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Recuerdo con nostalgia vivencias pasadas de cuando ir a la playa era casi un ejercicio de trashumancia.

Tengo que situarme en el tiempo y en las distancias del camino. Ir a la playa cuando la más cercana distaba más de 400 km desde mi casa, suponía atravesar páramos y horizontes interminables, ver cielos tan azules, tan altos y sin nubes y donde dejabas que tu imaginación pudiera localizar estrellas y mundos ocultos de donde creías que salían los truenos y las tempestades y donde habitaría Dios y los Angeles, a los que podías desafiar desde aquel adorable utilitario, poderosa muestra de tu condición de asalariado trabajador, navío guardián de tu familia y de tu hacienda, cargado hasta los topes y dispuesto a vencer cualquier obstáculo.

Pertrechado desde el centro de Madrid con todos los elementos para una larga travesía, como herramientas, gato, bujías, juego de luces, rueda de repuesto y agua en abundancia para los calentones de las empinadas cuestas de algunos puertos de montaña que se interpusieran en el trayecto y con la suficiente dosis de optimismo y voluntad para hacer corto y entretenido un viaje de entre 8 y 10 horas hasta la costa.

Sin airbag, sin aire acondicionado, sin puertas traseras, pero con baca y el motor metido en el maletero, aquel Seat-600 contaba con espacio suficiente para toda una familia de las de entonces: varón de menos de 30 años, mujer algo mas joven y dos hijos entre los 7 y los 3 y bolsas con ropa para resistir sin apenas lavarla durante un mes, comida para más tiempo que una campaña de recogida de uva, una mesa, dos hamacas, cuatro sillas, tablero de damas y ajedrez, baraja de cartas, bañadores de repuesto, algunos kilos de toallas, cubos, palas, rastrillos y moldes para hacer castillos y perder el tiempo.

Varias raquetas y un sinfín de pelotas, balones normales y uno grande de Nivea que no servía más que para enseñar, al igual que la cometa.

Y aún sobraba espacio para media docena de libros. Algún clásico de renombre, de cocina, de autoayuda y para aprender a ser un líder. Y alguna guía prestada por algún amigo y un fardo de novelas en las que el muerto siempre acababa pagando sus fechorías. Lo del Hola y lo demás, vino después.

Y había tiempo para leer tranquilamente sentado en la playa alrededor de una mesa cargada de cosas, en tu silla, con tu gente. Y también para charlar con los que coincidían en tu mismo recinto y para jugar a las cartas y para preparar los bocadillos para todos los críos que aparecían en el momento de la merienda.

No había botellones de esos de varios litros con nombre de Coca-Cola o Kas, como ahora, pero hacíamos “botellón” con agua y la bota de vino tinto. Todos aportaban algo y se compartía casi todo con todos. Nos acompañábamos de unas cajas de plástico mal-denominadas neveras donde se metía comida, bebida y los vasos y platos de plástico, con algo de hielo para que se mantuviera fresquito y apetecible.

Normalmente el agua se procuraba de las fuentes públicas y nunca faltaba la gaseosa, que entonces era una bebida blanca que bebía todo el mundo, sola o mezclada con vino y a la que nunca se llamaba “casera”, que esa marca se hizo popular después. Con la nevera, siempre iba algún termo y para después del café algunos llevaban una petaca de bolsillo con algún licor que entonaba la tarde de los mayores.

Y los libros, que también se compartían y se comentaban y todos tenían afán por destapar algún sucedido o enseñanza especial de aquellos textos. Casi se les veneraba y su contenido era como palabra sagrada y casi nunca discutible.

Allí estaba la experiencia y el saber y la ciencia y, especialmente el entretenimiento. Entre mis recuerdos están muchos de los que después supe que era grandes maestros y me produce una sensación placentera haberlos leído por puro placer y mucho azar de haber tenido la suerte de que cayeran en mis manos.

No recuerdo fechas, nombres ni detalles puntuales de historias pero si, por alguna causa, mi retina vuelve a pasear por entre alguna de sus páginas, vuelvo a sentirme atrapado en ese abanico de sensaciones que como un baile de gala en una noche de fiesta, hace vibrar a todos los asistentes.

Y la Revista titulada “Selecciones del Reader’s Digest” que si no era americana yo la asumía como tal y, solo por esa razón, sobrevaloraba sus comentarios y aquellas historias lejanas de pueblos importantes y poderosos.

Sentado en la butaca de playa viajabas por el mundo entre nubes de ilusión y te acercabas a fuentes desconocidas y que suponías cercanas a la Universidad pero cuya puerta no había sido abierta para ti. Esa mínima frustración se compensaba pegando tiros con novelas de Marcial Lafuente Estefanía que aunque todas eran muy parecidas, había tanto jaleo y eran historias de forajidos con tanto ritmo y personajes tan vitales que se te pasaba la hora de la siesta en un santiamén y sin enterarte.

Era igual, novelas, libretos como el Selecciones, libros, aquellas ediciones populares pero todavía no de bolsillo, nada baratas pero que te acompañaban a la playa estaban hechas de una pasta, un papel y una tipografía tan bien adaptada, que eran repelentes a la arena, al tiempo y al aburrimiento.

Quiero pensar que en las mansiones, los adosados, las segundas residencias, las villas y los lugares de descanso y disfrute de nuestras playas seguirán disfrutando y descubriendo parte de los mundos maravillosos con que están construidos los libros, porque en los lugares más concentrados de bañistas y a donde ahora suelo ir, como sigue yendo la mayoría, quizá por el cambio climático con vientos molestos y huracanados, exceso de bañistas aprendices de pala y pelota o la necesaria acotación de espacios para colocar las toallas, hoy son bastante escasos los espacios donde se puede ver algún libro abierto.

Texto agregado el 20-08-2007, y leído por 358 visitantes. (0 votos)


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