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> EL MOLINA <

Le llaman “el Molina” por sus cantes, de joven, imitando a Antonio Molina. Del parecido con la voz y el estilo con el artista y por lo bien que lo hacía, le quedó ese apodo para siempre.

Ahora, que ya tiene sus años y perdió la gracia, resulta un tipo tosco, rudo, malencarado y bastante bestia; grande, robusto y de ademanes lentos se parece bastante a un oso erguido sobre las patas traseras. De abundante y tupido pelo, mitad negro, mitad canoso, que le cubre toda la cabeza y casi la frente hasta pegar con las cejas, tiene aspecto de animal desconfiado y temeroso y su cara ancha y grandes orejas a cada lado, también recuerda a esas “cacholas” (*) que se cuelgan en los escaparates de algunas tiendas en días previos a la vigilia de la Semana Santa.

Todo él resulta enorme, compacto y descuidado. Torpemente vestido por lo mal que congenia su figura con cualquier vestimenta no realizada a la medida justa de sus proporciones, destacan sus fornidos brazos, sus grandes manos, su ancho cuello y la mirada escondida entre tanta desproporción y pelambreras que le cubren los ojos, le asoman de la nariz y le impiden la entrada de insectos en las orejas.

De boca ancha a la medida de la cara, resulta chocante la falta de expresión afable y risueña que, generalmente, acompaña a individuos cargados de kilos, de años y de experiencia, como debiera ser su caso. Su mirada es indirecta, triste y bobalicona como alejada del interlocutor que tiene enfrente y con el que está conversando. Es como si estuviera observando algo lejano y que cuenta, pero sin que eso que transmite, le afecte de alguna manera.

Cuando habla, escupe las palabras como hacen los comedores de pipas en los bancos de los paseos marítimos y en los patios de los institutos; salen las palabras sin ningún afecto, como órdenes o sentencias sin discusión posible. Y no es por las palabras o el tono en que las dice, es por la forma lejana y fría con que las suelta y la manera de mirarte cuando te habla. Tampoco te escucha. No hay gestos asintiendo o rechazando tus palabras y en cambio si puedes ver como sus ojos recorren toda tu figura observando como dices lo que intentas transmitirle. Parece como que no te oyese y que sólo está interesado en lo que él quiere que le escuches.

Todo su mundo está en el límite de sus propiedades: su casa, su ganado, sus tierras y su familia. No existe nada más. Los vecinos, los de otros pueblos y las personas con las que se ve obligado a tratar, son gentes con la que se tiene que encontrar pero con la que no quisiera tener más tratos que los imprescindibles.

No necesita de ninguno; son ellos los que le buscan y le obligan a hacer cosas, pero siempre a cambio de dinero o algo de lo suyo. Él y su familia sólo necesitarían del médico y para eso ya paga los cupones del seguro. También paga cada mes la jubilación para cuando se retire y esas dos cosas son las únicas fuera de su propiedad que le favorecen y con las que está de acuerdo.

Vive de lo suyo: de su ganado y de sus tierras, que trabaja con sus propias manos. A pesar de eso, tiene conciencia política y es un patriota y cumple la Ley. Ama a su tierra y se siente solidario y contribuyente voluntario para las causas justas. Fue soldado cuando le llamaron a filas y vota en cada convocatoria electoral. No tolera a los vagos, a los melenudos ni a los que se ponen pendientes como las mujeres y alambres y tatuajes por el cuerpo como hacían los piratas y los legionarios Desprecia a los tramposos, a los maricones y a los cuentistas. Su Ley es el orden, el trabajo y la familia.

No figura afiliado a ningún partido pero se siente hombre de bien y los hombres de bien, son de derechas. Defensor de la propiedad y del esfuerzo en conservarla, desconfía de todos lo que se definen como progresistas porque buscan medrar a costa de los demás, de los que trabajan, de los que tienen, para repartirse, entre ellos, sus bienes y pertenencias; de los que hablan mucho y deprisa para que no se les entienda; de los que usan palabras como progreso, igualdad, bienestar, viviendas baratas y suficientes y que no haya pobres, cuando eso, todo el mundo sabe que es un cuento, que es imposible, que para eso, la gente tiene que trabajar.

Los comunistas hablan de todo eso, pero no dicen nada de trabajar y donde mandan ellos, como en Cuba, todo es del mismo: de Fidel Castro. Y el pueblo, en la miseria y muerto de hambre. Y los que no mueren de hambre, es porque tienen parientes que emigraron y les envían dinero para vivir o, porque emplean a sus mujeres en la prostitución con los turistas. Menudo ejemplo.

También hablan de la guerra y de los americanos y de los emigrantes y del petróleo. Menudo cuento. Toda esa gente habla y habla para que los votes y, si salen, colocarse y a vivir del cuento, incluido el cura, No trabaja ninguno y bien que comen, bien que visten, bien que alternan y siempre sin hacer nada. Tan sin hacer nada que por no hacer, no se hacen ni la comida, que andan siempre de restaurantes y de fiesta; claro que de invitados, que los que pagan son otros, como él, que para resolver trámites y cosas a las que le obligan para poder vender el ganado, cortar y plantar árboles en sus fincas, quemar malezas y rastrojos... y, sobre todo, para pelear con Hacienda y conseguir las subvenciones sobre el ganado que dan los del Mercado Común de Bruselas, se necesita contar con alguien que te oriente y te aconseje.

Tanto papeleo sólo sirve, en definitiva, para mantener a toda esa tropa de abogadillos, politicastros y cuentistas que te sacan la piel pero con los que, si quieres vivir, necesitas para que te resuelvan los trámites para poder comer de lo tuyo, pagando sólo lo que te corresponde y participando de las ayudas establecidas para pueblos y gentes como nosotros que, hasta ahora, apenas si sabían que existíamos.

Sólo nos tienen para que votemos y para sacarnos los cuartos. Si pudiera mandar, los quemaba a todos...




(*) cacholas: cabeza de cerdo ya saladas y abiertas por la mitad

Texto agregado el 07-08-2007, y leído por 97 visitantes. (0 votos)


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