliza. Recuerdo cierto período donde él cobraba más seguido, lo esperábamos en silencio; un silencio que sólo interrumpía el refinado silbido de Don Julio, al sol, en su banqueta de madera, coloreando la melodía de sus tangos con acciacaturas, staccatos, y fraseos a lo Hugo Díaz. Lo veíamos salir transformado, sin esa sonrisa permanente, con los ojos húmedos de indignación; se sentaba siempre en el mismo lugar, es ahí donde lo recuerdo ahora, pues nada cambió en La Boca desde hace más de cien años. Intencionalmente evito hacer ese recorrido, pero el descuido me llevó hasta aquel segundo escalón, su refugio, escogido entre los infinitos que existen en un barrio donde las veredas suben y bajan constantemente; plagado de vértices y mesetas que obligan a todo el mundo a caminar por la calle, asumiendo que el riesgo de ser atropellado por un colectivo, o un automovilista corto de reflejos, es mucho menor que el de tropezar, y caerse desde una altura que varia entre el metro y medio, y los cuarenta centímetros. Donde es posible quebrar las leyes de la gravedad y precipitarse hacia arriba, peculiaridad conocida por los habitantes, no como sabiduría construida a partir de conceptos universales, sino como un recuerdo de la infancia que todos consideran único, y sobre el cual no se comenta nada por miedo al ridículo.
Tuve una infancia saturada de colores, por aquel entonces todo era descubrir. Allí, en la distancia de aquel pasado, sucedió un hecho que supongo, hoy día nadie cuestionaría, la lluvia de sapos. Se ha hecho referencia de ella en las sagradas escrituras y en varias películas, así que ya desterró la idea de lo original, de lo único. El hecho es anormal y poco corriente, pero de suceder nuevamente, nadie se sorprendería, ni vería en el un signo apocalíptico. No se tomaría más que como un capricho divino, un eructo de la naturaleza, o un brote de la contaminación, poco importa. El vértigo de los días; de las horas y los segundos; la cantidad de hipótesis y análisis, desintegrarían el suceso hasta hacerlo desaparecer. ¿Le sucedería lo mismo a Cristo, o al Anticristo? La tormenta que tuvo tan mortificados a los habitantes de Quilmes y Berazategui se produjo en el otoño de 1982, en tiempos del mundial. Los pocos que estaban en la calle, abstraídos del fútbol, tomando la fresca, vieron como caían pequeñísimo sapitos del cielo. Inmediatamente después de la última ráfaga. La rareza no duró más de quince segundos, y al minuto, solo se encontraban algunos especímenes en las palanganas que recogen la lluvia, para echarle a las plantas, o en los tanques de agua sin tapa. En el primero de los casos la cosa no fue grave, bastó regar plantas para que los reptiles desaparecieran en el negro. El asunto de los tanques fue más complejo, al abrir los grifos los diminutos animales salían por la canilla, y saltaban todavía atontados, por entre la vajilla, o se incrustaban en la pasta de los cepillos de dientes. También ocasionó muchos tapones en los codos de las cañerías. A la hora de la higiene personal, más de un habitante patinó en la bañadera golpeándose, hasta fracturándose. A su vez a las pequeñas bestias reventadas dejaban teñidos los sanitarios de un color lila violáceo. Los baños menores, practicados en los bidets, también suscitaron desarreglos, pero los mismos no hicieron raíz en el físico de los higiénicos damnificados, sino más bien en el plano psicofísico y hasta espiritual.
Mi primo, que es de la zona, percibió el evento como algo natural, cosa muy común en un niño como él. Juntó una cantidad incontable de sapitos, y los mantuvo vivos, a base de grasa, en una palangana de zinc que desapareció misteriosamente del lavadero. Oculta en el gallinero en desuso, los anfibios servía de alimento a la serpiente adquirida un mes antes, en un paseo que habían hecho con mi tío a la Feria de los Pájaros en el Parque Dominico. Mi primo le había prometido que si se la compraba no tendría nunca más problemas en la escuela, que se iba a encargar personalmente del cuidado de la misma, que la ocultaría en el gallinero para que la madre y la abuela no la viera, y que nunca la dejaría escapar, alimentándola por la pequeña abertura que tenía la pecera. Y así fue. Yo la conocí apenas la trajo, estaba esperándolo en la casa, pero solo la vi unos minutos. Volví al mes, con la intención de quedarme el fin de semana con él. Ya había pasado lo de la tormenta, y cuando me lo contó no le creí, pero después vi al animal, aquel que había adquirido un tamaño considerable, alimentado, al principio, por una cantidad estupenda de anfibios, ese que ya no entraba en su cárcel de vidrio. Esteban me estaba esperando, quería tener un testigo. Con esa mezcla de valentía e inconsciencia que siempre lo caracterizó, tomó por primera vez, con sus manos desnudas, a la serpiente, que ya empezaba a tener el mismo color lila violáceo que su alimento, y la puso en un corral improvisado. Lo fabricamos esa misma mañana, apenas llegué, con la pino tea humedecida que habían levantado del comedor para poner cerámicos. No tardamos en descubrir que aquel animal, cebado con carnes tan tiernas, no hizo el menor intento de escapar; todo lo contrario, contemplaba la figura de su dueño, y hasta era un poco celosa de él, lo pude comprobar cuando, enroscada al brazo de mi primo, mientras este la alimentada, me miraba fijo. Solo venía conmigo cuando le ofrecía el tan deseado bocado. Tuvimos los dos días metidos en aquel gallinero, solo salíamos para comer y dormir. Los mayores contentos por no tener que entretenernos se contentaban con nuestra respuesta a sus gritos de - ¿están bien? y los dos a coro - ¡Si! -. Era asombroso ver el comportamiento del animal, que lejos de toda voracidad, ingería el alimento como si se tratara de una persona educada en los ritos alimenticios de la nobleza. Miraba a su presa todavía viva, y a pesar del minúsculo tamaño; el cual ya adultas y estirándola de las patitas en el caso de los machos no superaba al de un colibrí, y en el de la hembras a un amaretti; la devoraba en pequeños trozos, empezando por las extremidades superiores, para luego seguir por las inferiores, el vientre y por ultimo la cabeza.
- Antes se comportaba diferente me contaba mientras veíamos el proceso enguyitorio se las comía de otra manera, enteritas, de un saque, pero ahora es toda una señorita, como le dice la abuela a Yeye cuando se seca la puntita de los labios con la puntita de la servilleta. A mí me contó la asquerosa, que se seca así porque le repugna el olor rancio de los trapos, pero la vieja no sabe eso, se cree que lo hace de pura coquetería. A ella también le gustan los sapitos, a mi no, tienen un sabor dulce y perfumado, como los caramelos media hora. ¿Querés probar uno?

Cuando le conté a Nahuel el gusto que tenían los sapitos; que en realidad a mi me parecieron más parecidos al de los pepinitos en vinagre; y de que manera la serpiente se los comía de a pedacitos, se volvió loco, quería ir en ese mismo instante caminando a Quilmes. Le dije que era muy lejos, y se fue corriendo. Al rato vino con unas monedas para el colectivo. Traté de disuadirlo, y lo único que conseguí fue calmarlo, con la promesa de ir al otro día para el gallinero de mi primo, sabiendo de antemano que mi vieja no me iba a dejar, era un viaje muy largo para mi edad y menos custodiando a aquel niño cinco años mas chico que yo. Pero no tuve que cumplir la promesa. Nahuel no apareció, no lo volví a ver hasta muchos años después.

En uno de los espigones de basura arena y tierra tosca, cerca de la draga, estaba jugando con dos amigos, se metieron al río y él nunca salió. La noticia conmovió al la cuadra que lleva el nombre del pintor. No hubo funeral ni entierro, o quizás nunca me enteré, ya sea por el accionar protector que ejercen las madres ante la realidad de la muerte; quizás mi propia memoria olvidadiza se empeña en no recordar ciertas cosas, su sentido esquivo organiza un pasado basado en fragmentos, en realidades que nunca existieron, en donde la historia es un evento azaroso que se presenta de improviso y desaparece, transformando la antigua versión distorsionada, a la cual me acostumbro, hasta que sin previo aviso, una fracción de segundo detiene el tiempo, ese que está atrás, para esculpirlo y alterarlo. Los colores al igual que los rostros, los impongo, para darle forma al recuerdo. Los lugares no han cambiado tanto, solamente se achicaron, ya las escaleras no son tan altas ni los pasillos tan largos. Mi cuerpo cambió, y hoy si puede con ellos, o quizás eso creo. Mis sentidos, más acostumbrados al mundo, reemplazaron con explicaciones, y rutinas aprendidas, la capacidad de asombro de la niñez. Ya adulto, me permito, sin el temor de ser reprendido, o sorprendido, pocas cosas. Una de ellas abrió la puerta.
Lo vi después de años, yo, desorientado en el paisaje de un nuevo barrio con nombres de mujeres; con jardines geométricos iluminados desde el suelo, lejos de la sombra de los viejos arboles; diseños y elegancia enfrentados a la pobreza y al río. Un croto que me pide un cigarrillo; hasta los cirujas de Puerto Madero son diferentes; le convido, me contagio de sus ganas de fumar, busco el fuego y no lo encuentro. Él se va. Pegado al tronco de un árbol está el encendedor, al lado, como suspendida entre la corteza y un poste, una telaraña magnífica. Una civilización minúscula y numerosa vive bajo nuestra tosquedad. Juego a dios, tomo una hormiga negra de la fila y la deposito para el sacrificio, esperando, ansioso, absorto.
― No le gustan las hormigas.
El niño me interrumpió, la quitó del la trampa, y la remplazó por una mosca. No me reconoció, pero yo a él sí, estaba igual.
La araña sigilosa y eficaz mordió y tejió su ovillo de muerte. La mosca imposibilitada se dejo hacer.
― Ves me dijo mientras observaba el ritual
― Sí le contesté sin miedo y me quedé escuchando la historia que me contaba, la de una serpiente que estaba encerrada en un gallinero de Quilmes; que comía pequeños sapos con sabor a nuez, y cambiaba de color. Capaz de hipnotizar a su presa con el fin de extraerle toda la sangre, chupándola como a los gajos de una mandarina, para luego desechar la piel, aquella película de gusto ácido, como el de un caramelo de limón. Me prometió que si volvía al otro día me iba a llevar a conocerla. Lo hice, pero no se fijó en mí, lo llame, le hice señas, nada. Trepado a la rama de un paraíso se entretenía tirándole semillas a una pareja de gordos, estos, hartos ya de la irracional llovizna, más molestos, que asombrados por la puntería con que las mismas se incrustaban entre las tetas de ella y las de él; se pararon, se sacudieron, y se fueron con sus besos y su almuerzo a otro banco, si poder encontrar al culpable.

Yo no era el mismo, no podía reconocerme, ni siquiera le importaba. Lo encontraba en los momentos menos esperados, desesperaba por esos momentos. Me fui olvidando de todo, no había mucho para acordarse. Permanecía todo el día en la zona de la ribera, su zona. De noche volvía a casa. Me hacia reír, con esa risa que creí perdida, que ya no recordaba. No una risa intelectual, ni ingeniosa; trabajada, necesitada de relatos barrocos o absurdos. Tampoco una risa lisérgica, agotadora y desfigurante. No. Reía por que sí, divertido. Cuando lo descubría me quedaba disfrutándolo, llorando de desborde y contagio; más de uno habrá pensado que estaba loco, y puede que si, otros, los que todavía tienen la capacidad de no contenerse se reían al verme reír. La pereza y el odio siempre fueron más contagiosos, por eso bostezamos imitando al desconocido que lo hizo primero, por eso odiamos inmensamente a seres que ni siquiera hemos visto. Adultos, nos cuesta la risa.

El sábado fui a visitar a mi primo, hacía años que no iba, lo encontré cambiado, y supongo que él a mí también, pues se sorprendió, y casi no me abre la puerta. Me reconoció por la voz. La nueva versión de Esteban se parecía más a la de los años de infancia, y no, al profesor de biología del Nacional de los últimos años. Aunque nunca había perdido su mirada inquisidora, y su poder de decidir absolutamente todo, sin consultar a nadie, poseedor de una clarividencia envidiable. Ya sean reuniones familiares, o invitaciones caprichosas, a las que uno no se podía negar, Esteban organizaba todo, desde la música, hasta la comida; el tiempo necesario para desarrollar cada actividad, la hora de llegada y despedida, los lugares en la mesa, y las pequeñas tareas que tendríamos que realizar. No se puede decir que entre nosotros existía un alejamiento permanente, pero era evidente que algo se había quebrado. Nada tenía que ver su particular manera de conducirnos siempre a todos, de dirigirnos a su criterio; uno entraba en ese proceso naturalmente y sin incomodidades. Festejándole su capacidad de anfitrión infalible, su excelente gusto, su charla amena, su exquisita comida, la comodidad de su casa, la frescura de su mirada, la luz justa, el clima adecuado, el orden natural de un coral Bachiano. Empece a alejarme de esas reuniones por envidia, sentimiento que me penetró en algún momento que no puedo precisar. Hoy, después de haber pasado una tarde agradable con él, sé que aquel fruto ya podrido, cayó de la rama. Se comportó como siempre, me contó sobre su el crecimiento de su nueva empresa con la cual alcanzaría una posición económica holgada, abrió su mejor vino, y luego abrió otro todavía mejor; reímos, hablamos del pasado, del futuro, quedamos en encontrarnos el fin de semana a comer, él se encargaría de todo, yo sólo tendría que llevar mi cuerpo puntualmente.

Me sorprendió encontrar su llamado al llegar a casa, el viaje en auto desde Quilmes por autopista había sido de veinte minutos.
― Mira Camilo, imagino que estarás llegando en cualquier momento, si podes llamame, necesito encontrarte lo antes posible, hay algo que surgió y es urgente. No te preocupes que no murió nadie, pero me gustaría hablar con voz, no te lo puedo decir por teléfono. Bueno espero que me llames un abrazo.
Lo llamé inmediatamente, pero no me contestó. Deje un mensaje y volví a probar cinco minutos después. Lo mismo. Nada.
A las cuatro de la mañana estaba prendido al timbre, con una cara terrible. Dude, no quería abrirle, no sé por que. Había llovido; el asfalto, iluminado por el neón, y la luz de los autos, me devolvía, deformado por el gran angular de la mirilla, un rostro afectado por la desesperación. Lo contemplé con los labios pegados a la madera, en silencio. Él insistió, y me sorprendió con un golpe justo el la diminuta lente. Reculé puteando.
― Dale, se que estas atrás de la puerta, abrí.
Sentí vergüenza y bronca. Le di dos vueltas a la llave y Esteban pasó, me miró y siguió hacia la cocina. Conocía mi casa, se había quedado muchas veces, años atrás, cuando todavía no estaba casado con Ana, y salíamos por San Telmo.
Desde aquella noche donde me contó que se iba a separar no había vuelto. Todo estaba igual, soy una persona de pocos cambios, y el hábito de la soledad, la rutina, y el estudio, han moldeado mis costumbres. Hasta los desenfrenos que me permito son mesurados, un vino tinto de un valor más alto que el habitual, algún compañero de ocasión. No tengo mascotas, he dejado la cocaína ya hace ocho años, y me cuesta vincularme, debo admitirlo. Existe un grupo de amigos, sí, formamos un club de cínicos con cierto goce intelectual, crítico y mezquino. Nos juntamos en nuestras noches de sarcasmo, aderezado con almíbar de sátira y morbo, a poner en movimiento nuestros músculos faciales, jugamos a ser víctimas y verdugos. Más allá de eso, el acostumbrado vacío, los olores cotidianos a los cuales me condeno para no sentir miedo, solo, para no sentirme vacío, sólo con mis cosas.
Mi homosexualidad nunca fue una dificultad para Esteban. Para mi sí. Lo fue en aquel tiempo en que lo deseé. Cada vez que se iba lo mismo, mis ansias de retenerlo, de que se quedase un minuto más, solo uno. Su apuro, su negativa, su cortesía; mi dolor, mi necesidad, mis ataques de celos cuando me contaba eso que yo no quería saber, pero que no podía dejar de escuchar. Cuando se caso me fui de Buenos Aires a vivir un año en el exterior, no me sirvió de nada. Me atacó mi acostumbrada nostalgia. Volví a mis cosas, con mis cosas. Lo suyo no duró. Él nunca acepto ese supuesto fracaso. Como iba a aceptarlo, él el hombre perfecto, a quien todos quieren y admiran. Ella se fue con otro, no lo soportaba más. Lo quería para ella sola, y él con su manía de compartirse, de expandirse y contraerse. De abarcarlo todo, todo el tiempo. Si me hubiera elegido a mí, tampoco lo hubiera soportado, eso se lo debo a ella. La vi el mes pasado, no le dije nada a Esteban. Estaba hermosa. Ana sabía que yo lo amaba, ella también lo amaba. Me dio un beso en los labios, los suyos eran frescos, por eso prolongue el momento de la separación. No nos dijimos nada. Dos cuadras después, cuando ya su vestido se mezclaba con el verde del Parque Centenario, lloré, me senté en un banco, y lloré. Tranquilo, lloré mucho tiempo, aunque no sé calcular cuanto, no sé si de felicidad o de dolor, no sé si me hizo bien, no sé si termine, o me falta algo. No me siento mejor ahora. Hoy. Esteban sirviéndose un vaso de agua, yo parado buscando un encendedor, fabricando una bolita con envoltorio de nailon y papel metalizado.

― Camilo me pasó algo cuando te vi. Es difícil de contarlo, no sé por donde empezar.
― Te entiendo, pero ya es tarde Esteban, pasó el cuarto de hora.
― No, no es tarde, dejame que te cuente, es importante para mí.
― Si siempre vos primero, a las cuatro de la mañana, o a las tres de la tarde, como cuando te separaste de Ana. Siempre vos primero, el otro no existe, a la mierda con el otro, ¡yo, yo, y yo!
― Que tiene que ver Ana con esto, no la metas en el medio por favor.
― ¡Ah! Me pedir por favor. Sabes que tiene que ver, y mucho
― No, te equivocas, no tiene nada que ver.
― La vi el mes pasado
― ¿La viste?
― Si
― ¿Dónde?
― En el Parque Centenario. Esta hermosa, radiante
― Siempre te gusto
― Que decís, no sabes lo que decís... no te entiendo
― Mira yo no soy boludo Camilo, me doy cuenta de las cosas. Pero no vine a hablar de eso, no quiero ahora discutir cosas del pasado. Vengo por otra...
― ¡Para, para, para! como es eso que vos, como siempre impones de lo que se habla, ¿qué es eso que siempre me gusto? Cosas del pasado, me estás cargando, o me estás hablando en serio. ¡Te das cuenta de lo que me haces! ¡Sos consiente de lo que me estás diciendo! ¿Que pensas? Habla.
― Camilo. Me llamó, hará cosa de dos semanas. Para pedirme algunas cosas que supuestamente eran de ella, pero yo la conozco, me di cuenta que no era para eso. Me contó que la besaste. No te voy a negar que me dolió, pero ya no me importa. Cuando te vi aparecer esta mañana por casa me di cuenta de que la herida estaba cerrada. Hay que seguir. ¿Que pasa? ¿por que te reís? No importa igual no vine por eso, es por otra cosa...
― Esteban, no puede ser
― Si ya se, son las cuatro de la mañana, pero no podía dormir, cuando te lo cuente lo vas a entender.
― ¿Qué soñaste que me cogía a Ana, en tu cama mientras vos celebrabas el brindis de año nuevo?
― ¡¿Te acostaste con ella en año nuevo, y en mi casa?!
― Si
― Sos un hijo de puta
― Y vos un pelotudo
― Mira seré un pelotudo, pero soy incapaz de hacerte eso a vos...
― Ya lo sé
― ¿Que sabes?
― Que sos incapaz de hacerme eso a mí
― No me cargues, yo siempre te quise
― ¿Me quisiste?
― Siempre. Y nunca podría hacerte algo así, de acostarme con...
― ¿Conmigo?
― ¿Que decís? De acostarme con tu mujer, menos en año nuevo, y en mi propia casa
― Esteban es increíble que seas tan pelotudo
― Claro, gozala, destruime. ¡Cargame!. ¡Tu primo el cornudo! ¡El que vive en la provincia! ¡El que no se rodea de intelectuales! ¡El que no consiguió un título universitario! Pero sabes una cosa. Te perdono. Soy capas de eso
― Anda a perdonar a la puta que te parió
― Sos un desagradecido, una mierda de persona. Te encamas con mi mujer en año nuevo, y encima me mandas a la concha de mi madre
― No, a la puta que te parió
― Es lo mismo. ¡Tu tía muerta!
― ¡Que en paz descanse!
― Mira, no te metas ...
― No me acosté con Ana en año nuevo. Ella estuvo toda la fiesta a lado tuyo, pero me doy cuenta de que no lo percibiste. Nunca notaste nada. ¿Que tontería no? En eso somos parecidos, yo tampoco. Es decir... Yo pensé que vos sabías, que te habías dado cuenta y te hacías el desinteresado para no herirme
― Herirte yo, si acá el hijo de puta que se acostó con mi mujer, y me hizo aparecer los cuernos del nuevo milenio sos vos.
― Ex mujer, y yo nunca...
― Deja ya no importa
― Si que importa. Te repito ¡nunca me acosté con Ana!, siempre estuvo pegada a vos, en año nuevo y siempre. Estaba enamorada de vos. Como yo
― Vos estabas enamorado de ella, y ella siempre estuvo pegada, enamorada ¿De mi?, ¿De vos?, no entiendo, estoy confundido.
― Quizás esto te aclare algo
― ¿Qué haces?
― Te doy un beso. No importa. ¿Por qué viniste?
― ¿Te cogiste a Ana si o no? ¡No te rías! No pasé una buena noche. Estoy muy cansado, casi estúpido. Vine por otro asunto, pero antes esto tiene que quedar claro, si no lo que existe entre nosotros no ...
― ¿Y? ¿Qué existe entre nosotros?
― No es lo mismo que cuando... Para ¿qué haces?
― Te doy otro beso
― Dejate de joder, de darme piquitos que pareces un puto
― Si
― ¿Si qué?
― Soy puto
― No digas tonterías
― No son tonterías. Es verdad
― ¿Qué?
― ¿Te sorprende?
― ¡Eh...!
― Nunca me quise acostar con Ana, siempre la odié. Ahora no. Con vos me quiero acostar..., quería. Decí algo, te comieron la lengua los ratones.
― ¡Eh...!
― ¡Eeeeh...! ¿Qué? ¿Nunca viste un puto?
― Yo, no. Yo eh. No sabía que vos
― Me doy cuenta. Tarde, pero me doy cuenta
― Y... ¿Qué pensas hacer?
― Cambiaste de letra. ¿Cómo que pienso hacer? No es una enfermedad
― Yo, no. Yo eh... No...
― Deja de hablar como un estúpido me haces el favor
― La tía lo sabe
― Que importa mi vieja ahora. Lo que importa es que vos lo sabes.
― Y ¿Qué pensas hacer?
― Otra vez. ¡¿Qué pensas hacer vos?!
― ¿Yo?
― Deja. ¿Para que viniste? ¿Qué necesitas?
― Abrí la puerta
― ¿Para que?
― Fijate
― ¿Qué hace él acá? ¿Cómo? ¿Dónde lo encontraste?
― No sé, ni siquiera lo conozco, no lo vi en mi vida. Pero él me conoce. Apareció detrás tuyo, después que te fuiste. Dice que quiere ver a Maurizio
― ¿Qué Maurizio?
― La serpiente
― Se llamaba Maurizio
― Se llama, todavía la tengo
― Y se la mostraste
― ¡No!
― ¿Por qué?
― No sé
― Y ¿qué esperas?
― ¿Cómo que espero? No ves que está muerto
― ¿Y? ¿Dónde la guardas?
― En la casa de mis viejos, al fondo, donde vivió siempre. ¿Quién es?
― Un fantasma de mi infancia
― ¿Qué? Me estas jodiendo.
― No
― Resulta que ahora me vengo a enterar que vos sos un puto al cual lo siguen los fantasmas del pasado. Disculpame, no serás la reencarnación de una bruja quemada en las hogueras de la inquisición ¿Cómo sos morochito?
― No se porque te burlas, lo único que quiere es ver al la serpiente y ya
― Entiendo, hay que exorcizar al fantasma mostrándole el animal mitológico que se alimenta de pequeños sapos.
― ¡Bla Bla Bla! No hay nada que exorcizar, en todo caso, lo único que hay que hacer, es cumplir una promesa. Después veremos.
― Yo no el voy a mostrarle nada
― Hace como quieras, te va a seguir. Lo conozco. Ya ves, no se conforma así nomás, es insistente.
― Y vos ¿Qué pensas hacer?
― Ya es la tercera vez que me haces esa pregunta, te hubieras muerto de hambre como periodista. ¿Qué querés que haga? Nada. Acá el que tiene que tomar una determinación sos vos. Y que singular, fijate, el hombre todopoderoso, el que es capaz de ordenar el universo, no puede mostrarle un bicho a un niño.
― Es que no se que hacer, estoy desorientado. No es un niño.
― Estás equivocado. Vamos y listo, ¿Estás con el auto?
― Si. Y él.
― Ahí, de espaldas, no lo ves, sentado en la escalera.
― ¿Pero cómo?...
― No te preocupes, seguro lo encontramos allá. Dame la mano. Manejo yo.
― Bueno.

No cruzamos una sola palabra en todo el viaje, solo el sonido de las ruedas. Entramos por atrás, como cuando éramos pibes. Nahuel nos siguió y pudo conocer a Maurizio.
Esteban a mi.

Hoy viene, no me acuerdo con que excusa. Estoy seguro que se va a quedar.

Texto agregado el 09-05-2009, y leído por 121 visitantes. (0 votos)


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