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LA COSECHA DE UVA
La preparación de los viñedos hasta llegar la época de cosecha, insume una gran cantidad de trabajos que involucran una serie de diferentes actores, todos con sus características distintas .El ciclo de cosecha a cosecha se comienza inmediatamente de haber terminado la última cosecha.
Cuando se termina en abril la cosecha, llevada la uva a la bodega, empieza la preparación de un nuevo periodo de cultivos, que deberá sortear todas las complicaciones que se presentan durante el año.
La cosecha termina con los pastos crecidos y por eso se largan los animales a las quintas y viñas, para que coman la Chépica y el trébol; los animales permanecen en los potreros armados en los viñedos y los frutales, por espacio de un mes.
En mayo se aran los viñedos y en muchos de ellos se planta cebada para que crezca en el invierno y darles comida a los animales; la Cebada se planta no solo para comida sino también como abono después de arada y para combatir la Chépica.
La cebada en tres meses está crecida, y en julio y agosto se da de comer a los caballos y a las vacas y luego se ara.
Una vez llegado el invierno desde mayo en adelante y hasta terminar, antes de la primavera se podan las viñas y los frutales.
La poda es un trabajo de muchos conocimientos agrícolas, cada tipo de cultivo tiene su técnica que debe ser ejecutada con precisión. Así a un parral hay que podarlo formando el árbol, para que cuelguen los racimos fáciles para cosechar, idea que prevalece en todos los cultivos. La aradura junto con la poda son los trabajos mas exigentes, el riego es uno de los mas cuidadosos.
Las viñas bajas son mas fáciles de podar que los Parrales y las espalderas, a mi me enseñaba Don Juan Villegas, la poda lleva mucho tiempo, y hay que sacar los sarmientos camellón por camellón, llevarlos a la punta del viñedo y con una rastra o un carro cargarlos, llevarlos a un potrero donde se guardan los sarmientos como leña para el invierno, y en lugares separados los troncos mas grueso de las plantas de uva y frutales.
La aradura se intensifica en la primavera, para preparar los surcos para riego, a veces por el tronco de las planta y a veces por el medio del camellón.
Cuando crecen los brotes en primavera y al adquirir gran volumen, se desbrota para que las viñas cobren fuerza, no alimentando brotes inútiles sin frutas, y permitiendo que las uvas se vengan grandes aumentando el peso de la cosecha, ya que se vende por kilo.
Generalmente en el mes de noviembre se sulfata cuando llueve, impidiendo que las plantas se enfermen de peronospera, para sulfatar se usan mochilas al hombro, o un carrito construido con ruedas de metal que portan una bordalesa de tablas curvas de madera, el producto se prepara con la bordalesa con agua y se le pone unos kilos de cal mezclada con sulfato de cobre. Adentro lleva una bomba que levanta presión y permite sulfatar las plantas por aspersión, con unos picos y unas mangueras.
Sulfatar es una tarea errática, depende de si hay mucha humedad o llueve en la viña, y los años húmedos son peores que los llovedores porque a veces no se dan cuenta que está para curar y la humedad desata una plaga muy temida:la peronóspora. Medir humedad relativa no es fácil para la gente de campo y solamente se guían por el aspecto de las hojas a la mañana.
En fincas mal curadas se pierden las cosechas, por eso este tema es siempre indicado por el patrón a su contratista, salvo que este sea ya de los muy expertos y no hace falta decirles que hay que curar.
El riego se hace de día y de noche, los patrones controlan que quienes tienen el turno y deban cuidar el agua lo hagan con mucho esmero.
Papá se levantaba a las 3 de la mañana en verano o invierno y recorría las plantaciones que se estaban regando, obligando a los agricultores que permanecieran atentos al riego. cambiando de hileras una vez que estas se habían regados.
Las noches de invierno son muy frías, y para no exagerar diría que a veces pasaban los -5°C, por ello era común que los contratistas dejaban parte de los sarmientos para hacer fuego en invierno y calentarse durante el riego, esos sarmientos servían para hacer brasas y comer un asado que fundamentalmente era de chorizos y trozos de cerdo que ellos mismos carneaban y que eran muy ricos.
Una tarea que se hacia cuando ya las uvas empezaban a madurar era cortar a machete las ramas que sobresalía de los viñedos, permitiendo que se despojara de hojas la planta y entrara el sol, facilitando que las uvas maduraran.
La última aradura era la que se hacia sacando la chepica del surco junto a las plantas, esto se llama “desorillar”y se hace con animales expertos en tirar el arado para este fin.







Para una determinada fecha del mes de febrero, comenzaban las cosechas en todas las fincas. Unas más tempranas, otras más tardes.

Las uvas se cosechaban por tipos, en esa época no estaban difundidos los varietales puros de la forma rigurosa de hoy en día; pero el programa era terminar a fin de marzo; cuando mucho, en los primeros días de abril.

Cuando yo era chico: 1950, recién se comenzaba a darle mucha importancia a plantar uvas blancas o tintas de determinada variedad, sin mezclarlas.

En la finca a pesar de la extensión de viñedos, había algunas hectáreas de tintas como: Barbera, Bonarda, Lambrusco y Cabernet. También había algunas blancas como: Pinot, Pedro Jiménez y Semillón. Y, había: mezcla, rosada, criolla y cereza.

Había muchísimas hectáreas de uva que, si bien no eran muy buenas para vinificar, sí eran muy ricas para comer –por ejemplo-: Semillón, uva blanca que maduraba temprano, uva sin semilla que maduraba tarde y no tenía semillas y se secaba al sol para hacer pasas de uva y uva Moscatel rojo y Moscatel rosado.

La moscatel chica tenía el típico sabor Moscatel pero muy intenso. La Moscatel se mezcla con la: Pedro Jiménez y se elabora un rico vino dulce para postre.
Si bien no conocíamos el nombre de todas las clases de uva que el nono trajo de Europa, sí sabíamos en qué lugar de la viña estaban y cuándo maduraban, haciendo una obra de arte la recolección de las uvas más ricas y finas para comer.

Sabíamos cuales maduraban primero y cuales quedaban sin cosechar porque eran pocas y estaban verdes cuando la cosecha pasaba por ese cuartel. Esas que quedaban sin cosechar las cosechábamos al entrar el invierno y preparábamos jugos y vinos caseros muy ricos.

Con la cosecha llegaban todos los cosechadores que no eran todos de Mendoza, algunos venían año tras año y desde muy lejos. Podían venir del Norte, nunca del Sur, eran tucumanos, santiagueños, jujeños y bolivianos.

La cosecha era para todos muy importante, generaba movimientos internos migratorios en busca de trabajo, las cosechas manuales hacían que el desempleo en el campo fuera estacional y con lo que juntaban en las cosechas se podía pasar unos meses sin trabajar.

Las cosechas manuales más famosas eran: las de caña de azúcar, las de maíz, las de aceitunas (a lo largo del País) y, por supuesto, las de uva que, si bien duraba relativamente poco tiempo, permitía a los más hábiles guardar dinero, y mantener a su familia en los duros meses de invierno.

Los cosechadores como Las Golondrinas, sabían la época en que tenían que venir. Empezaban a llegar en bandadas que se distribuían en las fincas grandes primero, porque era allí donde se armaban las "cuadrillas" que primero cosechaban las propias viñas.

Así se armaban cuadrillas en Gargantini, esta era la finca más grande de todas en el mundo; allí las cuadrillas eran numerosas, enviaban la uva a su propia bodega. También en Tomba, había muchas cuadrillas e, igualmente, mandaban la uva a su propia bodega.

En La Compañía (finca lindante con la nuestra), tenían muchas hectáreas de viñas y su propia bodega.

En lo de Carlitos Román, tenían una bodega nueva pero más chica que las anteriores. Yo iba a su casa, Carlitos era muy amable y su señora también, tenía dos hijas menores que yo, con las cuales jugábamos.

Tenía la casa enfrente de la bodega cruzando la calle y en la casa jugábamos en la pileta de natación. Hasta que un día, Daniel, que era sobrino de Carlitos y un muy mal bicho, me hizo una de las pesadas bromas que gustaba jugarle a cualquiera. Yo estaba aprendiendo a nadar y él me dio vuelta la goma inflada que usaba como flotador. Yo no volví a la pileta y por muchos años no me metí nunca más en una pileta ni en ningún lugar con agua profunda, quedé atemorizado y hasta que se me pasó el susto pasaron muchos años.

La cosecha representaba el premio a un duro año de trabajo y en Mendoza terminaba con La Fiesta De La Vendimia, a la que iban niñas (de 15 o más años) elegidas por su belleza. En más de una ocasión resultaron elegidas Reinas De La Vendimia, autenticas vendimiadoras.

De la fiesta de la vendimia contaré la del año 1950, año del LibertadorGeneral San Martín. Dada la significación del año vinieron representantes de toda América.

Los que trajeron una representación numerosa fueron los hermanos de Chile, y es precisamente a ese pabellón al que me voy a referir. Como siempre sucedía en las vacaciones, ese año para la fiesta de la vendimia estaba en la casa del tío Severo y la tía Gringa. Iba a jugar con mi primo Rulo, el tío me llevó a ver los stand que ese año presentaron como una novedad las naciones que participaban, así fue que decidió que fuésemos a comer langostas al pabellón Chileno

De entrada desconfié de las langostas Chilenas. Yo, las únicas que conocía, eran las que venían como plagas. Esas pequeñas tucuras saltarinas que tapaban la luz del sol cuando llegaban, y para evitar que se quedaran asentadas comiendo y haciendo daños, le enviábamos por las viñas tropillas de caballos sueltos que los arreábamos, o le prendíamos fuego a hojas y cosas que hicieran humo.

Tenía 9 años y nunca había visto una langosta de mar gigante, al principio empecé a mirarla con miedo, con desconfianza, pero dada la seguridad que me transmitía mi tío Severo, no sin precaución, empecé a comerla como me indicaban.

Los que les tienen miedo...o asco a los mariscos saben de lo que estoy hablando...pero ¡Oh delicia!... Cuando le tomé el gusto fue una de las comidas más exquisitas que había probado.

La Finca Furlani tenía un lugar dedicado para la gente que venía a hacer la cosecha. Era el viejo secadero de frutas peladas que había construido el nono Lorenzo, cuando años atrás comenzó con los frutales.

En esa época era muy difícil mandar frutas frescas a Buenos Aires, pues no había cámaras frigoríficas para acopiar los duraznos, ni camiones frigoríficos para llevarlos a Buenos Aires. Por eso el nono hizo el secadero de frutas para defender el valor de su producción.

Él producía medallones amarillos, a los que les sacaba el carozo para luego ponerlos en la "paceras" al sol, también a las ciruelas y a las uvas sin semillas las secaba al sol. Las "pasas" de uva le daban el nombre a las paceras, que eran unas camas de cañas partidas al medio, con un perímetro de madera donde estaban clavadas las medias cañas.

El secadero, a pesar de que estaba desactivado, conservaba lo esencial: Un enorme tanque de agua remachado como los del ferrocarril, la estructura de hierros abulonados, era grande y alto (se veía de lejos desde los alrededores).
Se necesitaba agua para lavar la fruta y mantener limpio y sin moscas el lugar.

Lo principal del secadero lo constituían unas piecitas pequeñas que guardaban las paceras de noche, que luego se extendían al frente sobre unos alambres lisos sobre los que se hacían deslizar las paceras. Expuestas al sol del día y guardadas de noche para evitar la humedad del rocío, esas piecitas eran de dimensiones reducidas: 2mx3m.

Habían una cien piecitas ocupando una gran extensión, todas unidas una al lado de la otra. Fue el primer barrio de departamentos de una pieza que conocí.
Allí papá le daba alojamiento a la gente que venía a hacer la cosecha, habían hombres solos, había matrimonios, y habían familias numerosas con hijos chicos y grandes.

Con un código personal, papá repartía las piecitas con la mayor equidad para que todos pudieran pasar lo mejor posible y más seguros que en una carpa. Tenían lo fundamental que era el agua de pozo, muy buena para beber, tenían un campo lindero donde construir casillas para baños de campo (retretes). Papá les daba chapas y palos y ellos construían el retrete, que era un pozo con piso y cerrado con las chapas, dejando una puerta.

Cocinaban con leña del campo o las ramas de los frutales y de las viñas, siempre hacían asados o guisos, comidas fáciles de hacer y ricas para comer.
En el secadero se reunía toda clase de gente de diferentes lugares que tomaban hasta emborracharse, festejando la cosecha u olvidando de donde venían.

Era un código no escrito que el que buscaba pelea a cuchillo se tenía que ir, eso se les decía con el aviso de recepción. Las peleas a piña se toleraban, pero a los peleadores al otro año no se los recibía. Por ello el secadero era un lugar tranquilo y más bien bullanguero, se jugaba por plata a la taba los domingos, se pagaba con fichas que era plata.

Otro juego habitual -pero en las viñas- mientras había alguna demora de un camión, era jugar con la tijera de cortar la uva a las clavaditas.

Muchas de las familias que vinieron a hacer la cosecha se quedaron para siempre y a medida que la finca crecía plantando los campos, ellos se convertían en contratistas, ya no eran más italianos los últimos contratistas, eran criollos educados por italianos que aprendían a cuidar las viñas y papá les entrenaba como contratistas. Fue un gran progreso para familias numerosas y muy pobres que aprendieran a manejar un viñedo.

La cosecha empezaba con algunas actividades previas, primero se repartían los tachos donde se llevaría la uva desde las plantas de vid hasta el camión, luego se entregaban las escaleras que se usarían para los parrales. Los cosechadores llevaban su propia tijera, algunos llevaban delantal con bolsillos grandes para poner uva cuando la juntaban para tirar en el tacho.

La cosecha empezaba por los parrales, que no eran muchas hectáreas, los cosechadores se distribuían por hileras, cada uno tenía un número y si cosechaban mal se los hacía volver y repasar la hilera. Había cosechadores muy rápidos y limpios, es decir cosechaban bien, otros no tanto y tenían problemas.

Cuando llegábamos a los arenales, usábamos el tractor para tirar el camión y sacarlo de la arena.

Algunas madres venían con sus bebes y estos a pesar de ser chiquitos se chupaban un racimo de uva. Siempre se veía al final de la cosecha que todos los bebes en 3 meses como máximo, habían aumentado mucho de peso y ninguno se había enfermado y estaban regordetes por la mucha uva que habían comido (algunos venían flaquitos y casi desnutridos).

Papá usaba la yegua Negra para recorrer las hileras, para verificar que estaban bien cosechadas, si habían dejado racimos o plantas mal cosechadas (que no estuvieran verdes), los hacía volver y no les daba nuevas hileras para cosechar hasta que no terminaban de repasar la hilera anterior.

Papá les daba una ficha por cada tacho de uva de 20 kilos, esa ficha tenía un valor que lo fijaba el gobierno de la provincia, y era cambiada por dinero los fines de semana en la administración de la finca, todos los sábados y domingos.

Nosotros los pibes le ayudábamos a papá a dar fichas. También le ayudábamos al camionero a pisar la uva dentro del camión para que entraran los trescientos tachos que regularmente llevaban los camiones.

Para nosotros era una diversión: dar fichas, controlar los tachos que tengan 20kilos (estén llenos).

Los almacenes de la zona le recibían las fichas por su valor y les vendían mercadería al precio real sin sobreprecio, luego venía el almacenero y cambiaba las fichas por dinero, los sábados o domingos.

Jorge Eduardo 1953
Campamentos, Rivadavia, Mendoza
La Plata 2008-10-04-Buenos Aires

Texto agregado el 06-10-2008, y leído por 2316 visitantes. (0 votos)


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