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un cuento…


-“Abuela, abuela es el cartero y dice que trae una sorpresa para ti”

-¿Una sorpresa para mí? Será una carta del Banco que es el único que me sigue escribiendo hija y, si tengo que firmar algo, hazle pasar que para levantarme necesito algo de tiempo.

Pasa el cartero hasta el cuarto de la casa donde Doña Imelda al recibir unos tenues rayos del sol, cada tarde repasa recuerdos desde que abandonó la escuela hasta la muerte de su esposo, ya achacoso y castigado del trabajo, el mal humor y el tabaco.

-“¿Qué tal Sra. Imelda? Esto es más que una sorpresa, es una casualidad y aunque supongo no tendrá más valor que la curiosidad porque es una carta fechada hace más de 30 años, allí estaba, en un viejo buzón de correos que hace un siglo que no se usaba pero al levantarlo ahora que está de obras toda la oficina de correos apareció y tiene su nombre y dirección y creímos que debíamos entregársela al tiempo de pedir disculpas por este error de no sabemos quién. Espero que contenga buenas noticias y que le proporcione buenos recuerdos.

-“¿De más de 30 años? A ver… Sí, sí, pone mi nombre y la dirección de la casa de mis padres, que ya no existe… ¡Qué sorpresa, sí! La leeré con calma. Gracias por acercármela, que la podían tirar a la basura y nadie se hubiera enterado. De las gracias al que la encontró y a todos los que decidieron que se me entregara”

Se fue el cartero y Doña Imelda entre nerviosa y ruborizada guardó la carta entre sus ropas.

-“¿No la lees abuela? Espera que te traigo las gafas ¿o prefieres que te la lea? como hago con las cartas de los Bancos”

-No hija, ahora prefiero seguir descansando que me duele un poco la cabeza. Ya la leeremos con tiempo que después de 30 años da igual un poco más o un poco menos. Quiero estar relajada y tranquila que las sorpresas a mi edad no traen buenas cosas.

Cuando quedó sola Doña Imelda, algo nerviosa, temblorosa y con miedo a ser descubierta, abrió con todo el cuidado que pudo, la carta que, con el remite de su gran amor de juventud, había estado esperando toda su vida.

-“Era de él, aquella caligrafía firme, hermosa, igual, clara, segura y una cita, la cita que nunca hubo, para el miércoles a las cinco. Esto no puede ser, ¡por favor! Toda una vida perdida, toda una vida soñando, toda una vida sufriendo, toda una vida pendiente de aquella cita, de aquella carta. Había una carta perdida, estaba segura de que algo así debió pasar; no era posible que desapareciera sin dejar rastro, él no tiene ninguna culpa que la culpa es de correos… y se la entregan ahora que todo ya está muerto o muriendo.

A Doña Imelda aquella sorpresa la sumió en un letargo y pérdida de apetito y optimismo hasta el punto de que su nieta empezó a preocuparse por el aislamiento y falta de interés que, generalmente, mostraba por la vida. Sospechó que parte de ese abatimiento pudiera deberse al contenido de la carta y después de hurgar en sus efectos personales, encontró el sobre, lo abrió y al leer la carta quedó como paralizada por el contenido de la misma. Volvió a releer y en esta segunda lectura descubrió tanta ternura, y tanta belleza en aquellas palabras que no dudó en conseguir descubrir aquella historia de su querida abuela.

Aprovecharía una revisión al dentista que tenía la consulta en el mismo edificio donde figuraba el nombre del Café que mencionaba la carta, para que la acompañase su abuela, entrarían a tomar un café y una vez dentro y con el ambiente y decorado que todavía mantenía aquel local, abordaría directamente a la abuela aunque tuviera que confesarle la indiscreción leyendo la carta sin pedir permiso.

Siguiendo el plan creado de antemano, aquel miércoles y a las 5 de la tarde ambas entraron en el café, ocuparon una mesa junto al ventanal por donde asomaba el sol, pidieron café y dos pastas y quedaron que Doña Imelda esperaría allí sentada hasta que la nieta finalizase la consulta con el dentista.

Pasadas casi dos horas la nieta volvió al café a toda prisa y nerviosa, pensando en lo preocupada que estaría Doña Imelda. ¡Casi queda boquiabierta! Sentada, en la misma mesa estaba su abuela Imelda, coqueta y muy animada junto a un señor de sus años como una pareja joven con risas, gestos y charla y esa mutua admiración que delatan las miradas cuando nace la pasión y los deseos de amor aíslan de toda causa ajena a la persona amada.

¿Quién dijo que no hay amores eternos? Es como si el tiempo fuera sólo una referencia para cálculos y medidas…

Texto agregado el 16-08-2007, y leído por 122 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
16-08-2007 Estuve leyendo tu hermosa historia con mi sobrina de 8 añitos, y, qué decirte, a las dos nos ha encantado!!!, es una historia de las que gusta leer, lo que he echado en falta es que fuese más largo, me gustaría haber seguido leyendo un poquito más,jajajaj. En definitiva, me gusta mucho como escribes porque haces que la lectura sea muy agradable y en tus letras se aprecia que tu corazón posees sentimientos muy claros. Un abrazo desde Sevilla, mis 5*!!!!! vandalia
 
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