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Acabo de regresar del primer encuentro en Caleruega (Burgos) de antiguos alumnos dominicos, la mayor parte, como en mi caso, por haber iniciado los estudios en el colegio de la Virgen del Camino (León).

Son tantas las sensaciones, que me parece obligado realizar una exposición escrita a modo de recordatorio y donde pueda resumir lo más trascendente y que no son, precisamente, los cambios físicos de nuestro aspecto, los achaques de los años y los excesos y huellas que reflejan nuestros cuerpos, que dicho sea de paso, en general creo que superamos con creces lo que se podría calificar como un estado saludable, para personajes cercanos o a caballo de los 60 años.

Vuelvo encantado de la experiencia, gratamente satisfecho del ambiente de familiaridad y camaradería después de tantos años sin noticias y enormemente sorprendido, de los afectos mostrados por todos y cada uno de nosotros en perfecta armonía y disfrutando, como auténticos amigos y sin reservas, de un encuentro largamente deseado y que por fin, lo estás celebrando en un ambiente de fiesta como una boda; y no menos destacable, los gestos y actitudes de los frailes y monjas que compartieron y participaron con nosotros en esta convivencia, entre los que quiero destacar al Pdel Cura, P.pedro, P.arruga, etc. todos antiguos tutores, profesores, o con alguna incidencia y responsabilidad directa sobre nosotros, cuando éramos alumnos del colegio.

A pesar de su importancia, no realizaré más mención a los Organizadores y Responsables del Encuentro, que resultó con la brillantez, eficacia y saber hacer de auténticos profesionales de Organizadores de Congresos y Eventos de Gran Relieve.

Nos hospedaron en el noviciado en habitaciones sobrias, limpias y bien acomodadas, todas equipadas como individuales pero que, la mayoría de los que acudíamos emparejados, readaptamos con traslado de cama, juntando las dos camas en una sola habitación. Desayuno, comidas y cenas en el comedor y como en los viejos tiempos, nosotros mismos nos ocupamos del servicio con recogida y retirada de platos y útiles auxiliares, lo que resultó una experiencia divertida y celebrada por la mayoría.

También hubo tiempo para hacer turismo de aventura, con excursiones a parajes tan singulares como la Yecla y Las Loberas de Caleruega; visitas culturales a los claustros de las monjas dominicas en Caleruega y el monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos, donde también disfrutamos de los cánticos de los monjes, con salmos en el coro de “la tercia” (el domingo a las 11 horas y previa a la visita al claustro y la considerada como primera botica española –de gran importancia histórica por las fórmulas y envases e instrumentos que posee y que se pueden ver-) y la no menos interesante visita a la bodega Señorío de Nava (de la denominación de origen Ribera del Duero) donde nos sorprendieron con un gran aperitivo a base de buen jamón, lomo ibérico y queso manchego, regado por uno de sus productos estrella como el tinto crianza cosecha 2005.

Guiados por el enólogo y tutelados por los hermanos Cortés (compañeros nuestros y con importantes responsabilidades en la bodega), entre barricas de madera de roble, depósitos de acero inoxidable y diferente maquinaria para embotellar y etiquetar, recorrimos las diferentes instalaciones para posteriormente contemplar en plena naturaleza, parte de la presente cosecha y donde pudimos tocar y algunos arrancar, con sus propias manos, algunos racimos de uvas de las cepas del viñedo.

Cada mañana a las 8, nuestro coro particular dirigido por Carlos Bañugues, interpretaba con voz sonora, clara y contundente “Las mañanitas del Rey David”, como despertador y para poner a todos en funcionamiento.

Si cada momento, cada lugar, cada encuentro, cada compañero reconocido, aunque a menudo no recordado, resultó importante, a mí, personalmente, me cautivaron sobremanera dos situaciones que, vividas individualmente y en escenarios diferentes, son la lectura más importante y que quisiera destacar en estos apuntes:

La primera y sin duda alguna, la que me causó mayor impacto, se refiere a la misa concelebrada por Ppedro, Pjesus y nuestro compañero José Antonio, hoy prior en Oviedo. Debo señalar que desde que dejé el colegio, soy poco adicto a actos religiosos, aunque acudo a misa en celebraciones sociales y es difícil que no coincida alguna cada año; también que, seguramente, cuando deje el colegio, todavía se concelebraba en latín.

Nunca presencié hasta el pasado sábado, la posibilidad de un diálogo directo entre oficiantes y feligreses y más, que se pudiera manifestar lo que allí se dijo. Cierto que la ocasión y el escenario, no es lo que creo que se practica enn las parroquias. Independientemente de lo que manifestaron todos los que hablaron y las razones, dudas y motivaciones que pudiera tener cada uno, asocié sus intervenciones a lo que puede suceder en “Un Parlamento”, donde el pueblo habla y dice lo que le preocupa. Jesús, si existió alguna vez, estoy seguro de que buscaría un escenario y una fórmula parecida y puedo asegurar que a mí, me resultaría fácil creerle y posiblemente, también seguir sus indicaciones.

Disfruté de lo que ví, lo que oí y hasta estuve a punto de intervenir para decir que me habían abandonado casi todas mis creencias de cuando era alumno dominico pero, que casi me apetecía acercarme a experimentar la sensación de volver a comulgar. Además de las voces y el entusiasmo de los compañeros del coro, que amenizaron y nos hicieron vibrar a todos, sentí cercano y acertado a Ppedro y también hago mías, si se me permite, las palabras de Cícero, al que no conozco. Descubrí, que hay más Iglesia que la que conocí en la Virgen del Camino y me parece importante destacarlo.

La segunda y no menos importante, se relaciona un poco con la anterior y es, lo que pasó por mi cabeza durante el “Acto de Tercia” de los monjes benedictinos en la Iglesia de Santo Domingo de Silos, a la vista de lo que pude contemplar en aquel recinto. Antes de relatarlo, pido disculpas al compañero que menciono y a su hija, protagonistas involuntarios pero a los que desde aquí, envío un cariñoso y cálido abrazo por la ternura que me transmitieron.

Estaba absorto intentando leer (no llevaba las gafas encima) el texto de los salmos de la tercia, que repartía José María Cortés, cuando empecé a percatarme de la entrada en el coro de los monjes, como en una película de la edad media con personajes de recia y dura disciplina monacal, distanciados en tiempo de llegada pero idénticos en movimientos, ropajes y ademanes. Tres bancos delante de mí, un padre y su hija, necesitada de ayuda y en silla de ruedas.

El intenso olor a incienso, la monotonía de los salmos y la escasez de luz, contribuían a crear una atmósfera triste y como de otro tiempo, muy distante de lo vivido en la misa de la tarde anterior. Estaba en esas y sin poder evitar las comparaciones cuando Marta, la niña de la silla de ruedas, me pareció que reclamaba atención de su padre Manolo, por alguna incomodidad de no poder sentarse o moverse. En cada ocasión anterior que los había visto, siempre aprecié la delicadeza y ternura con que el padre se ocupaba de su hija; allí, en el templo, la ternura de las miradas a la par que sus movimientos de los dedos y las manos de aquel padre con su hija, impedían cualquier atención al resto de feligreses incluso hasta dejar de percibir los sonidos de los cánticos de los monjes.

Fue en ese momento donde en mi cabeza se resistía a entremezclar el rito triste y rígido de los actores del coro y la ternura de la imagen del padre con su hija. Sin pretenderlo, llegué a pensar en los postulados del Ppedro, que casualmente estaba a mi lado y me preguntaba si, también él, se sentiría tan confundido entre aquellas imágenes tan distantes y tan brutales por tan opuestas, en un mismo instante y en el mismo escenario.

Hacer el bien, que parece que resulta tan difícil, es la imagen del padre con su hija. Desaprovechar los tesoros que nos rodean, aunque llegaran a construirse por inspiración de dudosos personajes hoy en día, debiera llegar a considerarse como lo contrario de hacer el bien.

Tantos edificios, tantos esfuerzos, tanto espacio, tanta gente ocupada en naderías y reminiscencias de un pasado oscuro y tenebroso, cuanta mejor aplicación tendrían dedicándolos a centros de atención a necesitados y a fomentar el conocimiento, la cultura y lo que, según lo que se dijo el día anterior, nos pide Jesús.

También me invade otro sentimiento de menor importancia pero, que no sería fiel a mí mismo si no lo incluyo en este comentario y es el convencimiento de que, este mismo encuentro y con los mismos personajes, sería imposible en las circunstancias de tan solo hace 50 años y no, precisamente, por los deseos y el ambiente de los alumnos asistentes…

Loseiros 30/09/08
(César Alvarez)

Texto agregado el 03-10-2008, y leído por 128 visitantes. (0 votos)


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