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Los teléfonos y las cabinas.

Hace unos días, se anunciaba en televisión la desaparición en la ciudad de Londres, de los típicos autobuses de dos pisos. Desde hace tiempo vivo aislado de contactos y recuerdos de mi época de aventurero, pero al escuchar la noticia, volvieron a mi memoria imágenes en color rojo; no solo las de los autobuses sino quizá con más intensidad, las de las cabinas telefónicas.

Los autobuses rojos y con dos pisos para transporte de viajeros, creo que son el referente más pintoresco de entre los recuerdos de esta ciudad inglesa, más que por su originalidad, por su permanencia en el tiempo y la memoria de cuantos la han visitado.

Conocí Londres en un viaje casual al Medio Oriente, en la década de los 70 del pasado siglo XX. Era casual, porque en aquel entonces, para poder viajar a Kuwait, no existían enlaces directos desde Madrid-Barajas y era imprescindible enlazar con algún vuelo regular a la zona y esto, solo era posible a través de compañías como British, KLM, Alitalia o Lufhansa y según la compañía, el vuelo salía de Londres, Amsterdan, Roma o Frankfurt y elegí Londres, como hubiera podido elegir cualquiera de las otras capitales europeas.

Era una época, todavía, donde se trabajaba con efectividad pero con tiempo para desayunar y en la que viajar requería, además de una planificada estrategia en cuanto a enlaces, horarios, vuelos, etc., importantes dosis de paciencia y recursos casi ilimitados, tanto económicos como de posibilidades de todo tipo. Las prisas, los nervios, las facilidades, era algo con lo que no se podía contar si se quería realizar cualquier viaje con cierta garantía.

No existían las tarjetas de plástico para conseguir dinero en cualquier sitio y a cualquier hora, tampoco teléfonos móviles y apenas fijos, salas Vip para descanso y esparcimiento de los viajeros, centros de comunicaciones, Internet, oficinas de información, con personal hablando un idioma como el español, accesos libres en la frontera y un sinfín de inconvenientes que convertían cada viaje en una maravillosa aventura si todo te salía bien y una pesadilla difícil de digerir, si surgía cualquier dificultad, como quedarte sin dinero, comunicar con tu familia o centro de trabajo, coger una gripe o sufrir algún extravío de equipaje, pérdida o robo de la documentación o algún contratiempo de tipo sanitario.

Era bastante habitual perder algún enlace, en cuyo caso, había que darse prisa y adaptar los billetes y documentación de vuelo y sus correspondientes enlaces para la siguiente salida, si no se quería correr el riesgo de perder el vuelo y el dinero empleado en el billete y las reservas de hoteles etc., y esto, siempre exigía, además de controlar los nervios y la situación, poner en conocimiento de tu familia y de tu empresa el nuevo plan de viaje y las circunstancias que concurrían en el itinerario previsto. No había otra forma de hacerlo mas que a través del teléfono y era imprescindible utilizar una de aquellas tormentosas cabinas rojas.

Las cabinas funcionaban con fichas que se adquirian en el mostrador de las Lineas Aéreas. Las había de distintos precios que debías utilizar en función del tipo de llamada pero para conexiones con el Exterior de Londres (España, en mi caso) se contactaba con una central de teléfono donde pedías la conexión con España y era la telefonista quien te indicaba las fichas que debías introducir en la cabina de color rojo y en función de lo que ibas metiendo, se te permitía comunicar. Eran escasas las comunicaciones sin cortes o contratiempos sin explicación alguna y también habitual la falta de entendimiento entre la telefonista y la cabina, bien por causa del idioma, bien por razones desconocidas.

Durante unos diez años desarrollé mi actividad profesional en el sector de Comercio Exterior, en un grupo de Empresas dedicadas a la exportación de materiales relacionados con la Construcción y Bienes de Equipo y, entre multitud de recuerdos relacionados con dificultades, contratiempos y momentos de tensión por diferentes causas, no recuerdo ninguna tan engorrosa, desesperada y que me causara tanta impotencia como las derivadas de las cabinas telefónicas, intentando comunicar con mi casa o con mi empresa para pedir alguna cosa urgente o transmitir alguna novedad importante, empleando, a veces hasta horas, sin conseguirlo.

Ahora en la era de los móviles, las tarjetas de plástico, la supresión de pasaportes, la globalización de vuelos, rutas e itinerarios y donde viajar con pasaporte español no resulta nada novedoso, me maravillo cada tarde al pasar junto a puntos de teléfono instalados cerca de mi casa en Oviedo y ver a personas de diferentes razas, etnias, parloteando amigablemente en largas conversaciones, en libertad y en plena calle, que pudiera parecer que hablan entre sí, si no fuera que lo hacen a un auricular que se une por un cordón a una columna y que cada uno habla en diferente tono y alguno en idiomas desconocidos para mi y en ningún caso,se miran u observan al compañero,sino que sus miradas estás como ausentes y perdidas en la distancia de la comunicación.

Qué distinto, qué distante con aquellos armarios rojos que te consumían la paciencia y buena parte del dinero que tenías para refrescar los sudores del viaje y desde los que, casi nunca conseguías comunicar con tu familia ni con tu Empresa.

Bienvenida la era de la comunicación, los móviles, la banda ancha y el dinero de plástico. La vida es más fácil, más barata, más hermosa, más vida...

Texto agregado el 02-12-2007, y leído por 127 visitantes. (0 votos)


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