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La primera sensación fue como volver a respirar después de salir de un sótano mal ventilado. Cerré los ojos y no pude evitar respirar tan hondo de aquel aire limpio, perfumado y familiar y que alimentaba de nuevo mi memoria que, sin darme cuenta, giré sobre mis propios tacones, dando una vuelta completa al tiempo de respirar con ansiedad hasta saciar mis pulmones, como para absorber todos los matices de la atmósfera de aquel territorio de mis sueños.

Estaba de nuevo y esta vez para quedarme, delante de la casa donde había nacido y de la que había salido 30 años antes. Acababa de apearme del coche y, como en las primeras vacaciones como estudiante, busqué con la mirada la silueta de mis padres y el bullicio de mis hermanos, que en tropel, venían a recogerme al autobús en mis primeras salidas del internado.

Acababa de apearme de mi coche y todo parecía tranquilo y cada casa en el mismo sitio, como siempre, pero no había nadie esperándome. Mi padre, ya muy mayor y bastante enfermo, estaba más tiempo en la cama que levantado y mi madre tenía suficiente con su artrosis, y el control de horarios para las pastillas y medicamentos, ya que de ella dependía toda la responsabilidad de administrar adecuadamente las dosis y contenidos que se gastaban en casa.

Con el tiempo, se habían agrandado los accesos de entrada al pueblo y, a los laterales, había dos nuevas filas de farolas, intercaladas entre algunos árboles sin otra utilidad aparente que ambiente urbano y posiblemente alguna sombra en verano, que habían sustituido a árboles frutales que, de niños, además de algún susto y desgarrones en la ropa, proporcionaban a la chiquillería buenos atracones de cerezas, higos, peras y nisos, con alguna que otra bronca por coger fruta de los vecinos.

El encuentro es hermoso y hoy, me parece todo mucho más pequeño pero también más íntimo y más propio. En todo este tiempo, durante el que he aprovechado escapadas de algunos días para visitar a mis padres y para poner al día mis recuerdos, he ido inventariando en mi cabeza cada esquina, cada puerta, cada casa, cada color y cada olor de este territorio que, al menos mentalmente, me pertenece. En mi mente, se han ido posando las nostalgias de cada conversación, cada vecino y cada acontecimiento vivido u oído y como en un archivo vivo y referencia vital, se han ido adaptando los cambios producidos por las estaciones, la lluvia y el sol a través de los días y los años.

Estoy recelosa de encontrarme con la gente y a abrir cualquiera de sus puertas. Conozco su interior, sus olores, sus matices y su belleza de cuando niña, pero, estoy segura, son creaciones de mi propia ensoñación, de mi propio criterio de un concepto de vida en la distancia y, posiblemente, la realidad y los personajes que voy a encontrar, no pueden ser tan majos, tan nobles y tan buena gente como los que habitan en el teatro de mi memoria. Lo pienso, porque en otros sitios que conozco y donde he vivido, habitan seres humanos normales donde el equilibrio entre buenos y malos está más o menos en el fiel de la balanza y, en mi pueblo, en mi casa, en mi familia, no hay más sitio que para los buenos.

Texto agregado el 19-08-2007, y leído por 98 visitantes. (2 votos)


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