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Pepe el de ciñera
Capítulo II. 3 meses de Mili en el Campamento del Ferral (León)

Resultó fácil llegar al Campamento del Ferral a pesar de ser la primera vez que subía a un tren para un trayecto de varias horas; en el aviso y el billete-salvoconducto que recibió a través de la Guardia Civil, se mencionaba el itinerario, la fecha y los enlaces que le trasladarían hasta El Ferral, pero al poner el pie en el estribo y por los cánticos y algarada de voces del interior, ya supo que en aquel vagón de 3ª, viajaban mozos con el mismo destino. Era Martes 20 de Marzo de 1962 y a pesar de llevar dos días sin acostarse despidiéndose y celebrando su cumpleaños, se unió de inmediato al grupo de quintos que ocupaban el pasillo y varios compartimentos. Hizo las más de 5 horas de recorrido de pié, cantando y bebiendo a morro de las distintas botellas con vino, cerveza, coñac y anís con que algunos prolongaban la despedida y quizá, para vencer el miedo de lo que se avecinaba, lamentando no corresponder más que con el tabaco que había comprado con la intención de aprender a fumar. Al llegar a destino, se percató de su escaso equipaje con relación al número y tamaño de bultos y maletas de la mayoría de sus compañeros, que motivó que también reparara en el vestuario, de mejor porte y calidad para los de más equipaje o simplemente vestidos, como él, para los más ligeros.

A pesar de lo mucho que algunos se quejaban, las primeras semanas de campamento, resultaron como unas vacaciones que aprovechó para recuperar las horas de sueño y de cansancio acumulado desde y hasta donde alcanzaba su memoria: Se madrugaba a las 7horas y todos corriendo, ya vestidos o al menos con el gorro y las botas puestas, se trasladaban al exterior del barracón-dormitorio, formando una compañía para pasar lista para a continuación uniformarse, desayunar y a partir de las 9horas recibir instrucción militar durante dos horas, en las que además de realizar ejercicio físico, como correr, saltar y escalar, se aprendía a desfilar sin salir del paso de la fila y sobre las 11horas, iniciar 3 horas para clases teóricas, entre las que se incluían las de aprender a leer y escribir y los que ya sabían, teorías sobre armamento y especialidades y asuntos militares, que realizaban sentados en corros de grupos de máximo 10 reclutas, a los que dirigía y tutelaba un militar que hacía las veces de enseñante-profesor. A las 13horas finalizaban todas las actividades, salvo los días de instrucción de tiro, que había que desplazarse en camiones militares a un monte cercado y adaptado para realizar disparos sin causar peligro a la población, en cuyas expediciones también trasladaban un furgón con la comida. Las expediciones al campo de tiro las componían un máximo de 20 reclutas y varios instructores y el armamento y munición correspondiente, con lo que era difícil disfrutar de estas prácticas más de un par de veces durante todo el tiempo de campamento. Todas las faenas e instrucción de la mañana, se realizaban en traje de faena, especie de uniforme de trabajo, consistente en botas militares, pantalón bombacho, cazadora y gorro caqui, que cambiaban después de la ducha obligatoria antes de la comida de mediodía, ya en uniforme y con el que disfrutaban hasta después de la cena, ocupando las tardes sesteando, escribiendo cartas a las novias y a la familia, dando paseos o emborrachándose en la cantina o en los bares del pueblo.

En la primera semana y a la hora de las duchas, hubo dos altercados de cierta importancia con varios arrestos e ingreso en el botiquín, que contaba con una pequeña sala de urgencias y la posibilidad de pernoctar en las dos únicas camas de que disponía y que habitualmente eran utilizadas por el médico de guardia, de dos reclutas con varios golpes y hematomas por la paliza que les habían propinado los arrestados. Se comentaba que, o se habían insinuado o habían protagonizado tendencias sexuales afeminadas, algo impensable e inadmisible en un recinto militar de machos recluidos a la fuerza y con toda la testorona asomando en cada poro y buscando guerra. En los días siguientes, se supo que a los afeminados los habían enviado a su casa, seguramente con la mili ya hecha y a los arrestados, recluidos y separados de los demás, aunque cada tarde se les veía a lo lejos y dando vueltas a paso ligero por el campo de instrucción. Este incidente, sin mayor importancia para la mayoría, provocó un efecto de compadreo y confidencialidad al que denominaban de “radio macuto”, con cuchicheos, mentideros y noticias de todo tipo, medias verdades y muchas invenciones pero que facilitaba la relación y la camaradería de los reclutas: era normal compartir nostalgias y recuerdos y también hablar de proyectos y futuro aunque cada uno era de una zona distinta y trabajaba en una profesión diferente. Muchos tenían novia y estaban comprometidos para casarse, pero eso no impedía alternar juntos en los bares del pueblo o preparar alguna expedición a los bares de alterne más sonados.

En ciñera y alrededores había algunos bares pero no había mujeres de alterne y aunque estaba acostumbrado a ver como sus vacas y el resto de hembras de sus animales, en época de celo, ejercían una atracción desmedida sobre los machos de su especie, él nunca había tenido ningún contacto sexual, salvo algunas autosatisfacciones, en momentos de excitación al ver algunos aparejados y siempre, como ejercicio en solitario, pero lo animaron tanto, que decidió tragarse sus miedos y acompañarles. El sitio, más que un bar, a no ser por las letras rojas del cartel instalado a la entrada, se parecía más a una cabaña, como las que había por el monte de su pueblo de algunos vecinos, como cobijo para parir las vacas, ordeñarlas y proteger las crías. Le acompañaban 3 reclutas, todos mineros, aunque trabajando en otras cuencas. Al entrar, bajaron todos la voz como si se tratara de una Iglesia. Era un local alargado con algunas mesas bajas y sillas para sentarse y un mostrador largo y varios taburetes, con estanterías llenas de botellas y varios espejos que agrandaban algo aquel túnel rojo y maloliente a tabaco, alcohol y perfume barato. Había 3 mujeres con dos hombres en una mesa y otras 3 detrás del mostrador, que inmediatamente que se sentaron, dos se les acercaron como hacen los tratantes, cuando se interesan por alguna res en los mercaos. Pidieron unas cervezas y entraron directamente en negociaciones y como no había para todos, dos de los compañeros y aparentemente avezados y veteranos en ese negocio, permitieron empezar a los novatos, más que por cortesía, para garantizarse que no salieran corriendo y quedaran solos para volver al cuartel.

Para pepe el de ciñera, supuso el primer ridículo importante de su vida, a pesar de las cervezas que llevaba encima; sin saber cómo ni porqué, se vio tumbado en un cuchitril sobre una especie de camilla, por el tamaño y la falta del colchón apropiado y una oronda y bien equipada señora intentando quitarle los pantalones. Fue todo tan rápido y novedoso que ni tuvo tiempo a que se desnudara la señora cuando, a la vista y desparrame de aquel servicio, ella dio por concluido, indicando que se vistiera o si quería más, que tenía que volver a pagar. Tampoco tuvo tiempo o no supo plantear la situación, a pesar de darse cuenta del abuso de la señora, pero se sentía tan abochornado y tan herido en su condición más íntima de varón por aquel fracaso en su primera salida, que no hizo el menor intento de repetir, prolongar o discutir lo sucedido. Recompuso el vestuario de la mejor manera y volvió junto a sus compañeros, animados, sonrientes y expectantes del resultado; no sabía qué decir y desconfiaba de lo que pudiera decir la señora, con lo que se limitó a corresponder con una sonrisa chulesca, burlona y exagerada y a mover los hombros como afirmando que LO NORMAL y lo de siempre.

En la primera semana de Mayo, disfrutó el primer permiso, que aprovechó para volver al pueblo y enseñar su uniforme militar, que también podría lucir en la fiesta del Corpus, a la que acudían todas las mozas y mozos de la comarca.

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Llegó a la estación de Soto cansado, de noche y sin que nadie reparara en él, hasta casi a la entrada de casa, que se le acercó su mastín meneando el rabo y como encogido y temeroso, quizá por el uniforme o el olor a cuartel de la ropa sucia que llevaba en el petate: ni ladró ni realizó gestos intimidatorios, pero al acercarse para acariciarlo no correspondió, como hasta entonces, con saltos de alegría y lametazos de afectividad, mostrando únicamente una actitud sumisa y dejando hacer, como ante el vencedor en una disputa de poder por los favores de una hembra: solo faltaba la escena de tumbarse panza arriba. Al no haber ningún ladrido, su tío Andrés tampoco se enteró hasta que lo vio de frente; estaba en la cuadra ultimando labores con los animales antes de irse a la cama e inmediatamente, se acercó para darle la bienvenida con un prolongado y apretado abrazo, para a continuación, ya separados, comentar:

--¡Carajo!, estu s’avisa, que m’ hubiera acercao a la estación a recibite, que no toos los días s’alcuentra unu cunun militar tan elegante.

-Hola tío ¿Cómo tan tarde, cebando el ganao…?

--Ya ves, desde que te fuiste… nun hay quién lo faiga, pero… ¡Cagun la pena negra!!¿Cúmu tás ooh…?

-- ¡Mira… que bien t' asienta l' uniforme, ¡Pareces un general!

-Anda, cuenta… cumu te va y… ¿ cuántos días traes…?

-Mejor acaba y te lo cuento todo en casa…

Subieron a la cocina, cenaron a base de fiambre y embutidos de la matanza y enseguida, puso al tío al corriente de la vida en el cuartel, al que debía incorporarse en 6 días y que éste, era el único permiso para venir a casa, hasta la Jura de Bandera el 24 de Junio, fecha que finalizaba el Campamento y ya podría volver a la mina. Contrariamente a lo sucedido con el perro, su tío estuvo receptivo y tan interesado en todo lo que contaba que, si no es por el despertador que campaneó señalando la hora de levantarse, continuarían hasta los primeros rayos de sol que asomarían por la ventana iluminando y despejando aquella atmósfera familiar de cocina de leña, tabaco de picadura y vino de pellejo que, tan a menudo, recordaba en el Ferral.

A los dos días, acudió a la Iglesia de la Parroquia vestido de militar para la Misa del Corpus, en cuya procesión participaban engalanadas con flores, mantos y sus mejores galas, las mozas y mujeres de la comarca y con ropa limpia de domingo, los niños, los maridos y los curiosos y ojeadores casamenteros de la zona. Se sintió observado por todos y recibió más muestras de afecto y saludos que en toda su vida; no imaginaba que lo conocieran tanto y se sorprendió, con orgullo, de que pudieran reparar en él, entre tanta gente: todo por el uniforme.. Al finalizar la procesión y sin haber quedado ni estar con alguien determinado, se vio rodeado por los mozos y mozas de las casas y aldeas vecinas, interesándose todos por sus andanzas militares, para lo que propuso volver a verse por la tarde y en el prao de la fiesta, para echar un baile y tomar unas sidras.

Lamentó no haber perdido más el tiempo acudiendo a fiestas, en el primer baile que intentó participar, a pesar de haber ensayado mentalmente el ritmo, los pasos y hasta el movimiento de las manos, antes de lanzarse al corro: era una especie de jota y tan fácil como un juego de chavales saltando y dando vueltas, aunque con cierto ritmo: sus largas piernas se movían como aspas de molino y los saltos, tan torpes y a destiempo que optó por retirarse antes de deshacer el grupo, a pesar de lo cual recibió aplausos de los mirones y algunas sonrisas cómplices por parte de los bailadores del corro; después, empezaron los bailes agarraos y ahí, ni se planteó la posibilidad de sacar a bailar a ninguna moza, optando por situarse junto al carro, que hacía las veces de mostrador-almacén de bebida y enseguida, volvió a sentirse rodeado de amigos a los que se fueron uniendo conocidos y alguna moza que los acompañaba; al finalizar el baile, se fueron juntando más mozos y mozas hasta el punto de que ya pidió una caja de sidra con 12 botellas, para poder invitarlos a todos. En ese momento vestía de paisano, como siempre, pero se sentía tan observado como en la procesión, especialmente, por alguna de las mozas.

Después de algún tiempo de charla y entre risas y preguntas sobre la mili, los bailes, las novias y las mujeres pecadoras que ejercen al lado de los cuarteles, apareció una pareja de la Guardia Civil invitando a cerrar el chigre y mandando a cada uno a su casa, la mayoría, caminando agrupados en función de la dirección de destino. Con él y en el mismo grupo, coincidían Manuel y Genaro vecinos del mismo pueblo y con los que se veía a menudo pastoreando por el monte y en las fiestas y en los mercaos, a los que también acompañaban las hermanas, 3 mozas a las que conocía de cuando usaban coletas pero que, hacía tanto que no veía, que ni las conocía ni tenía idea de que existieran mujeres tan atractivas tan cerca de su casa, hasta el punto de no atreverse a mirarlas directamente, por el morbo y atracción que ejercían sobre él; fue Luisa, la hermana de su amigo Manuel, de casa el Raposo, la que se le acercó con la disculpa de una pregunta, pero ejerció tal magnetismo con su voz y su sonrisa, que quedó cautivo al instante.

Caminaron juntos durante el trayecto y en más de una ocasión, se sirvieron de apoyo en tropiezos, traspiés e impedimentos del camino, iluminado tan solo con la luz de la luna y su experiencia y conocimiento del terreno. Así, pudo apreciar la calidez de su piel al tacto con los dedos y la delicada manera de sujetarse en su brazo. Después de despedirse del grupo y antes de llegar a casa, ya sólo aunque acompañado del perro, que acudió a recibirlo, tan contento y saltarín como siempre, paró de momento y no pudo evitar que sus pensamientos realizaran una escapada a lomos de la imaginación, para un exhaustivo y pausado recorrido por el monte silvestre y las protuberancias, redondeces y hendiduras más delicadas y sobresalientes del hermoso cuerpo de su compañera de viaje, al tiempo de acompañar y acariciar su propio desahogo personal de sus atributos masculinos. Se sintió tan bien y tan a gusto, que volvieron a su memoria y solo como referente imposible, los recuerdos de la cabaña y el cuchitril de su primera experiencia, mientras el perro, respetuoso y expectante, babeaba en el acompasado movimiento de su agitada lengua en la respiración.


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El 24 de Junio, era un día importante en Ferral de Bernesga, además de por la festividad de San Juan, con procesión y verbena, por ser el día de la Jura de Bandera del último reemplazo de reclutas en el Campamento Militar, instalado en las proximidades; en la zona urbana, los bares de bocadillos de la soldadesca se convertían en casas de comidas y se improvisaban camas y habitaciones en alquiler para abastecer al público que los desbordaba y en el acuartelamiento, se engalanaban patios, pórticos de acceso y todo lo que rodeaba a la gran explanada central donde se realizaba el gran teatro, con desfiles y exhibición de uniformes y armamento, entrega de medallas a los mandos, distinguidos por méritos y años de servicio y Juramento a la Bandera por la tropa, mediante desfiles y exhibición de uniformes y armamento de los reclutas que finalizaban su período de instrucción. Resultaba un acto atractivo, disciplinado y de gran boato y solemnidad por la presencia del Gobernador Civil, el Arzobispo y el Capitán General de la Región Militar, a los que acompañaban esposas y séquito más cercano, que ocupaban la Tribuna de Autoridades, justo detrás del mástil con la Bandera a la que se realizaba el juramento al pasar desfilando, sin parar la formación, tomando una punta y acercándola a la cara y realizando la simulación de besar la tela. Para muchos, nacía una nueva vocación de futuros militares, por toda aquella escenificación de pertenencia y servicio a los más altos ideales de la nación, como pregonaban las voces de los discursos y las banderas y carteles instalados por todas partes, acrecentados por los aplausos, saludos y expresiones entrecortadas y ahogadas por la emoción y el lagrimeo de madres, novias y simpatizantes; para otros, el final de un trámite imprescindible, a pesar de lo cual, no dejaban de sentir una agradable sensación de haber sellado un importante compromiso con la patria, incluso sin recibir aplausos ni señales concretas y personales, desde las gradas del público.

Finalizaban los actos con una comida de convivencia y confraternidad de autoridades, soldados, familiares e invitados al desfile, a base de fiambres, frituras y tortilla, de los que únicamente participaron los más rápidos y cercanos, quedando para los rezagados y los soldados, que tardaron por el tiempo de entrega de armamento, lo que habían apartado (escondido) los familiares y algunas sobras de fritura, ya frías y con aspecto de haber sido manoseadas en exceso, optando la mayoría, por brindar con el vino y la casera que quedaba y despedirse hasta un nuevo encuentro en el Cuartel de destino. Los reclutas mineros, debían realizar entrega de uniforme y enseres recibidos, como último trámite de su compromiso con el Ejército, aunque al soldado José Fernández Boto, le apetecía llevarse el cinturón de cuero y la hebilla con el águila dorada que lo sujetaba y si fuera posible, la gorra y la guerrera del uniforme. Sabía que no eran muy exigentes con el estado y aspecto de las prendas, pero eran implacables con la cantidad: se debía de contabilizar cada prenda aunque estuviera rota, incompleta, inservible y hasta sucia; de una mesa del comedor con ropa amontonada, tomó una gorra con distintivo de cabo y una guerrera de soldado que, una vez en el barracón, quitó el galón y partió en dos la guerrera, cortando la parte que sobraba de su cinturón, que casi daba dos vueltas a su estrecha cintura. Introdujo en su maleta lo que había previsto llevarse de recuerdo y con toda tranquilidad, hizo entrega de su ropa militar, a la que no pusieron más reparos que al cinturón, al que faltaba la hebilla, sobre la que dijo que la habían robado, por descuido, hacía un momento y que, para poder realizar la entrega completa, la había tenido que comprar a un compañero.

Texto agregado el 03-03-2009, y leído por 224 visitantes. (0 votos)


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